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Flora Tristán, una paria iluminada

Tú, hombre, dueño que tiene derecho sobre su mujer, ¿acaso vives con ella con el corazón contento?

Di: ¿eres feliz? No, no; es fácil ver que, a pesar de tu derecho, no estás contento ni feliz.

Entre el dueño y el esclavo, no puede haber más que la fatiga del peso de la cadena que los une el uno al otro. Allá donde la ausencia de libertad se hace sentir, la felicidad no puede existir.

                                      Flora Tristán, Unión Obrera

 

Cuando comencé a investigar sobre la historia de los feminismos, Flora Tristán (1803-1844) llamó mi atención por varios motivos. En primer lugar, hizo parte de las raíces de lo que se ha llamado primera ola del feminismo, pero es la menos mencionada. Generalmente solo se cita a Olympe de Gouges (1748-1793) y a Mary Wollstonecraft (1759-1797). Segundo, era franco-peruana y en las dos primeras olas del feminismo aparece poca información que tenga alguna familiaridad con Latinoamérica. Tercero, y quizá una razón para explicar su casi borramiento, perteneció a la clase obrera y luchó por ella. Así, pues, Flora Tristán inauguró el feminismo de clase o socialista, y entre las filósofas excluidas de la historia canónica de la filosofía, ella es paria entre parias.  

Sin embargo, es importante mencionar que Flora Tristán no es por definición una teórica del movimiento obrero y la emancipación femenina. No fue una mujer educada que fue descubriendo, escribiendo y aplicando sus conceptos y teorías a la experiencia, sino que la vida la enfrentó con la necesidad de emprender estas luchas y de teorizar sobre ellas, dada su condición de paria reconocida por ella misma.

  1. De cómo se configura una paria

Tristán fue hija de Thérèse Lesnais, francesa, e hija ilegítima de Mariano de Tristán y Moscoso, aristócrata y coronel peruano al servicio de la Armada Española. Otros afirman que pudo haber sido hija no reconocida de Simón Bolívar, pero no hay muchas pruebas de esto. Como sea, en los primeros años de su vida, mientras sus padres vivían juntos en Francia, la pequeña Tristán tuvo los privilegios de una familia acomodada y su casa era frecuentada por personajes de renombre e importancia como Bolívar. Pero lo que parece más relevante para la configuración de su condición, su lucha y su pensamiento posteriores, es que al morir Mariano de Tristán y Moscoso madre e hija quedaron económicamente desprotegidas, debido a que el matrimonio que se había realizado en Bilbao no era legal en Francia. Por esta razón, a los cinco años Tristán comenzó a perder los privilegios de su primera infancia y a la edad de 16 tuvo que entrar a trabajar en una litografía como obrera colorista. Un año más tarde, empujada a la vez por la necesidad, el hambre y su madre, se casa con André Chazal, el dueño de la litografía.

Como ella misma relata, fue tremendamente infeliz en esa unión forzada en la que recibía malos tratos. Así, luego de haber concebido tres hijos (dos niños y una niña), de sufrir la muerte de uno de ellos y padecer los horrores de una relación asfixiante, Tristán decide fugarse con su hija y viajar de París a Perú para buscar sus raíces latinas y conectar con el hermano de su padre, con quien había mantenido correspondencia desde la muerte de este y parecía tenerla entre sus afectos.

Este primer viaje cambia la vida de Tristán en más de un sentido. Para comenzar, al parecer es durante este tránsito que lee Vindicación de los derechos de la mujer (1792), de Mary Wollstonecraft, y se siente conectada de inmediato con la autora inglesa y sus reclamos. Como resultado de sus reflexiones, durante este viaje escribe Peregrinaciones de una paria (1838). Segundo, Tristán se da cuenta de que fue querida por su tío solo desde la distancia, y que este no le dará la herencia que le corresponde, por lo que debe regresar a Europa sin un centavo. Así las cosas, al regreso vive en los vecindarios más empobrecidos de París y Londres mientras trabaja en distintas fábricas en condiciones infrahumanas. Allí conoce la situación de las y los obreros, que calificó como peor que la esclavitud, y comienza a escribir Unión Obrera(1840, publicada en 1843). Luego emprende viajes por toda Francia, con el fin de difundir sus ideas y su Unión Obrera.

