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Una obsesión de seis décadas

… para mí, no es lo más importante la connotación sígnico-matemática que encierra dicho título, sino más bien el hecho de que evoca la primera letra del alfabeto hebreo. Y yo relaciono, en seguida, alephcon alfa, y esta con la expresión alfa y omega, del Apocalipsis, con lo que la Revista se me ofrece simbólicamente como un punto de partida (es decir, sin pensar todavía en la meta o el final), una puerta de entrada, o el jalón que marca el inicio de un largo camino sin señalar término definido, o la invitación a reemprender el dilatado pero siempre espectacular viaje de la cultura, o talvez, como lema o consigna que recuerda al lector que, por ser hombre, es un proyecto siempre inacabado, y que, por lo mismo, su existencia debe ser siempre aleph: franquicia, apertura, prólogo, sendero abierto, marcha incesante que solo se corta con la muerte. Se podría decir, en conclusión, que el hombre siempre es alephy nunca debe sentirse omega; y que, por eso, el sólo nombre de la publicación es de por sí un impulso vigoroso para una acción humana intrépida. Sorprende, por otra parte, según como va el mundo de descuadernado, que esta Revista, al cabo de luengos años, sigue abriéndose paso, con toda pujanza, por entre las críticas de curas y barberos, desafiando a yangüeses y malandrines de baja calaña… y sigue adelante lanza en ristre, impasible, estoica y victoriosa en el esfuerzo descomunal por mantener en alto la antorcha de nobles ideales…

Bernardo Trejos-Arcila     

                                                                

María Moliner, en su “Diccionario de uso del español”, nos enseña que la obsesión es una preocupación, algo que no podemos apartar de la mente, en especie de idea fija. Y eso es lo que me ha ocurrido con la Revista Aleph, desde 1966 y sigue ahí, con los efectos de realizaciones en continuidad. Una gravitación que comenzó a palpitarme en momentos singulares de la Universidad Nacional que paso a hacer memoria.

De recordar que en la Universidad Nacional de Colombia se han vivido momentos de esplendor, en la ciencia, las artes, las letras, la palabra en debate, pero en construcción de espacios para la creación y el desempeño fructífero de la vida. No hay historias perdidas. Transcurre el tiempo y hay quienes se sortean en aplicaciones provechosas, con huellas para trajines siguientes. Los errores se enmiendan, y al asimilar experiencias se dan pasos adelante, auncuando en ocasiones pareciera que la historia problemática se repite. Es el destino de las sociedades, de las instituciones, de las personas. Hay que mirar atrás para asimilar en comprensión lo ocurrido y no dejarnos llevar por el sensacionalismo derrotista. Las cosas buenas deber esclarecerse y difundir en su comprensión, para multiplicar efectos.

Es lo que ocurrió, por ejemplo, en los años 1964-1966. Se trató del rectorado nacional de José Félix Patiño-Restrepo y de Alfonso Carvajal-Escobar en el decanato UN-Manizales, con la mediación de Marta Traba en la gestión y agite cultural. Quienes vivimos como estudiantes ese momento contribuimos a testimoniar con labores ese ambiente inolvidable. Ocurre que nosotros, en Manizales, conseguimos integrar profesores y estudiantes en compromisos extracurriculares, al crear de manera simbólica, aunque con disposición legal, el “Departamento de Extensión Cultural”. Se conformaron el grupo de teatro (con el alumno ingeniero Henry Cardona, director), la coral universitaria (con el alumno administrador de empresas, Bernardo Sánchez), el cineclub (con varios de nosotros al frente), periódicos en mimeógrafo (con Hugo y Cosme Marulanda en su elaboración), cursos libres de apreciación musical (con el Prof. Jorge Ramirez y yo, al frente y de fotografía (con el Prof. Jorge Ramírez de instructor), además con un programa de radio en emisiones dominicales con música y comentarios (a mi cargo, con nombre: «Por los caminos de la música y la cultura»). En complemento, con participación solidaria en barrios menos favorecidos, sin ningún agite político, como ocurrió en los barrios Buenos Aires, Galán y El Topacio (promovida por el Ing.-Arq. Alfonso Carvajal, nuestro Decano Magnífico). Era Cultura en compromiso y solidaridad, por el bien común, con perspectiva de horizonte de dignidad y trabajo.

