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Americanos y europeos o la angustia del criollo del siglo XX

Eduardo Caballero Calderón es el cuarto escritor colombiano que se celebra dentro del marco de una política cultural concebida por el Área de literatura del Ministerio de Cultura denominada “Recuperación de la memoria literaria en Colombia.” En los tres años de existencia que tiene este programa, Tomás Carraquilla (2008) Candelario Obeso y Jorge Artel (2009) son los antecesores de Eduardo Caballero Calderón. Yo mismo contribuí a la celebración del Año Artel con un artículo sobre el poemario Tambores en la Noche, el cual formará parte de un volumen dedicado a Candelario Obeso y Jorge Artel que está editando la profesora Graciela Maglia de la universidad Javeriana. Por eso cuando Armando Romero me llamó para invitarme a participar en este panel en homenaje a Caballero Calderón la sorpresa fue doble. Primero por ser Eduardo Caballero Calderón, un escritor tan distinto a Jorge Artel y a Candelario Obeso, el cuarto habitante de este reciente mini canon de la memoria literaria colombiana. Segundo porque sin proponérmelo nuevamente estaría participando en el programa de Recuperación de la memoria del ministerio de Cultura, un proyecto desde luego respetable pero, como es lógico, vinculado a los vericuetos de políticas culturales estatales, asuntos que siempre me han interesado como objeto de estudio no como promotor de ellos.

De todas formas, le acepté la invitación a Armando y lo hice por dos simples razones. La primera por la pura afectividad que en la memoria personal le guardo a dos de las novelas más conocidas de Caballero Calderón. Sirvo sin tierra (1954) y El cristo de espaldas (1952) “Siervo sin tierra o así me nació la conciencia social” es el motto que, parafraseando a Domitila Barrios de Chungara, le tengo a esta novelita que leí por allá en ese país extranjero que es el pasado de mis primeras lecturas “obligatorias” de preadolescencia. Ese país, hoy me doy cuenta, tenía un asombroso parecido con el país que poéticamente (re)creó José Emilio Pacheco en su maravillosa novela Las Batallas en el desierto (1981) Es decir, yo todavía no era un completo adolescente, me empezaban a gustar las mujeres mayores, asistía a un colegio de clase media alta en Bogotá y las conversaciones de los adultos sobre los males de la clase política del momento versaban sobre los mismos males que hoy tienen. Esto quiere decir, el mal de gobernar sólo en función de imponer, reproducir y mantener privilegios sociales a partir de la correspondencia de éstos con ciertos valores ligados al linaje, la claridad en el color de la piel y el acceso a la ciudad letrada. Siervo sin tierra y El Cristo de espaldas confirman, a su manera, la persistencia de este mal en la Colombia de mediados del siglo XX. Claro que eso no fue lo que pensé cuando leí por primera vez Siervo sin Tierra. En lo que pensaba y en lo que todavía me acuerdo era en el horror que sentía ante la magnitud de la violencia, las soberbias humillaciones y la mezquindad de ese mundo al que era sometido el ingenuo, bondadoso y arquetípico Sirvo Joya. Siervo sin Tierra me saco de mi colegio de clase media bogotano y me puso frente a la estupidez de la bipartidista confrontación armada de los años cincuenta en los campos colombianos. Además me mostró una parte de la avaricia, el clasismo y el racismo que han alimentado la injusticia social en Colombia o en su efecto en cualquier otro país latinoamericano. Tal vez debido a esa temprana lectura de Siervo sin Tierra es que durante mis años universitarios privilegiara la lectura de Juan Rulfo antes que la de Julio Cortázar o que hoy continúe leyendo a José Maria Arguedas antes que a Mario Vargas Llosa o Carlos Fuentes.

Pero en fin, esta razón que, como ya lo mencioné, pertenece a la memoria personal fue la primera que me hizo aceptarle la invitación a Armando.

