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Un viaje al pasado

1.

Nací en 1945 en Gómez Plata (Antioquia), municipio donde había florecido buena parte de los miembros de la familia Molina, entre ellos Celina Molina, mi madre, y su tío, el recordado Gerardo Molina. Los Cataño venían de Santo Domingo, el pueblo de Tomás Carrasquilla. Algunos Cataño se instalaron en la vecindad de Carolina o en las cercanías de las estaciones del Ferrocarril de Antioquia, en labores agrícolas, comerciales y ganaderas. Mi padre, Jesús Cataño, fue uno de ellos. Sentó sus reales en la estación de Porcesito, un corregimiento de Santo Domingo que conectaba las jurisdicciones de Carolina, Gómez Plata y Guadalupe con la vía férrea Medellín-Puerto Berrío. Por el lado de mi padre hubo poca educación formal, pero mucho interés por los negocios: el comercio, la actividad ganadera y la política en pequeña escala. Llegó a ser concejal de Santo Domingo no obstante que apenas había transitado por la enseñanza primaria. Se desenvolvía con relativa solvencia en los terrenos de la lectura, la aritmética y la escritura. Sabía contar el dinero y multiplicarlo. Era capaz de llevar cuentas, atender los libros de contabilidad y examinar los diarios que le llegaban de Medellín. A principios de la década de 1940, se unió con mi madre, proveniente de una familia con tradición académica.

Un tío de mi madre, Juan C. Molina, mi padrino de bautismo, hermano mayor de Gerardo Molina, nacido en Don Matías en 1892 –la tierra de Luis López de Mesa y del agreste servidor de Dios, monseñor Miguel Ángel Builes–, había terminado los estudios de derecho en la Universidad Nacional en 1920. Esto era un logro en una época en la que el analfabetismo rozaba el 65% de la población adulta. Juan C. regentó por varios años la cátedra de Derecho Minero en la Universidad Externado de Colombia, cátedra de la que surgió su publicación más festejada, el Tratado teórico y práctico de derecho minero colombiano de 1952. Mi padrino se asentó por un tiempo en Ibagué, donde ocupó puestos relevantes en el sector bancario: director del Banco Agrícola Hipotecario y gerente de la Caja de Crédito Agrario. Participó en la política regional. Fue diputado de la Asamblea Departamental del Tolima, secretario de Hacienda y Representante a la Cámara en plena República Liberal.[1]

Mi madre había estudiado en la Normal de Señoritas de Medellín, un logro cuando se sabe que las mujeres apenas tocaban la enseñanza secundaria. Con ella hice las primeras letras “consistentes en leer, escribir y contar”, habilidades que –como le gustaba decir al obispo de Hipona– “me dieron el poder de leer lo que hay escrito y de escribir lo que quise”.[2] A ello mi madre sumó dibujo, historia, geografía y religión. Los trabajos manuales los dejaba en manos de mi padre, un sobrao en las artes del cuidado de los animales, del ordeño y de todo lo que tenía que ver con enjalmas, lazos y monturas. Mi madre no leía. Le fatigaba el material impreso que fuera más allá de los titulares de los periódicos. Con el tiempo se redujo a la lectura monótona de misales, novenas y libros de oraciones. Pero tenía una letra, una caligrafía impecable que le servía para escribirse con sus familiares. Con todas sus dificultades, mi padre mostraba más interés por la lectura. Además del periódico, saboreaba las revistas y, de tanto en tanto, algunas obras de difusión. Valoraba mucho las Selecciones del Reader’s Digest. Quería informarse, llenar precariedades de su efímera educación formal. Al terminar el cuarto año de primaria, o a algo que mi madre consideraba que era el cuarto, me envió a un internado de Medellín para cursar el quinto a fin de obtener el certificado exigido por el ingreso a la secundaria. De ella sufrí la vara por partida doble: como maestra y como madre. Cuando fui aceptado en un colegio de bachillerato, inicialmente un plantel de los Hermanos Cristianos, la familia se trasladó a Medellín. Mi padre se quedó en el campo y era muy dado a murmurar: “Los hijos nos quitan la esposa”. Avancé a tropezones por el bachillerato. Pasé por el Marco Fidel Suárez, un plantel dirigido por el educador Moisés Melo, un boyacense afincado en Antioquia por los años treinta, donde se casó con una joven de apellido González, vinculada a las labores educativas, y vine a terminar la secundaria en el Liceo de la Universidad de Medellín en diciembre de 1963.

Mi llegada a Medellín fue una experiencia liberadora. Allí conocí las tiendas, las calles, los edificios, el cine, las librerías, las bibliotecas. Fue un acontecimiento intelectual y una fuente de socialización cultural de primer rango. Finalizaba la década del cincuenta, caía la “dictadura” de Rojas Pinilla y comenzaba el Frente Nacional. Mi padre se hizo a una casa en el centro de la ciudad cerca de la avenida La Playa donde se encontraba la Biblioteca Piloto. Allí iba con frecuencia a leer libros de literatura que no estaban en el currculum del bachillerato. Medellín era todo lo contrario del medio en el que me había formado en la infancia y comienzo de la adolescencia.

