Tremor con acento de ausencia (poemas)
Desarraigo
Muriendo en el silencio que debió haberme cerrado la boca,
en las sonrisas que nubló al instante la memoria,
en las flores que nunca entregué,
en el desprecio a la irrupción autoritaria de la propia intimidad,
en la espera desahuciada,
en la renuncia que mira hacia atrás,
en los pies descalzos sin tierra húmeda,
en la bocanada de gris.
Sin refugio de mi propia conciencia
me entrego a las sombras de la fatiga,
a la inercia de las decisiones
con resultados inciertos y fútiles.
Sueños de montañas ¡pliegues infinitos!
El sonido del agua corre hacia dentro,
se instala allá, hondamente,
para amalgamarse con la nostalgia.
No hay un transcurrir más lento.
Desasosiego
Se llenan mis oídos de una risa frenética.
Monstruoso mi nombre en la amplitud vagabunda
de las ondas de tu composición sin silencios.
Se detienen las luces y sombras
que oscilan en el baile de las nubes y el follaje con el viento.
No hay tus ojos ni mis ojos desprevenidos
que atestigüen su danza.
Sigo tus labios en desasosegada espera
del mundo grueso que construyen tus gestos:
desarticulado, sin insectos,
sin destellos sobre las gotas de lluvia,
sin huellas de perro en el cemento.
Vacío
Así, todos miramos para otro lado:
donde tú ya no estás, o igual,
donde estoy sólo yo,
a solas con tu ausencia.
Y tu ausencia es un trago de agua
que refresca el desierto.
Me deslizo por tu lengua
hasta la faringe donde me olvidas,
donde mi nombre queda vacío
bajo tus ojos,
empapado de lluvia y en el olvido.
Las gotas lo arrastran ladera abajo.
Anonadada
Un pensamiento de tí acaricia el aire,
en tus manos juega la luz de la tarde,
juega con los hilos únicos erráticos:
humo de salvia de mi pensamiento
vagabundo sobre tu silencio parco,
indulgente de mí,
de mis ojos pensados perdidos en la piel
de tu recuerdo lleno de luz de tarde,
lleno de noches de llovizna.
Sabe mi pensamiento de sutil presencia
al alcance de mis brazos estirados
desde abismos oníricos infinitos,
retorno a ti anonadada de mí,
a la historia escueta del mundo
que cuentan tus ojos.
Llevo una tristeza profunda sobre mi propia pérdida
como un presentimiento de mi muerte:
nostalgia del aire que transformaron mis pulmones,
llamas exiguas como ilusiones dispuestas a su frustración,
supersticiones solapadas, imaginación ociosa…
Conciencia de un Yo borroso, temeroso, despreciable.
Doloroso Yo.
Cierro los ojos y me abrazo,
lluvia incesante o llanto del cielo,
compasión rendida en el sueño nocturno,
en el acertado descanso y olvido.