La segunda Razón tiene que ver con que me entusiasma la historia de las ideas, sus manifestaciones discursivas y las economías culturales que originan cierto tipo de textos. Particularmente aquellos textos relacionados con formaciones de identidades culturales y pensados desde las ciudades hispanoamericanas donde sus pasados coloniales hacen que en su discurso sea inevitable la problemática conceptualización de un otro. Para el criollo hispanoamericano ese otro han sido las naciones indígenas originarias, la Europa misma y la población afrodescendiente. Respecto a su otro europeo, el criollo siempre lo ha abordado como aquel de quien se sabe mucho y al que permanentemente se evoca y se emula pero al que también se rechaza y se odia. Americanos y Europeos pertenece a este tipo de textos. En el las primeras líneas de su introducción se lee lo siguiente:

A pesar de la creciente permeabilidad de todas las fronteras, todavía el Nuevo Mundo y el viejo Mundo se desconocen mutuamente como en los remotos tiempos de las carabelas […] tienen en Europa la misma idea vaga y nebulosa que expuso Colón a los Reyes católicos cuando volvió de América: este es un mundo fabuloso y lejano, salvaje y desconocido, poblado por indígenas y lleno de metales preciosos. En cambio, los americanos conocen a Europa pero ya no la consideran un organismo vivo, sino la carroña de un animal prehistórico.

Lo que a partir de estas líneas podría considerarse como el preámbulo de un feroz rechazo a Europa debido a su histórica resistencia a incorporar voluntariamente a América en su cartografía cultural y “universal”, a lo largo del libro se va constituyendo más bien en una airada reclamación. Reclamación que tiene el tono altivo y erudito del hijo bastardo que reprende a su padre espiritual porque éste nunca lo ha considerado mayor de edad; “esa manera de mirar y de considerar a los habitantes de América como a frutos inmaduros de una generación espontánea, despierta en estos una reacción de rechazo.” Publicado en 1957 en Madrid por la editorial Guadarrama, Americanos y Europeos se propone rastrear desde la conquista y la colonia mismas hasta mediados del siglo XX los orígenes, los matices y las consecuencias de este desconocimiento mutuo. El texto consta de trece capítulos cuyos títulos y subtítulos ilustran en parte la monumentalidad del proyecto y las dimensiones de su enunciación ideológica. Veamos algunos; “La imagen de Europa en América durante la conquista,” “ Dos tipos de conquistadores; el de presa y el colonizador”, “Lo invisible en América”, “La diferente mentalidad religiosa de norteamericanos e hispanoamericanos”, “La imagen de Europa en América durante la Independencia”, “Adaptabilidad e inestabilidad de los pueblos a las nuevas ideas”, “Ideas europeas que florecieron en América”, “América en el siglo XIX”, “El entupido siglo XIX, “Los estados esclavistas”, “Alejamiento de Europa”, “La imagen de América en Europa a través de la historia”, “Hechos y cosas de América que han influido en Europa”. “Suramérica en el siglo XX”, etc.

Mediante este ordenamiento e interpretación histórica, el objetivo central que propone el texto no es otro que el de resaltar los mutuos beneficios que se obtendrían a ambos lados del Atlántico si felizmente europeos y Americanos en lugar de “ignorarse” finalmente se reconocieran como miembros de una misma familia espiritual y cultural. En el texto, el referente “Americanos” cubre por igual la experiencia anglosajona e hispana, sinembargo el recuento de la historia de la colonización anglosajona, lo mismo que del sorprendente desarrollo industrial de los Estados Unidos y de su expansión capitalista de mediados del siglo XX, sirven para evaluar y advertir sobre el desplazamiento cultural de Europa por parte de los Estados Unidos. Ante la hegemonía que los americanos del norte le están imponiendo al mundo justamente durante los años en que se publica el libro y cuya presencia “se simboliza en una máquina fotográfica, una chequera de dólares y una goma de mascar” el autor de Americanos y Europeos señala que:

Los europeos de hace dos mil años se defendían de Roma hasta con la uñas; los de hoy piden la invasión por América. Como los griegos de la decadencia, como los romanos del bajo imperio, los europeos se entregan dócilmente al hombre nuevo, al bárbaro que posee la juventud y la fuerza. No luchan por defenderse. Permiten que las lenguas vernáculas se empapen de palabras exóticas y se contaminen de una sintaxis sincopada que discrepa del viejo genio latino. Imitan al invasor, y al contacto más íntimo y permanente con él, se van desnaturalizando. Los Países van perdiendo color, las modas se aplebeyan o se americanizan, las gentes se vulgarizan o progresan, las costumbres se degradan o se transforman.

