A la memoria de Juozas Zaranka
No sabes cuánto bien me hiciste
Presento aquí un testimonio personal orientado a reconocer en Juozas Zaranka a un propagador de las exigencias propias del trabajo intelectual. Su formación católica y la decisión de exigirse mucho a sí mismo como respuesta al ambiente hostil que lo rodeaba llevaron quizá a Juozas Zaranka a asumir como base de su identidad criterios que lo acompañaron durante toda su vida y toda su obra. Tales criterios le permitieron arrojar y asumir claridad sobre la diferencia entre lo que constituye un buen trabajo y lo que no lo es, en cada uno de los diversos terrenos que abordó.
Puedo ver parte de su vida como la maravilla de quien logra formarse esos criterios en cierto medio —las mejores instituciones educativas de Lituania y Bélgica— y luego debe trasladarlos a un contexto muy distinto, un contexto donde buena parte de la sociedad es menos sensible al saber, y donde la sociedad más interesada se acerca a ese saber con gran atracción, pero en forma limitada, poco profesional.
Juozas Zaranka escribió una gran cantidad de reseñas críticas en las que usa los criterios que ha interiorizado, juzgando los trabajos de otros con parámetros que luego, en la discusión local reciente, en los últimos quince años, se reconocerán como los parámetros propios de las comunidades científicas internacionales. Muchas veces su firmeza en la defensa de estos criterios era vista como la expresión de una actitud injustamente dura. Yo no conocía a los autores reseñados, pero recuerdo que en muchas ocasiones, al leer las reseñas, imaginaba a más de uno de ellos desmoralizado, dejando de lado de por vida el trabajo después de haber sido criticado con tanto vigor y rigor. Al lado de Juozas no era difícil sentirse bastardo en materia de rigor académico. Situación propia, tal vez, de las épocas de conformación de comunidades académicas en sociedades como la nuestra.
Creo que para Juozas era más fácil ejercer su juicio crítico sobre la obra de otra persona que producir su propia obra (aunque si lo juzgamos con parámetros locales se dirá que escribió y publicó mucho). Quizá hubiera podido mantenerse más productivo, creando más realizaciones con los criterios académicos exigentes que le eran propios, de haber contado con un medio institucional y sobre todo con un medio sociológicamente más receptivo a su trabajo. Siento que el tejido académico, la capacidad de la sociedad para aprovecharlo bien, incluso para exigirle, no surgieron con la intensidad y la oportunidad necesarias. La fortaleza maravillosamente interrumpido por la fuerza de la amistad de personas como el profesor Rubén Sierra.
Para mí sigue siendo asombroso que alguien pudiera mantener criterios de juicio para evaluar las producciones de los demás como los de Juozas Zaranka y siguiera produciendo con tan sólo contar con unos pocos lectores de su propia producción, lectores por cierto serios, atentos y sensibles, listos a preguntar por la próxima publicación. Quizá la fortaleza de identidad que lo caracterizaba ayude a entender por qué esos criterios se mantuvieron tan sólidos.
Juozas era un scholar trasplantado, tal vez feliz de haber dejado la guerra atrás y de poder trabajar en lo suyo, en su profesión, pero subutilizado. Recuerdo el trabajo en sus traducciones, su interés radical por Cratilo, sus viajes a Europa y a Estados Unidos, su preocupación desde los años 50 por incorporar a su biblioteca las mejores ediciones y el material bibliográfico más reciente.
Puedo imaginar qué hubiera producido en un contexto más favorable. Para pensar un poco en esto deseo recordar algunas de las alegrías típicas de Juozas. Una era la emoción de ir a reclamar los libros que había pedido del exterior al Edificio Murillo Toro o al Edificio Avianca y llegar con ellos al apartamento en que vivíamos, feliz, exhibiéndolos. Recuerdo también su enorme felicidad al tener algún alumno que le parecía lúcido o la alegría por la publicación de alguno de sus textos o por haber sido comentado o reseñado en alguno de los muchos libros que le llegaban. Son cosas que hoy comprendo mejor pero que le resultan extrañas al niño.
En algunos de sus textos, Juozas alude a la labor de alfabetizador de su padre. El padre de Juozas alfabetizaba clandestinamente, en una época en que era prohibido alfabetizar en lituano. Así, la identidad del académico que era Juozas, de alguien que escribe y que lee, estaba puesta más atrás, en algo ligado a la identidad nacional, es decir, a la resistencia de los lituanos frente al régimen ruso previo a la revolución.
