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N O T A S: Sentido de los estudios universitarios, El arte de la espera, Nos escriben…, Hemos recibido…

El sentido de los estudios universitarios (por: Carlos-Alberto Ospina H.,  Rector (e) de la Universidad de Caldas. Palabras en el acto de grados del 11 de abril de 2014).En estos momentos que, por los juegos de la vida, me ha correspondido el honor de estar por unos meses en la dirección de nuestra Universidad, tengo además la fortuna de presidir las ceremonias de graduación como las que hoy vivimos. No sé si la alegría que ahora sentimos todos, es la misma que como rector se siente en el momento en el que se firman, uno por uno, los diplomas de sus estudiantes cuando han culminado satisfactoriamente todos los requisitos institucionales exigidos para acreditarlos como profesionales; lo cierto del caso es que cuando ello ocurre, uno se siente haciendo parte de todos quienes con su esmero, dedicación, esfuerzo y sufrimiento han trabajado durante años para cumplir anhelos personales y en cada uno de ustedes, jóvenes profesionales y posgraduados, con las más elevadas tareas misionales de la Universidad, cuales son las de formar cientos de jóvenes colombianos como profesionales, especialistas e investigadores; y preparar mujeres y hombres para servir a la sociedad y al país. Esas son las tareas misionales que la sociedad le ha encargado a la Universidad; pero también los padres de familia, los hermanos, los amigos, los seres queridos que conviven en el mundo de cada uno de ustedes, todos ellos, a su modo, han contribuido y contribuyen sin cesar, a darles forma a la persona que hoy son.

Conociendo la capacidad administrativa, y los valiosos recursos humanos y técnicos de nuestra Universidad, la que durante todos estos más de sesenta años de vida institucional no deja de estar preparándose para ofrecer, cada vez, una formación de la más alta calidad como la que hoy está en condiciones de mostrar, reconocida además por numerosos indicadores de calidad, no nos cabe duda de que ustedes han sido modelados como profesionales competentes, capaces de desempeñarse con éxito en las labores y responsabilidades propias de sus profesiones. Eso no quiere decir que en la Universidad ya han aprendido todas las competencias y habilidades que habrán de exigir el desempeño laboral cotidiano; significa que pese a no poder mostrar de inmediato sus destrezas e ingenio, a ustedes la universidad les imprimió una potencialidad que solo está esperando la primera oportunidad para desplegarse y hacerse presente. Quiere decir, ustedes pueden experimentar con orgullo la capacidad para ejercer una profesión y sentir, en más de una ocasión, que ya cuentan con el talento de poder afirmar en adelante, para sus adentros, “no sé nada de ello, pero estoy en capacidad de hacerlo”. 

Así, entonces, igual que sus propios maestros, quienes en verdad comenzaron a aprender solo cuando tuvieron que enseñar, en el momento en el que ustedes tengan que enfrentar retos laborales jamás previstos o esperados, tomarán plena conciencia de la nueva forma que adquirieron con lo que aprendieron en la convivencia cotidiana con maestros y compañeros en nuestras aulas, laboratorios, parques, auditorios, cafeterías, etc. Tomarán conciencia de lo que significa adquirir otra forma de ser y de sentir la vida, vale decir, tomarán conciencia de la formación adquirida con nosotros.

Habida cuenta de ello tampoco nos cabe ninguna duda de que desde cuando ingresaron a la Universidad hasta el día de hoy, muchas cosas han cambiado en sus vidas, y la más fundamental es que ustedes mismos, como acabo de afirmar, han transformado sus modos de ser y de pensar. La pregunta importante que cabe hacer ahora es ¿han cambiado para mejor o para peor? La pregunta toca directamente no con sus competencias técnicas, científicas o profesionales, sino con la responsabilidad con sus familias, con la sociedad y con el país; con su aporte personal a la alegría o la desdicha de los demás. El título, es cierto, acredita a una persona como poseedora de un determinado saber y de la idoneidad suficiente para desempeñarse en una profesión determinada. Detrás de un título se ocultan años de preparación universitaria y el cumplimiento de requisitos formales, pero también la realización de viejos sueños personales o la frustración y la desesperanza. En cualquier caso, denota un proyecto de vida que se va cumpliendo y una existencia que se ha moldeado un modo de ser y de estar en el mundo. Por eso la escogencia de profesión –incluso cuando es el resultado de presiones familiares y sociales- es, a la vez, la escogencia de un estilo de vida futura y de maneras de actuar en el mundo, caracteres estos que salen a relucir mejor cuando tal escogencia responde a una vocación de servicio a la sociedad. Aunque con nuestras profesiones podemos aportar mucho al desarrollo económico del país y al de empresas productivas o de servicios, no podemos olvidar que sobre todo hay que buscar el desarrollo y cuidado de la persona que somos cada uno de nosotros; porque también hay quienes, por desgracia, pueden estar pensando en aprovechar su saber profesional o especializado para apropiarse de los recursos públicos o para, de manera habilidosa, engañar al otro y sentirse el más vivo de la gallada.