Ante este panorama y no obstante que en el texto se exalta positivamente varias de las “virtudes” culturales que diferenciaron a los colonizadores anglosajones de los Hispanos y que el poder económico que han alcanzado los Estados Unidos en tan corto tiempo han de ser admirados, el hecho importante en este contexto es que Europa se encuentra en peligro. Su futuro e incluso su salvación cultural, aspira a demostrar el texto, depende del reconocimiento y la aceptación de Europa de sus hermanos Americanos. Particularmente de los hispanoamericanos, pues son ellos los verdaderos herederos de la cultura europea en tanto que son la “retaguardia del mundo cristiano, el retoño del espíritu grecolatino, y el único paliativo de la decadencia presente de Europa.”

Caracterizaciones y juicios histórico-culturales de Francia, Inglaterra, Italia, Alemania y naturalmente de España discurren a lo largo del texto en un singular intento de demostrarle al lector la importancia de América en este contexto “universal.”

Ahora bien, y apropósito del título de este ensayo, ¿Cuáles son las señas de identidad que permiten incorporar a Caballero Calderón en la larga lista de criollos y letrados que históricamente han expresado su afán por definir su estatus en el mundo a partir de consolidar una identidad cultural que los sitúe como hijos legítimos de Europa? Varias son las coordenadas y los discursos que se encuentran enunciados en Americanos y Europeos que evidencian la correspondencia de este texto de mediados del siglo XX con textos y discursos criollos de vieja data. No obstante por ahora me voy a referir solamente a dos: la noción de considerar América como un espacio esencialmente vacío y la conceptualización de la abundancia como atributo de identidad cultural. En los textos criollos estos dos discursos se desenvuelven simultáneamente y forman parte de un todo significativo, pero conviene ingresar a ellos por separado.

La premisa del desconocimiento mutuo entre el Viejo y el Nuevo mundo desde la cual parte Caballero Calderón para estructurar su texto ciertamente no es novedosa. Ella hace parte de los primeros reclamos que el criollo hispanoamericano de la colonia le hacía a Europa, vía España, cuando ésta, por razones políticas y culturales, lo condenó a ser un súbdito de segundo rango. Para el europeo del siglo XVI, el criollo carecía de capacidad espiritual, dotes creativas o posibilidades de conocer. Biológicamente sospechoso por haber nacido muy lejos de la corte y muy cerca de indígenas, negros, mestizos y mulatos, intelectualmente también resultaba débil debido a que en América, se decía, respiraba aires malsanos. Por lo menos así lo afirmaba en 1574 el cronista y cosmógrafo Juan López de Velasco (1530?- 1598) quien en su Geografía y descripción universal de las Indias sostenía que:

Los españoles que pasan a aquellas partes y están en ellas mucho tiempo, con la mutación del cielo y del temperamento de las regiones aun no dejan de recibir alguna diferencia en el color y calidad de las personas; pero los que nacen de ellos, que llaman criollos, y en todo son tenidos y habidos por españoles, conocidamente salen ya diferenciados en el color y el tamaño porque todos son grandes y la color algo baja declinando á la disposición de la tierra… y no solamente en las calidades corporales se muda, pero en las del ánimo suelen seguir las del cuerpo, y mudando él se alteran también.. (19-20)

Siguiendo esta vertiente de pensamiento, en 1612 el franciscano Juan de la Puente también descalificaba a los criollo por haber nacido bajo los cielos americanos los cuales, según de La Puente, “inducen a la inconsistencia, la lascivia y la mentira; vicios característicos de los indígenas y que las constelaciones hacen propios de los españoles que nacen allí.”

En respuesta a tan contundente negación, pero sin abandonar los parámetros de la cultura europea, el criollo creó la versión opuesta sobre su origen y su entorno. En 1630 por ejemplo, Buenaventura de Salinas y Córdoba, también franciscano pero criollo nacido en Perú contesta a su hermano de orden señalando que los criollos eran “con todo estremo agudos, viudos, sutiles y profundos en todo genero de ciencias” y que “este cielo y clima del Perú los levanta y ennoblece en ánimos” Al igual que Buenaventura, muchos son los criollos del orbe Americano que movidos por la ansiedad de borrar la mancha de ser “los hijos mal nacidos del imperio,” pero también estimulados por propósitos jurídicos y políticos fueron presentando su entorno Americano como un lugar donde todo, incluso la experiencia cultural, florecía y progresaba con positiva y privilegiada complacencia. En la Grandeza Mexica (1604) de Balbuena, en el Paraíso occidental de Sigüenza y Góngora, en La fundación de Lima (1687) de Rodrigo de Valdez, y, para el caso especifico de la Nueva Granda, en Juan de Castellanos o en Lucas Fernández de Piedrahíta (1688) se encuentra la inversión de las negativas clasificaciones europeas sobre América y sus habitantes criollos.

