Antanas Mockus, un matemático con vocación civil
Durante las últimas dos décadas las instituciones democráticas alrededor del mundo parecen haber perdido el apoyo de segmentos crecientes del público (Rachman, 2017). Por ejemplo, Roberto Foa y Yascha Mounk han resaltado que solo el 30 % de los estadounidenses nacidos en los años 80 consideran la democracia como una dimensión esencial de la vida social; además, han señalado que desde 1995 el respaldo a la ley marcial en los EE.UU. ha pasado de 1 ciudadano sobre 16 a 1 sobre 6 (Foa y Mounk, 2016). Hay quienes han leído esas cifras y los crecientes apoyos en nuestras sociedades a líderes autoritarios como consecuencia de los estragos traumáticos que ha dejado el neoliberalismo (de Souza Santos, 2005). Sin embargo, otros, como Pippa Norris, han anotado que esas tendencias se han dado también en países con Estados de bienestar robustos que han sido capaces de resistir las derivas neoliberales (Norris, 2016). En esos últimos casos, el reciente respaldo a populismos autoritarios ha respondido a una reacción en contra de la aceleración del cambio social que se ha venido produciendo durante las últimas décadas, particularmente en el frente de las identidades de género y de la sexualidad, en las normas sociales sobre la diversidad y en la difusión de valores seculares.
En varias sociedades esto no se ha traducido en un simple debilitamiento de las prácticas institucionales que han caracterizado tradicionalmente nuestras democracias (Walt, 2017). También, la demonización de la oposición y la adopción de un cierto alarmismo como pilar de la acción política, por parte de los populistas autoritarios, han contribuido a socavar los valores civiles que subyacen en las instituciones democráticas y que posibilitan su funcionamiento; han erosionado además estándares normativos tan cruciales en el discurso público como la verdad, la racionalidad, la sensatez, el autocontrol, la confiabilidad, la transparencia, la buena fe y la disponibilidad a rendir cuenta por cada declaración.
A nivel global también se han venido estableciendo nuevas formas de internacionalismo autoritario mediante el aprovechamiento de recursos institucionales comunes en nuestras sociedades democráticas, como las ONG, los tanques de pensamiento, las misiones de observadores electorales y los medios de comunicación, con el fin de manipular las audiencias. Se convierte así dichas instituciones en instituciones civiles “zombis”, es decir, civiles por fuera, pero desprovistas de su función civil por dentro (Walker, 2016: 56).
Desde diferentes disciplinas los profesionales están hoy llamados a preguntarse sobre el papel que sus respectivos campos disciplinarios podrían jugar en la defensa, cultivo y sostenibilidad de los valores civiles. La literatura ha sugerido que las matemáticas y los matemáticos pueden contribuir a ese frente de diferentes maneras. Después de mencionar estas, abordaré el caso puntual de Antanas Mockus, iniciador de la política de cultura ciudadana en Colombia. Su aporte cambió el rumbo de Bogotá en los años 90 y dejó una marca importante en la historia política e intelectual de Colombia. Aquí, más puntualmente, buscaré explorar de qué manera sus intervenciones civiles pudieron haberse nutrido de las sensibilidades y de las competencias que la literatura ha derivado de la formación y de la práctica de las matemáticas.
El papel civil de la matemática y de los matemáticos
La información numérica atraviesa todos los frentes del discurso democrático y todos los procesos de toma de decisiones en nuestras democracias (Orrill, 2001: xvi), a tal punto que el pensamiento numérico se ha convertido en una componente fundamental del discurso público (Caplow, Louis y Wattenberg, 2001) y de la participación ciudadana en la vida civil (Cline Cohen, 2001: 26–27). Como señalan algunos, la alfabetización cuantitativa “empodera a las personas al darles herramientas para pensar por sí mismas, hacer preguntas inteligentes a los expertos y para enfrentarse a la autoridad con confianza”. Por otro lado, “un ciudadano sin competencias numéricas hoy en día es tan vulnerable como un campesino analfabeto en la época de Gutenberg” (Steen, 1997).
