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Tres meditaciones barrocas

1

¿Hacen las palabras la majestad

del hombre, y su justicia

entre las piedras y el vacío?

¡Cómo nos vigilan, los demonios

taponando sus necias heridas! Al ser

exorcizados se apergaminan pero crecen.

Una lechuza se abalanza a su cita

con un ratón campestre en la oscura noche.

Mi hoguera chilla y sigue inmóvil.

Minerva, recibe esta áspera

alabanza: hablo bien de la muerte;

confieso al cura que hay en mí;

me ensombrece el sabio pájaro

de la necesidad; el ágil

paradigma sueña-y-mata.

2

La angustia hinchada por el colmado grito.

Carne de abnegación: el poema

se mueve remiso hacia su forma extrema,

vulnerable, hacia la fiera cabeza de la lámpara

de bien desbastada luz. Afuera, en la oscuridad,

zorros y piedras lustrosas de lluvia y los muertos –

ajenos a tal tema – sufren

hasta que yo pueda gritar “¡Muerte! ¡Muerte!” como si

exacerbara ese suave poder;

mas contención. Pues soy circunspecto,

levatando la picante tapa de mi tacto

para oler la mirra. Es perfecto

en su impalpable amargura,

aroma de un nuevo país donde peores

furias se pasean y asolean sus garras.

3 La novia muerta

Era tan blanca, él me hubiera hecho gritar

homicidamente: “¡Impuro!”

para curarme con una improbable sangre.

Penaba si concebía de él.

Me aferraba a sosegarlo.

Ciertas noches veía su rostro en el sueño

y soñaba con el hogar

de mi padre. (De día él ensañaba idiomas –

disciplinas de lenguas)

De día yo limpiaba mi delgada lengua

de sus merodeos nocturnos, de sus destrezas de harpía,

su boca sacramental

que justificaba mi carne

y bien se movía entre mujeres

en matices e imperativos.

Este era el poeta del amor

de un pueblo. Lo odiaba. Él solloza,

solemnizando su pérdida.

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