No reconocida legalmente por su padre y empobrecida como consecuencia, fugada de un matrimonio forzado e infeliz, viajera primero por necesidad económica y luego por convicción política, Tristán se sintió siempre paria. Pero no estoy segura de que renegara siempre de ello. Por su fuerza y sus obras, siento que supo convertir sus desgracias en razones para luchar por ella y por otras personas, para concebir una humanidad unida y una patria sin fronteras, y por eso afirmó que “Nuestra patria debe ser el universo”.

Estas situaciones en la vida de Flora Tristán configuraron el escenario de las dos preocupaciones centrales que marcan elcorazón de su trabajo filosófico: la lucha obrera y el feminismo, porque descubrió que “El proletario es la clase más grande, la mujer la clase más oprimida” (Tristán, 2018, p. 50). Se dedicó primero a luchar por los obreros, pero pronto se dio cuenta de que era necesario prestar especial atención a las mujeres si se quería avanzar hacia el objetivo final del mejoramiento y la fraternidad humanas.

  1. Ideas centrales en la obra de Flora Tristan
  2. “¡Proletarios del mundo, uníos!” Socialismo internacional

Este famoso eslogan que por mucho tiempo se le ha atribuido a Carlos Marx es, sin embrago, de Flora Tristán, defensora de los obreros y precursora del socialismo internacional. Tristán inicia su libro Unión Obrera asumiendo una posición que podría llamarse mesiánica, pues siente que su labor es similar a la que emprendió Jesús con los doce apóstoles para evangelizar: considera que debe instruir a los obreros sobre su poder como “la clase más numerosa y más útil” (Tristán, 2018, p. 19). Por eso, entre sus tareas, se propone publicar y distribuir libros y folletos por toda Francia, con el mensaje que repite una y otra vez: si los obreros y obreras de todo el mundo se unen, podrán hacer que se les reconozca su valor y sus derechos, podrán construir un palacio (en el que los obreros, las obreras y sus hijos puedan recibir instrucción y en el que luego puedan descansar quienes han trabajado toda su vida o han quedado incapacitados por un accidente laboral), y podrán encontrar representación jurídica que les proteja (Tristán, 2018, p. 28 y 43). Piensa en numerosos detalles de lo que sería esa unión obrera y cómo podría funcionar, tales como la cuota que debería dar cada miembro de ella para poder construir el palacio y pagar la representación, en un himno —una “marsellesa de la paz” (Tristán, 2018, p. 17)— que ejercerá sobre las y los obreros un efecto magnético para luchar contra lo que ha sido el patrimonio de la clase obrera: la miseria, la ignorancia y la esclavitud (Tristán, 2018, p. 32). Y explica que el origen de todos esos males es la división:

«Obreros, sois desgraciados, sí, sin duda; pero, ¿de dónde viene la causa principal de vuestros males?… Si a la abeja y a la hormiga, en lugar de trabajar concertadamente con las otras abejas y hormigas para aprovisionar la vivienda común de cara al invierno, se les ocurriera separarse y querer trabajar solas, también ellas morirían de frío y de hambre en su rincón solitario. ¿Por qué pues vosotros permanecéis aislados?… ¡Aislados sois débiles y caéis aplastados bajo el peso de toda clase de miserias! ¡Pues salid de vuestro aislamiento! ¡uníos! La unión hace la fuerza. Tenéis a vuestro favor el número, y esto ya es mucho.» (Tristán, 2018, p. 31)

En cuanto a los derechos de las y los obreros, Tristán sostiene que la Carta constitucional de 1830, en espíritu, afirma igualdad y libertad para todas las personas, pero “no solo de espíritu vive el hombre”. Se refiere a que de nada sirve que una Carta hable de los derechos de igualdad y libertad para las personas si primero no se les garantiza la vida misma, para lo cual sería necesario que a los obreros se les reconozca el derecho al trabajo y la organización del trabajo (Tristán, 2018, pp. 37-39).

Quiero hacer especial énfasis en el capítulo tercero de Unión Obrera, titulado “Por qué menciono a las mujeres”, pues en él Tristán expone claramente su conocimiento de la situación especial en la cual se encuentran las mujeres respecto a los hombres. Para comenzar, anuncia que en tal capítulo explicará “…por qué menciono siempre a las mujeres designándolas como obreras a todas” (Tristán, 2018, p. 57). En este capítulo exhibe buena evidencia textual para demostrar que el sacerdote, el legislador y el filósofo han tratado a la mujer como verdadera paria (Tristán, 2018, pp. 58-59).

