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Spinoza, Vermeer, Aillaud y algunos minimalismos

Este texto nació en la sala principal de la Pinacoteca de París, en torno a la Exposición, «La edad de oro holandesa: de Rembrandt a Vermeer» en 2009.

En el detalle de las manos de “La encajera” de Vermeer que apenas vemos parcialmente está la “marca” del pintor holandés. Los detalles que podemos apreciar con este acercamiento minucioso, casi salido de Von Leeuwenhoek (“inventor” del microscopio y residente en Delft en la misma época de Vermeer y Spinoza), nos permiten apreciar la perfección del detalle en Vermeer. Hay siempre un gesto íntimo en los personajes de Vermeer. Percibimos una aproximación al detalle, no sólo desde el punto de vista técnico (marcado por el uso de la cámara oscura) sino desde el “espíritu” de los personajes, captado y expresado por Vermeer de una manera incomparable (Didi Huberman hablará de “ver en detalle”). En Spinoza, por su parte, puede subrayarse su interés por no despreciar ningún aspecto de la Vida, ni de todo aquello que constituye el entorno de lo “cotidiano” en la vida de los hombres. Así, por ejemplo como lo muestra en la cuarta parte de la Ética:

“es propio del hombre sabio recrearse y actualizarse a sí mismo mediante comidas y bebidas agradables, y también con perfumes, con la suave belleza de las plantas al crecer, con vestidos, con música, con muchos deportes, con el teatro y otras cosas por el estilo de las que todo hombre puede hacer uso sin dañar a su prójimo. Pues el cuerpo humano está compuesto de numerosas partes de diferente naturaleza, que continuamente tienen necesidad de un alimento fresco y variado, para que todo el cuerpo sea igualmente capaz de realizar las acciones que se siguen naturalmente de su propia naturaleza; y por consiguiente, para que también la mente pueda igualmente entender muchas cosas simultáneamente ”.

Cuando Spinoza nos dice que el “cuerpo humano está compuesto de numerosas partes de diferente naturaleza”, pensamos inmediatamente en Vermeer. Pensamos en sus lectoras, en sus tasadoras, en sus callejuelas. Pensamos en sus escenas domésticas, en sus lecciones de música, en sus talleres. Vermeer es el elogio de la vida “mínima”, de los encantos y “fluires” de lo perecedero, y a pesar de ello, de la fuerza del instante, y de lo eterno, en el sentido de Spinoza .

Cuando hablamos de “eternidad” en Spinoza, volvemos a la lectura de los “Pensamientos metafísicos”, y al libro de Moreau, “Spinoza et l’expérience de l’étérnité”. En Spinoza, el tiempo esta relacionado con la duración, y ésta no se puede comprender si no se la aparta de la eternidad, aunque las dos se complementen. Cuando Spinoza nos dice que la duración es “el atributo según el cual concebimos la existencia de la cosas creadas en tanto que éstas perseveran en su ser”, volvemos a Veermer. Como lo señala Didi Huberman,- en la obra de Vermeer especialmente-, los detalles construyen el todo. Son acciones, en apariencia “menores” o lugares poco importantes, que adquieren una singularidad. Más allá de entrar en el debate sobre si Vermeer y Spinoza se conocieron, nos interesa subrayar sus convergencias. La manera cómo los dos nos adentran en la experiencia de “vivir-en-el-tiempo” bajo especie de eternidad.

Si retomamos el ejemplo de “La encajera” de Veermer que mencionamos al principio, vemos en Vermeer un deseo de atrapar, de mostrar la vida, aun en sus espacios más nimios y en apariencia más banales. En Spinoza, la vida es la razón de ser de la filosofía, como lo mostró en la cuarta parte de la Ética: “el hombre libre en ninguna cosa piensa menos que en la muerte, y su sabiduría no es una meditación de la muerte, sino de la vida”. Vermeer es también un pintor de la vida. Hay en Vermeer esa búsqueda de (en la) eternidad, en el sentido spinozista, del aquí y el ahora. En Vermeer, sus personajes no están suspendidos ni alejados de la realidad, como creía verlos yo hace ya muchos años en el Louvre. En Vermeer, como en Spinoza, el tiempo -“su” tiempo- no tiene nada de vestigios, es pura “eternidad”.