Hay, sin embargo, otra manera en la cual la formación matemática y su práctica contribuyen a la vida civil. Como señaló John Dewey en su célebre obra titulada Sobre la educación, una democracia que funciona bien puede entenderse como “la manifestación política del método científico, con su combinación de finalidad y objetividad, libertad y disciplina, libertad individual, especulación y verificación pública” (Dewey, 1974: xvii–xviii). De hecho, Dewey consideraba que una educación para la democracia tendría que cultivar necesariamente individuos reflexivos, creativos y responsables.
Ahora bien, durante mucho tiempo se ha reconocido que las matemáticas pueden contribuir en ese frente de diferentes maneras. Ya durante la Ilustración y en la Francia posrevolucionaria se reconoció su capacidad de formar ciudadanos mediante el fortalecimiento de la razón (Richards, 2001: 31). En el siglo XIX, por otro lado, en Cambridge se consideraba las matemáticas como “una forma para enseñar a los jóvenes a entender y a reconocer la verdad” (Richards, 2001: 33) y durante la década de 1830, Oxford y Cambridge se enfrentaron para establecer si la razón en los jóvenes pudiera cultivarse más eficazmente mediante la enseñanza de la lógica o mediante la práctica de la matemática (Richards, 2001: 34).
Desde entonces, los analistas han resaltado que la práctica de la matemática puede fomentar una buena ciudadanía mediante el desarrollo de hábitos mentales como la pulcritud, el orden, la precisión, la persistencia, la atención al detalle, la claridad, una orientación hacia la resolución de los problemas y la capacidad de identificar suposiciones y lagunas en la argumentación (Adams, 1928: 38; Crowell, 2018). Además, han reconocido que el razonamiento matemático puede desarrollar un ethos de honestidad intelectual que es también útil en la vida democrática: “Este rasgo resulta de la consideración en los problemas de lo que es esencial y lo que es irrelevante. Un ciudadano con formación matemática tal vez molestará al preguntar insistentemente ‘¿Cómo sabes tú eso?’, pero al menos su interlocutor le reconocerá que en la discusión no se pueden admitir rellenos fantasiosos e irrelevantes” (Adams, 1928: 38-39).
En un momento histórico en el cual la razón y la verdad están bajo amenaza, cuando las falsedades han sido presentadas como “hechos alternativos” y sus partidarios han ido minando paulatinamente principios constitucionales y derechos fundamentales, el saber matemático y su práctica han sido reconocidos por su utilidad en el cultivo de cierta habilidad y voluntad para tomar en cuenta las razones en ambos lados de los argumentos (Fan, 2017). Otros más han subrayado que las matemáticas no sólo tienen que ver con la solución de problemas, sino también con la identificación de técnicas útiles para solucionarlos, así como con los límites mismos inherentes en las respuestas logradas (Ellenberg, 2014). En otras palabras, las matemáticas entrenan a las personas a “ver toda la estructura de un problema, para poder determinar cómo mejor abordarlo y saber cuán confiables serán las respuestas» (Mooney, 2014). Lo anterior tiene también que ver con identificar los problemas (Mann, 2006: 240-241), desarrollar una cierta inclinación a considerar todos los puntos de vista en cada problema, preguntar con insistencia «¿y qué pasaría si…?» (Whitcombe, 1988: 15) y cultivar cierta tolerancia hacia los matices y la incertidumbre (Mooney, 2014).
En este breve escrito discutiré cómo Antanas Mockus aprovechó algunas de estas competencias para construir civilidad en su propia universidad y en Bogotá.
Poner los problemas en foco y reconocer la estructura de la realidad
Mockus estaba convencido de que el problema de la violencia y de la anomia que azotaban a Bogotá y a Colombia dependía del desacoplamiento entre tres sistemas regulatorios del comportamiento de las personas: la ley, la moralidad, y las normas sociales. Por ende, para que la ley pudiera recobrar su fuerza, Mockus consideraba que era necesario realinear esos tres sistemas con la importante ayuda de las emociones de las personas, para así promover o desalentar ciertos comportamientos y, finalmente, para generar un cambio cultural.
En particular, Mockus estaba convencido de que sería posible impulsar el cumplimiento de la ley si se fomentaban la admiración y el respeto hacia ella, a la vez que el temor a la sanción. Las normas morales, por otro lado, se mantendrían inspirando la auto gratificación consciente (es decir, un sentimiento de paz de las personas con su propia conciencia) o el sentido de culpa. Finalmente, las normas sociales se seguirían en respuesta a la admiración o al reconocimiento social o por miedo a la vergüenza y al rechazo social (Murraín, 2017; Mackie, 2017).
