Tres cuentos: On/Off; Premiados; Voyeur
On / Off
¿Y qué más iba a hacer el jovencito éste, un niño grande apenas un mancebo?
El viejo habla y habla sin parar, no le abre ni la más mínima posibilidad a una respuesta que tal vez ni exista, no escucha, no sabe no puede no quiere y no le da la gana. Y es que ese que habla, habla de la tristeza de la realidad real abandonada, marginada y sola, hecha a un lado por culpa de la tal virtual esa, la recién llegada, la recién aparecida, qué se cree, quién se cree, si ni siquiera es real, sólo espejismo y mentira, mera apariencia, el vacío, la nada.
El viejo no para, sigue, sigue y el jovencito a cada sílaba más confundido y enredado por culpa de tanto ruido ruido ruido cierra los ojos duro durísimo y muy despacio, con total naturalidad, se conecta a la otra bulla, la que él mismo ha escogido y que sale en erupción y a cántaros por los poros de las esponjitas grises que cubren los audífonos de un ai-algo que le ayuda a cortarle el paso al fastidioso tedio de la realidad real impuesta, mientras se hunde irredento en la desconexión de la virtualidad elegida.
Al otro lado de esa inexpugnable barrera de sonido el viejo habla y habla, se queja, critica, se lamenta y se enorgullece de estar pasando todo lo que sabe a la nueva generación.
Tel Aviv, agosto 23, 2011
Premiados
El insigne escritor cuyo talento ya había sido reconocido por los jurados de todos los galardones otorgados en su propia lengua y en todas las demás, muy tranquilo sacó a caminar por el paseo que bordea el mar las primeras vacaciones que con enorme dificultad logró acomodar en su ajustada agenda llenita de charlas y conferencias, de congresos y simposios, de talleres y lecturas, y también, claro, de la rutina diaria de lecturas y escrituras, de ver y hacer cosas de esas que le hacen cosquillas al espíritu para que no se duerma, para que no se enfofe. Descuidado y feliz de poder posar las pupilas en cualquier parte, en cualquier cosa, sin obligaciones como en un recreo de la escuela, sus ojos de lobo viejo descubrieron en el fondo de un almacencito de baratijas, regalos y suvenires la mirada fija, profunda y troquelante que baila inquieta e imparable en los ojos avispados de una joven escritora en ciernes.
El susto de saberse leído y descifrado exactamente del mismo modo que él usaba para leer y descifrar a los demás le borró la sonrisa y el desparpajo de labios y ojos. De inmediato dejó él de hacer lo que estaba haciendo y se alejó de ahí a la carrera con un rubor rojo rojo en los cachetes y la esperanza absurda de que ella no lo conociera.
Eilat, agosto 18, 2011
Voyeur
Pues sí, ésta tampoco se dio cuenta. Estaba yo mirando fijamente a la mujer rubia y tan blanca sentada en la mesa del frente. No pudo haberme visto porque ella estaba observando con fijeza sin un mínimo asomo de vergüenza y sin sombra de pudor el color de chocolate en la piel lisa y tersa de esos largos brazos desnudos, el fondo de esos ojos grandes de gacela asustada debajito del pelo de crespo cerrado, chuto y tan negro del joven africano que se había atrevido a cruzar el gran desierto del sur y lo había logrado como si fuera Lawrence de Arabia pero oscurito y que ahora trabaja en un McDonald’s de los de aquí, sentadito en silencio y reposo en una esquina baldía y discreta del local, mirándolo todo, fijándose en todos, sin entender ni papa porque de esta lengua milenaria de leyes y leyendas, de reyes y profetas, de héroes y villanos, de amores y de muerte, del origen y el final, de Dios y también del Diablo, pues nada de nada.
Él sólo tenía que recoger del piso cualquier papel que se cayera o de alguna mesa la bandeja con los restos de comida olvidados ahí por algún comensal desacomedido o empujar la silla que los clientes mimados de la generación del eso que importa y del eso no es problema mío no acataban siquiera a regresar al sitio en el que la habían encontrado. Y por hacer ese trabajo le pagaban. Mes tras mes recibía sin falta la plata que le permitía más o menos vivir por primera vez en su vida y mandarles alguna cosita a los que se habían quedado allá sólo sobreviviendo para tratar de ayudar a construir un remedo burdo de futuro y de sueños. Infinitas veces más de lo que a él le había tocado, de lo que él había tenido nunca o soñado siempre, y entonces se alegraba hasta el infinito por eso pero siempre adentro del silencio mudo de su alma.
La mujer rubia tan blanca lo miraba y lo miraba sentado inmóvil en su esquina casi todo el tiempo pero también cuando se levantaba despacio y discreto como le habían pedido a recoger alguna cosa que rompía la monótona asepsia del local y él solito y callado restablecía el orden y volvía a su esquina. Y ella miraba y miraba y pensaba y pensaba en el desperdicio de esa vida joven, en la eternidad que de seguro se repite todos los días en las nueve horas del turno, en ese trabajo que no lleva a ninguna parte, en el destino cruel de los hombres, en la vanidad de los sueños y la futilidad de la grosera esperanza y los bonitos ojos verdes se le llenaron de un montón de lágrimas pero sólo se le voló una redondita y transparente que rodó rápido mejilla para abajo hasta que la pararon los poros dilatados del papel de la servilleta blanca, tan blanca también ella.
Los ojos de gacela asustada del muchacho del pelo chuto y negro se fijaron en esa servilleta que cayó en un descuido haciendo espirales por el aire desde los largos dedos de esas manos de uñas pulidas y bien cuidadas, después de haber secado una lágrima transparente y redonda que se deslizó rápida por la mejilla de esa señora joven que parece tener de todo en esta vida y mientras se agachaba despacio y discreto como le habían pedido a recogerla se preguntó por qué lloraría alguien como esa que se ve linda y joven, rubia y blanca, sana, elegante y bien vestida, tan llenita de cosas de oro por todas partes, tan llenita de todo, de todito todo.
No. Yo estoy segura. Ninguno de esos dos pudo haber visto lo que yo sí vi.
Tel Aviv, agosto 11, 2011