Éramos demasiados hermanos. Yo veía que los mayores tomaban el rumbo de las labores de mi padre. La finca y el almacén de abarrotes de la estación de Porcesito los atraía. Pero yo quería destacarme y tomé un rumbo diferente. A medida que avanzaba en las fatigas del bachillerato, el ciclo más aburrido de mi larga experiencia formativa, me fui haciendo a una biblioteca personal y a amistades en los cafés de la ciudad. Me acerqué sobre todo a La Bastilla, un local ubicado en una esquina de la Playa con la populosa carrera Junín, frecuentado por periodistas, abogados, estudiantes universitarios y políticos activos. Allí encontré el escenario de mi pedantería, esa curiosidad libresca puramente especulativa, muy dada al encadenamiento de argumentaciones formales. Discutía con los amigos de libros y películas, de obras de teatro y de exposiciones que se ofrecían en la ciudad. Por La Bastilla pasaba Estanislao Zuleta, una verdadera caja de música, cuando venía a Medellín y nos hablaba de novedades en literatura, marxismo y psicoanálisis. Recuerdo que en una ocasión aludió a un rumano afincado en París, Lucien Goldmann que trabajaba en campos de sociología de la cultura con marcos de referencia marxistas. Leíamos a los rusos. Nos sobrecogió Maiacovski cuando tuvimos oportunidad de hacernos a los tomos de sus Obras escogidas traducidas por una poeta de Buenos Aires, Yelizaveta Innokéntieva Yakovleva, que se hacía llamar Lila Guerrero. Nos hicimos a mucho teatro divulgado por la editorial Losada. Era la época dorada de la editorial de don Gonzalo Losada, un republicano español establecido en Buenos Aires, que promovió muchas obras de los dramaturgos del momento. Todos queríamos leer lo que sacaba. Drama, poesía y novela y, los más avezados, frecuentaban los textos de filosofía. Nunca leímos las obras de Alejandro Dumas, Emilio Salgari o Julio Verne, que tanto disfrutaron nuestros compañeros de generación. Nos parecían ligerezas de bachilleres holgazanes.

Desde el principio quisimos hacer lecturas “serias”: Voltaire, Rousseau, Marx, Engels. El marxismo surgía como la cultura de nuestro tiempo. Freud, y todo lo que estuviera asociado con él, nos parecía engorroso a pesar de los entusiasmos de Zuleta. Pero le pusimos mucho cuidado a Federico Engels, un autor que no tenía buena prensa en los medios ilustrados del marxismo Occidental. Sus esfuerzos por llevar la dialéctica al mundo natural no eran de buen recibo. Nos saltamos esta controversia, era demasiado intrincada para nosotros, hacía parte del materialismo dialéctico, la cara filosófica del marxismo de la cual nada entendíamos. Nos centramos en su sociología, en lo que después se llamó materialismo histórico. Engels era, además, más fácil de leer que Marx. Era cristalino, despejado, directo; dueño de una frase corta que jamás se alejaba de la materia objeto de estudio. En sus textos la palabra empleada parecía confundirse con la realidad. Navegábamos con soltura por El campesino en Francia y Alemania, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, Las guerras campesinas en Alemania, Contribución al problema de la vivienda y La situación de la clase obrera en Inglaterra, libro este último que escribió cuando tenía veinticuatro años. Se servía de archivos, estadísticas, datos históricos, informes de prensa, documentos oficiales o –como decía– “de fuentes auténticas y del conocimiento directo de las cosas”. Todo esto lo hacíamos con los volúmenes que nos traía la “Librería Nueva Cultura” del Partido Comunista de Antioquia, entre los cuales se destacaban los compactos tomos azules de pasta dura de las Obras escogidas en dos tomos de Carlos Marx y Federico Engelsde Ediciones en Lenguas Extranjeras de Moscú, “preparadas por el Instituto de Marxismo-Leninismo adjunto al Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética”.

Todo lo de Engels nos parecía sociología, aunque llenara de epítetos a Comte cuando se lo encontraba en sus lecturas. ¡Era el “positivista” del team Marx-Engels![3] Con el paso de los años volví sobre él con ocasión de la edición pirata de su monografía sobre el proletariado inglés promovida por la casa Morgan & Drake de Bogotá, para la cual escribí, a lo Paul Lazarsfeld, una contra-carátula que decía:

Pieza maestra de la investigación social empírica del siglo XIX […] Esta nueva edición de La situación de la clase obrera en Inglaterra tiene una importancia capital para el estado actual de la investigación social en Colombia. Enfrascada en una permanente discusión sobre el papel de la teoría y los datos en el proceso de investigación, no ha logrado el despegue necesario para la elaboración de trabajos sistemáticos y significativos que superen la mera discusión metodológica.

Era claro que teníamos lecturas muy densas. Quizás leíamos más de lo que comprendíamos. En una ocasión un mirón, que no era del grupo, muy amigo de las chanzas, se acercó a nuestra mesa de La Bastilla y hojeó el ejemplar del Manifiesto comunista de un compañero y encontró subrayados por todas partes. El libro parecía el croquis de un cuadro de Paul Klee. “Pacho –le dijo– veo que has estudiado con mucho detenimiento este libro. Tu nivel de aprovechamiento es increíble”. “Sí es verdad –respondió Pacho– solo que subrayé lo que no entendía”.

Necesitábamos dirección, mucha dirección. Los amigos de más edad lo hacían mucho mejor y tenían más armas para asimilar aquel imparable derroche de diletantismo. Sin embargo, dejaban ver una dificultad o al menos eso me parecía. Adoraban los libros, los disfrutaban y eran capaces de discutirlos, pero no escribían ni se planteaban la necesidad de hacerlo en el futuro. ¡Solo querían ser unos profesionales ilustrados!

2.

