Vigencia de Albert Camus
El siglo xx, en medio de atrocidades y deslumbramientos, hallazgos felices y grandes desgracias, manifestó las quintaesencias de una civilización en litigio perpetuo, de unas formas temporales y de unas maneras de entender el mundo, que no tenemos más remedio que padecer, aceptar, y querer, y a veces repudiar. Todas las palabras que el pasado había llenado de prestigio fueron releídas para su escenario. Las palabras patria, libertad, destino, individuo, fueron redefinidas y desmontadas de sus viejos sentidos y colocadas en otras perspectivas. Detrás de la muerte de Dios y de la destitución del alma que fue su otra osadía vió el fin de la pintura, el ruido vino a reemplazar la música antigua, rebajó la literatura a simple apéndice de la industria editorial y dudando de todo acabó contentándose con los libros de autoayuda, con Paolo Coelho, las iglesias de garaje y los rituales de las velas de colores y el conjuro chamánico, en una regresión inesperada.
La primera mitad asistió a dos confrontaciones colosales entre imperios dirigidos por degenerados, a un holocausto llevado a cabo en nombre de los derechos de las aristocracias y de los derechos de la plebe, del mito nazi de la raza y del mito de la lucha de clases. Dos concepciones opuestas del mundo muy semejantes en sus métodos y en sus terribles consecuencias se enfrentaron a muerte y los hombres fueron reducidos a la esclavitud de la economía o el inconsciente. El siglo xx acabó sospechando de la misma Razón que en un mundo más crédulo había diferenciado a los seres humanos de las otras familias de monos, después de descubrir que arraigaba en el subsuelo del cerebro arcaico de los reptiles y que su historia es un reflejo podrido de ensueños y representaciones imperfectas, una crónica oscura de supersticiones y canibalismos.
Occidente juntó los lloros de los profetas semitas, los lamentos de un pueblo aporreado por un Dios celoso y la turba de los dioses paganos, los claros como Apolo y los sombríos como Mitra; las intuiciones metafísicas del oriente remoto y las enseñanzas de Sócrates, y a su vocación de síntesis añadió un cierto sentido de la tolerancia que le permitió la apropiación del pasado en una amalgama prodigiosa donde convivieron el espíritu fáustico que mientras más profundiza en su tarea expansiva más vacío se encuentra, los empeños del monje que pretende hacerse nada para abarcarlo todo y redimir la Creación en el aislamiento y en el pensamiento incesante de la muerte, segregándose, el cinismo radical del vividor, el talante sanchopancezco del ejecutivo moderno, y un inmenso poder para el análisis y la destrucción.
En el combate intestino entre tantas soberbias, dividido entre la inconformidad del malestar de la cultura y la autocomplacencia del orgullo, el siglo xx se esforzó por establecer un orden amoroso y resultó legitimando la crueldad y el crimen justiciero y al fin se quedó sin Evangelio en un laberinto de artilugios tecnológicos, sin rumbo en la telaraña de las autopistas y las vías magnéticas de los trenes rápidos, y halló una rara forma de la soledad en el tumulto de las ciudades, en estos amontonamientos ofuscados por los reclamos de los publicistas.
La fe en el Dios único y el repudio de Dios suscitaron una discusión fabulosa que desembocó en un gran debate sobre la dignidad humana y los derechos de los ciudadanos y sobre el destino de la especie y sembró en la conciencia sin advertir la contradicción las creencias antagónicas de que nacimos para la felicidad y con el deber de perfeccionar una creación defectuosa y de ser simples entes históricos, intrascendentes y dudosos. Porque al fin, la misma realidad fue puesta en entredicho y la fantasía tranquilizadora del Yo acabó confundida con el sentimiento turbador de la insignificancia y de una falsa coherencia. La duda fue la manía del siglo xx, la compulsiva revisión de todo, y su mayor logro la sospecha avalada por la experiencia de que la Razón, la Razón Ilustrada, con mayúsculas, puede engendrar pavores inesperados y desórdenes mortíferos.
