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Una reflexión

(Escribe: Andrés-Felipe Sierra S.). El tiempo pasa volando. Tal vez esa sea una explicación de por qué los humanos, cada cual en particular, volamos de distintas maneras, según nos parezca más rápido o lento el camino de la vida. En últimas, pareciese que todos intentamos estar acordes con un tiempo que sentimos de manera muy específica e íntima. La vida sería un continuo elegir bajo circunstancias no necesariamente ajenas, con espacio y tiempo endógenos. Ya llegará el día en que pueda corroborar parcialmente estas ideas.

Hace unos instantes estábamos empezando la universidad y ahora nos acercamos a ejercer una profesión. Cuando empezaba economía, pensaba que era una carrera que versaba sobre la sociedad; sobre el pasado, presente y futuro de la maravillosa y plural humanidad; que nos ofrecía posibilidades de existencia y permanencia en un mundo que soñamos y, a veces, vivimos. Con el pasar del tiempo, tres preguntas me surgieron hace unos meses: ¿Qué he aprendido como economista? ¿Qué influyó para que estudiara y quisiera ser profesor? ¿Cómo ejerceré mi profesión para comprender y transformar al menos un minúsculo fragmento de nuestra vida?

Con el tiempo pienso que las respuestas están lejanas; que son sólo parciales; que en lugar de ser lo más relevante, son las preguntas las que nos dirigen por la vida. Con el tiempo he elegido y deberé hacerlo, pues la elección condiciona cada próxima elección. La respuesta es la elección y por lo tanto, es sólo verdadera en el instante, en la historia, pero nunca absoluta. Pero, ¿qué elegir ahora, cuando el mundo normal de la economía me parece tan deficiente, tan trivial cuando se trata de resolver la realidad de quienes han vivido a pesar de que la vida (¿o debería decir la calidad de vida?) no ofrece un buen ambiente para llevarla a cabo?

«Nadar y arrastrar la maleta» me dijo cariñosamente una persona que admiro. Desde que lo dijo, el tiempo ayuda a aclararla un poco más. Nadar con las herramientas que he aprendido, nadar hacia nuevas herramientas, nadar mientras vivimos el mundo soñado o despertamos en el que compartimos con los otros; en fin, nadar a nuestro ritmo-tiempo, mientras pasa el tiempo. Ahora veo que esas palabras eran un valioso regalo de quien ha elegido y visto pasar el tiempo.

Como prospecto de economista he aprendido que no basta con ser uno de ellos, sino que es necesario ser un humanista. Como casi economista no quiero ser uno tradicional, rodeado de modelos matemáticos, econométricos y un montón de teoría que difícilmente funciona en los niveles de abstracción de sus creadores. Pero, ¿hay empleo para uno con tales deseos, incluso si es lo suficientemente joven como para no saber mucho otras ciencias sociales o incluso la economía heterodoxa? Si sólo hay unos pocos cupos, ¿tendré la valentía de nadar hasta encontrarlos? Las elecciones lo plasmarán en mi historia. En todo caso, lo que sé es que ya no puedo seguir distinguiendo lo que sabemos como economistas o lo que sabemos como personas. Entonces, ¿Por qué no abrir la mente a nuevas perspectivas? Con el tiempo, veremos si logré lo soñado hoy o no; o incluso si se modificó lo soñado.

Cuando pienso por qué tengo estas ideas en la cabeza, siempre me llegan dos figuras que de alguna manera escuché y lo sigo haciendo cada vez que puedo. Con ellas tuve una idea inicial de lo que es ser un académico, del significado de ser profesor y a partir de ellos, conformé un proyecto de vida que, hasta ahora, puedo decirlo, ha surtido unos valiosos frutos. Vecinos, familia, academia y ejemplo.