Al terminar el bachillerato en diciembre de 1963 llegó la agonía de la elección de los estudios universitarios. Era evidente que yo quería estudiar ciencias sociales o algo que se le pareciera. Por allí estaba la filosofía y por allá la economía y el derecho, pero nada de ello me llenaba. Además, Medellín me estaba saturando. Debatíamos mucho, pero también éramos muy etílicos y ello podía llevarnos a un callejón sin salida. Los amigos de La Bastilla eran muy dados a la cerveza los fines de semana y yo los acompañaba hasta donde podía, hasta donde mi bolsillo alcanzaba a cubrir la ronda de turno. Fue cuando apareció Fals Borda en escena. La Universidad de Medellín lo invitó a dictar una conferencia sobre la violencia en Colombia y el libro que daba cuenta de este “proceso social”, que había publicado con monseñor Germán Guzmán Campos y el jurista Eduardo Umaña Luna. La violencia en Colombia era un best-seller y estaba en boca de todo el mundo. Fals dio la conferencia y al final de ella mencionó los estudios de sociología en la Universidad Nacional. Al terminar su exposición me acerqué al estrado y le pregunté sobre la Facultad de Sociología. Me dijo: “no se preocupe, deme su dirección y yo le envío algunas de nuestras publicaciones y así usted podrá ver con mayor tranquilidad lo que hacemos”. Y así fue. A las pocas semanas recibí una muestra de ellas y el Prospecto que contenía los cursos y los profesores que los atendían. Al momento le dije a mi madre: “quiero estudiar sociología y, en Bogotá, no en la Universidad Bolivariana, un plantel confesional”. Mi madre, después de consultarlo con mi padre, la fuente de los recursos, llamó a Gerardo Molina y él se encargó de mi desplazamiento a la capital. Una vez en Bogotá el profesor Molina llamó a su amigo Fals Borda para que pudiera hacer los exámenes de admisión. Fui admitido, y a partir de febrero de 1964 era un estudiante regular de la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional.

Los estudios de sociología se tomaban cuatro años. Era un diseño tomado del bachelor gringo. Fals conceptuaba que cuatro años eran suficientes para alcanzar la formación básica. Después vendrían las maestrías y los doctorados. Había muchas materias de interés. Geografía, economía, historia, antropología y estadística, además de las obligatorias dirigidas a cubrir el campo sociológico: metodología, demografía, teoría, sociologías especiales, estructura y procesos sociales, psicología social. ¿Qué profesores encontré en sociología? Había una variedad de docentes nacionales y extranjeros, pero Fals Borda era el líder seguido de Camilo Torres. A los 30 años Fals era dueño de dos importantes libros, que rápidamente elevaron su nombre a los primeros puestos de la sociología latinoamericana. Su tesis de maestría en la Universidad de Minnesota, Campesinos de los Andes,apareció en 1955 bajo el sello de una notable University Press gringa, y la de doctorado, en la Universidad de La Florida, también de 1955, fue traducido al español en 1957 como El hombre y la tierra de Boyacá. Era el sociólogo, y López de Mesa, que ostentaba ese título, se fue desvaneciendo en los meandros de una frágil filosofía especulativa de difícil lectura. Sus textos eran francamente inasibles y de escaso valor para la reflexión social. Por aquellos días la Radio Nacional lo entrevistó y le preguntó:

Profesor Fals, muchas personas no ven claro cómo se compara usted con otros sociólogos muy respetados como el Dr. López de Mesa. A lo que respondió: Para mí ha sido a veces penoso que se me quiera achacar un deseo de desplazar a pensadores que, como el Dr. López de Mesa han ofrecido importantes contribuciones al conocimiento sociológico del país. Es evidente, no obstante, y en ello estoy seguro de que el Dr. López de Mesa está de acuerdo conmigo, que los estudios de los fenómenos sociales del país en décadas anteriores no poseían la metodología para confirmar o desvirtuar las teorías o hipótesis que expresaban muchas veces brillantemente, en tal forma que permanecieron en un plano puramente discursivo”.[4]

¡Nunca se había usado el elogio con tal primor para demoler la obra de un antagonista!

Cuando llegué a Bogotá encontré que la impronta del marxismo en el medio universitario era muy fuerte y la militancia política todavía más. El movimiento guerrillero estaba a la orden del día y las jornadas políticas de Camilo Torres llenaban el espectro estudiantil. Mi experiencia antioqueña me salvó de este tsunami, de esa ola que parecía llevarse todo por delante. El marxismo me interesaba como corriente intelectual, no como orientación para la lucha política. La praxis, la acción, jamás me interesó por sugestiva y enriquecedora que ella fuera. De allí que adquiriera entre los compañeros del consejo estudiantil un perfil negativo de colega de torre de marfil, de alguien que se refugia en un faro de colmillo de elefante para charlar de cosas irrelevantes que solo interesan a los partidarios de la curiosidad ociosa.

El escenario político lo marcaba Camilo Torres. Era el profesor de sociología urbana, campo en el que se había graduado en Europa con un trabajo sobre la capital que después publicó con el título de La proletarización de Bogotá, que le dio fama como sociólogo. Estaba en plena juventud, 36 años. Yo iba por el segundo año cuando debía tomar el curso de sociología urbana, pero en ese momento, 1965, la Iglesia le impidió la actividad docente y ya no tuvimos oportunidad de tenerlo en el salón de clase. Fals lo siguió sosteniendo como investigador. Lo veía con su pipa por la Facultad y en dos o tres ocasiones me acerqué a él y no de manera individual y directa, sino como escucha en los frecuentes corrillos que hacía con los estudiantes de los cursos superiores para hacer eco a las risas desprendidas de sus apuntes jocosos. Después volví a verlo como expositor en el aula máxima de la universidad hablando de su trabajo sobre la violencia en Colombia o como orador al aire libre en el campus agitando la bandera del Frente Unido, un partido que organizó para dar vida a sus jornadas políticas.

