Bálsamo del duelo con palabras
No tenemos más que un recurso frente a la muerte:
hacer arte antes de que llegue.
René Char
Dolencias en la vida, todas ellas pasajeras, requieren ser consideradas, asumidas y tratadas por las personas mismas, o con ayudas de cercanos, o por especialistas. El duelo es el tratamiento de las dolencias desencadenadas por la naturaleza misma de la vida, con situación extrema al tratarse de la muerte de otros. No disponemos de sistemas para asumir la muerte propia, pero si para sentir con padecimiento las ajenas, en mayor grado cuando se trata de seres cercanos, de la intimidad de la familia, o de proximidades encadenadas por los derroteros del destino. Dolencias profundas en el espíritu que llegan a obnubilar el pensamiento y la acción.

El referente supremo en la historia de la humanidad es Sócrates condenado a muerte, que la asume con pasmosa serenidad como algo propio de la vida. Rodeado por los más cercanos, él bebe la cicuta recibida de las manos de un verdugo, con la tranquilidad más conmovedora. Y el duelo por la muerte de ese sabio singular lo sobrellevamos por veinticinco siglos, pero disponemos del ejemplo de su sapiencia hasta para el morir, sin considerar el acontecimiento como un drama insalvable o un desgarro de la eternidad.
Digo esto a propósito del libro “Los duelos – Un bálsamo de palabras” de Fanny Bernal-Orozco (Ed. Astrolabio, Manizales 2024). Una singular y valiosa selección de columnas suyas en la prensa regional (“La Patria”), dispuestas cada semana a consideración de los lectores. Resultado de ejercicio de la autora por su formación en ciencias de la vida y en las artes, comprometida en el acompañamiento del dolor ajeno. Docente universitaria, con dotes de continua indagación en el estudio de lectora infatigable, con manera sistemática de tratar casos y de impartir asistencia y lecciones en situaciones dolorosas, con pedagogía solidaria y amorosa, con ponderada reflexión y recursos de ritos, leyendas o anécdotas. El libro reúne la selección en cinco capítulos agrupados por temas: 1. Por los caminos del duelo, 2. Florecer de las cenizas, 3. Nuevos comienzos, 4. Los rostros de la ausencia, y 5. Remendar el corazón. Estos títulos denotan una misma secuencia en su método de trabajo.
Las páginas se desarrollan con la constante del duelo, sus efectos, acompañamientos y consuelos. Con alusión a casos de pacientes suyos en expresiones esclarecedores, y a los autores de su diario trajinar, sin dejar de referir a García-Márquez (“La gente que uno quiere debería morirse con todas sus cosas”), a Piedad Bonnett (“Se que en determinados momentos mi dolor se acerca a la locura”) y Tagore (“Cuando las horas del crepúsculo ensombrecen mi vida,…”), entre otros. Matiza sus consideraciones con frecuentes preguntas que le asaltan con inquietudes pertinentes, para que pensemos y tratemos de resolverlas, como al referirse al suicidio de jóvenes: ¿Se sentirían amados alguna vez?, frente a la violencia indaga: ¿Cómo están paliando los niños, los jóvenes, los mayores y los viejos sus miedos, su sensación de amenaza?, con respecto a la propia vida: ¿Qué hace usted para impregnar de sentido su existencia?… Y cuando la muerte seduce y la vida no motiva: ¿Dónde hay más dolor, en el vivir, en el amor, en la muerte?
Michel de Montaigne (1533-1592) se ocupó de estudiarse a sí mismo en sus célebres ENSAYOS, y la muerte estuvo presente en sus consideraciones. Uno de sus capítulos lo comienza con la aseveración de Filosofar es aprender a morir, al verla como la finalidad de nuestro apresuramiento, de ese caminar con afán la vida hasta su término. De joven sintió pánico por la muerte, pero avanzada la edad fue tomando conciencia de esa realidad ineludible, al punto de expresar que cuanto más viejo sea, más me resignaré a la pérdida de la vida. Corrobora esta intención al considerar que la virtud tiene como primordial el desprecio de la muerte, para así disfrutar de una dulce tranquilidad. Igual apunta que si la muerte nos llegare a causar horror, esto habrá de ocasionarnos un inalienable tormento. Lo que le lleva a decir lo conveniente que es desconocer la rareza o lo extraño de la muerte. Incluso aconseja que al meditar sobre la muerte habremos de sentirnos más libres, y a prepararnos para saber morir, sin ataduras ni temores. No deja de tener un toque de humor cuando dice que meditar sobre la muerte le ha parecido la ocupación más entretenida. Trae a colación una anécdota cuando los treinta tiranos condenaron a muerte a Sócrates, este repuso que a ellos les da muerte la naturaleza.
El miedo a la muerte es un sentido generalizado en la vida humana, con acento en la vejez. Para una cierta parte de la población se llega a ella con el logro de la jubilación, unos ingresos permanentes para la subsistencia con dignidad. Pero suele ocurrir que se alcanza esa etapa de la vida sin la preparación suficiente para asumirla y disfrutarla. De recordar que Catón (234-149 a.C.), escritor, político y militar romano, aconsejó definir nuestro destino con disciplina, ejercicios, alimentación apropiada, lecturas, conversación y cultivo de amistades, pero con prioridad cuidar las facultades mentales, para lo cual acudía a la modalidad de los pitagóricos, al repasar en la noche los detalles de la vida personal en el día. A la vez que Cicerón (106-43 a.C.), escritor y político romano, comprendió la necesidad del trabajo para la salud y la felicidad. Las relaciones en familia y con amistades, en esas edades, contribuye a forjar esperanza.
En libro sobre la vejez Martha Nussbaum aconseja el autoconocimiento, la capacidad de cambiar, con enriquecimiento de la vida presente; evitar la misantropía y el odio a la vida y al propio yo, con fomento al altruismo en el sentido de favorecer el bien común. A su vez recuerda que Epicuro (341-270 c.C.), filósofo griego, hedonista racional y empirista, creyó que el problema central de la vida humana era el miedo a la muerte, lo cual conduce de manera habitual a la superstición. Tanto Epicuro como Lucrecio (poeta y filósofo; 99-55 a.C.) consideraron que el miedo a la muerte era una pasión, con tremenda restricción de la racionalidad, con caída en la obsesión.
En el libro de Fanny se reiteran estimaciones sobre palabras que conllevan sentimientos, así: aflicción, tristeza, abandono, miedo, llanto, dolor, sufrimiento, consuelo, ritual, culpa, inseguridad, amenaza, eutanasia, estrés, ansiedad, ruego, sensación de despojo y soledad, inteligencia emocional, autoestima, alegría,… Con recomendaciones severas de acompañarnos unos a otros, con el cultivo del amor y la fraternidad.
Termino pensando que en lo cotidiano la atmósfera del ambiente condiciona el suplicio de palabras, atropelladas por las miradas de insidia, y los labios en la proximidad de la piel precipitan la nostalgia, mientras con los pasos se merodea al encuentro de salidas con dignidad hacia el remanso de abrazos, conturbados por el silencio.
[En “La Patria” con versión más corta, 09.III.2025]