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Visita donde Midas -cuento-

Midas y su Reina recibieron a los invitados con el saludo de alegría y les ofrecieron la tradicional agua y miel de bienvenida. Sentados con sencillez en el jardín, los seis callaron, inmersos en la paz transparente de aquella tarde de fin de verano. La birsa, levemente afilada por el presagio de las estaciones frías, dividía los ramajes más altos y los volvía a unir. Las plantas de menor altura no se movían. Eran restallantes, metálicas. Algunas tenían flores –rosas y anémonas- que nunca se abrirían más ni perderían los pétalos.

– Ahí está el oro para quien lo desee, dijo Midas. Al fin y al cabo…

Encogió de hombros.

Los invitados respondieron con un murmullo de agradecimiento, y por un rato permanecieron en silencio. Sólo se oía la fina brisa de bordes fríos y el gotear de la clepsidra de oro en la única fuente que seguía con agua.

El Rey se agachó, recogió una piedrita blanca del suelo y jugó con ella, observando melancólico el cambio de peso y de color que se producía al contacto con sus manos. Luego alzó la vista.

– Allí está ella, dijo.

Se dirigieron al lugar donde resplandecía una pequeña estatua dorada. Tenía la altura de una niña de once años. Una figurita dulce, en actitud de acercarse, de complacer, la cabeza levantada, los brazos tendidos con ansiedad.

– Siempre estaba así, preocupada, dijo Midas.

– Sí, preocupada, dijo la Reina. Siempre.

– Por nosotros, dijo el Rey.

– Sí, por nosotros, dijo la Reina.

– Cuando vio que yo ya no podía comer, que no podía tocar nada sin convertirlo en metal duro y frío…

– Se acercó, dijo la Reina.

– Sí. Demasiado. Demasiado cerca.

– Así ocurrió todo. Ahí está.

– Preocupada siempre. Como siempre.

– Dulce –añadió la Reina-, ha sido siempre así. Preocupada y dulce, desde muy pequeña.

– Desde demasiado pequeña, dijo Midas. Tal vez por ser la única que nos quedaba. Los demás se han ido. Unos ya murieron. La vida es dura.

– Pronto se habría ido ella también, dijo uno de los invitados. Los hijos crecen cuando uno menos se da cuenta y abren su propia vida.

– Sí, dijo la Reina.

– Uno no se da cuenta, dijo Midas.

Hubo otro silencio en que la clepsidra hizo sentir su tintineo cristalino y fresco, mientras ellos admiraban los suaves contornos de la estatua, la tersura de la piel, la inocencia inmóvil del rostro infantil.

Llegó un criado con bandejas de tartas y vino. Se sentaron otra vez. Las nubes en movimiento tapaban y destapaban el sol. La Reina se estremeció. Envolvió su manto hasta el cuello.

– Dionisio ha dicho que podrías ir a bañarte en el río Pactolo y así quitar el embrujo, dijo uno de los invitados.

– Sí, dijo Midas. Debo ir.

Volvió la cabeza para no ver las tentadoras viandas, al mismo tiempo que la Reina volvía la espalda para que él no la viera comer.

– Debes ir pronto, antes de que mueras de hambre, continuó el huésped, tomando un canapé de pescado y aceitunas negras.

– Sí, tienes razón, dijo Midas.

– Sí, así es, dijo la Reina, jugando con una punta de su manto. La tela esta raída en ese lugar y ella intentaba unir los hilos, luego los soltaba con impaciencia.

– Debemos hacerlo, dijo Midas.

– Así volverá a correr la vida como debe ser, dijo el invitado.

El Rey y la Reina no respondieron. Estaban contemplando la estatuilla de oro, tan tierna, tan diáfana, detenida en la parte más dulce del tiempo.

– Para que siga corriendo la vida, volvió a decir el invitado. Llevas demasiados días cavilando. ¿Qué te detiene?

El Rey la Reina bajaron los ojos.

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Edición No. 128