Para fomentar estratégicamente tales emociones entre sus conciudadanos, Mockus montó a lo largo de su ciudad una multiplicidad de escenarios rituales para catalizar cambios de comportamiento y de identidades que, en última instancia, pudieran llevar a cambios de comportamiento de largo plazo.
Por ejemplo, en julio de 1996 Mockus lanzó un programa llamado Caballeros de las Cebras después de que una pelea entre conductores de taxillevara a un tiroteo que resultó en la muerte de un bebé pasajero. Los taxistas con impecables credenciales de civismo quedarían destacados como Caballeros de las Cebras y se les permitiría exhibir una calcomanía en su taxi que los acreditaría como tales. La Alcaldía y el Instituto de Cultura Urbana identificaron inicialmente 150 conductores modelo con base en sus buenas maneras con los pasajeros y su honestidad. Sucesivamente, se añadieron otros mil taxistas modelo y al final de 1997 los Caballeros de las Cebras llegaron a 15.000. Aún hoy unos taxistas en Bogotá reconocen que “Mockus nos educó” (Falconi, 2017: 88–93).
Durante sus alcaldías entre 1995 y 1997 y entre 2000 y 2002, Mockus también buscó permitirles a sus conciudadanos expresar públicamente su desaprobación o su aprobación hacia el comportamiento de otros en todos los contextos de su cotidianidad, y con tal fin repartió 350 mil tarjetas con la imagen de un pulgar hacia arriba y de un pulgar hacia abajo, transformándolos así, de una cierta manera, en árbitros de dichos comportamientos.
En otra ocasión, Mockus recurrió a una representación geométrica, la banda de Moebius, para mostrar a sus conciudadanos cómo diferencias y bases comunes podían coexistir en una misma comunidad. La sociedad, resaltó, puede experimentar diferencias a nivel local y, aun así, unidad a nivel global. En otras palabras, no obstante todas las diferencias, los ciudadanos podrían quedar todos del mismo lado al compartir una misma visión de ciudad y una misma búsqueda de la solidaridad (Falconi, 2017: 215). Esa intuición apuntaló el plan de desarrollo de Mockus durante su segundo mandato como alcalde. Fue entonces cuando los derechos humanos se convirtieron en el eje de la visión compartida de ciudad que él buscó articular. A través de la experiencia de los derechos humanos las personas podrían experimentar de manera radical lo universal como factor de cohesión. Así, promoviendo los derechos humanos, la alcaldía “colocaría a todos los ciudadanos del mismo lado” (Falconi, 2017: 215). La banda de Moebius simbolizaría esa misma visión de integración.
Además de su predisposición profesional a ver la estructura subyacente a la realidad social, Mockus también exhibió otra competencia que los analistas han reconocido como consecuencia de la práctica del razonamiento matemático: la capacidad de salirse de perspectivas rutinarias frente a los problemas gracias a la pregunta «¿qué pasaría si… ?» y vislumbrando nuevas soluciones marcadamente excéntricas.
¿Qué pasaría si… ?
En la década de los 90 las calles de Bogotá eran un caos y el nivel de cumplimiento de las normas de tránsito era mínimo. Por lo tanto, ese problema fue el primero sobre la mesa de Mockus alcalde. Después de una larga noche trascurrida con su equipo para intentar encontrar una solución al rompecabezas, todos regresaron a su casa. Allá, Paul Bromberg, segundo al mando de Mockus para el tema de la Cultura Ciudadana, le contó a su familia el punto muerto al cual habían llegado en la discusión. Al escucharlo, su suegro comentó: “Cuando no hay nada más que hacer, toca sacar a los payasos”. El día siguiente, Bromberg le contó a Mockus lo que concluyó su suegro y Mockus reaccionó preguntando de una manera totalmente excéntrica. “¿Qué pasaría si realmente sacáramos los payasos?» Eso fue exactamente lo que siguió. En las esquinas y en los semáforos más críticos de la ciudad el alcalde instaló a cientos de mimos que empezaron a avergonzar o a alabar a conductores y peatones por su infracción o su cumplimiento de las normas de tráfico. Cuando Mockus anunció ese programa, un periodista preguntó incrédulo si los mimos tendrían la facultad de imponer multas y, cuando Mockus respondió que no, el periodista sentenció que eso nunca funcionaría. Increíblemente, sin embargo, la respuesta frente a los 400 mimos en 482 intersecciones de la ciudad fue positiva, y los ciudadanos terminaron por ajustar su comportamiento como consecuencia de las emociones positivas y negativas provocadas por los mimos (Falconi, 2017: 82-87).