Avancé en los cursos de la carrera sin mayores obstáculos. No fui un estudiante brillante ni tampoco opaco. Lo normal. En un momento tomé un curso de historia con el profesor Jaramillo Uribe del departamento de Filosofía y Letras. Bajo su dirección leímos la Ciencia cultural y ciencia natural de Heinrich Rickert. En diálogo con Rickert, Jaramillo hablaba de las diferencias de las ciencias de la naturaleza y de las ciencias del hombre. Las primeras, muy dadas a la generalización, a la experimentación y a la previsión de los fenómenos, se presentaban como un saber seguro y contrastable. Las segundas, más inclinadas a lo individual, a la descripción de singularidades, carecían de la fuerza de la previsión, pero –a juicio de Jaramillo– eran capaces de asir el pasado y el presente de la experiencia humana siguiendo un severo escrutinio afincado en datos que apresaban las acciones humanas. Jaramillo no era un profesor cautivante en el salón de clase. Disertaba pausadamente con fichas en las manos, pero era un docente que hablaba de historia y la hacía, y eso era clave para un joven con vocación intelectual. Lo mismo veíamos en Fals, quien hablaba de sociología y la hacía. Abundaban los profesores que promovían la investigación, pero la aplazaban ad infinitum o se la dejaban a los estudiantes. Para Fals y Jaramillo las clases, la publicación oral, eran borradores de futuras publicaciones impresas. Pensaban que lo exhortado en el salón podía traducirse en artículos, ensayos y libros o, simplemente, eran desarrollos de cosas que ya habían sacado en imprenta.

Terminé los cursos de sociología en diciembre de 1967. Cuatro años. Ahora había qué abordar la tesis de grado. En un principio me incliné por la sociología de la cultura, la sociología de la literatura para ser más preciso. Me había hecho amigo de Francisco Posada Díaz, director del Departamento de Filosofía. Él impulsaba un impreso en mimeógrafo, Horizonte 2000, boletín del Departamento de Filosofía de la Universidad Nacional y allí había publicado una reseña sobre un film de Sergio Leone, Por unos dólares más. Las películas del Far West han sido una de mis pasiones fílmicas desde la adolescencia. Reviven mi pasado rural: las mulas, los caballos y el ganado, los ríos, los valles y las montañas, el ferrocarril y sus estaciones con sus respectivas stores, saloons y sheriffs de turno que me recordaban al policía, los bares y las tiendas de abarrotes de Porcesito. Con Posada conocí mucha gente. Lo acompañaba con frecuencia al Café Pasaje de la Plazoleta del Rosario, la Universidad donde se había graduado de abogado. Allí conocí a varios juristas, escritores y políticos. Indalecio Liévano Aguirre y el escritor Nicolás Suescún eran muy asiduos. Suescún (1937-2017) era un gran traductor del inglés, idioma que amaba y que le había ayudado a forjar el propio para adelantar sus trabajos literarios. Había sido alumno de Lionel Trilling en la Universidad de Columbia de Nueva York y por aquellos días trabajaba en la Librería Buchholz y editaba la revista Eco. Era tímido, perspicaz y enterado. Las revistas que llegaban a la Buchholz lo conectaban con las novedades gringas y europeas. Liévano Aguirre, dueño de una carcajada pródiga, le gustaba hablar de biografías y biografiados. Hablaba con gran entusiasmo de los libros de Isaac Deutscher y se unía al coro de los que afirmaban que los mejores biógrafos eran los ingleses. Por allí también pasaba Jorge Child (1924-1996), un animado periodista de temas económicos de formación alemana que se vanagloriaba de haber acuñado el mote de mamertos para calificar a los militantes del Partido Comunista. Hallaba que su Comité Central estaba integrado por Gilbertos y Filibertos que mamaban de los recursos de la URSS.

Posada me daba a leer sus originales. Entre ellos un ensayo a máquina sobre Mariátegui. Cuando salió a la calle en una editorial de Madrid con el título, Los orígenes del pensamiento marxista en Latinoamérica, escribí una reseña. Se la enseñé y él se encargó de hacerla publicar en las páginas dominicales de El Tiempo. Fue mi segunda publicación bajo su abrigo. Posada quería que yo hiciera la tesis de licenciatura con él sobre la novela de la violencia y para ello debía leer lo mejor de la estética marxista. Leí aquí y allá, pero me embrollé y no encontré una senda clara. El asunto superó mis fuerzas y le dije que quería buscar un tema más familiar, más afín a mi formación convencional de sociólogo. Y así fue, no se molestó.

En el ambiente había más cosas. Jean-Paul Sartre era un mago que parecía colmar las más diversas apetencias. Lo leían profesores y estudiantes, escritores y pensadores. Era un autor que se desenvolvía en múltiples campos y en todos ellos cosechaba aplausos: novela, drama, filosofía, crítica literaria, controversia política y discusiones epistemológicas, como lo sugería un ensayo, Problemas de método, que tradujo Jorge Orlando Melo en asombrosa juventud al español, que después vimos aparecer como pórtico a su espesa Critica de la razón dialéctica. Pero Sartre no me cautivó. Disfruté su literatura y algunos ensayos. Su filosofía me parecía oscura y su crítica política y literaria embrollada para un estudiante de sociología. Lo que leí de él fue quizá bajo la mirada inquisitiva de los lectores de Estrategia, una revista animada por Estanislao Zuleta y Mario Arrubla que destilaba mucho Sartre en sus salidas. Era un marxismo muy refinado venido de la rue d’Ulm, donde se cocinaban los filósofos franceses de izquierda. Además, por esos días me estaba acercando a Raymond Aron que trabajaba en sociología, en filosofía de la historia y en ciencia política, con libros como La sociología alemana contemporánea y Un siglo de guerra total, la traducción castellana de Les guerres en chaine de 1951, volumen que se leía de corrido como gran periodismo a lo Walter Lipmann, con capítulos como “Del marxismo al estalinismo”, donde sostenía que si bien el pensamiento de Stalin se originaba en el marxismo, una doctrina occidental, su obra se veía permeada por las singularidades de la nación rusa, la construcción de un socialismo burocrático que recordaba los despotismos de Iván el Terrible y de Pedro el Grande. Esto desembocó, en la esfera teórica y en el terreno de la práctica política, en una ciencia abarcadora que todo lo resolvía, el marxismo-leninismo, disciplina que un popular diccionario a cargo de dos funcionarios de la Unión Soviética, Mark Rosenthal y Pavel Iudin, definían como la ciencia relativa a las leyes del desarrollo de la naturaleza y de la sociedad que daba cuenta de la revolución de las masas explotadas, de la victoria del socialismo y de la construcción de la sociedad comunista. A todo esto, que ya era bastante, se sumaba el hecho de que servía de sustento a la ideología de la clase obrera y a la acción de los variados partidos comunistas de Asia y África, de Europa y América. En Aron había, además, un grito contra las imposturas e ingenuidades de los marxistas franceses develadas en El opio de los intelectuales, grito al que le siguieron las notables Etapas del pensamiento sociológico, que cubrían el desenvolvimiento de la ciencia de Comte desde sus fundadores hasta comienzos del siglo XX. Del pensador galo nos atraían la crítica informada y la prosa que le daba relieve, esa claridad tan durkheimiana derivada de Descartes. Lo que afirmaba se comprendía sin necesidad de recurrir a intermediarios y exégetas de turno. Era un autor que no estudiaban mucho mis compañeros, sobre todo los seguidores de Sartre, nombre que se veía vapuleado en sus páginas. Aron nos previno de la experiencia soviética tan querida y enaltecida por los compañeros de la Juventud Comunista.