En ese paisaje brotaron los conceptos de la angustia derivada de la filosofía de Kierkegaard, del absurdo enraizado en la literatura de Kafka y la derrelicción del existencialismo sartreano. Dos carnicerías formidables convirtieron la Tierra en un cementerio grotesco y a los seres humanos en unas bestias increíbles por su capacidad para la crueldad y para el sufrimiento. Los teatros, las universidades y las catedrales que habían justificado la inteligencia fueron demolidos a fondo con la ayuda de la técnica, la química, la mecánica, la aerodinámica y el poder de las mentiras mediáticas justificadas en filosofías indomables y vanas. Ahora el cielo calla y las erosiones de la biosfera amenazan la permanencia de la especie humana como si la tarea positiva y los trabajos de la esperanza se hubieran vuelto contra nosotros. Y como si los esfuerzos de los hombres de buena voluntad hubieran sido incapaces de hacer del mundo un hogar feliz. La libertad ahora es a lo sumo una hipótesis necesaria contra el desánimo. Cada elección conduce a una nueva mutilación, cada descubrimiento abre un nuevo enigma.
En Francia las grandes polémicas del siglo alcanzaron una virulencia incomparable. Los humanismos de los filósofos alemanes y rusos como el hegeliano Kojéve, los anarquistas herederos de Bakunin y el pensamiento cristiano y el pietismo, la actividad propagandística de los intelectuales de izquierda y la caridad de los curas obreros pugnaron por realizarse y a veces incluso intentaron conciliar sus antagonismos en la patria de Descartes, Montaigne y Pascal. Alrededor de unas revistas legendarias un grupo de talentos laboriosos y admirables alimentaron las discusiones, angustiados por entenderse entre sí y por comprender un mundo problemático. La lista de los exploradores es larga. Koestler, Aaron, Pawells, Garaudy, Merleau Ponty. Pero entre todos, sobresalieron Jean Paul Sartre, un pequeño burgués parisino, y el argelino Albert Camus.
El mundo se habituó a ver a Jean Paul Sartre, nacido en 1905, y muerto en 1980, encabezando las manifestaciones de la izquierda, escribiendo cartas de indignado, comprometiéndose, controvirtiéndolo todo con un rigor rayano en la neurosis, según la afirmación incomplaciente de su amante eterna, Simone de Beauvoir. En él, un filósofo llegó a hacerse tan popular como un boxeador o un actor.
Aunque no fuera por el exhaustivo, impenetrable trabajo sobre El ser y la nada, ni por su infatigable contribución a la cultura como cuentista, novelista, hombre de teatro y crítico literario, actividad que lo llevó a establecer paralelos espinosos y hasta de apariencia abusiva entre personajes irreconciliables como Jean Genet, San Genet para él, y Santa Teresa, sino por su figuración permanente en las luchas callejeras de la posguerra, hasta su muerte encarnando al escritor comprometido con obstinación admirable, Sartre fue un gran hombre y en cierto modo también una estrella entre las estrellas de la farándula. Y él disfrutó en el papel olímpico del testigo cicatero de las últimas guerras coloniales y de las turbulencias que infectaron la sociedad occidental desde las estepas rusas. Fue enterrado como un héroe y conducido al cementerio por una multitud de admiradores. Aunque había imaginado para sí, según dijo, un funeral sencillo acompañado por unos pocos amigos y por los jóvenes maoístas. Uno de los asistentes al multitudinario sepelio, dijo que éste había sido la última manifestación de mayo del 68. Con una expresión afortunada.
Mucho más tarde, cuando Francia celebró el centenario de su nacimiento, ya transfigurado en uno de los nombres mayores en la larga lista de sus escritores inolvidables, las bibliotecas reeditaron su iconografía y se volvieron a recordar los años más fructíferos de su vida. Fructíferos, se dijo, aunque el calificativo suene hueco, o en todo caso, inexacto, aplicado a uno que encarnó el fracaso de las obsesiones de una época.
