Asuntos de sueños
Pero hay que soñar y soñar más allá del sueño,
no importa tanto el logro como la ambición…
Eduardo García-Aguilar (en: Bulevar de los Héroes)
Aunque puede parecer difícil separar al amigo del escritor, para mi es aún más difícil no hacerlo, y esto porque cuando conocí a Eduardo éramos aún muy jóvenes, él no había comenzado a escribir, y faltaba un rato para que se convirtiera en el escritor que es hoy en día. Y debo ser más preciso en esto. Cuando leí su primer libro, Tierra de Leones, lo hice porque él me lo mandó de regalo a través de un viejo amigo radicado desde hacía años en México, Jesús Echeverri, y esto fue ya en los primeros meses de 1990. Por esa época llevaba ya muchos años sin saber de él, pues ya erraba por muchas partes, había escrito mucho, y aquellos amigos que tuvimos en común ya no estaban cerca, pues yo también, desde muy temprano, vivía en Bogotá, aunque ninguno de los dos, como bien lo sabemos, habíamos abandonado Manizales.
Los orígenes de nuestra amistad jamás se me han escapado, son una impronta en mi vida, y ello porque creo –y sé de alguna manera que él también–, que, como decía el escritor y cineasta francés Pierre Schoendoerffer, la vida es la suma de lo vivido y lo soñado, y lo nuestro corresponde más a lo soñado, porque en esos años sí que soñábamos y qué poco habíamos vivido.
Vivíamos uno al lado del otro, éramos vecinos y la puertas de nuestras casas las usábamos muy poco, porque solo con un grito para confirmar la presencia del otro en casa: “Eduaaardo, ¿puedo pasar?; ‘sí, pase’, o ‘ya voy’”, era suficiente para subir al muro que separaba nuestros patios y ya estábamos juntos.

Mosaico con Eduardo García-Aguilar en diversas edades (aporte de Amparo Pulgarín C.)
Nuestra aventura tal vez comenzó –me lo ha recordado Eduardo algunas veces– con un castillo de barro que él encontró en el patio de su casa, cuando sus padres la compraron allá por los años sesenta en la carrera 19 entre calles 25 y 26.
Ese castillo lo había hecho yo con unos muchachos de apellido Vallejo y en él atrincherábamos nuestros soldados, y del padre de ellos –don Abraham–, compraron, don Álvaro García y doña Cleonise Aguilar, los papás de Eduardo, la que sería su casa en los años que compartimos.
Esos soldaditos, que él también tuvo, como nos lo recuerda Petronio-Eduardo en Bulevar de los Héroes: “De adolescente tenía mi colección de soldados…”, fueron el primer motivo de nuestra amistad, y en nuestros patios, en las selvas que formaba la maleza cuando estaba mal desyerbada, o en los desiertos polvorientos de los mismos patios en los muy raros veranos manizaleños, nuestros soldados y los de nuestro amigo Pelusa luchaban en las selvas del Pacífico, en las de Vietnam, o se convertían en miembros de la Legión Extranjera Francesa en el norte de África, de lo cual tiene él ahora grandes referencias históricas y literarias directas. Y soñábamos, y soñábamos juntos con los primeros vuelos espaciales, aventuras que significaban para nosotros lo mismo que significaron para nuestros padres y abuelos las grandes expediciones polares de Cook, Scott, Peary, Schackleton, Nansen y Amundsen en el Fram. Ahora los nombres eran Gagarin, Titov, Shepard, Grissom, Glenn, White y los proyectos Vostok, Mercury y Gemini.
La cercanía que teníamos los dos al Centro Colombo Americano, allí en la calle 26 entre carreras 21 y 22, a escasas tres cuadras de nuestras casas, hizo que gran parte de la información que teníamos se refiriera a los proyectos norteamericanos, y su bibliotecaria Elsie Duque, mi querida prima hermana, nos abastecía con folletos sobre los primeros viajes no tripulados, Mariner y Surveyor, y lo más grandioso, con aquellos que contenían la información y las fotos de los pilotos de los primeros vuelos espaciales tripulados. En la revista Life en español –que podíamos conseguir, mas no comprar, pero que finalmente caía en nuestras manos–, veíamos las fotos de los primeros astronautas y las del primer norteamericano que caminó en el espacio, quien fue nuestro héroe, Edward White, cuya muerte en los inicios del proyecto Apolo tanto lamentamos.
