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Bécquer, umbral del Simbolismo

Fernando Charry-Lara

[[Del libro Lector de poesía y otros ensayos inéditos de la colección Debate-Referencias, Random House Mondadori, 2005.]]El nombre de Gustavo Adolfo Bécquer aparece en la historia de la poesía española, junto con los de Garcilaso de la Vega y San Juan de la Cruz, como el de aquellos poetas cuyas obras entablan punzante e íntima relación con el lector. Otros, como Góngora o Quevedo, podrán destellar con mayores resplandores verbales. O despertar superior hechizo intelectual. Pero no alcanzarán a llegarnos tan entrañablemente. Sin desconocer el dominio artístico alcanzado tanto en las Rimas como en las Églogas o en el Cántico, son la desnudez, la interioridad, la humanísima voz y la sinceridad expresiva lo que vivamente conmueve en estas obras. Que no cesan de reflejar, a pesar del tiempo, la pasión conque fueron escritas. Son, las tres, piezas de breve extensión: la suficiente para que no desmaye un instante la atención de quien sigue sus páginas. Ellas representan, con algunas otras, la pureza esencial del más hondo y auténtico lirismo español.

Nació Gustavo Adolfo Bécquer en Sevilla en febrero de 1836. Fijaron así su estampa: “Era un hombre negro. Moreno hasta la exageración, sombrío hasta la grosería, soñando despierto”. Se desempeñó sin mayor brillo como burócrata, comediógrafo o periodista. Han narrado también sus desdichas amorosas. Todo lo cual semeja ser verosímil si se recuerda su confesión: “Me cuesta trabajo saber qué cosas he soñado y cuáles me han sucedido”. Nombres y apellidos germánicos nos insinuarían que su genuina ascendencia poética fue la de los románticos alemanes que en las postrimerías del siglo XVIII atestiguaron el valimiento de los sueños en nuestras vidas. Se recuerda a Hölderlin: “El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”. El linaje nórdico de su poesía nos explica también parte de su dimensión solitaria. Cuando todos alababan lo pintoresco de Zorrilla, lo pedestre de Campoamor, el “poco colegio” de Espronceda, la ampulosidad de Núñez de Arce, él debió medir su distancia de todo aquel mundo de prosaísmo versificador que, como siempre, contaba con las aclamaciones del reconocimiento oficial. Se ha pensado, y no faltan razones para ello, que es difícil en la poesía hispánica ser solamente poeta lírico. Mucho más se aprecian la dicción esbelta, elocuente u ornamental, que personas a quienes se tiene por entendidas o cultas no dejan penosamente de asimilar a la poesía. Por ello será tal vez que el público, y la mayoría de las veces también los mismos poetas, no imaginan culminar al verso sino acompañado de aplausos tras un escenario. Tantas sonoridades y ditirambos no dejarían escuchar en el Madrid de sus días la profundidad oculta entre la gracia, ligereza, inmaterialidad de las Rimas. Xavier Villaurrutia dio la imagen sin par de su retraimiento: “Gustavo alcanzó apenas los 34 años, muriendo en el invierno madrileño de 1870. Adolfo Bécquer, ostra solitaria que, en un mar de vacío y entre rocas de ruido, secreta algunos poemas breves y grises, perlas de una sólida niebla preciosa y de un misterioso oriente lunar”.

Tuvo Bécquer entendimiento claro de la poesía y de su propia obra. Tanto que se sospecha haber sido el mejor crítico de sus poemas. Mucho se ha citado esa página suya, el prólogo al libro La soledad de su amigo Augusto Ferrán, en la que estableció notable diferencia: “Hay -escribió- una poesía magnífica y sonora; una poesía hija de la meditación y el arte, que se engalana con todas las pompas de la lengua, que se mueve con una cadenciosa majestad, habla a la imaginación, (…) seduciéndola con su armonía y su hermosura. Hay otra, natural, breve, seca, que brota del alma como una chispa eléctrica, que hiere el sentimiento con una palabra y huye, y desnuda de artificio, desembarazada dentro de una forma libre, despierta, con una que las toca, las mil ideas que duermen en el océano sin fondo de la fantasía”. A la primera la llama Bécquer “la poesía de todo el mundo”. A la segunda, “la poesía de los poetas”. La primera es como la melodía que se desarrolla hasta el final. La segunda, un acorde del que apenas “quedan las notas vibrando con un zumbido armonioso”. Opina Dámaso Alonso que lo esencial aquí es “la distinción entre la poesía pomposa, adornada, desarrollada, y la poesía breve, desnuda, desembarazada, (…) Toda nuestra poesía -no popular- anterior a Bécquer, lo mismo la clásica que la romántica, pertenecía al primer tipo, y el gran hallazgo, el gran regalo del autor de las Rimas a la poesía española, consiste en el descubrimiento de esta nueva manera”. La extensión de estas dos citas libera de mayores explicaciones acerca de la preferencia de Bécquer por esa segunda manera. Que es la suya propia y constituye, como dice Alonso, su singular aporte a la poesía española. Que es lírica interior, desnuda y concentrada, libre de halagos retóricos, con definido acento de intimidad de que carecía el romanticismo español. Y para la cual lo exterior no existe sino cuando ha entrado en la subjetividad del poeta.

