Tan rico
Este hombrecito siempre había sido rico. Rico de cuna, según cuentas. A la cuna le siguió una infancia calientica y placentera y luego una adolescencia desenfadada y un pite loca en la que todo lo que quiso se hizo realidad. La juventud pasó por una universidad brillante y ya despuecito por su entrada sutil pero triunfal en la continuación de los negocios familiares para garantizarse una adultez opulenta y una vejez cómoda. Tan rico todo, tan bueno. Pero la vida le dio una vuelta inesperada a la tuerca de su vida y el hombrecito éste se vio a sus años haciendo toc-toc-toc en las puertas de la ruina. Encima del enorme escritorio que antes habían ocupado su exitoso padre y su emprendedor abuelo estaba una copia de la orden de embargo que había dictado en su contra un juez de los justos. No tenía escapatoria y él ya lo sabía. Ya no había prestamistas ni de los limpios ni de los otros a los que no les debiera. No quedaban ni padre ni madre ni abuelos, ni los hermanos que nunca tuvo, tampoco amigos ni primos ni tíos ni tías, ni nadie a quien pedirle refugio porque ya a todos los había usado, exprimiéndolos hasta que ya no lo aguantaban. No había ahora ni un solo abogado dispuesto a ayudarlo a hacer alguna trampa que le permitiera continuar el juego de la apariencia, ese que se juega diciéndose a sí mismo y repitiéndoselo a los demás que todo está bien, que no pasa nada, que luego las cosas van a estar aún mejor. Ah, no, pero no me crean tan pendejo, que yo no vine a este mundo para ser pobre, para aguantar hambre o para pasar vergüenzas, ni más faltaba. No estudié todo lo que estudié ni viví todo lo que viví para acabar en la calle como cualquier hijo de su madre. A mí no me cuidaron mis nanis y mi mamá para que pasara frío o calor, mi papá no me educó y me metió al negocio para que yo acabara sin nada, no joda. A mí no me van a hacer esa, qué se creen, se decía y miraba los objetos que lo rodeaban en su casa de siempre. Y soltó una carcajada imparable cuando se le ocurrió. Empezó a llamarlos a todos uno por uno, compañeros de colegio, amigos de infancia, adolescencia y juventud, antiguos socios, vecinos, empleados de confianza y de no tanta y sus esposas, sus profesores de la universidad, los entrenadores de los equipos en los que había jugado, instructores de tenis y golf, los del taller donde le arreglaban los carros, técnicos de mantenimiento de tanto y tanto electrodoméstico y cachivache, sus profesoras del jardín de infantes y de la escuela primaria que ya estaban tan viejitas y cansadas las pobres, el jardinero, la dentrodera, la chica de la cocina y su novio, los tres hijos del chofer. Ah, claro, y también los tíos y los primos y los hijos de los primos y sus esposos y esposas, que no había cómo olvidarlos. Y todos fueron llegando uno por uno y a cada uno le entregó lo suyo. Todos los televisores con su control remoto, un espejo con pesado marco dorado y una consola a juego, los equipos de sonido, la vajilla de diario, la de porcelana china pintada a mano, las copas y los vasos, una lavadora grande grande de ropa y también la de platos y, claro, la secadora tan útil en invierno, los bellos libros de la biblioteca del abuelo y el padre, los vestidos de fiesta de la madre y los cachacos de papá, los costosos cuadros de las paredes, los dos comedores el de la cocina y el de ellos, los carros todos, los deportivos y los otros, los muebles de las dos salas, las cortinas pesadas y elegantes, los tapetes que habían llenado los vacíos del suelo, las joyitas de la mamá, todas las porcelanas y las esculturas, las fotos de todos en los hermosos álbumes de la familia. No dejó sino su cama en el centro de la sala y su ropa sobre una cómoda, junto a algunos productos de aseo personal que sabía que no le iban a quitar los del embargo. No paraba de reírse pensando en la cara que iban a poner esos cuando llegaran a llevársele todo y no encontraran nada más que a él. Tan inteligente yo, cierto. Y los demás todos sonreían contentísimos con él y con lo bien que había terminado.