Trabajo científico y el anhelo del buen vivir
La profunda crisis estructural global que vive la humanidad, crisis en todos los componentes de la producción y reproducción de su vida y cultura, denominada por los profesores de la universidad de Valencia-España, Wilches y Gil[i], una “auténtica emergencia planetaria”, ha mostrado una parte relevante de su esencia durante la dinámica actual de la pandemia Covid-19, pero también ha abierto esperanzas de concertación entre millones de personas hacia la preservación de la vida y la construcción progresiva de un futuro sostenible.
Se trata de una crisis estructural porque amenaza con destruir la existencia de todo tipo vida en el planeta por acción de las gestiones políticas del egoísmo, la imposición del unanimismo ideológico, la visión del hombre y el conocimiento como auténticas mercancías, las guerras, la inequidad de género, el analfabetismo, la precariedad en las inversiones en los centros escolares y culturales, las hambrunas, el calentamiento global, la desertificación de los suelos, las grandes migraciones y los hacinamientos, las rupturas de los vecindarios y sus culturas locales, las rupturas agresivas de las naciones, las contaminaciones del aire y las aguas, el desabastecimiento de agua para la vida, el racismo, la política para el lucro o el asalto a los patrimonios públicos y las múltiples enfermedades sin tratamientos adecuados con sus pandemias, entre otras.
La parte relevante de la crisis, se ha expresado principalmente, por fuera de cualquier ideologismo, en la ética de los mandos del sistema, su gerencia global y sus subsedes nacionales. Ha quedado evidenciado que el faro orientador del quehacer de los mandos del modo de vivir hegemónico es el mensaje escrito bajo diferentes formas y colores, cuyo texto esencial dice: <el mercado lo determina todo y la preservación de la vida no tiene sentido si no apunta a su robustecimiento>. Este mensaje tiene un soporte sustancial en la creencia de que la historia termina en los mercados y también en la idea de que todo ser humano tiene un precio.
Este mensaje ha venido orientando, con algunos sobresaltos y trayectorias sinuosas, la vida de la humanidad desde hace más de dos centurias y tomado cuerpo en partidos, universidades, instituciones estatales, algunas expresiones de la religiosidad y muchos medios de comunicación. En concreto ha venido orientando al metabolismo sociocultural, en cuanto que constituye la dinámica de la trabazón que existe entre economía, poder político-militar, conciencia, naturaleza, satisfacción de necesidades materiales y espirituales y poder mediático.
Pero desde 1970 los mandos sistémicos y su gerencia, han empezado a decir que la hegemonía de su mensaje y su traducción en cifras de tasas de ganancias muestran un decrecimiento. Hoy el retorno de hasta 30 centavos de libras que se obtenían por cada libra invertida por allá en los años 1850 del siglo XIX, se expresa en un digito de centavos. Desde entonces para intentar superar esa caída tendencial de la tasa de ganancias y luego de la caída del modo de vida soviético, en 1989-1991, se ha globalizado la gestión de la economía, la política y la ideología-mundo y por supuesto también el trabajo científico tecnológico puesto al servicio de este proceso y no a la satisfacción de las grandes necesidades materiales y espirituales humanas. No es sino ver todos los modelos de aprendizaje desde los años 1970, hasta hoy propuestos por la investigación educativa, para observar cómo han sido confeccionados para favorecer la formación de una juventud competitiva, pero con escasa referencia a la formación crítica cultural, pues ésta no es funcional a la búsqueda del éxito de los mercados. Y claro, el ideologismo de los mercados no se muestra de forma directa al desnudo en esta predica, se elige un atajo para cautivar: <si al mercado le va bien, a la gente también; no se puede distribuir pobreza, seamos competitivos y produzcamos riquezas>.
Pero como la vida no discurre a lo largo de ninguna trayectoria ideológica lineal, la crisis que se expresa en la caída tendencial de la tasa de ganancias, y contra toda diabolización de las propuestas de mejora del vivir que hacen el ecologismo, la equidad de género, los desarrollos locales, está ocurriendo como se observa en las calles de Estados Unidos y Europa, que las nuevas mayoría reclaman el buen vivir, y enseñan con su práctica que el trabajo científico tecnológico contextualizado, el arte inmenso de la calle y los barrios debe ser puesto a su búsqueda. Y ello ocurre en medio de la pandemia que pronto alcanzará en el mundo la cifra de 10 millones de casos positivos y cerca de un millón de personas fallecidas,
Valga insistir, que en especial, durante el tramo hasta ahora recorrido por esta pandemia, se ha destacado el precario rol del trabajo científico tecnológico para cumplir con sus funciones socioculturales en beneficio del buen vivir de lo que Gorbachov llamó la familia única de la humanidad.
Esto último ha sido evidenciado con la propagación mundial desde principios del año 2020 del virus SARS-CoV-2 y sus estragos, tanto en la salud y la alimentación humana con sus dolorosas cifras, como en las actitudes éticas y políticas contrarias a una actuación unificada de las instituciones mundiales como la ONU y la OMS, para preservar la vida en el planeta.
Ha quedado en evidencia que los recursos de los sistemas de salud en Estados Unidos, Italia, Reino Unido, España y Brasil, son insuficientes para enfrentar la pandemia. De otra parte, el propio nivel de estudios sobre las virosis y su superación, muestra que las relaciones ciencia-tecnología-sociedad-madre tierra, están de forma predominante establecidas para asegurar la competitividad de los inversores y no para propiciar la producción y reproducción feliz de la vida humana, según se prevé avanzar en ésta hasta el 2030 en los objetivos de desarrollo sostenible (ODS) de la ONU. Todo ocurre a pesar de la discursiva global de una Educación para el Desarrollo.