Entiendo que el doctorado Honoris-causa sería, siguiendo algunas de las ideas anteriores, el reconocimiento de que vuestra labor como profesores no sólo ha influenciado a unos sobrinos que viven en Bogotá, sino que condicionan, como experiencias pasadas, las elecciones temporales de muchos estudiantes y personas que hemos tenido el placer de hablar con ustedes. (Bogotá, 2.XII.07)

(Escribe: Andrés-Felipe Sierra S.). El tiempo pasa volando. Tal vez esa sea una explicación de por qué los humanos, cada cual en particular, volamos de distintas maneras, según nos parezca más rápido o lento el camino de la vida. En últimas, pareciese que todos intentamos estar acordes con un tiempo que sentimos de manera muy específica e íntima. La vida sería un continuo elegir bajo circunstancias no necesariamente ajenas, con espacio y tiempo endógenos. Ya llegará el día en que pueda corroborar parcialmente estas ideas.

Hace unos instantes estábamos empezando la universidad y ahora nos acercamos a ejercer una profesión. Cuando empezaba economía, pensaba que era una carrera que versaba sobre la sociedad; sobre el pasado, presente y futuro de la maravillosa y plural humanidad; que nos ofrecía posibilidades de existencia y permanencia en un mundo que soñamos y, a veces, vivimos. Con el pasar del tiempo, tres preguntas me surgieron hace unos meses: ¿Qué he aprendido como economista? ¿Qué influyó para que estudiara y quisiera ser profesor? ¿Cómo ejerceré mi profesión para comprender y transformar al menos un minúsculo fragmento de nuestra vida?

Con el tiempo pienso que las respuestas están lejanas; que son sólo parciales; que en lugar de ser lo más relevante, son las preguntas las que nos dirigen por la vida. Con el tiempo he elegido y deberé hacerlo, pues la elección condiciona cada próxima elección. La respuesta es la elección y por lo tanto, es sólo verdadera en el instante, en la historia, pero nunca absoluta. Pero, ¿qué elegir ahora, cuando el mundo normal de la economía me parece tan deficiente, tan trivial cuando se trata de resolver la realidad de quienes han vivido a pesar de que la vida (¿o debería decir la calidad de vida?) no ofrece un buen ambiente para llevarla a cabo?

«Nadar y arrastrar la maleta» me dijo cariñosamente una persona que admiro. Desde que lo dijo, el tiempo ayuda a aclararla un poco más. Nadar con las herramientas que he aprendido, nadar hacia nuevas herramientas, nadar mientras vivimos el mundo soñado o despertamos en el que compartimos con los otros; en fin, nadar a nuestro ritmo-tiempo, mientras pasa el tiempo. Ahora veo que esas palabras eran un valioso regalo de quien ha elegido y visto pasar el tiempo.

Como prospecto de economista he aprendido que no basta con ser uno de ellos, sino que es necesario ser un humanista. Como casi economista no quiero ser uno tradicional, rodeado de modelos matemáticos, econométricos y un montón de teoría que difícilmente funciona en los niveles de abstracción de sus creadores. Pero, ¿hay empleo para uno con tales deseos, incluso si es lo suficientemente joven como para no saber mucho otras ciencias sociales o incluso la economía heterodoxa? Si sólo hay unos pocos cupos, ¿tendré la valentía de nadar hasta encontrarlos? Las elecciones lo plasmarán en mi historia. En todo caso, lo que sé es que ya no puedo seguir distinguiendo lo que sabemos como economistas o lo que sabemos como personas. Entonces, ¿Por qué no abrir la mente a nuevas perspectivas? Con el tiempo, veremos si logré lo soñado hoy o no; o incluso si se modificó lo soñado.

Cuando pienso por qué tengo estas ideas en la cabeza, siempre me llegan dos figuras que de alguna manera escuché y lo sigo haciendo cada vez que puedo. Con ellas tuve una idea inicial de lo que es ser un académico, del significado de ser profesor y a partir de ellos, conformé un proyecto de vida que, hasta ahora, puedo decirlo, ha surtido unos valiosos frutos. Vecinos, familia, academia y ejemplo.

Entiendo que el doctorado Honoris-causa sería, siguiendo algunas de las ideas anteriores, el reconocimiento de que vuestra labor como profesores no sólo ha influenciado a unos sobrinos que viven en Bogotá, sino que condicionan, como experiencias pasadas, las elecciones temporales de muchos estudiantes y personas que hemos tenido el placer de hablar con ustedes. (Bogotá, 2.XII.07)

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Edición No. 144