Es por ello que cabe la pregunta ¿cuál va a ser, joven profesional y señor posgraduado, su verdadero aporte al bienestar de su familia, que tantas esperanzas ha puesto en usted; a la convivencia ciudadana, a unas mejores condiciones de vida para nuestros conciudadanos, a consolidar una sociedad justa y un país mejor; a fortalecer nuestra democracia y a cumplir con los anhelos individuales y colectivos de paz y bienestar? Nuestras universidades colombianas cada período académico gradúan cientos de miles de nuevos profesionales, como los de hoy, a 400 de cuyos egresados la Universidad de Caldas les entrega el título, y durante el transcurso de estos casi cuatro meses cuando he tenido la gran y honrosa responsabilidad de estar en la rectoría he firmado cerca de 300 diplomas más; es evidente que un país que gradúa tantos profesionales tiene que cambiar, y uno esperaría que cada vez fuese para mejor y no para peor. 

Precisamente esta semana contamos con la visita del exrector de la Universidad Nacional de Colombia y reconocido investigador, Moisés Wasserman, quien afirmaba algo que hoy merece tenerse en cuenta de manera especial. Decía él que la Universidad es un referente moral muy importante para una sociedad, y alcanzar metas como las que ustedes logran en este momento, es muestra de éxito moral, muy diferente a las muestras de éxito inmorales que en tiempos recientes nos ha tocado sufrir en Colombia.  Y es obligación nuestra, de todos nosotros, cuidar que la Universidad siga siendo ese referente en el que aún podamos tener esperanzas de alcanzar una vida en común mejor para todos.

Otra buena manera de responderle a nuestro país, a nuestros seres queridos y a nuestra gente, es saber combinar el saber científico profesional con la vocación de atender las necesidades reales y cotidianas, las de cada día, que son las que en realidad hacen amarga y dura nuestra vida o nos la alegran. Albert Einstein afirmaba que “los molinos científicos son los que más demoran en moler el grano”, y es porque muchas veces la soberbia, el engreimiento y el convencimiento de que somos los portadores de la verdad del mundo, nos convierte en fuente de amargura para los otros, en lugar de ser su apoyo solidario y afectivo. No demoremos, entonces, en moler pronto el grano cuando nuestra gente reclama algo para comer, en lugar de estar dando explicaciones sobre la vergonzosa inequidad de nuestro país y no dejemos de atender a quienes reclaman nuestra compañía real, por estar teorizando sobre la soledad que todos conocemos vive el hombre moderno. En síntesis, no olvidemos que hacernos profesionales y aprender más cosas que otros, sólo tiene sentido si ello tiene efecto en nuestro modo de vivir, en nuestra propia vida y en la de los demás; y el efecto esperado es que la vida individual y social cambie para que, en medio de las dificultades propias que conlleva la existencia, se haga menos dura y más amable.

Les aseguro, jóvenes profesionales y señores posgraduados, que si aprendemos lecciones tan simples como éstas, también descubriremos que hacernos profesionales, científicos o técnicos con el genuino interés de mejorar el mundo natural y humano -no de degradarlo o de envilecer nuestras relaciones personales, o alterar nuestra convivencia pacífica- es una buen manera de poder mejorar nosotros mismos y de contribuir a crear mejores condiciones de vida a los ciudadanos de nuestro país.

Sabemos que ustedes, como egresados y profesionales titulados de la Universidad de Caldas, tienen el sello de calidad de nuestros procesos de formación, y además con ustedes siempre irán las trazas de los días que durante estos años vivieron cotidianamente en nuestros campus y recintos, por lo que nos sentimos partícipes de la alegría que hoy sienten con sus familiares y amigos; ellos seguramente por ver premiados grandes esfuerzos, y nosotros porque sentimos haber contribuido de la mejor manera para que enfrenten el mundo, y mucho mejor si es la vida, más preparados que como lo estaban cuando llegaron por primera vez a nuestras aulas.