En otra ocasión, cuando los alcaldes colombianos estuvieron amenazados por las FARC, Mockus comenzó a utilizar un chaleco antibalas que la Embajada de los EE.UU. le había donado. El alcalde, sin embargo, se dio cuenta de que el chaleco podría perforarse fácilmente con un cuchillo o una tijera. Decidió así recortar un agujero en el chaleco en forma de corazón. Al resignificar ese objeto de una manera tan completamente inesperada y al convertir paradójicamente la vulnerabilidad en fuerza moral, Mockus logró transformar ese chaleco en un símbolo que materializaría la idea misma de resistencia civil en contra del terrorismo (Falconi, 2017: 222-225).
En otro caso más, Mockus jugó ritualizando un símbolo de muerte para alterar el comportamiento de los conductores donde se habían producido accidentes letales de tráfico en la ciudad de Bogotá. Tomando inspiración de aquellos altares en los costados de las vías interurbanas que los familiares de víctimas de accidentes automovilísticos erigen en su memoria, Mockus pintó 1,500 estrellas negras en las calles de Bogotá justo dónde se habían producido accidentes mortales, sacralizando así esos puntos, poniéndolos en conocimiento de los conductores y buscando de esta manera mitigar su eventual conducta temeraria mientras pasaban encima de ellos.
Mockus incluso jugó con la práctica misma de la vacunación para lidiar con el problema de la violencia intrafamiliar en Bogotá. Como señala José Falconí, a principios de la década de 1990 casi el 68 % de los niños eran maltratados y de ellos el 23 % experimentaba circunstancias críticas de violencia (Falconi, 2017: 181). Con sus “Jornadas de Vacunación Contra la Violencia”, que terminaron incluyendo aproximadamente a 50.000 bogotanos, Mockus abrió espacios controlados en la ciudad en los cuales sus conciudadanos podrían liberar su ira y resentimiento sin hacer daños, iniciando así la difícil cicatrización de sus heridas y contribuyendo a romper el ciclo de violencia en sus vidas. A tal fin, el alcalde montó a lo largo y ancho de su ciudad tiendas de campaña tipo Cruz Roja dónde la gente convergería. Allí, encontrarían rostros de muñecas hechos con globos inflables. Se les preguntaría el nombre de la persona que más los hubiera abusado en sus vidas y se les permitiría pintar el rostro de esas personas en los globos para simbolizarlas. Después, les sacarían de la cara (a los globos) todo lo que quisieran y al final los estallarían. También, consignarían en un papelito sus deseos para el futuro y lo pegarían a un Árbol de los Deseos. Los papelitos después se juntarían para significar la unidad de la gente en contra de la violencia. Después de ese proceso ritual, a los participantes se les administraría una vacuna que consistía de unas pocas gotas de agua y se despedirían con una tarjeta que comprobaría que su vacunación se había completado (Falconi, 2017: 180-187). Posteriormente, el programa se replicó en centros penitenciarios, universidades, escuelas y empresas, lo que contribuyó a “desnormalizar” la violencia intrafamiliar en Bogotá y a generar conciencia en la ciudadanía sobre su gravedad y, en últimas, impulsando más personas a denunciarla ante las autoridades.
Esa interpretación excéntrica de la realidad por parte de Mockus también se hizo manifiesta en otro programa de la ciudad en el cual pidió que los bogotanos entregaran voluntariamente sus armas. El presidente colombiano Samper desestimó la iniciativa, insistiendo en que aún no había llegado el momento para el desarme y anotando al respecto que las armas no estaban para cucharas. Mockus, sin embargo, persistió en su idea junto con el obispo Rubiano. Tomando inspiración de un pasaje de la Biblia, que se refería a la fusión de espadas en arados, Mockus decidió que las armas entregadas quedaran derretidas y que con ellas se hicieran cucharas para bebé con la inscripción “Arma Fui” (es decir, fui un arma). En otras palabras, Mockus preguntó «¿y qué pasaría si» las armas fueran en realidad cucharas? (Falconi, 2017: 160-161; Nogueira de Oliveira, 2009; Bromberg Zilberstein, 2003).
