Araracuara -cuento-
Por una circunstancia verdaderamente excepcional el doctor Novoa disponía de una semana completa. Haciendo memoria halló que en los últimos diez años de su vida había tenido sólo cinco días libres. Y que precisamente en esos cinco días libres, se había sentido inmensamente infeliz.
Vamos a Araracuara, dijo el doctor Novoa. Araracuara es nada más el comienzo, respondió Botero. El sitio a donde vamos es territorio de huitotos, ni siquiera tiene nombre. Vamos, insistió Novoa. La Nena, soñolienta, empujaba al rubio.

Dibujo de Natalia Castañeda-Arbeláez
-Olvídalo, Pedro Botero, mi hermano no es hombre de selva.
-Es que yo quiero ir -protestó airadamente Novoa, pero en voz tan baja e infantil que pareció un lamento.
-Ya vete, Botero, deja en paz a Tato. No se quemó las pestañas la mitad de su vida para ser tragado por una boa en un cananguchal o para hacerle feliz digestión a un lagarto con mal aliento.
-Vamos a trabajar -dijo Botero-, vamos a sudar como condenados al séptimo círculo, caminaremos horas y horas por la selva, veremos amaneceres gloriosos y aves tan bellas que dejan al viajero sumido en un pasmo, con suerte veremos esa maravilla de la creación que es una pantera negra. ¿Está dispuesto?
Cuando Botero salió, movido por los empellones del ama de casa, la Nena cerró la puerta con llave. Dijo a su hermano que no le permitiría escapar al amanecer, que no sabía lo que era la selva, que Botero llevaba cuarenta años de recorrerla, que él había trazado para el Instituto Codazzi muchos de los mapas de la Amazonia, que un loco como ese podría sobrevivir comiendo hierbas y mojojoy, pero tú no, Tato, eres un hombrecito de ciudad cuya hazaña más grande es haber atravesado la piscina del club ida y vuelta. Argumentó que la guerri¬lla, que los paramilitares, la malaria, las serpientes, las congas, las pirañas, mucha gente mala y despiadada.
-Lees muchas novelas y muchos periódicos -dijo Novoa-. Lo más probable es que lleguemos a una cabaña con ventiladores, refrigerador, televisión con cable y alberca con agua helada.
¿Qué le digo a la doctora?, preguntó la Nena. Que caí en la pesca milagrosa y que se olvide de mí. ¡Lunático!, gritó la Nena antes de encerrarse en su habitación. Cuando salgas cuida de no despertarme. No quiero ser cómplice de nada.
Habla el doctor Novoa. Llegamos a Villavicencio sin más contratiempo que un leve encuentro con los de las FARC, muchachos saludables, equipados con computadoras, anteojos de borde metálico y ametralladoras cuerno de chivo. Les pagamos unos cuantos pesos y nos dejaron ir, tras darnos unos consejos maternales. Ya en el aeropuerto, tomamos un DC3 que parecía el último despojo de la Primera Guerra Mundial y volamos sobre el llano. Vimos ríos anchísimos y sosegados, planicies sin fin cubiertas de pasto y una soledad increíble, vacas en medio de la llanura, pocos árboles. Incendios limitados por los ríos carcomiendo los pastizales. El humo impedía toda visibilidad, pero la ironía del piloto era tranquilizadora.
-He hecho este trayecto tantas veces que podría hacerlo con los ojos vendados. Además antes de chocar con una montaña se nos acaba la gasolina.
Comenzamos a sobrevolar la selva. Dos horas después aterrizamos sobre una pista muy brillante, que parecía de acero.
En Araracuara Botero sacó las cartas escondidas. Botas de caucho, largas medias de futbolista, chaquetas con muchos bolsillos, anzuelos, impermeables, una tienda de campaña que más parecía carpa de circo.
-No puedo caminar con tanta porquería encima.
-Pues si no puede caminar se queda en Araracuara, pueblo de putas, militares, indios y perros. Aquí hay más plagas que en un hospital de guerra. En las cantinas no bebes cerveza sino gonorrea líquida. Te pueden mochar la cabeza porque les gusta tu camisa, para matar el tedio o porque se te nota lo ciudadano en la mirada de tonto.