Hace años el teatro de Sartre se volvió farragoso. Y sus cuentos, sus novelas de tesis y sus ensayos de un radicalismo a veces bestial, hoy se disfrutan a lo sumo como episodios pintorescos de la legendaria irreverencia francesa. Aunque en ocasiones su prosa lo convierte también en un gran poeta y sus trabajos críticos están llenos de emociones auténticas y de una belleza recóndita, ya es imposible aplaudir ni acatar sus ideas políticas, la reelaboración de las teorías del marxismo desde lo que él mismo llamó una filosofía de la negatividad, que lo condujo del anarquismo juvenil a la simpatía por el partido comunista en la madurez y después al maoísmo en la ancianidad. Sus sueños de un mundo sin jerarquías donde se revelaran la subjetividad y la transparencia del ser fueron aniquilados por la Realidad hace años. Sartre es un ejemplo querido y trágico de la frustración de una doctrina, del descalabro del antiguo anhelo de transformar la sociedad humana con ideas y palabras y de la incapacidad del genio de la especie para cambiar la vida oponiéndose a la fuerza de las cosas. La fuerza de las cosas, nombró Simone de Beauvoir el penúltimo mamotreto de su autobiografía. Dedicada, más que a verse y juzgarse a sí misma, a presentarnos la evolución del pensamiento de Sartre. Por allí pasan, en efecto, como en una novela, las personalidades más relevantes del arte y la política girando alrededor de su amante, discutiendo con él, criticándolo, confrontándolo, expurgando los acontecimientos para entenderlos y aclararlos junto a Sartre o contra Sartre, adorable y genial. Comparando los hombres de su tiempo con los del pasado, Sartre había dicho: ahora somos más desgraciados, pero más simpáticos.
Las reseñas publicadas en los diarios para la celebración del centenario advirtieron que en la fotografía elegida como emblema del acontecimiento, una de las más famosas en la iconografía del escritor, los organizadores habían suprimido el cigarrillo. Torva señal de la recuperación del anarquista, del rebelde eterno, del anciano contestatario, por la cultura oficial, como él hubiera dicho con amargura si hubiera podido. La transformación del trasgresor en representante de la cultura francesa comenzó por eliminar el cigarrillo de su boca. Y con seguridad acabará por deshumanizarlo y olvidar y perdonar sus otros vicios queridos: el amor por las jóvenes, el gusto por el alcohol y las pastillas siquiátricas, y los experimentos de juventud con la mezcalina cuando escribió La náusea. Para redondear el fracaso Sartre tropezó con el malentendido de la gloria. Aunque es posible que mintiera cuando declaró que carecía de ilusiones sobre sí mismo y solo ambicionaba ser considerado como un parisino cualquiera. En el fondo amaba las apoteosis. Le gustaba el ruido que hacían en torno de su personalidad ambigua e intrigante. Una vez dijo que no estaba seguro del juicio de la posteridad pero que aspiraba a convertirse en un hombre transparente para el porvenir.
En lo físico le tocó un destino que reprodujo la parábola de su vida como intelectual. Siendo apenas un adolescente perdió un ojo y en aras de lo que consideró su deber, es decir, señalar con sus libros un futuro para la humanidad y reexaminar y criticar las certezas de su tiempo, sacrificó el otro. En el empeño por desentrañar los misterios de la dialéctica a punta de whiski y drogas contra el sueño, y cloral, al final era incapaz de escribir, apenas podía desplazarse y repetía con una modestia inesperada: se hizo lo que se pudo. Alguna vez recordó que cuando redactaba su Crítica de la razón dialéctica tomaba hasta veinte pastillas de anfetaminas por día, porque le proporcionaban rapidez de pensamiento y triplicaban su capacidad de trabajo.