A la lectura de Aron, se sumó una que marcó mi formación sociológica: la lectura de Teoría y estructura sociales de Robert K. Merton que llegó a mis manos a finales de 1967. Era un libro que reunía diecinueve ensayos divididos en cuatro partes presididas de ilustrativas introducciones que hacían del volumen una obra compacta: teoría sociológica, estudios sobre estructura social y cultural, sociología del conocimiento y de las comunicaciones y sociología de la ciencia.[5] Merton era muy sugestivo. Conocía el marxismo, hacía trabajos históricos e investigaciones por encuesta y recurría a los clásicos europeos y norteamericanos para enriquecerlos. A ello sumaba una escritura elegante y controlada en medio de un saber humanístico nada frecuente en el oficio. Se interesaba por el desenvolvimiento de las ciencias sociales –economía, historia, antropología, psicología, ciencias políticas– y por sus fundadores, sin olvidar a los pensadores de segunda fila que examinaba puntillosamente para extraer ideas luminosas de sus obras. Mostraba gran interés por la historia de la sociología y sugería cómo hacerla. Todo esto lo ideaba en medio de un respeto por los datos, anhelo que hacía muy persuasivas sus conclusiones. Nada de metateorías abarcadoras lejos de los referentes que las ilustraran y afinaran. Se irritaba con la especulación. Para ello diseñó una estrategia que llamó “teorías de alcance medio”, teorías que confieren vida a campos delimitados que iluminan uniformidades empíricas, como la teoría de los grupos de referencia, de la familia, de la estratificación y de la movilidad social. Pensaba que era la única forma de hacer que la sociología fuera una ciencia, un pensamiento seguro, fehaciente. En esta labor no le era ajena la artesanía del historiador, del analista de encuestas y del trabajo de campo de los antropólogos que atendió en sus estudios sobre vivienda poco divulgados. Parecía encarnar el tipo ideal del sociólogo descrito por lo manuales de sociología. “Perhaps the greatest sociologist of the 20th century”, apuntó con arrojo uno de sus biógrafos, el polaco Piotr Sztompka, calificación que si bien algunos pueden considerar exagerada, no es descabellada.[6] Y ya no me despegué de Merton. Fui leyendo sus libros a medida que iban saliendo en español. A partir de aquel momento fue mi contemporáneo a distancia por más de treinta años. Murió en 2003. Me escribí con él y me animó cuando escribía La artesanía intelectual, un ensayo sobre el ensayo

3.

Me vine a graduar con una tesis empírica muy a lo norteamericano, un estudio sobre el origen social de los estudiantes de la Universidad Nacional. Recuerdo que Gerardo Molina y el rector José Félix Patiño habían difundido, entre otros, la idea de que los estudiantes de la Universidad Nacional eran de origen popular. Sin duda era un plantel nacional, sus estudiantes veníamos de Antioquia, de la Costa Atlántica, del Cauca, de los Santanderes, de los vecinos departamentos Boyacá y Tolima y, claro, de Cundinamarca y de la capital. Por aquellos días la Universidad había hecho una encuesta sobre los estudiantes, pero los analistas no le pusieron mayor cuidado, se durmió y fue arrumada. Al examinarla encontré que su matrícula era, ante todo, de clase media y alta. Solo el 8% de los estudiantes tenían un claro origen popular, bien sea venido del mundo campesino o urbano. En pocas palabras, la Universidad Nacional era muy elitista. ¿Por qué? El hecho no provenía solo de sus filtros, sino de la herencia del bachillerato, del ciclo que la nutría. Había mucha enseñanza primaria, la enseñanza media era muy restringida y la Universidad todavía más. Rápidamente apareció publicada. El escritor y analista social Mario Arrubla, que dirigía la Revista de la Dirección de Divulgación Cultural de la Universidad Nacional, difundió la segunda parte de la tesis en 1970, y después Ivón Le Bot, un sociólogo francés que trabajaba en el DANE, la primera parte en el Boletín Mensual de Estadística en octubre de 1971. Recuerdo que Gerardo Molina aludió a ella en un ensayo de 1971 donde hablaba de los obstáculos a la movilidad social en el país.[7]