Eso dijo y echó a andar. Lo alcancé corriendo. Avanzamos a lo largo del cañón casi medio día y comenzamos a descender por un camino de cabras. Llegamos a un embarcadero. Sin mediar palabra, solamente un guiño de ojo a un individuo que se adormilaba bajo una enramada, Botero desamarró una lancha, tiró las cosas adentro y dijo vámonos, doctor.
Al principio el viaje fue vertiginoso pero disfrutable. El agua nos llevaba felizmente. Botero gritó:
-Agarra el remo y cuando yo diga hop, lo metes pegadito a la canoa y apartas el agua del borde, como si quisieras separar una encía de una muela con toda tu fuerza y tiras hacia afuera según te lo pida. Es sencillo: nada más tenemos que montarnos en el lomo de la mula y encomendarnos a Dios. Estamos a punto de llegar al primer chorro, El Chorro de la Sardina.
Botero prendió un enorme motor y la canoa comenzó a volar sobre el fragor de unos desfiladeros que nadie en su sano juicio se habría atrevido a desafiar. Creo que logré sobrevivir gracias a las reservas inconscientes que todos los seres humanos guardamos para esos casos. Mis manos quedaron atenazadas varios minutos, convertidas en garras de piedra tras el paso del primer chorro. Era fácil concluir que Botero no tenía ni la más leve noción de la prudencia. Vivía como lanzado a un mundo vertiginoso y le importaba un comino cualquier peligro.
Cuando llegamos a una zona de completo remanso entendí lo que era nacer, no después de nueve meses de gestación, sino tras dos horas de peligro completo. Me invadió una serenidad de loco y la sensación de que nada de lo que pudiera pasar podría aterrorizarme.
-Y ahora viene lo difícil -dijo un sonriente Botero, que sin duda había disfrutado mi terror- : el Chorro del Yarí.
-Menos mal -dije como alucinado-: creí que había terminado la emoción.
-Si sabe rezar, hágalo aunque sea por respeto a las aguas bravas- dijo Botero, al que adiviné encolerizado por mi indiferencia.
Cuando vi que Botero aceleraba a fondo antes de llegar a un talud donde las aguas chocaban para luego perderse en una revuelta rumbo a lo desconocido, supe que no había llegado al fondo del terror. La lancha se abalanzó directamente contra la roca y solamente la fuerza de la misma corriente hizo que girara antes del golpe, para entrar en un cañón aun más estrecho, en el que casi podía tocar las dos paredes con mis manos, a una velocidad enloquecida avanzó descendiendo en picada hacia lo que vi como la boca misma de un volcán rugiente, allá abajo un fragor de aguas y espumas y luces y oscuridades, todo en medio de un trueno sostenido y creciente, Botero lanzaba carcajadas, aferrado a la palanca de dirección. Cuando caímos, en lugar de hundir la proa, supongo que por un milagro, la lancha rebotó, y comencé a escuchar un ruido como el de un viento huracanado que golpeaba las rocas creando músicas inauditas. Creí estar muerto. En lugar de entrar en una zona de reposo, lo que hizo la embarcación fue enfilarse hacia un desfiladero de aguas que giraban hacia un enorme hueco negro, en cuyo centro parecía precipitarse el universo entero, yo comencé a gritar el Padre Nuestro y pude ver que Botero había pasado de la carcajada a una sonrisa que se me antojó siniestra, dio un golpe a la dirección y de alguna forma logramos bordear la zona de influencia del remolino, hasta salir por completo.
Atracamos con la ayuda de la corriente, que parecía llevar de la mano a un muelle rústico en el que estaba un individuo mirándo¬nos con absoluto desinterés.
El hombre nos tiró una cuerda y pudimos arrimar¬nos.
-Si no rezas el Padre Nuestro ahora flotaríamos río abajo rumbo al territorio de los bagres -. Pareció decirlo la total convicción del que sabe que las palabras del Padre Nuestro son el ábrete sésamo de la Amazonia-. Dios a veces se compadece de los tontos, pero no soporta a los insolentes.