Sartre fue el mejor acusador contra su siglo, un testigo implacable poseído por la necesidad de verlo todo, de escudriñarlo todo hasta el menor intersticio, desdeñando la ceguera del ojo estrábico vuelto al vacío del cielo. Como los pintores impresionistas representaron una poética de la miopía y Beethoven escribió sus cuartetos más conmovedores a pesar de la sordera, Sartre examinó las contradicciones de su tiempo desde su minusvalía. Su arrogancia le hizo creer que veía las cosas mejor que sus contemporáneos. Aunque ya a veces deja la impresión de alguien que se sentía reinando como el tuerto en el país de los ciegos. En su autobiografía, Las palabras, dejó un testimonio tranquilo de la infancia solitaria entre viejos, mimado por un abuelo, y describió las dificultades de su desarrollo mientras sublimaba el sentimiento de inferioridad, equilibrándolo con la autocomplacencia desmedida que cultivó hasta su muerte.
La obra de Sartre todavía ayuda en la búsqueda de certidumbres pero es ya una ayuda muy relativa. El mismo terminó sumido en una resignación sin remordimientos como se colige de las innumerables entrevistas que distrajeron los días de la decadencia. Pero es preciso rescatar en su vida, pese a las frustraciones del pensador, el triunfo del amor. Con Simone de Beauvoir vivió un idilio extravagante y envidiable para quienes aún confiamos en las utopías del afecto. Ella, una Julieta más parecida a una monja dieciochesca que a una hembra moderna, y él más cerca del batracio que de Romeo, crearon una relación amorosa fundada en la confianza y la libertad desde el liceo hasta la muerte de Sartre, que les merece un lugar de honor en los altares de la monogamia. El último día en el anfiteatro ella pidió permiso para abrazar su cadáver desdeñando el riesgo de la gangrena que señalaron los internistas. En un gesto inesperado que parecía imposible en una mujer que se preció de carecer de ilusiones metafísicas y que desdeñaba las efusiones del romanticismo según le había enseñado su novio y mentor.
Junto a Sartre, visible e hiperactivo, es inevitable evocar la figura más reposada de Albert Camus, otro hombre esencial en la Francia del siglo xx. Camus, igual de apasionado aunque de figuración más discreta porque también fue más modesto en sus pretensiones como individuo y en sus ambiciones como artista, había nacido en 1913 y fue por diez años uno de los mejores amigos de Sartre, hasta cuando la amistad se resquebrajó en las urgencias de la acción política, en los avatares del compromiso con los desvalidos del mundo que los dos asumieron con pasión repitiendo las posturas de los moralistas franceses, católicos y revolucionarios, hasta convertirse en adnimadversión, cuando las discrepancias ideológicas sellaron el divorcio de los dos camaradas después de una polémica que el mundo siguió como un campeonato entre gladiadores. La postura de Sartre ante el GULAG estalinista, su actitud tolerante ante las lacras del comunismo justificada en el pragmatismo político y en el odio a la burguesía a la que perteneció, resultaron inaceptables para Camus. Y los ensayos de Camus sobre el hombre rebelde y sobre la violencia que acaba por traicionar los proyectos liberadores en totalitarismos metafísicos, provocaron la reacción de Sartre y su cuadrilla, para ponerlo en términos taurinos. Porque Sartre fue también un torero a su manera. De alto riesgo además a causa de los problemas oculares que le impidieron distinguir muchas veces la clase de bestias que enfrentaba y anticipar las intenciones de sus embestidas.
