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Un libro de Armando Romero

Apreciado poeta y escritor Armando Romero: Un cordial saludo. Gracias al amigo común, el poeta Carlos Enrique Ruiz, he recibido tu bello libro. Quise leerlo antes de contestarte. Me ha encantado ese tono de misticismo auténtico, que a través de esas geografías extranjeras te permiten poner tu huella de buscador de símbolos. Omphalos, El gran templo de Lawra, pálidos monjes, entre otros, me han hecho presentir que todos somos exiliados de ese Monte Athos, asimilado como arquetipo de una espiritualidad olvidada por la humanidad. Sin embargo, creo que la mayor hondura que logras en el conjunto de tus poemas es lo que no dices. La nostalgia de lo que no nombras, esa otra espiritualidad que nace de los sitios amados, del barrio, de los olores de la infancia. Me hiciste recordar la reflexión de Margarita Yourcenar: «Kavafis, que aconsejaba magníficamente a Ulises gozar de todas las escalas antes de volver a Itaca, recuerda a sí mismo a su viajero que, de hecho, jamás saldrá de su lugar de origen y que allá donde vaya, le seguirá su propia ciudad». Tu Monte Santo también posee, entre líneas y sombras, la silueta de la iglesia La Ermita de Cali y creo que también por eso tu libro logra la condición de los buenos poemarios: la pluralidad de mundos simultáneos detrás de una imagen. El equilibrio entre la seriedad del monje y los monasterios de esos lugares arcaicos que atrapaste tan bien con tus palabras; e, incluso, el homenaje soterrado a tu amigo el Monje Loco, a los raptos de luminosidad mística de Gonzalo Arango, a ti mismo descubriendo el otro lado de la rueca sonriente del antiguo nadaísmo. Con aprecio, Orlando Mejía-Rivera (Mensaje del 22.V.2005, en Manizales).

Apreciado poeta y escritor Armando Romero: Un cordial saludo. Gracias al amigo común, el poeta Carlos Enrique Ruiz, he recibido tu bello libro. Quise leerlo antes de contestarte. Me ha encantado ese tono de misticismo auténtico, que a través de esas geografías extranjeras te permiten poner tu huella de buscador de símbolos. Omphalos, El gran templo de Lawra, pálidos monjes, entre otros, me han hecho presentir que todos somos exiliados de ese Monte Athos, asimilado como arquetipo de una espiritualidad olvidada por la humanidad. Sin embargo, creo que la mayor hondura que logras en el conjunto de tus poemas es lo que no dices. La nostalgia de lo que no nombras, esa otra espiritualidad que nace de los sitios amados, del barrio, de los olores de la infancia. Me hiciste recordar la reflexión de Margarita Yourcenar: «Kavafis, que aconsejaba magníficamente a Ulises gozar de todas las escalas antes de volver a Itaca, recuerda a sí mismo a su viajero que, de hecho, jamás saldrá de su lugar de origen y que allá donde vaya, le seguirá su propia ciudad». Tu Monte Santo también posee, entre líneas y sombras, la silueta de la iglesia La Ermita de Cali y creo que también por eso tu libro logra la condición de los buenos poemarios: la pluralidad de mundos simultáneos detrás de una imagen. El equilibrio entre la seriedad del monje y los monasterios de esos lugares arcaicos que atrapaste tan bien con tus palabras; e, incluso, el homenaje soterrado a tu amigo el Monje Loco, a los raptos de luminosidad mística de Gonzalo Arango, a ti mismo descubriendo el otro lado de la rueca sonriente del antiguo nadaísmo. Con aprecio, Orlando Mejía-Rivera (Mensaje del 22.V.2005, en Manizales).

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Edición No. 134