-Ahora tenemos que arreglar la casa, ponerle techo y rascarnos el ombligo. Vamos a estar dos días bajo el sol.
Con la ayuda del hombre del muelle, Botero colocó en la lancha bejucos gruesos en forma de arcos y sobre ellos instaló un techo de palmas.
-Ya no usaremos el motor para ahorrar gasolina. La vamos a necesitar para el regreso- Botero lanzó una risotada-. Imagínate la diversión: hacer el mismo camino pero con aguas en contra. Si quieres puedes dormir. Ahora solo nos toca esperar. El agua nos lleva.
Supe que estaba bromeando. Ningún poder humano o divino lograrían hacer que una lancha remontara esos torrentes.
Vi pasar una botella de plástico y lo que parecía ser un pañal desechable.
-¿Encontraremos alguna vez el agua absolutamente limpia?
-Calma, calma, todo llegará.
La verdad es que no sabía qué pensar de él. Pasaba de su papel de profeta al de farsante o sarcástico con una facilidad asombrosa. Botero estudiaba las orillas, cotejaba con mapas, por la noche miraba las estrellas.
-Es una lástima que no podamos ver la Estrella del Sur, está bajo el nivel de los árboles.
Llegamos a una especie de bahía.
Botero volvió a consultar sus mapas.
-Aquí es -dijo.
Cerca de la orilla vimos una construcción sin paredes, amarrada con bejucos, levantada sobre pilotes de madera, una verdadera obra de arte. De la choza, elevada más o menos dos metros sobre el suelo, bajó una anciana caminando con pericia de equilibrista sobre un tronco con muescas a manera de escalones. Botero habló con ella en un dialecto lleno de medias palabras, con muchos acentos al final, una especie de semilenguaje semejante al parloteo de una cotorra. La mujer asintió pero no emitió sonido alguno. Entendí que mi guía le estaba pidiendo permiso para instalar un campamento cerca de la casa.
-Es imposible vivir en la selva sin apoyo. Los indígenas nos suministrarán pescado, caza y lo que necesitemos.
-¿Son huitotos?
-Puros, los útimos de los alrededores.
-¿Los conoces?
-No, pero ellos sí me conocen a mí.
-¿Cómo?
-Por medio del internet de la selva.
Preferí callar. Cada una de mis palabras me hacía sentir más tonto, indefenso.
Botero revisó su escopeta: un trabuco de dos cañones de los que se doblan para meter unas balas gordas y rojas.
No muy lejos de la bahía vi a una mujer que estaba lavando ropa. Tenía la falda amarrada a la cintura y dejaba ver unas ancas briosas y unos muslos de atleta. El río parecía desaparecer en su entrepierna. La piel hermosísisma, bruñida, de un color cobre subido. A juzgar por su apostura era una mujer joven y lozana. Tenía el cabello largo, de un color negro intenso, que destellaba con el sol.
Habla Botero. Me di cuenta que el doctor estaba mirando a la huitota joven con ansia de novato. La visión concentraba el brillo especialísimo del sol del Amazonas y los destellos del agua más hermosa del mundo.
-Los muslos de una huitota tienen un poder increíble -le dije-. Pero ellas no les dan importancia. Para las huitotas el pelo es lo fundamental. Se lo cuidan con un tinte vegetal que se lo deja grueso, brillante, un espectáculo que a todos asombra. ¿Te gusta?
-No -me respondió.
-Espera, espera que te llegue el mal de vereda.
-¿Que es eso?
-Ya lo sabrás -dije alejándome-: son males que les dan a todos los blanquitos que viven en la selva más de quince días.
-Pero yo no voy a estar aquí quince días.
Lancé una carcajada.
-Mira, doctorcito, no te lo había dicho, pero este tipo de paseos no pueden durar menos de cuatro semanas.
El doctor montó en cólera: debía estar en el hospital a fin de mes, su esposa tenía una cirugía programada, le era ineludible preparar una conferencia para un congreso de reumatología.
-Bueno, doctor Cerebro, si quieres regresarte solo, ahí está la lancha y que Dios te ayude. Los chorros no dejarían pasar a nadie.
-Eso quiero saber -respondió conteniendo la ira-. ¿Cómo diablos puede uno subir por esos torrentes con la lancha?