Conciencia colonial denomina Brading a esta secuencia y cronología de la producción cultural del criollo a través de la cual fue forjando la alteridad de su identidad Neo-europea en América y asegurando su Lugar en el “Nuevo Mundo.” Lugar entendido aquí como ubicación en el espacio y como “asiento en actos públicos” a los cuales el criollo siempre aspiró a tener acceso de manera casi exclusiva. Por ello es que en sus crónicas, en sus historias, y en sus versos siempre puntualizo, entre otras cosas, su apego a la tierra, su rechazo a los indígenas y demás castas “inferiores”, sus diferencias con los advenedizos peninsulares y las injusticias de una Europa que no los tenía por iguales.

Obviamente que Americanos y Europeos no debe entroncarse tan directamente con este discurso criollo que pertenece fundamentalmente al letrado Neo-europeo Americano que va sistematizando y produciendo conocimiento entre los siglos XVI a finales del XVIII. Seria absurdo proponer como inmanente esta reclamación del criollo y desconocer contextos históricos específicos, nuevas incorporaciones epistemológicas o coyunturas políticas muy puntuales. Desde luego que este no es el caso y que lo que aquí estoy subrayando es más bien la permanencia en el discurso del letrado criollo de la configuración de América como un espacio que constantemente hay que mostrar ya que física y culturalmente es “desconocido.” Es decir, es un espacio vacío y carente de significación. Históricamente, esta premisa es la que en última instancia le ha permitido tanto al criollo como al europeo “poblar,” a través de sus acciones y fundamentalmente a través de su escritura, el espacio Americano con genealogías y saberes propios del pasado europeo. Por esta razón es que para los letrados europeos del siglo XVI América era el continente de las deformidades y las anomalías, mientras que para el criollo ese mismo espacio era el de la esperanza y la consumación de la utopía cristiana. Lo que hermana a estos dos discursos en apariencia disímiles es que ambos parten y se sitúan en un mismo lugar de enunciación, es decir, el de hacer corresponder a América (ya sea como anomalía y desproporción o como edén y perfección) con el centro mismo de la producción cultural “universal” de Europa. Ser reconocidos en Europa como europeos, era para los criollos de la colonia obtener el derecho a ser identificados como poseedores y promotores de los mismos saberes y rasgos de civilización que se disfrutaban en Europa. No obstante y ya fuera por razones astronómicas o por la jerarquización misma del sistema jurídico español, tal derecho siempre se le postergó. De ahí la angustia permanente de auto representarse como el más valiente, el más estudioso o el mas piadoso de los súbditos europeos e incluso como superior a él.

Americanos y Europeos no escapa a esta representación del criollo, ni a la geopolítica del conocimiento en la cual América siempre ha sido el territorio físico y el espacio cultural vacío que hay que poblar. No por casualidad el texto comienza con la evaluación de la conquista y la colonia. El criollo siempre tiene que recordar los orígenes heroicos de sus antepasados pues se acostumbró a aceptar que fueron ellos quienes a partir de la “nada” construyeron la América. A propósito del recuento de la conquista y la colonia que se hace en Americanos y Europeos resulta interesante mencionar, por ejemplo, lo que nos dice el texto respecto al perfil de los primeros fundadores y conquistadores. Al igual que en las más emblemáticas historias o crónicas de los criollos, en este texto también encontramos la exaltación del conquistador fundador en oposición al conquistador o al delegado de la corona que solo buscaba enriquecerse en América. ‘En los primeros tiempos de la conquista española —dice Caballero Calderón— se presentaron dos tipos humanos muy distintos el uno del otro y claramente perfilados: los que pasaban a las Indias con la mira de volver pronto con las alforjas bien provistas para cambiar de posición en Europa; y los que afincaban en la patria adoptiva y por ningún motivo deseaban regresar.” A los segundos pertenecen Rodrigo de Bastidas, Jiménez de Quesada, los Pizarro, Cortés, Valdivia y algunas de las comunidades religiosas como la de los agustinos y los dominicos. Estos conquistadores son presentados como héroes, después de todo son los padres o abuelos de los criollos. Respecto a los primeros Calderón indica que eran:

los rábulas y funcionarios que encontraban mas fácil birlarle a Colón su América desde la corte que ir a disputársela en la Española. Como aves de rapiña solo se preocupaban de extorsionar a los súbditos de esas fundaciones perdidas entre las montañas o diezmadas por el clima y las flechas de los indios a las orillas de gigantescos ríos tropicales. Llegaban a imponerles pechos y alcabalas, arrebatándoles con la Ley lo que habían ganado con el hierro.