Cuando murió Camus, temprano, en plena producción, mi obra apenas comienza, había dicho, Sartre quedó solo en el tinglado de la filosofía francesa. La muerte de su entrañable contendor no le dejó más remedio que envejecer sin una oposición que lo acicateaba y honraba. Febril y drogado, siempre en las trincheras de la vanguardia del combate intelectual y político. Hasta el final de su vida en ruinas cuando todavía se le vio repartiendo los periódicos de los maoístas franceses. Pues cuando las miserias del marxismo en la URSS se hicieron imposibles de aceptar para cualquier hombre decente, se unió a los grupúsculos de la extrema izquierda francesa prestándoles su prestigio. Y así lo acogió la muerte, en un deterioro deplorable, hecho un anciano prematuro, destruido por la estrechez congénita de las arterias que agravaron las drogas siquiátricas de las que se atiborró para mantenerse despierto y cumplir la tarea histórica que se impuso desde la juventud. Dueño de un altísimo concepto de sí mismo, al final debió decir sin embargo: me tratan como a un muerto que tiene el inconveniente de expresarse.
En La ceremonia del adiós, el último tomo de sus recuerdos oceánicos, Simone de Beauvoir ofrece una imagen mezquina de Sartre a pesar del inmenso amor que le profesó más parecido a la devoción. El hombre sin trascendencia, despojado de ilusiones religiosas aspiraba sin embargo a permanecer en el recuerdo de los hombres. A la Gloria, aunque jamás se atreviera a nombrar el monstruo con esa palabra superlativa, que bien sabía que designa una superstición ilustrada. Y lo consiguió. El exento de ilusiones sobre sí mismo acabó endiosado. Uno tiene derecho a preguntar si la modestia que a veces exhibía, no fue la pose de un hombre que también se pensaba como el más inteligente de Francia. Y que solía afirmar sin pudor que nunca había encontrado un hombre que pudiera comparársele.
Elevado a la altura del intelectual símbolo del siglo su vida resumió, en consonancia, el desgarramiento espiritual de un tiempo. El burgués alineado con los condenados de la tierra derivó de las angustias de la existencialista falta de sentido al compromiso con la Historia y con los hombres y acabó sumergido en la política como camarada de viaje del barco errático de los comunistas franceses primero y después como cómplice de los jóvenes de la extrema izquierda. No debió ser cómodo vivir bajo la conjunción de tantos soles opuestos como Sartre se empeñó en meter en la constelación de su vida.
El pensamiento de Camus, novelista, ensayista y dramaturgo, igual que Sartre, un hombre enfermizo nacido en la extrema pobreza en Argelia, hijo de una mujer impedida que no sabía leer y pensaba que la reina de Inglaterra es una mujer triste, y muerto en 1960, prevalece, mientras la obra del otro se apolilla, pierde brillo y poder y evidencia amargas inconsistencias con el paso del tiempo. No solo por su posición frente a los crímenes del comunismo, arriesgando los desdenes de la izquierda tan molestos para un intelectual moderno, y por su premonición de que la independencia de su patria argelina acabaría en un desastre, Camus triunfa hoy sobre el atareado Sartre que se dejó hechizar por los fuegos fatuos del marxismo y por la fe en una revolución que creyó ayudar a orientar con su actividad infatigable.
Al conocer la noticia de que Camus había sido agraciado con el Premio Nobel, en 1957, Sartre dijo con ironía: lo merece. Camus solo afirmó, con modestia, que Malraux hubiera sido más digno de recibirlo. Cuando Sartre, orgulloso y altivo, con la autoestima hipertrofiada, fue señalado con la distinción en 1964, la rechazó argumentando que los lazos de un hombre con la cultura deben desarrollarse sin la intermediación de las instituciones. En el fondo la renuncia debió obedecer a su afición por los grandes gestos y al altísimo concepto que albergaba de sí mismo. Había dicho que todos los honores eran inferiores a él y que eran ofrecidos a otro, pero diez años más tarde escribió una carta al secretario de la academia sueca preguntando si era posible reclamar el dinero de todos modos. A pesar de su grandeza, de la vivacidad de su prosa y del vigor de su pensamiento, hay algo insincero en Sartre. Que además, pensaba que en el juego con un mundo artero es lícito para un hombre mantener alguna carta oculta.