-Pues no los sube.
-¿Entonces cómo regresa?
-Con el favor de Dios y muchas baratijas -dije mientras me dedicaba a instalar el campamento. Me ayudó a regañadientes. Supe que la ira se le iba a pasar pronto. La necesidad de sobrevivir en la selva obliga a olvidar que existe el mundo exterior.
-¿Cómo se consigue el favor de Dios en la selva? -dijo humildemen¬te.
Me compadecí. Le dije que antes de cada chorro habría que sacar la lancha del agua y buscar ayuda para cargarla por la orilla, hasta encontrar de nuevo aguas mansas.
Para calmarlo canté la canción del mal de vereda. En la selva me vuelvo músico.
A veces estoy en la espesura y empiezo a cantar unas músicas de mi propia inspiración que después no puedo recordar. La soledad lo vuelve a uno poeta. La soledad y el sentimiento de que pronto voy a encontrar lo que dejé guardado en mis mapas hace treinta años.
Habla el doctor Novoa. Al día siguiente el bullicio de los pájaros y los micos me despertó. Era tan grande que imaginaba a una multitud de viejas chismosas tratando de ponerse al día con las noticias atrasadas: serían ya las cinco de la mañana.
-A trabajar, mi doc, tenemos que tomar la trocha y caminar cinco horas de ida entre la selva y regresar antes de la noche, que cae a las cuatro de la tarde.
Me rebelé, le dije que no iba a acompañarlo y él respondió: Allá vos, licenciado, en este territorio hay que moverse o morirse. El que se queda parado se convierte en un nido de hormigas o en una llaga viva.
Eso dijo y echó a caminar con su mochila a la espalda. Yo permanecí en la tienda, una auténtica carpa de circo rodeada por un mosquitero, en la que cabían holgadamente dos hamacas con sus respecti¬vos postes y una mesa con dos sillas de lona. Cuando quise asomar la nariz fuera de la carpa una nube de algo que no pude precisar me hizo retroceder. Escuché ruidos que me aterrorizaron. Vi pasar cerca a la anciana, a la mujer que lavaba en el río y a un niño. Iban cuchichean¬do, caminaban de prisa pero sin hacer ruido alguno. El niño brincaba como si tuviera resortes. Se encarreraba y subía a los árboles con una velocidad impresionante. Imaginé que tenía ventosas en los pies. A ninguno de los huitotos parecía importarles mi presencia. Precisé con mayor atención a la lavandera. Tenía dientes blancos como el marfil y hoyuelos graciosos en las mejillas. El pelo destellante iba y venía sobre su rostro simpático, casi coqueto, siguiendo los movimientos inquietos de su cabeza. Antes de desaparecer por la trocha me miró sonriente. Fue pasmoso, diría apasionante, observar su sigilo, su silencio, su capacidad de aparecer y desaparecer sin inquietar lo que la rodeaba.
Habla Botero. Cuando regresé de la selva mi anuncio se había cumplido: el doctor tenía los brazos convertidos en un pellejo de vaca recién desollada y vuelto al revés. No quiso quejarse, más bien aparentó indiferencia. Traje barro del río, le expliqué las propiedades del hongo antibiótico, lo envolví con un trapo y le pedí dos cosas: fe y paciencia.
-La lavandera me sonrió -dijo, sin querer darle mucha importancia al asunto.
-Bravo, la india te tiene entre ojos, le has gustado.
Habla el doctor Novoa. Eludí sus ironías. Le pregunté sobre aquella pequeña sociedad: anciana, mujer joven y niño.
-Lo que pasa es que estamos ante una familia. El marido de tu novia se fue de caza al pantano o de putas a Araracuara. Puede durar un mes en su correría. Luego regresa, más rayado que un tigre. De modo que tienes la mesa puesta.
Eso dijo y volvió a cantar la tonada del mal de vereda.
Al día siguiente lo acompañé. Cuando regresamos al campamento eran las cuatro de la tarde, hora en que como por ensalmo se cerraba el telón del día. La oscuridad se había asentado sobre el mundo casi súbitamente. Botero hizo fuego y fue a pedir panela. La choza de los indígenas estaba a veinte metros y para llegar a ella había que pasar por una horqueta y deslizarse por un terraplén hacia abajo con ayuda de un bejuco.
