Cargando sitio

Una digresión redundante

Carlos Gaviria-Díaz

Si Dios tuviera encerrada en su mano derecha toda la verdad y en su mano izquierda el único impulso que mueve a ella, y me dijera: “Elige”, yo caería, aún en el supuesto de que me equivocase, siempre y eternamente en su mano izquierda…

Gotthold Ephraim Lessing: “Acerca de la verdad”

Durante estos 50 años hemos visto movimientos insólitos, la muerte y la reanimación de cosas nuevas, sobre todo: la eliminación de la verdad y el recurso al estilo como único fundamento.

Gottfried Benn: “Nietzsche 50 años después”

Si uno se detiene a observar la sonrisa de Voltaire esculpida por Houdon o la mirada de Diderot plasmada por el mismo artista, y las contrasta luego con las expresiones de los rostros pintados por Kokoschka, de Adolph Loos, digamos, o de Peter Altenberg, el resultado del contraste será una extraña sensación de haber contemplado dos mundos distintos o, quizás, dos fases de un proceso espiritual cuya unidad no es fácil de captar al vuelo. Las homologías podrían multiplicarse ad libitum, pero esas dos (paradigmáticas) bastan para nuestro propósito.

Una radiante autarquía aflora en los rostros de los filósofos ilustrados, y una inevadible desazón domina el gesto del arquitecto y el del escritor, retratados por el pintor expresionista. ¿Plenitud y decadencia serán términos justos para caracterizar una y otra actitud vital? Quizás no, por la intensa carga evaluativa que uno y otro contienen, y porque hay quienes hallan mayor complacencia y hasta deleite estético en la perplejidad que en la certeza, aunque la última sea más codiciada entre los filisteos.

Los sofistas inauguraron la llamada Ilustración griega sustituyendo el logos al mito o, más bien, poniendo el mito humanístico en el nicho que ocupaba el mito teológico. Ese ejercicio racional alcanza su mayor refinamiento en Sócrates a quien, justamente por eso, le achaca Nietzsche el pecado irredimible de desalmar a la cultura helénica al despojarla de su intenso pathos dionisíaco, entronizando en cambio la apatía advenediza de Apolo.

Spengler, que confiesa su deuda total con Nietzsche en cuanto a los problemas que suscitaron su fisiognómica de la historia (deuda equitativamente simétrica a la contraída con Goethe en asunto de método), hizo su anuncio apocalíptico del ocaso de Occidente en momento coetáneo al surgimiento del expresionismo. Pero si éste cuenta entre los signos inequívocos del colapso, no se piense que el auge de la razón se encuentra en el cenit de ese proceso cultural.

Está en el otoño, que es el inicio de la declinación. Es clara, entonces, la afinidad esencial, en ese punto, de Nietzsche y Spengler: el esplendor de la razón (la Ilustración) no es un síntoma de vitalidad de una cultura. Es el umbral de su decadencia.

Claro está que no es preciso aceptar las conclusiones de Spengler para articular Ilustración y expresionismo y abordar el análisis de autores representativos de una y otra vertiente, asumiendo, inclusive, que entre un movimiento y otro hay hechos culturalmente relevantes que no se dejan reducir a ninguno de los dos. Piénsese si no en el impresionismo, para citar solo un ejemplo. Quien ha utilizado el paradigma splengleriano para dar orden a sus digresiones es el prologuista y no el profesor Gutiérrez-Girardot quien, con la finura intelectual que lo caracteriza, ha dado un sugestivo título a sus ensayos contenido en el libro, dejando abierto un amplio y rico ámbito hermenéutico. No hay que llevar de la mano al lector y revelarle todos los implícitos que informan “el contenido manifiesto”. Hace parte del respeto debido, dejarlo que formule sus conjeturas y extraiga sus propias conclusiones.

Por ejemplo, ¿qué criterio hay que usar para calificar a un autor de ilustrado? ¿Qué haya vivido en el período que convencionalmente se conoce como la Ilustración, o que se refleje en su obra una actitud ilustrada? Porque sin duda dentro de las coordenadas históricas que delimitan una época, hay quienes no comparten su sino.

En el período de la Ilustración encontramos conspicuos contrailustrados y en épocas signadas por prevalente oscurantismo, voluntades movidas por el sapere aude, dispuestas a ejercer “la libertad de hacer siempre en todo lugar uso público de la propia razón”. Ejemplos pueden darse a granel de unos y otros, pero es casi obligado citar dentro de los segundos, nombres ilustres como el de Giordano Bruno, Pico della Mirandola, Marsilio Ficino, Roger Bacon.

Y en ese orden de ideas no parece legítimo, desde una perspectiva lógica, oponer Ilustración y expresionismo, porque más de un exponente del movimiento expresionista satisface a cabalidad las condiciones que exigía Kant como necesarias para reclamar ese sello nobiliario. Es que a menudo es el exceso de lucidez, y no su ausencia, el que confiere a los rostros dibujados o esculpidos y al pulso del artista que los plasma, la perplejidad y desazón lacerantes que distinguen los retratos de Kokoschka, o las intensas figuras de Franz Mark, de Egon Schiele y las mismas de Kandisky antes de disolverse en patéticas abstracciones.

Y aún cabe agregar: si el impresionismo, como lo postuló Hermann Bahr, halla su respaldo epistémico en la psicología de Ernst Mach conforme a la cual el conocimiento es la ordenación de las impresiones sensoriales según la fórmula matemática más simple, no es descabellado (ya se ha hecho) interpretar el arte expresionista “como si” el sujeto impusiera sus leyes al objeto, según los dictados de la estética trascendental.

Y así, resulta el expresionismo vástago de la Ilustración. Desde luego, no hay que pensar sólo en la plástica. Lo que vale para Kokoschka vale para Trakl.

Justamente, a estas alturas, preguntará el lector ¿por qué tanto énfasis en la plástica si el libro trata de literatura? Me atrevo a responder: precisamente por eso.

Lo que en el prólogo he intentado es un débil ejercicio de ambientación a los textos y autores escogidos y glosados con inteligencia exquisita por el profesor Gutiérrez-Girardot quien, de ese modo, ratificando su terca vocación de mistagogo, hace un valioso aporte a amplios sectores de habla española y, en su doble condición de intelectual y scholar, provoca la controversia en círculos ilustrados.

Compartir:
 
Edición No. 134