Spinoza- Vermeer y la mirada de Aillaud

Quisiera concentrarme ahora en Gilles Aillaud (1928- 2005), pintor, escenógrafo y dramaturgo francés, y la atención particular que éste le dedicó a Spinoza y a Vermeer, no sólo a través de la obra de teatro, “Vermeer y Spinoza” de 1984 que escribió sobre los dos.  Aillaud es también autor de ensayos sobre Vermeer.

Aunque Aillaud no fue el primero en detenerse en la relación Vermeer-Spinoza, (Pontus Hulten, fundador del Museo Georges Pompidou, hizo su tesis en los años cincuenta, sobre los dos ), si fue quien más se detuvo en explorarla y comprenderla, en un marco que sobrepasa los lazos “in-directos” que pudieron tener los dos, uno en Delft y el otro en La Haya. En ese orden de ideas, lo que le interesó a Aillaud no fue lo “anecdótico” entre Vermeer y Spinoza, sino sus “paralelismos” desde un punto de vista teórico. Me ocuparé a continuación de un artículo de Aillaud dedicado a Vermeer, donde se refiere también a Spinoza.  En 1987, el Centro Nacional de Letras en Francia preparó un libro en gran formato sobre Vermeer. Allí encontramos una contribución de Aillaud que queremos comentar:

“Vermeer Pinta lo que es más abierta y tranquilamente evidente. La apariencia de lo que es más aparente. La vida interior familiar y posible, la infinidad de momentos donde nada, o casi nada pasa. En fin, es el pintor que ilustraría mejor la idea célebre y sumaria de Pascal: “¡Cuánta vanidad en la pintura que provoca admiración por su parecido con cosas cuyos originales no admiramos!”. Y esto, por decirlo así, sin preocuparse de nada más. Vermeer deja las cosas manifestar lo que son. Devela lo que está menos escondido”.

Detengámonos un momento en la idea central de Aillaud: “Vermeer pinta lo “tranquilamente evidente…la infinidad de los momentos donde no pasa nada, o casi nada”. Efectivamente, en los pocos cuadros que pintó Vermeer, 37 “originales” aceptados,  (más allá de las polémicas sobre “los falsos” y “plagios” de y sobre Vermeer ) vemos escenas en apariencia insignificantes de la vida diaria que no obstante, adquieren una “trascendencia” por la participación del espectador, que trata de ver algo más, de descubrir algo más en lo que Vermeer apenas insinúa. Y luego agrega Aillaud, “Vermeer devela lo que esta menos escondido”. No dice, “lo que esta escondido” tout court. Es la sutileza de Aillaud lo que quiero destacar. Primero nos dice que en los cuadros de Vermeer, “no pasa casi nada” y agrega que nos muestra “lo que esta menos escondido”. Apoyémonos solamente en la “serie” de cuadros de “lectoras” de Vermeer. Tomemos “Una dama que escribe una carta y su sirvienta”. Vermeer nos involucra en el “secreto”, en la complicidad de esas dos mujeres que comparten acaso una carta “prohibida”. En el portal dedicado a Vermeer, http://www.essentialvermeer.com/, podemos apreciar todos los detalles (de todas sus obras). En ésta en particular, vemos en el piso una carta. Y ese detalle, casi escondido, nos devela un gesto de reproche, de disgusto con el remitente que, en el fondo, es el “tema” que compone el cuadro.

De allí, de esa fuerza de lo que casi no está escondido, o donde no pasa casi nada, proviene el fulgor de la vida en Vermeer. La vida a puerta abierta que, sin embargo, no se nos presenta como una sola “vista” integral y definitiva. Tenemos que adentrarnos en ese afuera de Vermeer (para hablar como Blanchot) para verlo realmente. Podríamos agregar que hay una suerte de “fervor” en los instantes pintados por Vermeer. Es lo que Aillaud llama, “la eternidad de lo efímero y la transparencia del presente”. Según él:

“he aquí la forma del tiempo en los cuadros de Vermeer, la inmovilidad del instante, eternidad de lo efímero. Transparencia del presente, sin el heroísmo del futuro ni la grandeza majestuosa del pasado.