El siguiente amanecer me encontró tan agotado que creía morir a cada movimiento. La lavandera, a quien Botero había comenzado a llamar Juanita, nos trajo cazabe para el desayuno. Cuando me lo puso en las manos volvió a sonreír de manera abierta, mirándome a los ojos. Sentí un estremeci¬miento. Una sombra pasó por mi imaginación. Me acerqué a Botero y quise razonar con él. Le ofrecí medio millón si me llevaba de regreso a Araracuara. ¿Medio millón?, lanzó una carcajada. Ese viaje en lancha no vale menos de dos millones. Y lo que ando buscando vale cien veces dos millones. Además quiero que mire el río.
Me asomé fuera de la tienda y vi algo que nadie podría creer. El río ya no existía. El agua había desaparecido del todo. La lancha yacía sobre el lecho de barro.
Temí que el cazabe y un poco de coca que me atreví a probar me hubieran trastornado.
-El río no va a estar lleno hasta que Dios quiera, y eso puede ser dentro de quince días.
-Pero es que esto es imposible -grité.
-La Amazonia es otro mundo, amigo. Aquí todo cambia en un parpadeo.
Me llené de rabia: si no me hubiera aventurado, ahora mismo estaría organizando la nueva sala de reumatología y cuidando a mi esposa. La pobre estaría desespera¬da: durante los quince días anterio¬res la había llamado religiosamente dos veces, al amanecer y antes de acostarme, jurándole que estaría con ella durante la operación.
Cuando cumplí diez días en el campamento comencé a pensar en Juanita. Era como una tonada que se repetía en mi cabeza cada dos minutos. Una mañana decidí eludir las invitaciones de Botero y quedarme solamente para mirarla mientras ella lavaba ropa. Juanita se dio cuenta y en mi honor, casi como un juego, se descubrió los pechos. Aquello me alteró por completo, sentí que sólo la coca podría salvarme. La belleza de la escena no tenía nada que ver con el cataclismo que estaba causando en mi mente afiebrada. Me sentí profano, vil, frente a aquella mujer que tenía todo el espíritu de una niña. Cuando Botero regresó, rojo como una camarón frito y triste por una razón que no quiso explicar, me vio inquieto. Me era imposible ocultarle nada.
-Ya vas sabiendo lo que es el mal de vereda, amiguito.
Sí, ya había comenzado a saber. Esa noche por descuido dejé mi mosquitero abierto. El sopor, el cansancio y la humedad contribuyeron a que me desnudara entre pesadillas que no me atrevo a recordar. Cuando desperté sentí que algo me picaba los testículos y el glande. Los rasqué con suavidad. El escozor crecía, se transformaba en ardor, en una especie de ebullición de la sangre, como si me estuvieran vertiendo plomo al rojo vivo entre las piernas. Yo me rascaba con desesperación, me unté saliva, soplé, alumbré mis partes con la linterna y no pude ver nada. Sentí de pronto que el escozor comenzaba a transfor¬marse en un leve placer que crecía, sentí mi erección casi como una tortura, seguí frotándome ya sumido en el más absoluto deleite, sentí que en mi pene se había introducido un hilo que me unía con otra dimensión en la que el gozo terminaría en la muerte, pero no me importó. Quería sacar de mi cuerpo ese hilo, reventarlo, para descan¬sar. Mastiqué coca, apreté, exprimí, berrié de ardor y ansiedad, hasta que supe que me estaba saliendo de mí mismo, todo mi cuerpo chorreaba hacia afuera, y sólo quedaba el pellejo, pegado a la hamaca, sudoroso, exhausto, muerto.
Cuando abrí los ojos vi que Botero me estaba envolviendo en trapos con barro medicinal. Terminó de hacerlo y regresó a su hamaca.