«La Iglesia, que ha dicho que la mujer es el pecado; el legislador, que dice que por ella misma no es nada, que no debería gozar de ningún derecho; el sabio filósofo que afirma también que por su constitución no tiene inteligencia; de todo esto se ha concluido que es un pobre ser desheredado de Dios, y los hombres y la sociedad la han tratado en consecuencia. No conozco nada tan poderoso como la lógica forzada, mecanicista, que se desprende de un principio dado o de la hipótesis que lo representa. La inferioridad de la mujer, una vez proclamada y dada como principio. Ved qué consecuencias desastrosas ocasiona para el bienestar universal de todos y de todas en la humanidad» (Tristán, 2018, p. 62).

Pero Tristán finca su esperanza de que esa situación, que se ha mantenido durante seis mil años, cambiará para las mujeres justamente porque de algún modo ha cambiado para los obreros gracias a la Revolución Francesa (Tristán, 2018, pp. 60-62). En su exposición de la situación, no solo menciona las terribles condiciones vitales de las obreras, hace una lista de algunos hombres de noble espíritu y claro entendimiento que se han pronunciado en contra de este segundo lugar que se les ha asignado a las mujeres en general, sino que aporta un agudo análisis económico de cómo esto las afecta directamente a ellas e indirectamente a toda la economía de un país (Tristán, 2018, p. 66). Demuestra con sobrados argumentos que nada puede favorecer tanto la causa proletaria como la emancipación de la mujer, afirmando que “la ignorancia de las mujeres del pueblo tiene las consecuencias más funestas” (Tristán, 2018, p. 77) y que su embrutecimiento hace imposible cualquier progreso.

Para finalizar este apartado, quiero mencionar algo que parece al margen, pero dados los enconados debates que en la actualidad sugiere el asunto me parece de la mayor importancia: en el siglo XIX, esta visionaria mujer habló con lo que ahora llaman lenguaje inclusivo (se refirió a “las obreras y los obreros”, “los hombres y las mujeres”…) porque reconocía la importancia política que esto reviste. Dos siglos después, las y los puristas del lenguaje aún sostienen que esto no es necesario y que lo más importante son la economía y la estética de las formas.

 

  1. El proletario es la clase más grande, la mujer la clase más oprimida”. Feminismo socialista

Luego de la Revolución Francesa y anclado en la Ilustración, el feminismo de Tristán afirma que “Todas las desgracias del mundo provienen del olvido y el desprecio que hasta hoy se ha hecho de los derechos naturales e imprescriptibles del ser mujer” (Tristán, 2018, p. 72). Como De Gouges (1789) y Wollstonecraft (1792), Tristán señala el falso principio que afirma la inferioridad natural de la mujer con respecto al hombre, y argumenta que de este se deriva la explotación económica de las mujeres, quienes se ven obligadas a estar bajo el yugo de un hombre (padre, hermanos o marido) para sobrevivir. Su posición puede considerarse parte de los inicios de lo que luego fue llamado la primera ola del feminismo, dado que siguiendo a Wollstonecraft pidió igualdad en derechos políticos y civiles, e igualdad en el acceso al empleo y a la educación para las mujeres.

Sí bien desde Unión Obrera comenzó a referirse a la difícil situación de las mujeres obreras en particular y de las mujeres en general (en comparación con los hombres), luego sintió la necesidad de escribir otro texto que tituló La emancipación de la mujer y que dejó como testamento para que fuera publicado luego de su muerte (fue publicado un año después, en 1845). 

Este escrito también inicia con un tono mesiánico. Ella es patria, humanidad, y quiere ser lo que María Magdalena, una especie de evangelizadora. Siente que, del mismo modo que puede levantar las conciencias de los obreros, puede y debe levantar las de las mujeres:

«Para emancipar a los siervos hay que instruirles, por ello he escrito este libro que será mi testamento. Lo dirijo especialmente a las mujeres para liberarlas de la superstición que embrutece su alma y les empequeñece el corazón, para independizarlas de los sacerdotes, ¡a la vez que se les ofrece una fe viva y una ardiente caridad que las apoyará en la lucha!» (Tristán, 2019, p. 57).