La tesis me abrió un escenario como sociólogo de la educación. Rápidamente fui profesor del área en varias universidades de Bogotá y la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, que tenía un programa de investigación educativa auspiciado por la Fundación Ford, me llamó para hacer una pesquisa sobre educación rural en Boyacá. Me fui a Tunja y en compañía de otros colegas reunimos estadísticas y recorrimos las escuelas del campo y entrevistamos a maestras, niños y padres de familia. Para ello me hice a un jeep Willys, como lo había hecho Fals Borda cuando adelantaba su indagación sobre El hombre y la tierra en Boyacá. Aplicamos una encuesta a maestros rurales para averiguar su origen social, su nivel educativo y sus aspiraciones. La investigación se publicó en 1971 en mimeógrafo y fue bien recibida y, décadas después, cuando ya muy pocos hablaban de educación rural, saqué un resumen de ella con el título, Educación y mundo rural, el caso de Boyacá (2015). Para mí fue una gran experiencia. El trabajo empírico es irremplazable por familiarizado que se esté con los populares manuales de metodología que, como se sabe, son legión.

Una vez entregado el informe sobre Boyacá regresé a Bogotá en busca de trabajo. Quedarse en Tunja, donde me habían ofrecido un puesto docente, era permanecer en un sitio muy estrecho y de escasas posibilidades de movilidad social y de realización académica. La agitación intelectual estaba en Bogotá. Por unos meses me refugié en el Departamento Nacional de Planeación, pero mi jefe se dio cuenta de que yo no era un funcionario modelo. Hacía las tareas, pero siempre me veía leyendo un libro ajeno a las labores cotidianas de la oficina. Se molestaba, quizá con razón. Por esos días Planeación Nacional auspiciaba unos postgrados en educación en la Universidad Pedagógica Nacional y de momento les manifestó a las autoridades de aquel plantel pestalozziano que él tenía el sociólogo que ellos necesitaban. Me entrevistaron, me aceptaron y, sin buscarlo y sin estar muy convencido, el traslado marcó mi destino por treinta años.

Pero había algo que no encajaba. ¡Era profesor de postgrados sin tener postgrado! ¡Solo una licenciatura en sociología! Fue el momento en el que la Fundación Ford, entidad que seguía frecuentando, me ofreció la posibilidad de hacer una maestría en educación y desarrollo en la prestigiosa Universidad de Stanford donde tenían recursos para jóvenes profesores de América Latina. Estuve en USA año y medio, 1972-1973, y, cuando regresé al país con la maestría a cuestas, los postgrados de la Pedagógica se habían esfumado. Enseñé en el pregrado por unos años y continué con mis lecturas que me fueron conduciendo a revisar los clásicos de la sociología. Comencé a interesarme, igualmente, por la historia de las ciencias sociales en Colombia, publicando ensayos sobre Luis E. Nieto Arteta, un pensador poco conocido en el país, salvo su matiz historiográfico.

Pero la sociología de la educación empezó a fastidiarme. Me parecía un tema muy estrecho que solo tenía lugar si se lo vinculaba con el conjunto de la sociedad y con lo mejor de la teoría sociológica. En 1980 publiqué un ensayo sobre Max Weber en las páginas de Eco, una revista muy germana, y esto me abrió el campo de la teoría. Creo que era la primera vez que se publicaba en el país un texto orgánico y de alguna extensión sobre el autor de Economía y sociedad. Publicar en Eco era, además, un signo de distinción, como lo había sido Mito para la generación de mis profesores. El ensayo fue leído y hojeado por filósofos, historiadores y sociólogos. Quizás me criticaron, pero nunca lo supe. Weber era poco conocido. Y eso me bastó para sentirme seguro. Ahora sabía que podía hacer cosas por fuera de la sociología de la educación. A continuación, me interesé por Durkheim, el promotor de muchos campos en sociología, entre ellos la sociología de la educación que me había llegado por la orientadora Sociología de la educación del brasileño Fernando de Azevedo. Para afianzar estos esfuerzos me di a la tarea de traducir, del inglés, con Yolanda Ramírez Prado, una estudiante de nuestro posgrado en sociología de la educación, una colección de artículos de Weber sobre la universidad que dio lugar a El poder del Estado y la dignidad de la vocación académica. A este pequeño volumen le siguió, con Inés Elvira Castaño, otra estudiante del posgrado, Educación y pedagogía de Durkheim, publicado en Colombia y en Buenos Aires. Ninguno de estos textos se conocía en español.

Para legitimar mi estadía norteamericana promoví un posgrado en sociología de la educación en la Universidad Pedagógica con la ayuda de Guillermo Briones que trabajaba con la UNESCO. Briones atendía los cursos de metodología y yo los de teoría. Hubo muchos egresados y por allí pasaron muchos profesores colombianos y extranjeros, como Fals Borda, Rubén Sierra Mejía, mi profesor Carlos Escalante Angulo, el historiador James D. Henderson, Mario Arrubla y Carlos Molina, hijo de Gerardo Molina, que cubrió el curso de economía de la educación por un tiempo. A ello se sumó la fundación de la Revista Colombiana de Educación, que difundía los trabajos de los profesores y de los estudiantes del posgrado, con multiplicadas traducciones de los clásicos de la sociología y de la investigación extranjera sobre sobre la educación nacional.

Fueron también los días de la reapertura de la Asociación Colombiana de Sociología que presidí entre 1980 1986. Ello me dio una audiencia más amplia con colegas del país, de América y de Europa. Con Fals Borda tuve oportunidad de asistir al X Congreso Mundial de Sociología reunido en México y al XI Congreso que tuvo lugar en Nueva Delhy. En ambos participé en el Research Committee n.º 8 dedicado a la historia de la sociología, y allí vi en acción a lumbreras del campo, como Lewis Coser, Donal L. Levine, Stephen P. Turner, David Frisby, Agnes Heller y Salvador Giner. Con estas experiencias me fui emancipando del tema educativo que tanto me había ayudado en mi formación y que tanto me había tiranizado. Y tras esta retirada llegaron nuevos retos a los cuales había que responder.