Aunque más adelante Caballero menciona la idónea labor de muchos virreyes que se comportaron de manera diferente, en esta caracterización que hace sobre las dos tipologías humanas de la conquista es clara la resonancia con el discurso criollo tradicional. De estas loas a los primeros fundadores y de las duras condenas, sobre todo a los funcionarios de la corona, están llenos los memoriales e historias escritas por los criollos. Críticas y loas que se van ajustando al horizonte intelectual del letrado y al contexto de la experiencia histórica colonial y poscolonial y que además van forjando el componente americanista que está presente en todo discurso criollo. No obstante, lo interesante es la reiteración del criollo por volver siempre atrás y situarse como el legítimo y noble poblador de un espacio concebido como vacío para a partir de ahí llegar incluso a proponer la renovación o salvación de Europa. Salvación que a mediados del siglo XX propone Americanos y Europeos ante la realidad de una Europa en decadencia. Muy bien guardadas las proporciones se podría decir que de una manera similar a la de los franciscanos milenaristas o los primeros fundadores de ciudades que veían en América la salvación de la fe cristiana y el triunfo de la civilización europea, Calderón también concibe a América como la posibilidad de la salvación de la Europa de mediados del siglo XX que se encuentra golpeada por dos guerras mundiales, la revolución Rusa, la guerra civil en España y la penetración capitalista norteamericana.

Inherente a este discurso del vacío, que en sí mismo contiene una salvación, el discurso de la abundancia surge como fenómeno simultáneo al deseo de poblamiento e identifica también todo texto criollo. Este discurso comienza a formar parte de los recuentos históricos y las cartografías que los cronistas hacían de los lugares y los territorios donde se fundaban las ciudades. La fertilidad y las bondades de estos paisajes van, como se sabe, de lo edénico a lo virgiliano pasando, claro está, por la enumeración de los peligros que representaban selvas intrincadas, ríos tormentosos, climas mal sanos y montañas inaccesibles. En la cita inmediatamente anterior de Caballero se ve la alusión a este encadenamiento de adversidades naturales con las cuales se enfrentan los primeros fundadores. La abundancia se plasmó también al interior de la cartografía moral que daba cuenta de los hechos y hazañas épicas de conquistadores y primeros pobladores quienes como buenos vasallos espantaban la barbarie y en estos “espacios vacíos” incorporaban la civilización. La fundación de ciudades es una de las primeras señales del triunfo sobre la barbarie pues ellas no solo simbolizaban el vivir en policía, sino que además se constituían en las atalayas de las fronteras territoriales y culturales que el europeo iba marcando (escribiendo) sobre el espacio y la geografía de las Indias.

Para el caso de la Nueva Granada, e incluso se podría decir que para todo el orbe colonial Americano, las famosas Elegías de Varones Ilustres de Indias (1589) de Don Juan de Castellanos ( 1522-1607) resultan emblemáticas a propósito del discurso de la abundancia. Detengamos en dos ejemplos. El primero corresponde a la presentación inicial y general del espacio Americano donde transcurrirá su historia. El segundo, al preludio de una fundación urbana. Para Castellanos, criollo de pensamiento no de nacimiento, en este espacio de las Indias Occidentales,

Hay infinitas islas y abundancia
De lagos dulces, campos espaciosos,
Sierras de prolijísima distancia,
Montes excelsos, bosques tenebrosos,
Tierras para labrar de gran sustancia,
Verdes florestas, prados deleitosos,
De cristalinas aguas dulces fuentes,
Diversidad de frutos excelentes.
…….
En riquezas se ven gentes pujantes
Grandes reinos, provincias generosas
Auríferos veneros y abundantes
Metales de virtud, piedras preciosas..
[…] templanza tan a gusto y a medida
Que da más largos años a la vida.