En otra ocasión, logró que muchos de sus conciudadanos -unos 63.000 en 2002 y casi 46.000 en 2003- pagaran voluntariamente impuestos municipales en cantidad superior a lo que les correspondía, con el fin de financiar programas adicionales en justicia social, educación y Cultura Ciudadana. Logró entonces aumentar la recaudación de impuestos en un 32 %. Su programa denominado “Bogotá 110 %” convirtió un deber cívico rutinario en una oportunidad para que los bogotanos expresaran lealtad a su propia ciudad (Falconi, 2017: 202).
Ahora bien, la literatura ha reconocido no solamente que la práctica de las matemáticas cultiva una disposición a preguntar «¿qué pasaría si?» También fomenta una disponibilidad a abordar los argumentos desde todos los lados, algo que caracterizó la práctica de Mockus tanto como rector de la Universidad Nacional de Colombia como de alcalde.
Disponibilidad a ver las cosas desde todas las perspectivas
A partir de la década de 1960 los campus de la Universidad Nacionalse convirtieron en un terreno que encapuchados militantes utilizaban para frecuentes enfrentamientos violentos con la policía, desfilar armados e interrumpir el regular desarrollo de las actividades académicas, con ocupación a veces de los edificios durante semanas enteras.
En una ocasión, el rector Mockus fue al campus en Manizales para tratar con un grupo de estudiantes encapuchados que habían ocupado el edificio de la administración central. En lugar de despejarlos con la fuerza mediante la intervención de la policía, Mockus se presentó a una mesa de negociación con ellos, pero como condición para el diálogo solicitó que los estudiantes se quitaran las capuchas, lo cual no fue atendido. En lugar de irse o ceder, Mockus sorprendentemente giró su silla dándoles la espalda a los estudiantes y comenzó a hablarles. Dado que él no estaba dispuesto a hablar con gente encapuchada, afirmó que la única manera para poder continuar el diálogo sería hacerlo sin mirarlos. Así no podría determinar si tenían o no tenían capucha (Ronderos, 2002: 167; Vignolo, 2017: 465). Mockus concedió que las demandas de los estudiantes eran razonables, pero sus métodos no. Como cuenta Ronderos (2002), mientras hablaban, se fueron acercando, aun con Mockus de espalda, hasta que uno de los encapuchados se sacó la capucha y se la pasó a su rector. Mockus, en respuesta, se puso la capucha para mostrar que había entendido la protesta y se fue. Después de esa interacción, los estudiantes levantaron la ocupación (Ronderos, 2002: 167; Vignolo, 2017: 465).
Para entender esta actuación, es crucial reconocer el juego profundo, lo que quedaba implícito en esa interacción, según señala Clifford Geertz (Geertz, 1973). Durante muchas décadas la Universidad Nacional se presentó ante su comunidad como un espacio institucional en el cual el Estado, frente a los violentos que actuaban dentro de sus recintos, aparecía una y otra vez impotente e incapaz de hacer cumplir las más básicas garantías jurídicas de orden y convivencia pacífica en el campus, Esa impotencia, a su vez, les sirvió a los extremistas violentos y a sus simpatizantes como prueba ácida de la inoperancia y de la ilegitimidad de las instituciones del Estado, así como de su fragilidad frente al poder popular ejercido por unos actores revolucionarios. Al mismo tiempo, esa impotencia mostró repetidamente y de manera plástica la incapacidad del Estado de proteger a sus ciudadanos frente a actores de violencias y a sus abusos dentro de los recintos universitarios. También les enseño implícitamente a los no militantes a ser “sabios” y a retirarse frente a dichos hechos en el silencio y/o en la apatía. La transformación del campus universitario en un escenario ritual en el cual se pondría a unos jóvenes ciudadanos en la situación de tener que contemplar constantemente la cara de un Estado subyugado, o sea, un escenario en el cual aprenderían a soportar y a normalizar el incumplimiento de la ley, lo que permitiría una reingeniería de la universidad, por parte del segmento más militante de su comunidad, que conduciría a una institución formadora de un nuevo orden revolucionario.