Había algo más que también nos fascinaba y eran los cuentos de miedo y el gusto por los espantos o asustos, como también los llamábamos.
Cuando llegaba la Feria de Manizales nos gastábamos lo poco que nos daban esa semana visitando la ciudad de hierro y montando en el tren fantasma, o entrando a la Casa de las Brujas o al Castillo de los Monstruos, que tratábamos después de replicar en su casa con unas máscaras muy miedosas que teníamos y con una levantadora vinotinto de Eduardo que nos servía de vestido para asustarnos a nosotros mismos, a unos pocos vecinos o a su hermana Luz Helena.
Siempre me ha llamado la atención de los viejos libros de lectura, de aquellos que ya casi no nos tocaron a nosotros, el dibujo de niños que corren, generalmente en pantalón corto, llevando un aro a su lado impulsado con un palo que llevan en la mano. Juego de niños muy viejo, desaparecido hace ya muchos años, y casi desaparecido cuando nosotros éramos muchachos.
Veo a Eduardo, que no de pantalón corto, como si fuera hoy, corriendo a mi lado, junto a los hermanos Carlos y César Buriticá, sus grandes amigos de ese tiempo, parque de San José abajo, Avanzada abajo, hasta el Puente de Olivares, puente que está en el imaginario de todo manizaleño como puente de suicidas, el que Eduardo también nos recuerda en sus escritos, corriendo y corriendo, y subiendo por la carretera que conduce a Neira hacia la vieja estación del ferrocarril, empujando el aro de caucho sacado de una vieja llanta de camión y regresando felices, cansados y felices, a casa, después de ese largo recorrido.
Tardes felices también en la vieja estación del tren, con el “mono” Upegui esperando la llegada de la gran locomotora y sus vagones, asombrados cuando aparecía al final del túnel dando un silbido fortísimo, y buscando la ocasión, que casi siempre teníamos, de subirnos en él, sentir el olor maravilloso del carbón quemado por la enorme caldera, y recorrer algún trecho en ese tren de ensueño.
Todos estos asuntos eran asuntos de sueños, de sueños compartidos, que, por lo que percibo del Eduardo escritor, ayudaron a dar forma al intelectual que es ahora y que por fortuna sigue soñando, sumando ello a su ya largo y profundo trajinar.
La idea que teníamos de Francia era a través de Dumas padre: Los Tres Mosqueteros, El Conde de Montecristo y Veinte años después. Por ello nos la pasábamos “espadeando” –como decíamos– y algo más tarde, gracias al programa Monitor de Caracol, que dirigía ese extraordinario hombre de radio que fue Julio Nieto Bernal, conocimos canciones como Domingo en Orly, Lo importante es la Rosa, Nathalie, todas ellas cantadas por Gilbert Becaud, y oímos por primera vez a Johnny Hallyday, a Sylvie Vartan, a Serge Gainsbourg, a Sacha Distel y a esa hermosa mujer de bellísima voz de la cual nos hablaba el mismo Eduardo hace poco, Françoise Hardy, y fueron esos nuestros primeros contactos con la música francesa, con la cultura francesa, que, con el correr de los días, se convirtió en uno de los puntos de partida para la vida intelectual de Eduardo.
Había ya en Eduardo en esos años un gran afán de conocimiento, que de los sueños de aventura fue migrando –migración fácil– hacia la lectura, hacia la literatura.
Y empieza a perfilarse el último Eduardo de mi vida de muchacho, el último del que tuve conocimiento directo y al que puedo recordar con propiedad: el Eduardo que a finales de los 60 me muestra sus primeros poemas y empieza a relacionarse con muchas personas que en el Manizales de aquellos años tenían una cierta vocación literaria y cultural.
