“A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires”
A Jimena de Vedia, sobrina dilecta
En casa de mis padres, en la antaño (y aún hogaño, casi) periférica y desconocida ciudad de Huelva, sólo entraban como publicaciones periódicas dos revistas argentinas -El Gráfico, que era deportiva, y Para Ti, que era «para mujeres»- y dos semanarios madrileños, Dígame, con información miscelánea y de espectáculos, y El Ruedo, específicamente taurino. Y no se pierda de vista que estoy hablando de una infancia que es la mía, la de un nacido en 1939, o sea, de una infancia vivida en el más puro y duro franquismo de la primera hora. Razón por la cual se me quedó grabado ese criterio de selectividad paterno a la hora de escoger lecturas regulares para la casa. Así como el regusto de leer un español que no era el carpetovetónico.
Durante el bachillerato en Huelva, y los cinco años de la carrera de Leyes en Sevilla, en lo que había sido la Fábrica de Tabacos -sí, la de Carmen (ahora habilitada como Universidad Hispalense)-, y luego en los dieciocho meses del servicio militar en Madrid, me parece poder decir sin mucha exageración que devoré a manos llenas la literatura universal, incluyendo la escrita en español en España hasta la guerra civil. Mientras que de la escrita en el español en América no conocía sino a sor Juana Inés de la Cruz y el Martín Fierro -este sólo un poco más que de oídas-, y desde luego una especie de tour d’horizon de los modernistas: Rubén Darío, Lugones, Herrera y Reissig, José Asunción Silva… y paremos de contar.
Mi descubrimiento de la literatura latinoamericana comienza realmente en Berlín, 1964, y lo he descrito en una página de mi blog en la revista SoHo, de Bogotá: «Un día llegó [al apartamento que yo alquilaba junto con dos colombianos] un medellinense chiquito cuya maleta diminuta la ocupaban un par de camisas y mudas de ropa interior, y los Mamotretos Completos de un tal León de Greiff, a quien yo gloriosamente desconocía. Gustavo, el paisa, al enterarse de que me las daba de escritor, me propinó la mayor paliza lectora de mi currículo, resultado de la cual salí leolegrisiano convicto y confeso para toda la perra vida: «de todos modos la llevo perdida».
De ahí en adelante ya no la dejé, y no sólo no la dejé -me refiero ahora a la literatura que se hacía en mi idioma al otro lado del charco grande-, sino que prácticamente abjuré de la que se publicaba en mi país de origen, y eso no sólo tenía que ver con la censura franquista, a pesar de la cual escribían y hacían buena obra Camilo José Cela, Luis Martín-Santos, Carmen Laforet, Rafael Sánchez Ferlosio, Juan Goytisolo, Miguel Delibes, Gonzalo Torrente Ballester… No, no, la cosa tenía más que ver, muchísimo más que ver, con el idioma.
Leyendo primero a De Greiff y luego a César Vallejo y a Octavio Paz y a Delmira Agustini (a Pablo Neruda jamás lo soporté, porque nunca tuve inclinación por los gárrulos, a pesar de lo cual debo confesar que hay un cuento mío que lleva un verso suyo por epígrafe: «La luz vino a pesar de los puñales»)… leyendo poco después, como alucinado, a Jorge Luis Borges, se me hizo hasta casi antipático el español peninsular. Se me desarrolló algo así como una alergia, como un síndrome de rechazo al castellano. Fue entonces cuando me inventé la expresión «el idioma de Cervorges» -seis letras del apellido de don Miguel, cinco del de Georgie Boy, y tres de ellas comunes- por oposición convicta y confesa al que nada más era «de Cervantes».
Y la antipatía -la alergia o el síndrome- creció de manera vertiginosa al hincarle el diente a la narrativa latinoamericana, y no con los Agustín Yáñez, Rómulo Gallegos, Eduardo Mallea, ni siquiera Miguel Ángel Asturias… sino con aquella esplendorosa eclosión que se inicia, según mis cálculos, en 1963, cuando Sudamericana (o mejor: Paco Porrúa) editara Rayuela, de Julio Cortázar. Y es a mi parecer harto sintomático que aunque no llegué a leer Rayuela hasta 1966, en Buenos Aires, fuera aquel 1963 el mismo año en que abandoné España para nunca regresar. [Lo haría, de manera casi obligada, entre julio del 67 y agosto del 68, pero con la conciencia clara de que se trataba de sólo un interludio antes de la transterración definitiva].
Si los lectores de este texto y de mi misma edad se retrollevan ahora, mentalmente, al día feliz en que leyeron (leímos) Rayuela por la primera de las muchas veces, creo que basta transcribir unos cuantos renglones de ese libro para percibir de qué manera revolucionó nuestra manera no ya de leer, sino de enfrentar el fenómeno de la lectura. Por ejemplo este diálogo del capítulo 40, con Oliveira ya de regreso en Buenos Aires:
«A fuerza de pelear, Talita y Oliveira empezaban a respetarse. Traveler se acordaba del Oliveira de los veinte años y le dolía el corazón, aunque a lo mejor eran los gases de la cerveza.
«- Lo que a vos te ocurre es que no sos un poeta -decía Traveler-. No sentís como nosotros a la ciudad como una enorme panza que oscila lentamente bajo el cielo, una araña enormísima con las patas en San Vicente, en Burzaco, en Sarandí, en el Palomar, y las otras metidas en el agua, pobre bestia, con lo sucio que es este río.