La enumeración de virtudes naturales cuya abundancia y benevolencia favorecen el “alargamiento de la vida,” sin duda que recuerdan el antiguo tema clásico del locus amoenus. No obstante por ahora lo relevante es destacar la definición de este espacio físico americano mediante una sucesión de fertilidades placenteras. El segundo ejemplo, es tal vez la referencia más celebrada de Las Elegías, o por lo menos la más conocida. La encontramos en el libro dedicado a la historia de la Nueva Granada justo en el momento en que la expedición de Don Gonzalo Jiménez de Quezada avista por primera vez el país de los Mwiskas. En este punto ya se han narrado tanto el tormentoso peregrinaje desde Santa Marta lo mismo que no pocos episodios de penurias y dolor. Frente al país de los Mwiskas y como preludio de lo que será la posesión militar y jurídica de estos territorios, los versos de Castellanos justifican la posesión exaltando precisamente la abundancia de estas tierras fértiles.

… !Tierra buena, tierra buena!
Tierra que pone fin a nuestra pena.
Tierra de oro, tierra bastecida,
Tierra para hacer perpetua casa.
Tierra con abundancia de comida,
Tierra de grandes pueblos, tierra rasa,
Tierra donde se ve gente vestida,
Y a sus tiempos no sabe mal la brasa;
Tierra de bendición, clara y serena…

En medio de este paraje de fertilidades naturales se asentara desde 1538 la ciudad de Santa Fe de Bogotá. A este respecto no esta demás mencionar que 128 años mas tarde, el historiador Lucas Fernández de Piedrahita (1624-1688) también mostrará a sus lectores europeos el progreso y la abundancia de los frutos, esta vez culturales, que florecían en la muy noble y muy leal ciudad. Según Lucas Fernández de Piedrahita, de los tres mil vecinos españoles y los “más de diez mil indios” que pueblan la ciudad, los vecinos que “vulgarmente se llaman criollos,” “son de vivos ingenios; hablan el idioma español con más pureza castellana que todos los demás de las Indias; inclínense poco al estudio de las leyes y medicina, que sobresalen en Lima y Méjico; y mucho al de la Sagrada Teología, filosofía y letras humanas; extrémanse en la celebración ostentosa del culto divino, y en agasajar forasteros.” Para Piedrahíta Santa Fe de Bogotá es una suerte de materialización criolla del sueño Agustiniano, cuyas “doscientas ermitas, capillas y oratorios que se encuentran en la ciudad [son la] prueba más clara del religioso afecto de sus moradores” Capillas dentro de la cuales la del colegio de la Compañía de Jesús se distingue ya que “su fábrica de templo y casa es tan buena que no tengo noticia de otra mejor en su religión no solo en Indias, sino en Flandes, España y Francia.”

El trazado urbano no es menos digno “sus calles son anchas, derechas y empedradas de presente todas con tal disposición, que ni en el invierno se ven lodos, ni fastidian polvos en el verano, sus edificios altos y bajos son costosos y bien labrados a lo moderno, de piedra, ladrillo, cal y teja, de suerte que no los exceden los de Castilla”

Tanto para Piedrahita, como para Castellanos la exaltación de edénicos paisajes, vivos ingenios, purezas en el habla, magnificencias urbanas, sosiegos divinos etc. no solo representan la respuesta del criollo a las negaciones que sobre su genio y producción cultural le hacían los europeos, sino que además son paradigmáticas muestras de esa noción de poblamiento sobre el “vacío” espacio Americano. Son también ejemplos que evidencian la complacencia que siente el criollo por las enumeraciones de bondades, maravillas y excepciones naturales y culturales de las cuales se haya rodeado en el Nuevo Mundo. No obstante la total fascinación por lo abundantemente fértil, por el espacio donde en verdad se quiere constituirse como inigualable, único, copioso e inagotable, lo reserva para la escritura misma. Leído con detenimiento, el texto de Castellanos, por ejemplo, es una excepción natural de la escritura, que se naturaliza en América como un monumento a lo copioso, a la prodigalidad, a la “gran cantidad de lo que contiene una cosa” y a la reiteración misma de la palabra escrita. A pesar de que Castellanos diga en su introducción a las Elegías que es “el tema y no el artificio” lo que le da valor a su escritura, sus 113 mil versos dan lugar a un texto que no por casualidad ha resistido ser clasificado exclusivamente como épica, historia, poesía, epopeya, crónica, relación o alegato político. Contiene y desborda todos los géneros en una sonora cornucopia verbal que además cumple la función de agrupar, clasificar, ordenar y exhibir los “hechos veraces que merecen ser recordados”, por los hijos de sus varones ilustres. Es decir, los criollos quienes son los sujetos y objetos de su escritura y por ende de la historia Americana.