En esa atmósfera creamos, en 1966, la Revista Aleph, con nombre de evocación borgesiana, de la Cábala y de la ciencia matemática. En principio con la intención de publicar artículos de ciencia, tecnología, humanismo, pero en 1972 la separamos, al crear la revista científico-técnica, con el modesto nombre de “Boletín de Vías” que alcanzó cien ediciones (1972-2006), clausurado por silencio administrativo, al no ser revista indexada ni darle punto salariales vitalicios a docentes por sus escritos.

Aleph la dedicamos al humanismo, con literatura en sus diversas expresiones, el pensamiento y el arte, con manuscritos autógrafos, dibujo, pintura, música. Las ilustraciones de carátula e interiores conforman un interesante acervo, con firmas de renombre y también de jóvenes en proceso de formación. La participación de escritores y artistas cubre amplio espectro nacional e internacional, con bastiones ineludibles como Luciano Mora-Osejo, Rafael Gutiérrez-Girardot, Isabel Aretz, Danilo Cruz-Vélez, Germán Arciniegas, Fernando Charry-Lara, Darío Valencia-Restrepo, Matilde Espinosa, José Prat, Rubén Sierra-Mejía, Pilar González-Gómez, Nelson Vallejo-Gómez, Jacques Gilard, Orlando Mejía-Rivera, Alejandro Obregón, Fernando Savater, Pedro Lastra, Maruja Vieira, Georges Lomné, Guillermo Botero G., Ezequiel Gabrielli, Nancy Morejón, Manuel Andújar, Juan Friede, María Esther Aguirre-Lora, etc, etc.  Y se dispone de un significativo grupo de asistentes, académicos/escritores de pensamiento y diálogo: Marta-Cecilia Betancur, Carlos-Alberto Ospina y Heriberto Santacruz. Asimismo, se ha configurado un “Patronato histórico” de la Revista, con varias decenas de participantes, todos ellos acompañantes, ante todo, espirituales, con afinidades de cooperación, en diversas formas. También se ha constituido un grupo que llamamos “Cofradía Aleph”, con algo más de 30 integrantes, en especial docentes jubilados UN, con reuniones dos o tres veces al año, para diálogos de amistad y afloramiento de iniciativas.

He dispuesto una sección muy constante, con el nombre de “Reportajes de Aleph”, con diálogos de personalidades de diversas disciplinas intelectuales y variados lugares de la geografía internacional, de los cuales se publicaron dos volúmenes antológicos. Hay allí encuentros con Juan Herkrath, Leopoldo Zea, Juan Rulfo, Emma Reyes, Blas Galindo, Oswaldo Guayasamín, Ben-Ami Scharfstein, Rafael Gutiérrez-Girardot, Ernst Tugendhat, etc. Se han hecho del orden de 50 ediciones monográficas, y ahora con la No. 215, al terminar el 2025.

De manera que en este 2026 habremos de sentir la satisfacción de los ¡60 Años! de la Revista Aleph, con cuatro ediciones y un Volumen de celebración. Quizá, además, con un volumen antológico.

Se trata, en últimas, de mi edad en la actividad cultural-intelectual-académica, de escribano, imaginero de caminos e interventor de crepúsculos. En realidad nací de esa manera con la guía y acompañamiento de José-Félix Patiño, Marta Traba y Alfonso Carvajal-Escobar. Desde entonces siempre en la compañía estimulante y amorosa de Livia, mi cómplice.

¡Gracias a la vida!

[Versión más corta publicada en “La Patria”, 11.I.2026; p. 18]

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