Lo hemos sugerido unas páginas atrás, cuando recordamos la idea de “tiempo” en Spinoza, ligada a los conceptos de duración y de eternidad. En este punto, Aillaud aborda un escenario que se prestaría para re-leer a Deleuze, a la luz de “sus” Proust y “sus” Spinoza, pero que escapa en esta hora a nuestras posibilidades. Según Aillaud:

“porque es el tiempo lo que pinta Vermeer. No es el tiempo proustiano que pulula, se ramifica y se complace en subterfugios, ese tiempo que corre obstinadamente sobre todo y mezclándose con todo. Es la perseverancia en acto, el tiempo, que no es nada sentido, de la cosa que dura, el tiempo fundamental e inmóvil de la presencia. Lo que es no será y no ha sido. Lo que es dura. Igual, lo que es aparece. La duración, como la apariencia, pertenecen al ser en sí mismo”.

Lo que es dura, dice Aillaud, y aunque no cita directamente a Spinoza, captamos en sus palabras una evocación consciente de “todo ser persevera en su ser”, cuando Aillaud habla de “la perseverancia en acto y el tiempo de la presencia.” Finalmente, Aillaud se refiere explícitamente a Spinoza y nos ofrece un paralelo, inevitablemente a la manera de Vermeer:

“Vermeer, como Spinoza, nunca enseñó. Se contentó con pintar mejor que los otros, eso es todo. No estaba seguramente consciente de ello, pero sabía que no hay nada de que vanagloriarse, porque el éxito es, literalmente, un milagro, el único fruto del azar o de la necesidad, el fruto de algo, que en todo caso, se nos escapa. Pensaba seguramente como Spinoza que cada quien debe ser libre de pensar y de obrar según su “propia constitución” y que, en consecuencia, cada quien, si lo desea, debería poder enseñar, pero “a sus propios riesgos y gastos”…Vermeer es como el hermano rubio, un poco linfático de Spinoza. Además, el olor a azufre y el odio, al menos Vermeer al igual que su hermano Spinoza, los han perseguido hasta nuestro días como un destino ejemplar”.

Nos queda, no obstante, un sentido enigmático, casi escondido a descifrar en este comentario de Aillaud, con respecto a Vermeer, como el primo “hermano rubio y linfático de Spinoza”. Un tanto hermética y desconcertante la última definición de Vermeer, según Aillaud, como “un hermano rubio y linfático” de Spinoza, es decir, delirante, en la lengua de la época de Malherbe (s. XVII). Un Vermeer “delirante” frente a un Spinoza “cuerdo” sería la conclusión de Aillaud que juzgamos un poco desenfocada. En todo caso, Aillaud no sólo acompaña nuestra “visión” de Vermeer, también dialoga con Spinoza, y su irresistible actualidad y ubicuidad.  

Bibliografía

Aillaud, Gilles, et al, Vermeer, Ed. Hazan, Paris, 1987.
Claudel, Paul, L`oeuil à l`écoute, Ed Gallimard, Paris, 1946.
Dictionnaire Littré.
Guarnieri, Luigi, La double vie de Vermeer, ed actes sud, Paris, 2006.
Huberman, Georges, Didi, Devant l`image, Ed. Les éditions de minuit, 1990, Paris.
Rasmond, Charles (ed), Une vie humaine, ED. Presses Universitaires de Bordeaux, 2008.
Spinoza, Ética. Alianza editorial, Madrid, 1988.

Links

http://www.essentialvermeer.com/
http://www.pinacotheque.com/index.php?id=374 (visita virtual a la exposición “la edad de oro holandesa”)
http://www.framemuseums.org/images/photos/0005/img_1153663802163.jpg (obra de Aillaud)

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Edición No. 159