A cincuenta años de su muerte en un accidente automovilístico las novelas de Camus, El Extranjero y La caída, aún se leen con gusto y sus obras teatrales, Calígula, El malentendido, La peste, se siguen representando. Mientras la literatura de Sartre, cargada de ideología e ilustrativa de los problemas filosóficos que se planteaba ahora resulta impotable, con la excepción de La náusea, escrita en los comienzos de su notoriedad, cuando empezó a agitar las ideas del existencialismo ateo y a pontificar en los cafés de turistas de París. Sus textos políticos escritos desde las categorías de un marxismo ya superado a lo sumo resisten una consideración como manifestaciones del folclor parisino, como antropología, como episodios pintorescos en la crónica abstrusa de una época conflictiva. La voz de Camus, en cambio, su crítica de la acción y de la revolución y su repudio del terrorismo, son más actuales y urgentes ahora que en los años de la disputa con Sartre. En especial en Latinoamérica donde muchos intelectuales aún se hacen los sordos o los que no quieren oír y persisten en las perniciosas adicciones al redentorismo revolucionario y en el culto de la muerte, Camus es un escritor a cuyas meditaciones es útil volver.
La disputa Camus-Sartre fue también el enfrentamiento de la academia, (Sartre disfrutó recalcando la falta de preparación filosófica de Camus), con los hombres comunes que padecen los espejismos de la historia, representados por el argelino. La chismografía de los amigos comunes acudió a veces a los celos para explicar su separación más que a las divergencias filosóficas y políticas. Otros la atribuyeron a la molestia de Sartre por la negativa de Camus a dejarse contar entre los acólitos del existencialismo aunque coincidiera con sus preocupaciones. O apelaron para explicarla, a un supuesto desdén de Camus ante el asedio de la voraz amante de Sartre o a la envidia que éste sentía por los éxitos del otro con las mujeres bellas. Simone de Beauvoir en una de las conversaciones que completan La ceremonia del adiós insinúa un problema de faldas. No importa. Camus y Sartre habían notado que los grandes compromisos a veces encubren motivaciones mezquinas. Y el mismo Sartre escribió un drama con el tema del hombre enviado por el partido a realizar un sucio trabajo político y que lleno de escrúpulos morales duda en llevar a cabo el crimen acaba por cumplir la tarea empujado por una situación sentimental. De cualquier modo, Sartre y Camus permanecerán unidos más allá de la filosofía y la política por las preocupaciones estilísticas que compartieron, por el estilo, esa cosa tan rara, según Sartre, dignos representantes de la Francia de Flaubert.
En un libro titulado Pensadores temerarios, los intelectuales en la política, Mark Lilla describe las tragedias físicas y morales de algunos de los pensadores más significativos del siglo xx. A partir de las experiencias de Heidegger, Hanna Arendt, Jaspers, el legendario Kojéve que ejerció una influencia tan decisiva en los intelectuales de la generación de Sartre con sus conferencias sobre Hegel, y a partir de Benjamin, Schmidt, Derrida y Foucault, Lilla reseña las miserias que a veces deben padecer los hombres excepcionales por su inteligencia o su cultura. Le faltó Sartre aunque merecía un lugar en el olimpo melancólico. Porque había dicho que los anticomunistas son unos perros, que el marxismo es el horizonte insuperable de la libertad y la moral y que la Renault es el fascismo. Y por el desenlace ruinoso de su vida, como la narra Simone de Beauvoir en La ceremonia del adiós, incontinente, defecándose en los calzones, casi ciego, seduciendo a sus alumnas obnubiladas por su gloria o atraídas por su fama de botarate.
