Una orden de servicio
Era el vigilante de su propio mundo helado,
meticuloso hasta el extremo escogido,
aunque lo supervisado pudiera haber sido nada.
Que un hombre se sacrifique, que se le conceda
su mortalidad y acabe con ella;
no hay final para ese sublime llamado.
En tal disposición descarta el inapelable
blancor de su mirada, deseperadamente vigilante,
deslumbrado por el brillo de la renuncia.