Se acabaron nuestros juegos de juventud: no más castillo de los monstruos, no más correr por calles y barriadas impulsando un aro, no más estación del tren, no más espadas y soldaditos. Finales de los años sesenta que, tanto en Tierra de Leones, como en Bulevar de los Héroes, o en Un Viaje Triunfal o en La Enea imaginaria, nos muestra Eduardo cómo le dieron forma a su ser literario, a lo que ha sido como ser humano, y no tan solo a él sino a todos los que teníamos edades cercanas.
Empieza Eduardo a tomar esa gran conciencia social que lo hace un hombre de izquierda, se va a Bogotá primero y después se va a Paris a estudiar Ciencias Sociales y se me esfuma el amigo que sólo recupero muchos años más tarde convertido ya en un prolífico autor.
Somos producto del año 68, de ese año que dio forma a toda una generación: enero, Vietnam, ofensiva del Tet, que cambia fundamentalmente el concepto de una fácil victoria norteamericana en esa guerra de 10.000 días. Abril, asesinato de Martin Luther King. Mayo, levantamientos de estudiantes liderados por Daniel Cohn-Bendit y Alain Krivine, quienes pasaron a la historia, y levantamiento de obreros en Francia, hechos que provocaron el retiro De Gaulle, el nacimiento de un gaullismo sin De Gaulle y un impacto en la vida francesa, europea y mundial que ayudó a transformar en gran medida nuestra sociedad. Junio, asesinato de Robert Kennedy. Octubre, matanza de estudiantes en la plaza de Tlatelolco en el D.F. Diciembre 24, nuestros héroes del proyecto Géminis Frank Borman y Jim Lovell, ahora en Apollo 8 en compañía de Bill Anders, son los primeros seres humanos en orbitar la Luna. ¡Qué año!, Eduardo absorbe todo esto cuando ya estaba en 3º o 4º de bachillerato, el cual iba a terminar en 1971 –cosa muy curiosa para mí– en el Colegio Gemelli, y después lo empieza a vivir directamente en Francia, en los Estados Unidos y en México.
Con nombres propios en Tierra de Leones, y nombres ficticios en otros de sus libros, de amigos y personas que pasaron por su vida, Eduardo reconoce una influencia en su juventud que él considera renovadora y lo es en gran medida. Cuando habla de Wadys Echeverri o del gordo Ossa, está hablando de muchachos que ya en esos años estaban rompiendo viejos moldes y maneras; Wadys escribiendo una poesía que era para nosotros muy distinta y contestaria, y Ossa con su rock, influenciado hasta la médula por Jorge Alberto Álvarez, este sí una conciencia civilizadora, un Merlín de esos años, quien nos enseñó que la única revista no era Cromos, que existían Life y Newsweek, que Luz-Marina Zuluaga no era el único prototipo de mujer, que también estaban Veroushka e Ivette Mimieux –sus grandes amores de esos años–; que la música no era tan solo bambucos y pasillos, que existían los Beatles y Cream e infinidad de magníficas bandas, y que no solo había arepas sino galletas de soda con Coca Cola.
Los textos de los maestros Jacques Gilard, Gregory Rabassa, Germán Vargas Cantillo, Fernando Ainsa, Roberto Vélez Correa, Sandro Cohen y la extensa bibliografía preparada por María-Elena Ruiz que se encuentran en esta edición de Aleph, nos dan una idea más precisa de la talla del escritor que es Eduardo.
Yo he leído una parte de su obra y la he disfrutado, pues, como dije antes, mucho viene de ese entorno que tanto compartimos, y puedo descubrir en sus personajes a algunos amigos y contemporáneos. Lo sigo leyendo en su Blog Literario, me emociono con los temas que trata, pienso que lo que escribe tiene mucho sentido y, además, creo que escribe muy bien.
En este gran escritor que es Eduardo y que tanto admiro, reconozco al amigo del que he hablado, y para fortuna mía y ojalá para él, el poder recordar con agrado el tiempo que pasamos juntos en Manizales se debe, pienso yo, a que Eduardo y yo solo tuvimos tiempo para soñar, para jugar y para ser amigos.