Pese a estar imbuida por un profundo sentimiento religioso y una férrea creencia en Jesús y en su misión, es interesante notar lo fuerte que habla en contra de la iglesia y de los sacerdotes, tal como se ve en esta cita y en otras partes de la obra (Tristán, 2019, pp. 13, 26). Ella, en cambio, piensa en la religión como amor a la humanidad (Tristán, 2019, p. 36).

Tristán dirige su análisis hacia la situación de las mujeres más desposeídas, las obreras, y argumenta que la nula educación las obliga a la servidumbre del varón (ver especialmente el apartado “La mujer moderna”, en La emancipación de la mujer). Yendo incluso aún más allá de esto, sostiene que esa falta de educación conlleva a una degradación intelectual y moral que finalmente afecta a toda la sociedad, por lo que hace un llamado a los hombres a cambiar la situación: 

«La ley que esclaviza a la mujer y la priva de instrucción, os oprime también a vosotros, varones proletarios. (…) En nombre de vuestro propio interés, varones; en nombre de vuestra mejora, la vuestra, varones; en fin, en nombre del bienestar universal de todos y de todas os comprometo a reclamar los derechos para la mujer.» (Tristán, 2018, p. 78)

También hace un llamado a las mujeres a repensarse a sí mismas y muchos de los roles que les fueron asignados por la sociedad. Quizás en parte debido a su difícil experiencia al ser obligada a casarse con un hombre para sobrevivir económicamente, pero también como resultado de sus observaciones, Tristán habla contra los usos, las costumbres y las instituciones que hacen de la mujer un objeto de intercambio, una mercancía. Habla, pues, contra el matrimonio, que veía como un trato comercial en el cual la mujer era vendida al hombre, contra la prostitución y a favor del divorcio. Así, exhorta a las mujeres a cumplir su deber: amar, lo cual significa elegir. No hay amor sin libertad, afirma, por lo que les dice a las mujeres que no sean más “prostitutas del sórdido interés y la brutalidad del hombre” (Tristán, 2019, pp. 16, 40, 53). Esto, claro, era casi un sacrilegio para la época y la ponía a ella contra la autoridad del filósofo Jean Jacob Rousseau (1985), para quien:

«La educación de las mujeres debe estar en relación con la de los hombres. Agradarles, serles útiles, hacerse amar y honrar por ellos, educarlos cuando niños, cuidarlos cuando mayores, aconsejarlos, consolarlos, hacerles grata y suave la vida son las obligaciones de las mujeres en todos los tiempos, y esto es lo que, desde su niñez, se les debe enseñar» (Libro quinto).

Pese a que Tristán no parece estar de acuerdo con esa especie de destino que se le ha trazado a la mujer, y que tanto filósofos como sacerdotes han proclamado, es interesante notar que la autora mantiene, sin embargo, un trato distintivo entre los hombres ricos y los proletarios. A los primeros los desprecia, por los segundos llama a la lucha, al trabajo conjunto, a la unión (Tristán, 2019, p. 34), e incluso se apoya en ellos y en la necesidad de que aporten a la emancipación de las mujeres, con el argumento de que así será más efectiva, más posible, la emancipación de ellos. Considera que es así porque ellas son sus madres, sus hermanas, sus hijas, sus compañeras de vida; y si ellas están educadas y trabajan, podrán aportar al crecimiento de toda la sociedad.

Existe otra posición que puede parecer un poco paradójica en una autora que se ha catalogado como feminista, si es mirada bajo los lentes de los feminismos modernos. Con Simone De Beauvoir (1908-1986) se inauguró una de las ideas centrales de la segunda ola del feminismo, a saber: que no se nace mujer, sino que se llega a serlo, porque no hay una esencia que preceda a la existencia de cada mujer. Tristán, pese a sus ideas revolucionarias para la época y a estar en contra del lugar que se le ha asignado a la mujer en la sociedad, considera que sí hay una esencia de lo femenino, y que esta salvará a la humanidad. Afirma que la salvación, la redención, está en el amor de la mujer (Tristán, 2019, p. 25), que “…el futuro es de la mujer… la mujer se eleva más alto que el hombre en la escala del amor” (Tristán, 2019, pp. 30 y 40).

Creo que estas ideas le vienen un poco de su vocación religiosa, por eso su mesianismo, su grandilocuencia, su convicción de que podría levantar a la vez a la clase obrera y a las mujeres. Necesitaba sentir algo más grande y poderoso que ella para sobrevivir a sus duras experiencias personales y al conocimiento en carne propia de dos tipos de exclusiones que la atravesaron, la de ser obrera y ser mujer. Aceptando su condición de paria necesitaba, no obstante, al menos una certeza en su vida: saber a un dios de su lado.