De nuevo felicitaciones, igual para sus familias; y los mayores deseos para que ojalá encuentren pronto la oportunidad de demostrar todo lo que pueden hacer con lo mejor de ustedes mismos.

 

El arte de la espera (por: Álvaro Castillo-Granada; para García, por supuesto).                                                                                                       Había un libro que estaba aguardando. Siempre hay un libro que cargo en mi deseo para que no me sorprenda cuando me encuentre. En este caso, sabía que había salido porque la noticia se leía en todos los periódicos: Gabo periodista (Fundación Gabriel García-Márquez Para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, Colombia, noviembre de 2012). Una antología de textos periodísticos. Edición no venal. O tal vez supe de él por Ariel Castillo (quien es pariente por el lado más importante: el del corazón).

Lo primero que hice fue escribir un mensaje a Cartagena solicitando información para conseguir el libro. Jamás me respondieron. Tenía en mis ojos su carátula. La guardé como una de esas fotos que nos acompañan y que, de vez en cuando, reaparece trayéndonos un rostro amado y lejano. La primera vez que lo tuve en mis manos fue cuando le llevé El ingenio, de Manuel Moreno Fraginals, al director de una revista bogotana, que por esos días andaba con una lesión en el pie. Mirando su inmensa biblioteca de repente lo vi.

 —De manera que así es… —fue lo que me dije. Y pregunté—: ¿Puedo mirarlo?

 —Claro, me respondió.

 Era una edición de pasta dura todavía envuelta en su empaque transparente. Sin abrir. Lo miré por los dos lados. “Ahora sí sé cómo es realmente”, me comenté mientras lo regresaba al estante.

 —Creo que tengo otro ejemplar en alguna parte. Voy a ver si lo encuentro —añadió mientras se encaminaba a una pila de libros.

 —No lo busque, no se preocupe. Tenga cuidado. Mejor después. Se lo agradezco de todas maneras —dije rápidamente antes de emprender el no tan largo camino de regreso a la librería.

Nunca me volvió a hablar del asunto.

No voy a leer lo que ya escribí alguna vez. Ni voy a contar lo que ya hice en otro momento. Esto lo escribo hoy, abril 17 de 2014, a las pocas horas de saber que ya no estás respirando en medio de nosotros. Porque es imposible decir que ya no estás con nosotros. Nunca será posible.

Pacho me llamó y preguntó:

—¿Me imagino que ya sabes la noticia?

—No, ni idea. No sé qué pasó —respondí adormilado.

 —Gabriel García-Márquez murió.

Me quedé helado. Balbuceé algo y me fui a mirar la prensa. Abrí El Espectador y ahí estaba la noticia. Sí, era cierto, habías muerto.

Lloré. No pude dejar de hacerlo. Recibí varias llamadas, consternadas, dándome el pésame por la noticia. Hice otras para lo mismo. Todos estábamos orfanados.

No fui amigo de Gabriel García Márquez. No. Pero sí existí para él. Fui “el librovejero”. Así me llamó y así me llamaba cuando nos encontramos o cuando hablamos por teléfono. Es, hasta donde sé, el único apodo que me han puesto. Bueno… hasta donde quiero saber…

Tuve el inmenso placer de servirle con mi oficio: vendedor de libros usados. Gracias a los libros existí para él. Qué manera más hermosa de hacer parte de una historia… Jamás, ni en mis más disparatados ensueños, se me ocurrió pensar que esto fuera posible. Además, no me da vergüenza confesarlo, soy un lector tardío de Cien años de soledad. Cuando niño lo leí dos veces (mi papá me regaló el libro como quien entrega la llave de un cofre) y no me gustó. No lo entendí. O las dos cosas al mismo tiempo. Sólo fue hasta 1996 cuando al leerlo, en medio del calor cartagenero, pude por fin entenderlo y sentirme huésped permanente de sus páginas. También para esa fecha lo vi en persona por vez primera.   

Nunca pude decirle Gabo o Gabito. Ese nombre estaba reservado, al menos para mí, para sus más entrañables y cercanos. Yo me limité a decirle como escuché que lo nombraban en Cuba: “García”. Porque nuestros encuentros (fuera de dos bogotanos) siempre fueron en Cuba. Y tengo, entre otras cosas, el inmenso orgullo de saber que fue a visitarme a la casa de Corrales, donde vivo cuando estoy en La Habana. Y que saludó a Betania y a Miguelito como si se conocieran de toda la vida antes de sentarse en la sala y permanecer gran parte de la tarde hablando de la vaina, que es hablar de todo y lo demás. Al ritmo de un sillón que viene y va como la marea y el viento, trayendo recuerdos, llevándose momentos, construyendo instantes que se graban para siempre. Y se guardan allí, cerca al corazón, donde está lo que siempre nos acompaña y no podemos ignorar.