Recuerdo comentarios que me permiten imaginar lo duro que debió ser para él —que había tenido que estudiar en pocos días toda la historia del partido comunista de la Unión Soviética para que le permitieran graduarse de bachiller en la Lituania ocupada por los rusos— el crecimiento local de las corrientes marxistas y su hegemonía en algún momento en la Universidad. Pero curiosamente, así como logró mantener separada la religión de su actividad educativa también mantuvo separada la política.
Un sobrino poeta
Juozas Zaranka acumuló a su manera. Su apartamento siempre fue arrendado, nunca tuvo un vehículo propio, pero sí tenía una biblioteca inmensa. Seguía siendo un scholar y su identidad se preservó con el tiempo, tal vez gracias al contraste, a la diferencia. Pude acompañarlo en la Semana Santa de 1972, en Lovaina, y verlo pulir los textos de su disertación doctoral. La argumentación lógica, la evaluación exhaustiva, los pronunciamientos sobre cierta interpretación en la literatura, su disposición a comprobar de inmediato las referencias en otros textos. Todo eso me marcó mucho.
Al mirar la biblioteca en lituano de Juozas hay muchos libros de uno de sus sobrinos, Algimantas Baltakis, que fue considerado durante muchos años, durante el régimen socialista, como uno de los mejores poetas de Lituania. Uno de esos libros tiene una dedicatoria que me parece diciente: «A mi querido tío Juozas, la persona más educada de nuestra parentela, pidiéndole no ser un juez demasiado severo de este libro». Lo que quiero subrayar es que la fuerza de los criterios de exigencia de Juozas Zaranka, de la que vengo hablando, llegaba a ser tal que es reconocida, sentida por un sobrino suyo, que lo dejó de ver desde los siete u ocho años, que se volvió poeta en una sociedad que exploraba caminos alternos y que muchos años después, sabiendo, tal vez, pocas cosas de él, le pide que no le aplique con toda severidad esos criterios.
Uno de los poemas de Algimantas Baltakis se llama «Hilo de Ariadna» y lo dedica a Pranas, un hermano de Juozas que vive en los Estados Unidos; es un poema bastante largo que tiene un motivo que reitera una y otra vez: «tú nunca sabrás cuánto daño me hiciste». Habla del hermano de Juozas —pero es algo que aplica en parte a Juozas mismo— de la siguiente manera: «fuiste, repito, ratón de miseria y tus padres nunca salieron de Utena». En ese mismo poema hay una frase muy intensa que dice: «nos herirnos tan fácilmente». Y hay un trozo que describe una escena de la infancia de Algimantas Baltakis cuando todavía estaban presentes Juozas y Pranas. Es una escena en que llega corriendo la madre a decir a los hijos y a los nietos que el abuelo de Zaranka va a fallecer y que él los quiere tener cerca en el momento de la última bendición; el discurso del abuelo está reproducido allí en forma de poema, y entre otras cosas dice a la madre de Juozas que no vaya a dejar a su marido a pesar de que es una especie de «gran culpable, te regreso la cruz que cargué» (muy dentro de la tradición católica). Y dice de Juozas: «Tú, Juozas, esperanza de nuestra familia, edúcate como cura y que Dios te ayude permanentemente a mantenerte lo más lejos posible de las vacías tentaciones mundanas».
Hay, en efecto, en la historia de la vida de Juozas una relación muy intensa con el catolicismo, y parte de su biblioteca lo refleja. Una de las cosas que me impresiona mucho y que tiene que ver con esos criterios académicos tan profundamente apropiados, es el hecho de que a pesar de pequeñas alusiones, nunca quiso poner la filología al servicio de la causa religiosa o de la causa anticomunista. Sabía separar los distintos terrenos y me impresionó mucho cómo en sus últimos meses mantuvo ese esfuerzo con una integridad radical.
Me consta que Juozas se nos fue intentando llevar en una mano, con toda su fuerza, la conciencia racional de lo que pasaba mientras, tal vez, en la otra mano llevaba también con fuerza su fe cristiana y católica. La última palabra que me dijo fue «pabaiga» que significa/ín y ello puede significar el deseo de llevar hasta elfinal su conflicto y sembrar su herencia.