Flora Tristán murió a los 41 años, de tifus –dicen las fuentes oficiales– o como consecuencia de la bala que le quedó alojada en el pecho cuando su marido intentó matarla por huir de su lado y cuyo plomo le envenenó el cuerpo por años –dicen las fuentes más agudas. Paria por condición y por convicción, supo sentirse una con todas las personas oprimidas de que tuvo noticia y por eso es madre de la unión obrera, de lo que se ha llamado socialismo internacional. De ella llega hasta nosotros la proclama que han gritado tantas voces en lugares distintos: “¡Proletarios del mundo, uníos!”.

A las mujeres nos llega también su llamado a emanciparnos de los sacerdotes, abogados y filósofos, de los teóricos en general, y de esas sus teorías que aún alimentan los prejuicios contra nosotras. Llega a nosotras el llamado a tener muy claro que, si bien los proletarios son muchos, las mujeres hemos sido por mucho tiempo como las proletarias del mundo y de la historia, y que la lucha puede ser aún más dura para muchas de nosotras, en especial si nos atraviesan otros rasgos identitarios como la clase o la raza, que generan opresiones adicionales y sistemáticas. Con esto, ella logró avizorar también algo de lo que solo se habló hasta la tercera ola del feminismo, la interseccionalidad.

Hoy sigue siendo vigente eso de que la humanidad no avanzará si la mujer no logra su emancipación. Tristán, como De Gouges (1789) y Wollstonecraft (1792), como quienes proclamaron el Manifiesto de Séneca Falls (1848) y las sufragistas, como todas las feministas que les han seguido, lo han repetido hasta el cansancio. Pero las reivindicaciones de las causas femeninas han sido siempre segundas causas. Siempre ha habido algo más urgente, más apremiante, algo que hace que deban ser aplazadas. En palabras de Nuria Varela (2008):

«Cuando las feministas socialistas tratan de empujar a sus camaradas a llevar sus promesas a la práctica, entonces sufren las ambivalencias y los conflictos. En ciertos momentos, incluso, las mujeres socialistas no se atreven a insistir demasiado en sus objetivos feministas por temor a perjudicar la causa socialista. Las mujeres continuaban siendo «la causa aplazada». Ahora, también por los marxistas para quienes lo importante era la revolución del proletariado y no la de las mujeres. Daban por hecho que, conseguida la primera, conseguida la segunda. Muchas mujeres sospechaban que no sería así tras tantas traiciones acumuladas ya a esas alturas. La historia les daría la razón.» (p. 60)

También Simone De Beauvoir cuenta en una entrevista su profunda decepción al constatar que, luego de haber luchado al lado de sus camaradas por mucho tiempo, cuando publicó su Segundo sexo (1949) muchos de ellos se alejaron e incluso le dejaron de hablar.

Es por esto por lo que Flora Tristán fue una paria iluminada e iluminadora. En los albores de estas olas de los feminismos, que ahora son más bien como tsunamis, supo entrever la urgencia de la lucha por la emancipación de las mujeres y en ello puso su último aliento. Aún necesitamos su fuerza, su amor y su capacidad para no relegar más las causas feministas. 

 

Referencias

De Beauvoir, Simone. (2014). Segundo sexo. Penguin Random House Grupo Editorial.

De Gouges, Olympe. (1789). Derechos de la Mujer y la Ciudadana. http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0122-72382009000100014.

Manifiesto de Seneca Falls (1848). https://www.academia.edu/21736551/El_Manifiesto_de_Seneca_Falls

Rousseau, Jean Jacob. (1985). El Emilio. Editorial EDAF.

Tristán, Flora. (2018). Unión obrera. Colección Clásicos Universales de Formación Política Ciudadana, Partido de la Revolución Democrática.

Tristán, Flora. (2019). La Emancipación de la Mujer o el testamento de una paria. Editorial Ménades. Recuperado de: https://menadeseditorial.com/.

Varela, Nuria. (2008). Feminismo para principiantes. Ediciones B. S. A.

Wollstonecraft, Mary. (2013). Vindicación de los derechos de la mujer. Editorial Taurus.

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Edición No. 196