Al día siguiente desperté asombrosamente animado, yo mismo cambié mis compresas con barro medicinal y me mantuve en reposo hasta que me sentí mejor. Al amanecer no había en mí preocupación alguna. Me atreví a penetrar en la selva solo y disfruté de un espacio mágico en la primera semipenumbra. Vi un estanque cubierto de lotos gigantescos, victorias regias, y tuve la osadía de pensar que podría caminar sobre ellas sin que se hundieran. Y lo hice: caminé sobre las aguas. Ya en el centro del estanque, de pie sobre un loto abrí los brazos y supe que en mi vida habría instantes felices pero que ninguno podría compararse con ése. Los primeros rayos del sol entraban casi horizontalmente entre los árboles y creaban túneles dorados en los que flotaban millones de mariposas de los colores más sorprendentes: de un blanco purísimo, amarillas como temblorosas monedas de oro, de todos los matices del azul, transparentes como de vidrio líquido. Un aire de santidad me envolvió. Las mariposas se posaban en mi cuerpo como si quisieran celebrarlo. Pensé con verdadera pena en mi vida exterior, sujeta a costumbres miserables, a mezquindades. Rechacé la idea de traer a mi esposa para que compartiera aquella nueva existencia. La verdad, me confesé a mí mismo, es que solamente me unen a ella los momentos en que estamos separados.
Cuando regresé a mi tienda tropecé brutalmente con la sonrisa de Juanita. Supe que era como una pared contra la que tenía que estrellar¬me.
-Está hecho, doctor, caíste. Ya nadie te salva del mal de vereda, ni las mostacillas -. Me explicó lo que me había sucedido la noche feroz: las mostacillas eran unos insectos casi invisibles, que atacaban en cualquier instante y contra los cuales sólo había baños de barro de río.
Supe que tenía razón. Nadie me iba a salvar del famoso mal de vereda. Decidí rendirme.
Todas las noches, a partir de entonces, acepté la inquietud de mi masculinidad con entero sosiego y dejé que la vida tomara sus propias decisiones.
-Tienes cuatro días para cumplir como un hombre -me dijo Botero-. El lunes próximo emprendemos el regreso. Creo que la selva me hizo una jugarreta. Ya te explicaré. Mira el río.
Sin que me hubiera percatado el nivel del agua había ido crecien¬do, y ya estaba a casi al borde de la choza de los huitotos.
-Mañana, cuando venga Juanita Mostacilla, la miras fijamente, luego le clavas los ojos en la chimba y después miras hacia el sendero que se interna en la selva. Aquí no se necesitan palabras.
Le dije que no lo iba a hacer, pero sabía que ya estaba al borde y que sólo me faltaba la patada en el culo para caer al fondo del abismo.
A las cuatro de la tarde del día siguiente volvimos al campamento después de una correría por los peores andurriales de la selva. Yo estaba extenuado pero feliz. Botero derrotado hasta los huesos. Tomé aguadepanela y me metí al río. La corriente ya negra por la oscuridad estuvo a punto de arrastrarme. Una banda de monos chichicos, animales de expresión casi humana, se columpiaba hasta rozar el agua y se divertía arrojándome frutas. La figura de Juanita, acurrucada en la choza sin paredes, era un manchón contra un macizo de plátanos. Supe que me estaba mirando y que la sonrisa se había instalado en su rostro de manera permanente. Casi con rabia, al pasar a su lado, prendí la linterna, alumbré sus ojos, luego su sexo (su chimba, dice Botero) y luego la trocha. Pensé en mi esposa y en la inestable estabilidad sin secretos que mantenemos. Los dos somos infieles por culpa de esa barata lujuria de los hospitales y ese aburrimiento terrible de los turnos de noche. Luego me dije que aquello que me estaba sucediendo era como una piedra que veía caer desde el cielo, un imponderable, una locura, una fatalidad, una desgracia que se había venido preparando durante muchos años hasta desembocar en ese fondo sin fin en la Amazonia, todo por culpa de mi curiosidad malsana.
Después del atrevimiento corrí a la tienda y me escondí en la hamaca. Me juré que no saldría, pero cuando en medio de la negrura más negra que se pueda imaginar escuché ruido en la espesura y supe que Juanita se había internado en el sendero, sentí un dolor insoportable en el bajo vientre y supe que algo en mi interior estaba a punto de reventar, parecía un ataque de apendicitis, quise que fueran las mostacillas, pero no supe hallarlas.