«-Horacio es un perfeccionista -lo compadecía Talita que había agarrado confianza. El tábano sobre el noble caballo. Debías aprender de nosotros, que somos unos porteños humildes y sinembargo sabemos quién es Pieyre de Mandiargues.
«-Y por la calles -decía Traveler, entornando los ojos- pasan chicas de ojos dulces y caritas donde el arroz con leche y Radio El Mundo han ido dejando como un talco de amable tontería.
«-Sin contar las mujeres emancipadas e intelectuales que trabajan en los circos -decía modestamente Talita.
«-Y los especialistas en folclor canyengue, como un servidor. Haceme acordar que te lea en casa la confesión de Ivonne Guitry, viejo, es algo grande.
«-A propósito, manda decir la señora de Gatusso que si no le devolvés la antología de Gardel te va a rajar una maceta en el cráneo -informó Talita.
«-Primero le tengo que leer la confesión a Horacio. Que se espere, vieja de mierda.
«-¿La señora de Gatusso es esa especie de catoblepas que se la pasa hablando con Gekrepten? -preguntó Oliveira.
«-Sí, esta semana les toca ser amigas. Ya vas a ver dentro de unos días, nuestro barrio es así.
«-Plateado por la luna -dijo Oliveira.
“-Es mucho mejor que tu Saint-Germain-des-Prés -dijo Talita.
“-Por supuesto -dijo Oliveira, mirándola”.
Una página de Cortázar es una página de Cortázar es una página de Cortázar es una página de Cortázar… y si tu química conecta con la del gran cronopio, ese aroma te vuelve rayueladicto para el resto de los días de tu vida. Pero estábamos en que yo todavía no lo había leído. Llegado a este punto creo poder decir que una de las cosas que mayormente le agradezco al azar, a ese modesto pero transparente seudónimo del destino, es que mi cita con Rayuela estuviese datada para que tuviera lugar a la orilla derecha del río como león.
La maratón de lectura en que me sumí al llegar a Buenos Aires y residir allá (ayyyá) desde finales de noviembre de 1966 hasta principios de julio de 1967 -siete meses nada más- es algo que considero como uno de los más fecundos instantes de mi vida intelectual o cómo se llame. Son los siete meses de Rayuela y los cuentos de Cortázar, de la deslumbradora revelación de Borges, de la lectura de Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal y Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato (libro que ganaría bastante si le recortasen el tan prescindible “Informe sobre ciegos”). Son los siete meses del descubrimiento -gracias a Julio Nicolás de Vedia- de la diáfana poesía de Enrique Banchs, y el descubrimiento -gracias a Pedro Orgambide- de la opaca prosa de los aguafuertes porteños de Roberto Arlt y sus novelas a contrapelo de aquello que los castizos solemos llamar mainstream. Son los siete meses de lectura sin pausa que me llevaron a conocer las novelas de Silvina Bullrich, Alicia Jurado y Beatriz Guido, y de dos polos tan opuestos como Bioy Casares y Bernardo Verbitsky: basta medir la distancia que va del mundo de La invención de Morel al de Villa Miseria también es América. Son los siete meses en que lei al hoy tan injustamente olvidado Antonio di Benedetto -cuya Zama es una cumbre de la narrativa hispanoamericana- y al todavía hoy casi desconocido José Bianco, a no ser por un grupo de gente tan devota como yo. Son los siete meses en que me engolfé en los mundos poéticos de Raúl González Tuñón y Baldomero Fernández Moreno, y en los preñadísimos ensayos de Ezequiel Martínez Estrada, Raúl Scalabrini Ortiz y Juan José Sebreli (Buenos Aires, vida cotidiana y alienación estaba todavía dando que hablar dos años después de publicarse). Son los siete meses de ganar para mi corazón, que siempre latió fuerte con el teatro, la obra de Agustín Cuzzani, Osvaldo Dragún y Conrado Nalé Roxlo, cuya Cola de la sirena sigue siendo el drama más perfecto que se haya escrito sobre uno de esos seres fabulosos que, por amor, quiso ser mujer. Son esos siete meses en que aprendí a embanderarme con la obra de Rodolfo Walsh, Francisco Urondo y Haroldo Conti, a quienes la incalificable dictadura de los Videla, de los Massera y de los Astizes se llevó por delante con su tenebrosa mecánica desaparecedora.
[Y añadiré entre corchetes que en un salto que dimos a Montevideo descubrí también la obra de Juan Carlos Onetti, cuya primera novela, El pozo, me jalé de un tirón en una casa de Retiro, mientras en la misma pieza, y ajeno a mi lectura y al mundo, ensayaba Jorge Risi -el mejor violinista que ha dado América Latina- el concierto para violín de Mendelssohn. ¿»El» o «un»? ¡Socorro!]
Es mucho, y casi todo bueno, ¡qué digo bueno!, de lo mejor, lo que le debo a la Argentina y a su literatura. Parafraseando a Borges, y para resumir esta excursión a mi pasado, yo diría que a mí se me hace cuento que empezó mi relación con ellas, y si no llego al extremo de juzgarla «tan eterna como el agua y el aire», la culpa se debe única y exclusivamente a mi limitado perfil biológico.

Mabela Policastro