Soliloquios
El hombre de piedra
Para Charles Causley
Recuerda, ahora, los portentos de la niñez:
los racimos de ortigas y el exhuberante árbol de saúco;
las piedras esperando en el patio del albañil:
reino de los muertos a medias percibido:
un paisaje más profundo iluminado por lejanos
relámpagos de su viaje. Al anochecer
mi padre arrastraba arcilla hasta la casa.
Ponía sus botas en el frío hierro
del fogón: comió, bebió, se desabrochó, durmió.
Me acerqué a la lámpara; las pálidas mariposas
hacían un ruido otoñal golpeando sus alas contra el vidrio.
Las palabras rasgaban mi mente como si hubieran derretido
la carne de la revelación… Así, con un alivio
que es terrible, las evoco todas.
El sol brama sobre sus resecos enjambres.
Viejo poeta con lejanas admiradoras
Lo que perdí no era parte de esto.
La digital de negras ampollas, las bayas mojadas
destellando desde las sombras, pequeños helechos y piedras,
parecen fragmentos, en la mente acuciosa,
de su fuerza ritual. La alta edad
los escoge como si fueran una luz primigenia,
o una naturaleza muerta, conservando alguna
porción de la fiesta del alma, que conmigo va
a todas partes, para ser colgada en extraños cuartos,
siendo la soledad lo que es. Si
conozco la exacta moneda para el tributo,
la derrota puede ser comprada, el silencio
de la procesión accionan sus prendas de tierra
en mi boca: como en las grandes elegías
de Propercio (aunque haya muerto joven).