Este discurso de la abundancia llega invicto hasta finales del siglo XVIII y comienzos del XIX. Se reproducirá, con sus singularidades epistemológicas, a través de las cartografías, las topografías, las mediciones, los experimentos, las nuevas taxonomías y las exaltaciones de las virtudes del medio natural que consignaban en sus escritos los criollos ilustrados educados por Don José Celestino Mutis. Basta con leer a Francisco José de Caldas, Jorge Tadeo Lozano o Francisco Antonio Zea para confirmar la fertilidad con que representaban su espacio y la riqueza natural sin límite que, según ellos, podía ofrecerle al mundo la Nueva Granada entre 1801-1809 .

En este sentido el discurso de la abundancia como “alegoría cultural de identidad”, hacen que las Elegías de varones ilustres, Las noticias historiales de Piedrahita y los textos científicos de los criollos ilustrados correspondan a lo que Julio Ortega distingue como característica particular de la práctica escrituraria colonial:

La abundancia pasa del prodigio al exceso, de la metáfora a la hipérbole, y en el proceso se convierte en un discurso, él mismo, fecundo. La abundancia es autorreferencial, ocurre como siembra, transplante, traslado, injerto, en el escenario colonial; pero pronto ocurre en el discurso, donde prodiga figuras.

Esas figuras se verán en la escritura misma del criollo la cual se hace abundante, no solo por la extensión histórica y temática que cubren sus tratados, o por las hipérboles con las que describe el espacio o el progreso americano, sino sobre todo por la autoreferencialidad, la concepción permanente de América como un espacio vacío que hay que poblar y a lo incompleto de un proceso histórico en el cual el criollo, con su escritura y sus ordenamientos, se sitúa en primer lugar. Es decir, la abundancia aquí parte de la evocación constante a los orígenes, a lo que sobra o a lo que hizo falta en América. Para Calderón lo que hace falta es reconocimiento mutuo, pero a lo largo del texto el pedido es mas bien para que Europa reconozca a América, pues no solo es un continente siempre Nuevo sino además un espacio donde el europeo se refina en la medida que tiene que confrontar lo que él denomina “un mestizaje espiritual.” Proceso que además de ser impulsado por la singularidad del paisaje americano también esta en perpetua formación:

En el Nuevo Mundo se había formado un nuevo tipo humano, no tanto por el cruce de razas como sucedió en ciertas colonias, cuanto por el fenómeno que pudiéramos llamar “mestizaje espiritual.” Este se producía por el impacto del paisaje, del ámbito, del ambiente del Nuevo Mundo en el alma del europeo recién llegado, el cual resolvía de pronto quedarse sin que nada le obligara hacerlo. El pionero, el criollo, el yanqui, el bandeirante, son variedades del americano que viene formándose desde el amanecer de la conquista. […] Además, este tipo de mestizaje se producía y se sigue produciendo en el inmigrante del siglo XIX y del siglo XIX.

De manera similar a otros criollos que le anteceden, Caballero recurrió a este tipo de escritura y conceptualización de América para sistematizar los orígenes y los antecedentes de una economía simbólica y pragmática que a través de la “hiperbólica abundancia de la escritura” sitúan a América como el espacio de los perpetuos comienzos. Al mismo tiempo situó al criollo como el legítimo heredero y parte fundamental en la preafirmación de una teleología que establecen como únicas y legitimas ciertas concepciones espacio-temporales, ciertos sentidos dados a la naturaleza, a los actos de los seres humanos, a la idea de lo civilizado y de lo bárbaro, y por ende al derecho a ciertos privilegios sociales.

En la prolífica bibliografía calderoniana, (recordemos que su obra total entre ensayos, novelas y crónicas consta de 27 libros) Americanos y Europeos corresponde al mismo tipo de escritura y al locus de enunciación que encontramos en su Suramérica tierra del hombre, y Latinoamérica un mundo por hacer, ambos publicados en 1944. Muy cerca lo está también Cartas a los colombianos, publicada 1949. En todos estos textos el discurso fundamental es el de la ordenación y la sistematización de una historia cuyo punto de partida es el supuesto de nuevos comienzos y la existencia de un espacio físico, económico y cultural vacío. No importa que en el proceso de poblar este espacio algunas veces se celebre la vitalidad de un espíritu mestizo y una diversidad étnica que hace a América una identidad original. Lo cierto es que al final del ordenamiento el punto de partida y el de llegada están configurados de antemano; sólo en América el europeo puede dejar de serlo porque es a él a quien corresponde, en el espacio de los comienzos, el privilegio de la ciudad letrada desde donde escribe su historia y propone la interpretación de lo que puede llegar a ser el futuro.