Por eso recibí el pésame: porque algunos sabían lo que había significado para mí el haber existido para él con un nombre.

Un mensaje de una amiga me hizo salir de mi consternación y tomar un bus que iba por toda la carrera séptima. La cita era a las cinco al frente de La Hacienda Santa Bárbara. Llegué cuatro minutos antes. Miré hacía todos lados para ver si Catalina Valencia estaba por ahí. No. Aún no. Para quemar tiempo me fui a mirar libros a la calle peatonal donde está el mercado de las pulgas.

El mirar libros es una buena manera de quemar el tiempo de la espera. Los ojos viajan por sobre las carátulas como si recorrieran un mapa sin puntos cardinales donde, de repente, aparece una X señalando el lugar donde se encuentra el tesoro. Y en medio de muchos libros, conocidos y desconocidos, reconocí uno que había visto una sola vez: Gabo periodista. Desde su carátula me mirabas tú, García, diciéndome: “Ajá… librovejero… Acá estoy…”.

Lo tomé, temblando de alegría. Miré hacia los otros, tratando de disimular lo indisimulable, y otro libro me sonrió: El arte de la espera, del historiador y ensayista cubano Rafael Rojas. En su carátula la foto de una cubana con rolos sonreía diciéndome: “Viste… Esto es lo que hay… Lo que te tocó por la libreta…”

Los tomé sabiendo lo que eran: su apretón de manos de despedida. Después de una negociada larga y tediosa se fueron conmigo en una jaba blanca. Y en mi corazón una alegría triste. Porque tú, García, cerrabas, sonriendo, una búsqueda que se inició hace tiempo, con muchos protagonistas, que esperaba el momento justo para darse: hoy, abril de 17 de 2014, cuando ya respiras en la eternidad.

 La vida te alcanzó para todo, hasta para darme un nombre…

 

Nos escriben… Desde Connecticut (USA) escribe el Prof. Dr. Antonio García-Lozada: “Entre varios de mis recuerdos relacionados con Gabriel García-Márquez, CER querido, te quería compartir que conocí a tres escritores (ya fallecidos) quienes tuvieron cercanía con Gabo y me hablaron sobre su don de gentes y solidaridad.  Uno, fue el crítico uruguayo Ángel Rama quien me dijo que Gabo se había comunicado con -el entonces presidente colombiano- Belisario Betancur para que en la corta visita de Ronald Reagan a Bogotá le pidiera que se aligerara el trámite de su visa de residente en EU.  Dicha visa no llegó a tiempo, Ángel Rama partió para París, y la visa de residente permanente llegó –al edificio Juan Ramón Jiménez- dos años después de su trágico fallecimiento en el  aeropuerto de Barajas en vuelo de Avianca procedente de París.  El segundo, fue mi ex-profesor argentino Tomás-Eloy Martínez quien se exilió en Venezuela a raíz de la dictadura militar en los años setenta.  Tomás Eloy con el que departí alrededor de la mesa muchos cafés y almuerzos, me contó que Gabo se contactó con el escritor y ex-director del periódico El Nacional, Miguel Otero Silva, para que le dieran oportunidad de trabajar en ese diario.  Dicho y hecho y así fue.  Tomás colaboró varios años con El Nacional y quedó eternamente agradecido con Gabo.  Y el último, fue R.H. Moreno-Durán con quien conversé varias veces en persona cuando iba a Bogotá y también vía telefónica (amistad que surgió gracias a nuestro Rafael Gutiñérrez-Girardot).  En una de esas conversaciones, R.H. me confesó que Gabo al enterarse de su cáncer le había ofrecido pagarle todo el tratamiento con los oncólogos que él conocía en los Angeles, California.  R.H. agradeció ese inmenso gesto pero no quería separarse de su esposa e hijo, además confiaba que el tratamiento con el oncólogo en Bogotá iría bien.