4.

Para impulsar mi interés en el desenvolvimiento de las ciencias sociales en el país, emprendí una multiplicada labor de compilación de obras y autores olvidados. Edité las obras de Diego Mendoza Pérez y L. E. Nieto Arteta, de B. Sanín Cano y Gerhard Masur, y prologué libros olvidados de Santiago Pérez, Ignacio V. Espinosa y Gerardo Molina acompañadas de introducciones comprensivas. Esta continuada labor editorial me ayudó a afinar datos, lenguajes, influencias, tradiciones de pensamiento y entornos sociales y culturales, que puse en práctica en unas monografías empíricamente orientadas (uso de fuentes primarias) sobre el historiador Joaquín Tamayo, el poeta Francisco de Paula Carrasquilla y el mencionado Nieto Arteta que confluyó en La introducción del pensamiento moderno en Colombia, de 2013.

Estos trabajos me vincularon con la historia y de nuevo con J. Jaramillo Uribe a quien volvía a encontrar en la Universidad de los Andes en los ochenta y noventa. Paralelo a mis labores en la Pedagógica daba un curso sobre “Educación y Desarrollo” en los Andes. Cuando salía del salón de clase pasaba por su oficina, almorzábamos y hablábamos sobre mil cosas o, mejor dicho, él hablaba y yo escuchaba. Jaramillo quería hacer un libro sobre el último siglo de la Colonia, el de los presidentes y de los virreyes, pero el volumen jamás cuajó y, haciendo uso de su amplio saber de los tiempos coloniales y de los siglos XIX y del XX, optó por escribir una serie de ensayos que fue publicando en periódicos, revista y libros colectivos. Conceptuaba que su mejor trabajo era El pensamiento colombiano en el siglo XIX, pero sospecho que las nuevas generaciones lo pueden superar con facilidad examinando fuentes más precisas a la luz de marcos de referencia más compresivos. Otra cosa sucede, me parece, con las contribuciones desprendidas de sus Ensayos sobre historia social colombiana,de 1969, donde estudiaba la esclavitud, la población indígena, el mestizaje y la diferenciación social y las controversias jurídicas alrededor de la liberación de los esclavos. Allí Jaramillo unió, con destreza, historia, antropología, demografía y ciencias jurídicas. Eran investigaciones provenientes de un severo trabajo de archivo iluminado con conceptos abarcadores tomados de la sociología. Su lectura de autores como Marx, Werner Sombart, Max Weber y Gilberto Freyre, y su conocimiento de las filigranas del belga Henri Pirenne, lo orientaban en el estudio de unas particularidades para llegar a conclusiones generales. De ellos aprendió sobriedad en la escritura y de hacer historia analítica donde la narración era solo el recurso para describir un ejemplo y otorgar vida a un proceso.

En una ocasión le dije a Jaramillo: “Profesor, usted tiene en su haber una variedad de ensayos que vinculan la historia con la sociología. ¿Por qué no los reunimos en un volumen compacto?” Allí nació De la sociología a la historia, de 1994, que tuvo buena acogida en los medios historiográficos y en la guilda sociológica. A poco la Universidad de los Andes se interesó por la edición de sus obras completas y me comprometí con un segundo título, Historia, sociedad y cultura. Junto a este volumen fueron saliendo los demás títulos que ya no requerían mayor cuidado. Recuerdo que tenía en sus archivos varios textos de conferencias grabadas. Me los dio, los estudié, les di una primera redacción y a continuación los revisó para su publicación final.

Aprendí mucho con Jaramillo Uribe. Participar en la edición de las obras completas de un autor vivo de prestigio es una gran experiencia. Observé cómo escribía y leía, cómo hacía apuntes y cómo criticaba a los demás, unas veces con fuerza y otras con socarronería. Era culto y escribía muy bien. La filosofía, la literatura y las artes plásticas no le guardaban secretos. Aunque tenía una máquina de escribir al lado, prefería escribir a mano. Odiaba el computador, decía que malograba el estilo. Una experiencia parecida la tuve con Fals Borda, no ya como editor de su obra sino en los diálogos permanentes y, por supuesto, como profesor. Llegué inclusive a ser su conductor por un semestre. Me orientaba y a veces me decía, con asombro, que yo le estaba hurtando tiempo y esfuerzos a la sociología con mis aventuras en historia, filosofía y crítica literaria. Ello –me decía– podía llevar a un diletantismo donde se hablaba de las cosas “por encima”. Nada de profundidad. Lo de filosofía le asombró cuando supo que había escrito un ensayo sobre Rafael Carrillo, que consideraba un pensador de la Costa, región que tanto quería y exaltaba.

Mi relación con Carrillo fue en los cafés. Hablábamos de libros, de los amigos, de lo que difundían los periódicos y de los profesores de filosofía, a los que apreciaba poco, salvo su amigo de toda la vida, el caldense Danilo Cruz Vélez con el que se veía todos los sábados en una cafetería de Chapinero para almorzar. De Abel Naranjo Villegas afirmaba que era un aficionado, “pobre Abelito –me decía– habla de lo que apenas sabe”. Consideraba a Nieto Arteta un burócrata, un aficionado a la filosofía al que le faltaba formación, oficio, mucho oficio. Tenía en buen concepto a Cayetano Betancur, pero lo encontraba poco profundo, era demasiado abogado. De Jaime Vélez Sáenz, callaba. Carrillo había sido el fundador del departamento de filosofía de la Nacional durante la rectoría de Gerardo Molina, después se fue a Alemania y cuando regresó volvió a la enseñanza en la Universidad Nacional. Allí se jubiló y continuó deambulando por los cafés bogotanos. Era autor de un libro de ensayos, Escritos filosóficos, que le compilaron los amigos. Solo eso. Cuando murió, el director de Filosofía les pidió a los colegas un obituario. Todos se negaron. No gustaban de Carrillo y además trabajaban en temas muy distintos a los cultivados por el “Néstor” de la filosofía nacional en un pasado que ya nadie o muy pocos recordaban. Fue cuando alguien dijo: “Pídanle a Cataño que lo haga, él lo frecuentó en los cafés de la ciudad y ha estudiado la filosofía de aquellos días en sus trabajos sobre Nieto Arteta”.