Muchos más son los temas que bajo esta preceptiva fundamental encontramos en Americanos y Europeos. Muy interesante y significativa en la historia de las ideas sobre “la invención de América” resulta su conceptualización sobre los Estados Unidos y su relación respecto a la América hispana durante el siglo XIX y XX. Un tema que aquí no he mencionado ya que merece atención particular, pues valdría la pena cotejarlo respecto al discurso americanista de un Domingo Faustino Sarmiento, un José Martí o tantos otros ensayistas de finales del siglo XIX y comienzos del XX que abordaron este tema.

Para terminar, lo único que por ahora me resta mencionar es que no obstante ese singular entrecruzamiento y herencias conceptuales que en Americanos y Europeos nos hacen recordar los discursos criollos de vieja data, lo importante es que precisamente por esta característica del texto es que vale la pena la relectura de Caballero Calderón. Mas allá de corroborar o negar si a Eduardo Caballero Calderón se le debe o no rescatar del olvido de la memoria literaria institucional, lo realmente significativo es que a través de este texto se ponen en movimiento una serie de discursos y coordenadas de enunciación que revelan una parte importante de la economía cultural colombiana y Americana vigente a mediados del siglo XX. En este sentido la propuesta es a detenerse y distinguir sobre el lugar que el texto le asigna, por ejemplo, a lo indígena americano, a lo africano, a la mujer, a la dualidad civilización y barbarie o a la idea de modernización económica de mediados del siglo XX. Puntualizar si esas ideas permanecen vigentes o no, o si de alguna manera continúan reproduciéndose en ciertos discursos político-culturales de la actualidad, desde luego que corresponde señalarlo a los nuevos lectores de Eduardo Caballero Calderón.

NOTAS

Eduardo Caballero Calderón, Americanos y Europeos. 11.
Ibid., 14.
Ibid., 15-16.
Sobre este discurso de la abundancia véase, Julio Ortega (1992) a quien al respeto sigo aquí muy de cerca
Véase, Alejandro García Avilés, El tiempo y los astros
Citado en Brading, First America, 298.
Citado en Brading, First America, 348.
Americanos y europeos, 55
Ibid., 56
Como se sabe, la bibliografía sobre la configuración de la identidad del criollo y sus complejas relaciones con la corona es copiosa, sinembargo para estudios seminales sobre el tema véase, Lafaye, Quetzacóatl and Guadalupe; Lavallé, Las promesas ambiguas; Phelan, People and the Kin, y, especialmente, los trabajos de Brading, First America y Paguen, “Identity Formation.” Para un estudio reciente sobre los criollos véase, Bauer y Mazzotti, Creole Subjects.
Juan de Castellanos, Elegías, Elegía I, Canto primero. 7
Juan de Castellanos, Elegías, Parte II Elegía IV, canto IV. 309
Lucas Fernández de Piedrahíta, Noticia historial de las conquistas del Nuevo Reino de Granada. 316.
Ibid., 315
A esta particular escritura e interpretación del medio natural desde la filosofía de las ciencias útiles promovida por los criollos ilustrados de la ultima década del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX, la denomina Canizares-Esguerra “la economía política del paraíso.” Véase, Cañizares-Esguerra, Nature, Empire and Nation.
Julio Ortega, Genealogías americanas, 7-8.
Caballero, Americanos y Europeos, 170.

Bibliografía

Bauer,Ralph and José Antonio Mazzotti, ed. Creole Subjects in the Colonial Americas. Empires, Texts, Identities. Chapel Hill: University of North Carolina Press, 2009.
Brading, David A. The First America: The Spanish Monarchy, Creole Patriots, and the Liberal State, 1492-1867. Cambridge: Cambridge University Press, 1991.
Caballero, Calderón Eduardo. Americanos y Europeos. Madrid: Ediciones Guadarrama, 1957.
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Edición No. 155