En fin, ese es el Gabo que de oídas conocí, sin ánimo de unirme al coro de los que hoy son entrevistados y repiten lo bueno que era GGM./ Van mis afectos y buen domingo de pascua, AGL” (20.IV.2014)

 

Hemos recibido… Fabio Rodríguez-Amaya (n. 1950) es un eminente dibujante/pintor, investigador/ensayista y profesor colombiano, aplicado por años en la Universidad de Bergamo (Italia), de calificada y amplia obra. De él hemos tenido la fortuna de recibir las siguientes obras: “Mínima mitológica”, libro-catálogo de exposición suya realizada en Madrid en 2011, con preciosos dibujos suyos y textos de Rosalba Campra. “El marinero y el río – Dos ensayos de literatura colombiana”, sobre la obra de Álvaro Mutis (Mauro Baroni editore, 2000). “Reencuentro con Borges – Per speculum enigmate”, edición de Fabio Rodríguez-Amaya, con ensayos de José Saramago, Vladimir Mikés, Rosalba Campra, Giovanni Bottiroli, Ferdinando Sciana, Antonio Melis, Jacques Gilard, Alfredo Antonaros, y, por supuesto Fabio Rodríguez-Amaya (Bergamo University Press, 2006).

“De Mutis a Mútis – Para una ilícita lectura crítica de Maqroll El Gaviero”, asombroso estudio de 574 páginas, con la bella dedicatoria: “A mis padres, quienes me brindaron la posibilidad de aprender cuándo y cómo hacer o no mutis”. Abarca la poesía y la novela de Mutis, con profunda y detallada investigación. Encuentro en él, por ejemplo, una declaración de Mutis (1952) en la cual dice: “Comienza a nacer una cultura indoamericana. Por lo tanto, no creo todavía en una verdadera cultura y menos en una cultura verdadera. Apenas se está haciendo. Otra cosa es que nosotos hayamos dado en la flor de creernos cultos gracias al reflujo de las milenarias culturas europeas, de cuyo injerto en América nacen especímenes tan raros y desiguales como Bolívar, Bello, el señor Caro o Martí.”  (Mauro Baroni editore, 2000).

“La obra de Marvel Moreno – Actas del Coloquio Internacional, Toulouse, 3-5 de abril de 1997”, con Jacques Gilard y Alfredo Rodríguez-Amaya de editores (Mauro Baroni editore). Acerca de autora poco difundida en su obra y poco examinada en Colombia, su propia tierra. Escriben, entre otros: Jacques Gilard, Alfredo Rodríguez-Amaya, Jacques Fourrier, Helena Araújo, Ariel Castillo-Mier, Eduardo Posada-Carbó, Christiane Laffite-Carles, Ramón Illán-Bacca, Julio Olaciregui, Elizabeth Burgos, Ludmila Damjanova, Ligia S. Aldana, Freddy Téllez, Alfredo Antonaros, Montserrat Ordóñez, Doris Weiler, Sarah González, Gloria-Cecilia Díaz, etc. Incluye detallado álbum fotográfico con diversos momentos de la autora estudiada. (Mauro Baroni editore, Viareggio-Lucca 1997)

“Plumas y pinceles” (2 volúmenes), con Fabio Rodriíguez-Amaya de editor. Comprende: “La experiencia artística y literaria del grupo de Barranquilla en el Caribe colombiano al promediar del siglo XX” (tomo I) y “El grupo de Barranquilla: Gabriel García-Márquez, un maestro. Marvel Moreno, un epígono”. Con ensayos de amplia nómina de especialistas, entre ellos: Jacques Gilard, Fabio Rodríguez-Amaya, Álvaro Medina, etc. (Bergamo University Press, 2008 y 2009)

El catálogo de la exposición “Segni, scarabocchi – Libri, opere e dipinti di Fabio Amaya e Rosalba Campra”. (Edizioni Dativo Srl, Milano, s.f.). En ensayo en separata: “Los puertos en la poesía de Álvaro Mutis”, publicado en la revista “Caravelle” No. 69, pp. 173-191, Toulouse 1997. Y un ejemplar de la revista “Nuova Prosa”  No. 56/57 (2011), dedicada a destacar escritores colombianos con traducción al italiana de cuentos. Estudios preliminares de Fabio Rodríguez-Amaya, Catalina Quesada y Carmen Alemany. Se incorporan narradores de la significación de: Álvaro Cepeda, Pedro Gómez-Valderrama, Helena Araújo, Marvel Moreno, Darío Ruiz-Gómez, Medina Amarís, Luis Fayad, Arturo Alape, Fernando Cruz-Kronfly, Roberto Burgos-Cantor, Julio Olaciregui, Anabel Torres, Miguel Falquez-Certain, Pablo Montoya, Consuelo Triviño y Julio Paredes-Castro. Con estudios finales de Egberto Bermúdez, Fabio Rodríguez-Amaya, William-Alfonso López y Federica Arnoldi. (Greco&Greco editori)

 

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Edición No. 169