Y así fue, me puse a la tarea. Hablé de su filosofía, de su origen social, de su formación, de sus autores preferidos y de sus labores como organizador del Departamento de filosofía. El texto apareció en la revista de los filósofos, en Ideas y Valores. Fue bien recibido en ciertos ambientes y criticado en otros. Pocos sabían quién era Carrillo y qué había escrito en las dehesas de Platón y Aristóteles. Y, debo decirlo, como sociólogo cargo con una terquedad que avasalla mis escritos de historia de las ideas. No puedo examinar la obra de un intelectual si carezco de alguna noticia de su vida y de su tiempo. Siguiendo al danés Georg Brandes y a su alumno aventajado B. Sanín Cano, no logro comprender a un autor si no tengo noticias de sus experiencias. Analizar en abstracto una obra de ciencias humanas me causa más de un dolor de cabeza. En todo pensador busco la persona que escribió el texto y las acciones en las que se vio involucrado para conseguirlo. Quiero ver sus afanes reflejados en la obra y esto lo consigo, o intento conseguirlo, aludiendo a sus amigos, a la institución donde trabajó, al examen de su idioma, a la fuerza de sus giros, a sus ejemplos, a sus autores preferidos. Y para ello tengo que tener información venida de fuera por precaria que ella sea. Esto no quiere decir que niegue el proceso acumulativo de la ciencia social que, si bien es un producto humano, una ciencia humana hecha por humanos, en su desarrollo va dejando una herencia de teoría y método, de hallazgos empíricos y elaboraciones conceptuales que, con el tiempo, se emancipan de su fuente existencial que les dio vida, para hacerse, por acopio, un saber independiente de sus creadores.

Y debo terminar. Esto no es una autobiografía, solo un recuento desgranado de experiencias, de cosas que me han sucedido, y de vivencias, de las formas como las he sentido y de la huella que han dejado en mi interior. Solo debo decir que he escrito sobre muchas personas, especialmente de mis contemporáneos cuya obra me ha atraído y de la cual he aprendido mucho. He escrito sobre mis profesores O. Fals Borda, J. Jaramillo Uribe y Darío Mesa, pero también sobre A. Lleras Camargo, Gerardo Molina, Rafael Carrillo, Camilo Torres y J. O. Melo. No he olvidado a representantes de la generación de la primera mitad del siglo XX que no conocí. El oceánico B. Sanín Cano, los historiadores Gerhard Masur, Joaquín Tamayo y L. E. Nieto Arteta siempre llamaron mi atención, lo mismo que los ensayistas Diego Mendoza Pérez, Alejandro López y L. López de Mesa, pensadores que tenían un pie en el siglo XIX. También me acerqué a Santiago Pérez, a Ignacio V. Espinosa, a los spencerianos fin de siècle vinculados con el Externado de Derecho y al peruano José Carlos Mariátegui. En el campo sociológico no me fueron ajenos Tocqueville, Mill, Weber y Durkheim, a los que agregué los norteamericanos Robert K. Merton y Talcott Parsons, a quien conocí personalmente. Eran los pensadores de nuestro tiempo, y escribir sobre ellos era una tímida manifestación del deseo de unirme al tren del pensamiento sociológico de vanguardia sin opacar la tradición local por discreta que ella fuera.


[1] Ver Oliverio Perry & Cía., Quién es quién en Venezuela, Ecuador, Colombia (Bogotá: Agra, 1952).

[2] San Agustín, Confesiones (Madrid: Alianza, 1952), p. 41.

[3] Nunca leíamos los trabajos “empíricos”, de coyuntura, de Marx: Las luchas de clases en Francia o El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Para ello necesitábamos de una información puntual de la historia de Francia y de la revolución de 1848 de la cual carecíamos. Y todo esto a pesar de la biografía de Marx por Franz Mehring, que se encontraba en la biblioteca de uno de nuestros amigos. Pero sí nos acercamos a La guerra civil en Francia, un registro de la Comuna de París. Un abogado que frecuentaba La Bastilla nos dijo: “¡Pónganle cuidado a ese opúsculo, allí se encuentra la teoría del Estado del amigo de Engels!”

[4] Entrevista reproducida en María Elisa Balen, Sebastián Cuéllar y Jaqueline Torres (eds.), Historia del Departamento de Sociología de la Universidad Nacional de Colombia (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 2024), p. 31.

[5] A la tercera edición Merton agregó dos ensayos más, uno dedicado a las teorías de alcance medio y otro dirigido a subrayar las diferencias entre la historia de la sociología y la historia de la teoría sociológica.

[6] Anders Mellbourn, “Stepping stone into the world: a conversation on sociology with Piotr Sztompka”, en Baltic Worlds, vol. I, n.º 1, Stockholm, 2008, pp. 38-41.

[7] Ensayo recogido en Gerardo Molina, Testimonio de un demócrata, comp. por Darío Azevedo (Medellín: Universidad de Antioquia, 1991), p. 345.

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Edición No. 214