Lo que aterra más en Sartre, santo laico del ateísmo moderno, (aposté, dijo, por los hombres, no por Dios), contra la admiración que despierta, es el desprecio que expresó a veces por esos mismos hombres y por su propia tarea de pensador, incomprensible en el capitán de lo que el siglo xx llamó, forzando las cosas y los hechos hasta el absurdo, el humanismo de izquierda. En un ensayo afirmó que el mundo pasaría bien sin literatura y mejor sin los seres humanos. Camus también acudió, en La caída, por ejemplo, al desdén para definir a sus contemporáneos como unos que copulaban y leían periódicos, pero jamás habría suscrito la sentencia de Sartre. No renunció a la certeza de que son los hombres con sus sueños, su sentido de la amistad, su gusto por el sol y su apego a la vida los que dan sentido a las cosas.
Sartre usó muchas veces su fama en la batalla por la liberación de algunos intelectuales rusos presos en las cárceles del estalinismo, utilizó su fama siempre que fue necesario para proteger a los exiliados del infierno bolchevique llegados a Francia aunque con eso irritara a sus admiradores en el seno del PC francés, y podía ser de una rara magnanimidad con sus amigos y con sus alumnos necesitados de la universidad a quienes a veces socorría incluso con su dinero. Pero encubría la compasión con las desmesuras del fundamentalismo político y del realismo radical. En el fondo encarnó a su manera hosca, y a su pesar, quién sabe, bajo la apariencia del dragón, los valores y las virtudes de la cristiandad que criticaba: la solidaridad, la entereza intelectual y el desdén por el respeto humano.
Camus, en el discurso que pronunció en la ceremonia de recepción del Premio Nobel, declaró que los escritores no pueden ponerse al servicio de los que hacen la historia sino al servicio de quienes la sufren. Y que no pueden darse el lujo de mentir sobre lo que se sabe. Con una alusión velada a Sartre, quien sabe, que por fidelidad revolucionaria fue capaz de aceptar que existen crímenes buenos y crímenes malos y que establecía diferencias demasiado tajantes entre la tiranía burguesa y la tiranía del proletariado. Sobre Sartre vale repetir las palabras de Heidegger: quien piensa a lo grande, se equivoca en grande. O lo que el mismo Sartre dijo de sí mismo. Se hizo lo que había que hacer.
Para Camus era incomprensible que quien mata una vez deba pagar con su vida mientras que se ve honrado el que mata mil. Camus se apartó de los comunistas para no hacerse cómplice de sus violencias. En el modesto papel que asumió como escritor prefirió ser creador a convertirse en juez y se identificó como un luchador contra el instinto de muerte, en recuerdo, dijo, de sus breves y libres momentos de felicidad y en la esperanza de volverlos a vivir.
Sartre tuvo mucho de estrella en el mundo confuso de las últimas guerras coloniales, el de la gloria de De Gaulle y el debilitamiento de su poder y su caída que él contribuyó a precipitar, el de la guerra de independencia de Argelia, el del ascenso de los fascismos de izquierda, el del experimento cubano al cual dedicó un libro, Huracán sobre el azúcar, y el del apogeo de las guerrillas latinoamericanas y las agitaciones estudiantiles que hicieron de nuestra juventud una justa de quijotes variopintos contra molinos de viento multiformes y multicolores. El debate aún no termina, aunque evidencia una cierta fatiga y hasta parece inútil en un tiempo impío como éste cuya única racionalidad radica en la codicia y en la avariciosa acumulación propia del carácter anal, inmune a toda nobleza y que en consecuencia ha convertido el planeta en un gran estercolero, en un basurero insondable que amenaza sepultarnos.
