Cargando sitio

Una semblanza

J.G. Cobo-Borda

El crítico y filósofo colombiano Rafael Gutiérrez-Girardot falleció el viernes 27 de mayo/2005, y representa una honda pérdida para la intelectualidad nacional.

Detestaba a Germán Arciniegas, le aburría Álvaro Mutis y dijo cosas espantosas sobre Guillermo Valencia y Nicolás Gómez-Dávila, olvidando quizás que uno de sus ídolos, Pedro Henríquez-Ureña, había escrito la necrología de Valencia para concluir en estos términos:

“La posteridad justa, si la hubiere, sabrá escoger en su obra muchos versos hondos y magníficos”.

¿Qué escogerá la posteridad de la obra de Gutiérrez Girardot? Era un profesor y un mediador entre la literatura alemana y la lengua española y un ensayista que reiteró, una y otra vez, la importancia de los maestros, llámense Alfonso Reyes, Jorge-Luis Borges o José-Luis Romero; reivindicándolos, casi siempre, como puntas de lanza contra sus dos bestias negras: Ortega y Gasset, en España, y Octavio Paz, en América. Pero sus escaramuzas beligerantes eran una causa perdida, pues no se podrá prescindir ni de la obra del uno ni de la del otro en una verdadera historia de nuestras letras y de nuestro pensamiento.

En cambio, cuando se concentraba con menos acrimonia y más reposo podía producir textos válidos y renovadores como los que dedicó a Antonio Machado (1969) y al modernismo (1983), dentro de una perspectiva comparatista, más universal.

En dicho espacio convivirían sus inteligentes glosas, trátese de César Vallejo como de Jorge Guillén, de Ramón del Valle Inclán como José-Enrique Rodó. Pedía así un mundo secular, de modernidad racionalista, pero sus excomuniones no eran, en ocasiones, menos arbitrarias que sus pasiones. Hernando Valencia-Goelkel recordaba siempre el sobrenombre de ‘Barbulita’ con que sus compañeros en España calificaban su carácter volcánico. Y el entusiasmo demoledor con el que en foros y simposios arremetía contra los molinos de viento de las modas intelectuales, del estructuralismo a la reconstrucción.

No era, por cierto, un pensador sino un inquieto provocador que lamentaba lo precario de nuestra universidad pública y el negocio en que se había convertido la enseñanza privada. Veía también la necesidad de ser un tábano urticante sobre lo insípido y desangelado de nuestro campo intelectual. Para ello, desde su pequeño folleto de 1959 En torno a la literatura alemana actual buscó vivificar nuestro ámbito con los aportes de Karl Krauss, Gottfried Benn o Ernst Jünger. A ello seguirían sus versiones de la Fiesta de la paz, de Hölderlin y los Ditirambos de Dionisos, de Nietzsche, sin olvidar el Lenz de Georg Buchner (1981).

Curiosamente, parecen mucho más vigentes y cálidas sus aproximaciones a la poesía, sea vertiendo un poema de Paul Celan o caracterizando la obra de Fernando Charry-Lara.

Cuando habla de vanguardistas que se vuelven católicos como Hugo Ball la paradoja nutre su ojo crítico y le permite sugestivas revelaciones. Igual con sus Tres poetisas judías (1996) Gertrud Kolmar, Else Lasker-Schuler y Nelly Sachs: lo tenso de una lengua enfrentada a la muerte y la extinción.

Hace ya varios años que no nos veíamos, hablábamos ni nos escribíamos, pero hace dos semanas se preocupó para comunicarse conmigo y solidarizarse con mis quebrantos de salud. El trabajo intelectual, me dijo, es el mejor remedio contra toda enfermedad. Fue, sin lugar a dudas, un generoso y conmovedor adiós.

Ref.: eltiempo.com / cultura (28 de mayo del 2005)

Compartir:
 
Edición No. 134