-Creo que me voy a morir -le dije a Botero. Lanzó una risa de demonio que se frota las manos.
-No seas pendejo, doctor, tienes el semen hasta las orejas. Vete por el caminito y mañana nos montamos en la lancha y hablamos mientras nos llega la hora de enfrentar los chorros.
Más de una hora duré revolcándome en la hamaca. Esperé que Botero se durmiera y luego salí con sigilo. Cuando ya estaba afuera, escuché a Botero:
-Si serás tarado, doctor, llévate la linterna.
La mano de Botero se tendió fuera de la carpa con la linterna. La tomé y avancé hasta el sendero.
-Voy a hacer mis necesidades- le dije.
-Eso, Novoa, ve a hacer tus necesidades.
Encontré a Juanita apoyada en un árbol de caucho y sin decir palabra le puse una mano en la nuca. Me incliné, tomé su camisola desde abajo y se la saqué por la cabeza. Con el brazo derecho la abracé por la cintura y la hice doblarse hacia atrás. Ya estaba casi empelotita. La tendí sobre el piso. Ella se hallaba totalmente silenciosa. Tuve la cortesía de revisar que el suelo bajo ella estuviera libre de ramas o piedras. Hice un lecho de hojas. No la acaricié.
Recorrí su cuerpo con la luz de la linterna. La disfruté. Era una visión, la obra maestra de un dios artista, del mismo dios que me había dado mi hora de felicidad perfecta de pie sobre la victoria regia y del mismo que nos ayudaría a superar los chorros. Estaba con la boca entreabierta y el cuerpo convertido en un solo temblor. Tenía suspendida la respiración. Su pelo parecía fluir hacia la tierra. Seguí deleitándome con su cuerpo desnudo, recorriéndolo con la linterna, en una especie de pasmo previo, de incapacidad de ir más allá. Alumbré su rostro. Ahora no estaba sonriendo sino que tenía una expresión de arrobo, de terror, quizás de reverencia. Me arrimé y le quite los calzoncitos. Sentí que muy cerca de nosotros había algo anormal, una presencia maligna, tal vez una pantera. Tembloroso alumbré su sexo y vi que de él escurría una materia amarillenta, densa, que parecía viva. Quise imaginar que era el líquido del amor e intenté verificarlo. Palpé su textura mucilaginosa, su pálpito, y en cuanto me lleve los dedos a la nariz, fui embestido por un hedor espantoso, como jamás he olido ni creo oleré. Eché a correr y llegué azotado por convulsiones al campamento. Duré hasta el amanecer tembloroso, Botero me halló con las rodillas entre las manos y los ojos extraviados. Hizo preguntas que no respondí. Sólo hacia el atardecer, cuando Botero regresó, más abatido que nunca de su última correría por la selva, fue que pude hablar. Le dije de aquella sustancia.
Botero por una vez no se burló.
-La pobre Juanita- dijo-. Ella misma no sabe la peste que habita en su cuerpo, el regalito que le trajo su marido de las putas de Araracuara.
Cuando finalmente llegó la hora de partir, vi que Juanita estaba en medio de la corriente del río, acuclillada sobre una piedra, con los muslos desnudos y las ancas bruñidas por el agua y el sol. Me miraba con tristeza y yo supe que nunca iba a olvidar aquella desdichada historia de amor, lujuria o curiosidad.
Botero me colocó una mano sobre el hombro.
-Bueno, doctor, aquí termina este negocio.
-Sí, aquí termina -le respondí.
-Y lo peor de todo es que nadie sale ganando. Ni Dios. Hasta yo perdí lo que había guardado en mis mapas de juventud.
Preferí callar. No me importaba su derrota. La jugada incluía algo más grande que unas piedras de río.
Cuando el motor de la lancha fue puesto en marcha, hubo una desbandada de pájaros, monos y peces. Toda la selva pareció estremecer¬se como un telón golpeado por una piedra. Una mancha de colores tan bellos como los del arco iris se extendió en un agua tan clara, como temo nunca volveré a ver en la vida.