Juozas, mi maestro
Debo confesar algo que ahora vivo con mucho dolor. Cuando yo era pequeño, Juozas quiso enseñarme latín y griego. Lo intentamos varias veces. Yo sufría terribles accesos de bostezo apenas nos sentábamos a la mesa y abríamos libros o cuadernos. Y ahora que miro su obra, veo la absurda pérdida que significa haber tenido cerca a personas de las que hubiera podido aprender tanto. Sin embargo, en los últimos años de su vida me ayudó mucho. Cuando pude ingresar al postgrado de Filosofía, empezamos a gozarnos juntos algunos de sus libros; lo recuerdo abriendo con enorme emoción libros sobre Tertuliano y buscando textos sobre su noción de representación. De hecho me ayudó mucho en la reconstrucción de lo que había sido la representación en Tertuliano.
Por la misma época Rubén Sierra logró que la Universidad Nacional se interesara en aprovechar sus conocimientos en el Magíster de Filosofía y allí asistí al último seminario que dirigió sobre el primer estoicismo, un seminario especialmente duropara los que sabíamos que su enfermedad avanzaba implacable.
Su vida cotidiana
Ahora, cuando el tamaño de la colonia lituana se ha reducido sustancialmente, cuando se celebran una o dos misas al año, importa tal vez menos el orden del saludo. Pero hace cuarenta años, al ir a la misa lituana como niño, llevado de la mano de Zaranka, tenía que sorprenderme por el rigor del orden de los saludos y también porque en la secuencia de los saludos adivinaba las dos jerarquías allí presentes: la del poder y la del saber.
Recuerdo también algunos 31 de diciembre, caminando por las calles del barrio Teusaquillo con una actitud un poco desapacible, tratando de adivinar qué sucedía en el mundo de los adultos, qué sucedía entre mi padre, mi madre y Zaranka. En situaciones muy particulares Juozas era quien nos tomaba, a mi hermana y a mí, bajo su cuidado, ya fuera para llevarnos a la piscina olímpica de Fusa, bajando por los impresionantes abismos del alto de San Miguel y la Aguadita o ya fuera para llevarnos al colegio simplemente porque habíamos salido tarde y entonces, según el tiempo de retraso que lleváramos, tomábamos una flota Usaquén que subía por la 72 y tomaba la séptima hasta la 87 o cogíamos un taxi.
Un balance
Intento hacer el balance de la siguiente manera: alguien que tiene criterios muy exigentes es recibido en una sociedad que se caracteriza por lo que algunos sociólogos de la cultura llaman una clasificación fuerte. La persona quiere integrarse Quiere la cercanía, pero la sociedad responde con una especie de vacío, vacío que no es buscado por la persona, vacío que aparece porque la persona en su obrar y su reaccionar, aún sin quererlo, con sus acciones dice algo como «Yo juego con criterios de alta exigencia que son los que corresponden a este campo, yo sé cómo se juega esto».
Intenté en estos días, aunque no lo logré, buscar alguna interpretación del hecho de que algunos de sus trabajos tienen claramente una perspectiva pacifista. Su bibliografía, reconstruida por el profesor Rubén Sierra, puede ayudar a entenderlo. Quien no ha vivido la situación del que es incorporado a un ejército sin desearlo, quien no ha vivido la situación de perder completamente sus referencias incluso en términos de cultura y de idioma, difícilmente entenderá lo que se puede sentir después de la guerra, ya sea que haya estado del lado de los que vencían o del lado de los que perdían. En la pequeña colonia lituana mucha gente tenía familias que habían sufrido violentamente de ambos bandos. Hay que imaginarse a alguien viviendo en un mundo radicalmente polarizado sin tener argumentos para decir «adhiere a uno o aotro». Me hubiera gustado encontrar los argumentos que permitieran comprender mejor la tónica pacifista de los trabajos de Juozas a la luz de la situación polarizada en la que vivió tanto tiempo. Curiosamente es una situación muy contemporánea para nosotros, porque en Colombia, tal vez ahora, más que en la época de la violencia clásica, mucha gente está viviendo simultáneamente vejaciones de los dos bandos.
Recordado todo esto me toca decir, como al aire, como a un hilo que está por ahí; «Tú nunca, Juozas, sabrás el bien que me hiciste». Al protegerme de ciertas polarizaciones, al permitirme heredar algunas lecciones de los duros tiempos que pudiste conocer. Y es difícil describir la envidia que tengo a los que no bostezaron frente al latín y griego, envidia personal y profesional. Seguramente me automutilé o me obligué a no recorrer ciertos caminos teniendo la invitación y la posibilidad, ahí, tan cerca. Pero otros afortunadamente recibieron otros fragmentos de su semilla.
Que la memoria de Juozas Zaranka y sus criterios nos acompañen.
[Ref.: Jornadas filológicas en memoria de Juozas Zaranka. Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 27 y 28 de agosto de 1998]