Mockus era muy consciente de todos los significados que pudieran estar en juego en su interacción con los encapuchados en Manizales. Al negarse a conversar con estudiantes que tuvieran la capucha, Mockus no solamente estuvo resistiendo frente a la desinstitucionalización de la universidad, sino que también comprendió que no podía permitirse el lujo de cortar el canal de comunicación con ellos. De hecho, para reafirmar la institucionalidad y la fuerza del Estado, entendió que sería fundamental para la universidad como institución no renunciar a la posibilidad de ejercer su influencia moral sobre esos miembros de la comunidad universitaria. Fue así como, al darles la espalda a los estudiantes encapuchados durante ese diálogo, Mockus logró ese equilibrio tan difícil como inesperado entre esos dos imperativos. Además, poniéndose la capucha que ese estudiante le entregó, Mockus supo señalar a ese alumno militante y al resto de la comunidad que la vida civil demanda actos de coraje de ambos lados para poder cruzar las divisiones y los desacuerdos que los separan. Ese gesto, a su vez, no hubiera sido imaginable si Mockus no hubiera tenido una disposición a razonar sobre esa situación con el reconocimiento de los diferentes puntos de vista.
En otra ocasión, en 2001 Mockus lanzó el programa “Noche solo para mujeres” en respuesta a la violencia contra las mujeres en diferentes partes de Bogotá. El programa les permitiría a las mujeres reclamar y disfrutar de la ciudad durante una noche y les pediría a los hombres permanecer en sus hogares. Aquellos hombres que por alguna razón tuvieran que salir tendrían que llenar un formulario que la Alcaldía circularía previamente, en donde esos hombres auto certificarían las razones por las cuales no podrían cumplir con la norma establecida para esa noche. Esas razones las podrían así exhibir a cualquier mujer que los parara en la calle pidiendo explicación por su presencia afuera de sus casas.
De una cierta manera ese programa generalizó a toda la ciudadanía aquella disposición a mirar las cosas desde diferentes perspectivas, de la cual Mockus había dado muestra en su intervención en el campus Manizales de la Universidad Nacionaldurante su rectoría. De hecho, se les pidió a los hombres ponerse en los zapatos de las mujeres, para crear así una oportunidad colectiva de autorreflexión sobre la manera en la cual el género afectaba tantos los espacios públicos como los privados.
Conclusión
Muchos han resaltado la utilidad del razonamiento matemático para cultivar un amplio espectro de competencias útiles para el ejercicio de la ciudadanía en las sociedades democráticas. La experiencia de Antanas Mockus, como rector universitario y como alcalde de Bogotá, parecería reivindicar justo esa intuición. En particular, mostró que en la vida civil es útil poner el foco en los problemas y visualizar las estructuras que subyacen a la realidad social y que en últimas los causan. Es además importante preguntar “qué pasaría si…» con la finalidad de tener en cuenta diferentes perspectivas desde las cuales sea posible abordar dichos problemas. En el caso puntual de Mockus, es evidente que dichas disposiciones cultivadas a través de su entrenamiento como matemático estuvieron ulteriormente fortalecidas por su compromiso con la filosofía y las artes.
En una época en la cual la democracia y sus valores están siendo atacados y debilitados, es aun más apremiante intentar cultivar con mayor intensidad las competencias civiles a lo largo de nuestras sociedades. Fortalecer entre nuestras juventudes la capacidad de razonar matemáticamente puede ofrecer un camino indirecto y quizás menos controvertido, particularmente en sociedades políticamente muy polarizadas, para avanzar en esa dirección. Sin embargo, para lograrlo, la comunidad de los matemáticos necesita de campeones capaces de mostrarles a sus conciudadanos el valor público de la matemática y los beneficios civiles del razonamiento matemático para las sociedades democráticas.
Cuando en unas sociedades democráticas el orden civil entra en crisis, las universidades y las comunidades científicas deben salir en defensa de ideales civiles como la apertura, la crítica, la racionalidad, la autonomía, la transparencia, y la confiabilidad, entre otros. Durante más de dos siglos, dichos ideales les han servido bien a la democracia y al desarrollo del modelo humboldtiano de universidad. Historias como la de Mockus nos muestran cómo el razonamiento matemático y su práctica pueden ofrecer aportes importantes en ambos frentes.
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