Aunque se corra el riesgo de convertir la literatura, incluida la rama intrincada de los filósofos en un juego equívoco de jerarquías, es imposible mencionar a Sartre sin recordar el nombre de Albert Camus, el otro pensador ineludible en la crónica de la segunda posguerra europea. Éste fue un intérprete de su tiempo tan agudo como Sartre e igual de apasionado aunque sin duda más razonable. Los dos forman en el drama del pensamiento de su siglo una bella pareja de amigos divorciados, nadie sabe con certeza si por asuntos de mujeres o por el modo de asumirse en la gran diatriba del siglo xx, amenazado por las bombas de dos imperios inclementes que se pelaban los dientes sobre nuestras cabezas, por el terror de Bakunin y por la ferocidad gansteril de los herederos de Lenin y los otros hijos bastardos de Hegel, en medio de los últimos estertores de las virtudes de la burguesía mercantilista en franco desprestigio después del sainete de la muerte de Dios y del deterioro de las antiguas nociones de la eternidad, la libertad, la decencia y el alma.
Sartre y Camus fueron amigos entrañables hasta cuando las circunstancias y el talante de cada uno, o el destino como les hubiera gustado decir a los dos, resquebrajaron la amistad. Sus enfoques de la esperanza acabaron enfrentándolos. O esta fue en apariencia su discrepancia principal, el meollo de la discusión que mantuvieron y que el mundo siguió como un encuentro de púgiles esos días cuando los pensadores se disputaban el interés de la opinión con los deportistas y los ídolos del espectáculo.
Con la muerte de Camus, Sartre quedó solo en la palestra como crítico de su época. Y mientras aquel pasó a ocupar un lugar discreto en el panteón de la literatura y el pensamiento occidental, Sartre siguió en el foco, en el centro o en la extrema de los acontecimientos. Y cuando la revelación de los terrores de la tiranía estalinista que Camus acusó anticipándose a la evidencia de los hechos y la conciencia de Occidente no pudo negar más la catástrofe humanitaria que representó el comunismo soviético, continuó en las trincheras de la vanguardia intelectual hecho un anciano venerable aunque también patético, prestando su concurso a la izquierda europea que lo aceptaba como a un adepto incómodo, lleno de molestas singularidades, pero de cuya gloria era imposible prescindir por las razones del pragmatismo, pues su amistad ofrecía una cierta invulnerabilidad.
El burgués parisino, el hombre sin ilusiones despojado de los regalos ilusorios de la religión, consiguió convertirse en el intelectual del siglo aunque su obra hoy se revela inconsistente confrontada con las nuevas realidades. Su afirmación de que existe un terror revolucionario legítimo y un terror burgués execrable hoy resulta inaceptable. Camus, surgido de una familia muy distinta a la de Sartre, argelina y pobre, crecido al aire libre, amante del fútbol, más cerca de la vida que de los dogmas, del sentimiento que de las fantasías de la academia y de Montaigne que de Voltaire, queda con la razón de su lado. Como esperaba, el terror revolucionario acabó por pervertir la verdad y por infectar el propósito liberador. Había escrito que quien tortura acepta una sombra en su victoria y como no puede sentirse inocente debe cargar su culpabilidad sobre sus víctimas. Y por eso mantiene una vigencia inesperada que Sartre perdió. A Camus le sobraba lo que le faltó al otro o lo que el otro reprimia: la ternura. Y eso lo hace superior en esta época desalmada y viciosa.
George Steiner en una entrevista con François L’Ybonet titulada, La barbarie dulce, constata con tristeza cómo desde los años de la posguerra donde se destacaron activos y gloriosos Sartre y su mujer, y Camus, hasta hoy, con los Bourdieu y los Baudrillard, cuando Francia aún desempeña un papel importante en el pensamiento especulativo y los gurúes franceses, Barthes, Foucault y Derrida, siguen dominando en los campus norteamericanos, si uno se sienta en la mesa que ocupaban Sartre y sus amigos en el Café de Flore o en Aux Deux-Magots ya solo ve tiendas de calzado y de ropa: un paisaje desolado y trivial. Steiner no niega la nostalgia que siente de unos días cuando la puesta en escena era todavía apasionadamente intelectual, desde estos otros cada vez más decepcionados, y estragados, con el gusto corrompido, hechos de puro ruido e inconsciencia.