En cuanto al tratamiento de la pandemia, hasta ahora han prevalecido, algunas acciones de solidaridad nacionales de apoyo a la grave situación de la pandemia en otros países. Ni siquiera en el marco de la Unión Europea fue posible una actuación común de solidaridad entre sus miembros para enfrentar la pandemia Covid-19 y sus consecuencias en la salud y la economía. Diciente ha sido el caso de Italia, país que no recibió apoyo directo de la Unión Europea para enfrentar la pandemia, sino de países de otras regiones geo-culturales como Rusia, China y Cuba.
En América latina y el Caribe lugar dónde ha aparecido un nuevo epicentro destacado de la pandemia con Brasil a la cabeza, con cifras de casos positivos, fallecidos y hambrientos que se miden por decenas de miles, las instituciones como la OEA y la Organización Panamericana de la Salud, no han realizado la primera tarea conjunta para enfrentar la situación; ni siquiera se ha intentado a nivel retorico decir algo sobre el apoyo mutuo para superar la adversidad, lo que expresa un profundo deterioro cultural de la idea cultural del significado de Latinoamérica y el Caribe.
Todo ello es producto no sólo de las carencias en los devaluados enfoques socio-humanísticos del trabajo científico tecnológico de las economías nacionales y de las grandes empresas multinacionales, sino también de la estrechez en las prácticas de las ciencias sociales, la educación y las artes, que no han atinado a redefinir su rol común, aunque no unánime, en el tratamiento de la “emergencia planetaria”.
Pero hay grandes esperanzas, una de los hechos cruciales que en estos días han vivido, para bien, las ciencias sociales, la educación y las artes, es la crítica creativa que la calle social y artística le ha hecho a la predica de <primero los mercados> en. Minneapolis, Seattle, Chicago, New York, Londres, Paris, Tokio y Berlín. CNN internacional lo reconoce, se pregunta <cómo pasará a la historia el verano de 2020>.
La respuesta a la pregunta se está elaborando de manera social, el metodologismo mismo de los papers de investigación universitaria ha sido superado por la calle humana. Las gigantescas movilizaciones de un sector consciente del pueblo norteamericano, culto en sus valores humanistas, al enfrentar el racismo centenario en Estados Unidos luego del asesinato policial en Minneapolis de George Floyd, está enseñando tanto como lo han hecho las grandes movilizaciones de 2019 en Chile, Ecuador y Colombia. La gente está pidiendo democratización y libertad profundas en todas partes. El trabajo científico tecnológico, artístico y comunicacional está interpelado y debe decir de manera explícita al mundo cuál es su aporte al advenimiento de estos anhelos humanos. Sus guiones de actuación y sus currículos deben hacer mención de su misión en tal sentido.
En otras palabras, ha brotado desde la realidad misma, desde los sujetos que construyen el arte, la cultura, el deporte callejero, la vida familiar, barrial y vecinal y los objetos de estudio de las ciencias sociales y la educación, un nuevo guion abierto que obliga, sin ningún tipo de dogmatismo, bajo la más amplia convergencia de propósitos y esfuerzos a responder a la pregunta:
¿Cuál es la función principal del trabajo cooperativo en ciencias naturales y sociales, artes, educación y tecnología, en la producción y reproducción sostenible de la familia única de la humanidad luego del aprendizaje social de la dinámica de la pandemia Covid-19 y la búsqueda de la equidad y la superación del racismo?
Por ahora, la gente de a pie, la ciudadanía ha enseñado mucho respecto a cómo producir respuestas por encima del reino de los individualismos, los grupismos y los nacionalismos. Eso se ha visto durante los acontecimientos de la pandemia y de la movilización para superar el racismo en Estados Unidos y el mundo entero.
Por ejemplo, el personal médico sanitario al frente del tratamiento de la pandemia, arriesgando su propia vida y los sujetos de las protestas de calle por la superación del racismo, han enseñado mucho, valga reiterarlo, con relación a cómo integrar el conocimiento en salud, las tecnologías de la comunicación, el periodismo, la religiosidad, la organización social, la gestión de procesos de multitudes, para tratar los grandes problemas que vive la humanidad.
Ahí tiene el trabajo científico tecnológico un auténtico programa de investigación, que requiere de aplicación de tiempos, recursos, cooperación y participación social para asegurar su progreso exitoso.
La institucionalidad científica, la gestión política y económica, la vida artística y educativa, el periodismo y sus medios deben sumar esfuerzos en la búsqueda de la respuesta convergente a la pregunta antes formulada.
Un ejemplo hermoso de ello sería la distribución y aplicación masiva y gratuita en el mundo de la vacuna contra el corona virus y la declaración mundial de un acuerdo a favor del racismo cero y el cese de agresión a la madre tierra y de las guerras. Ello significaría un paso gigantesco hacia la historia unida de la humanidad.
[1] Wilches, Amparo y Gil, Daniel (2003). Construyamos un futuro sostenible. Diálogos de supervivencia. https://www.casadellibro.com/libro-construyamos-un-futuro-sostenible-dialogos-de-supervivencia/9788483233535/898314