Las palabras de Bécquer implican igualmente reprobación del formalismo, que ha sido y continúa siendo de los vicios mayores de la poesía hispánica. De ahí que la quiera “desembarazada dentro de una forma libre”. Dejando atrás las hinchadas estrofas de clásicos y románticos y sustituyéndolas por móviles contornos en los que lo aéreo entra levemente, sin gravedad, el verso. A la pesadez de las consonantes, que da origen a una sonoridad vacía, prefirió la evocación melodiosa de la asonancia. A lo resonante opuso lo cadencioso. A la manifestación escueta, la reticencia. A la descripción, la insinuación. A la línea, el matiz. Después otro poeta diría en distinta lengua, más o menos: “son más gratos los versos grises /que a lo Indeciso lo Exacto juntan”. Se estaba iniciando el recorrido que llevaría años más tarde la aspiración de la poesía, entre analogías, correspondencias y símbolos, a “comunicar sentimientos personales únicos”. Y a lograr, como otro español lo pensó, la precisión de lo impreciso, es decir, de lo inefable.

Con elementos de tal naturaleza Gustavo Adolfo Bécquer iría no sólo a crear una nueva tradición poética sino a señalar una dirección entre las varias que con el tiempo dieron nacimiento a la nueva poesía española. No, Bécquer no es aquel poeta para señoritas que una crítica lacrimosa quiso presentarnos. Sino un rebelde iluminado que concibió apasionadamente cambiar la expresión poética. Cambiarla, interiorizándola. No un romántico rezagado sino el adivinador de una futura estación imaginativa. Convocando lo invisible, buscó la relación perdida entre vocablo y realidad.

Despierto, sin dejar de soñar, debió advertir en el aire la nueva vibración que, océano de por medio, había traído a la lírica Edgar Allan Poe. La poesía, ajena a la Verdad, a la Moral, a la Patria, a la Familia, sus consabidos temas. Extraña también al infinito número de pobres renglones, acicalados para ser “versos”. Una nueva concepción sobre estas materias comenzaba entonces a imponerse. La firmeza con que Bécquer expuso su pensamiento contribuyó esclarecedoramente a consolidarla. Habiendo muerto tan joven, lo conseguiría acaso a través de unos pocos que, en España y en América, entendieron su actitud. Porque debe decirse que no todos los que han alabado a Bécquer, aquí o allá, lo han comprendido: entre ellos abundan, por el contrario, quienes perpetuaron la verbosidad y el fárrago. O, simplemente, siguieron hasta hoy no sabiendo distinguir entre poesía y literatura.

Si quisiera aludirse con mínimo detenimiento a los jóvenes de entonces que en América conocieron la lección becqueriana se mencionará en primer término a quien parece haberla asimilado mejor: José Asunción Silva. En 1871, un año después de la muerte del sevillano, sus amigos hicieron la primera edición de las Rimas. Según se refiere, la gran fama del poeta, casi ignorado en vida, comenzó hacia 1876. En 1880 una casa neoyorkina lanzó aquel volumen de pastas azules y bordes dorados que se rememora de tarde en tarde. Posiblemente fue ese el tomo de Bécquer que llegó a manos de Silva, cuando éste contaba 15 años. Acaso no fue suya la más temprana pero sí la mejor lectura que acá tuvieron las Rimas. Minuciosamente, pensando todavía en aquello de “idea” y “forma” en poesía, debió repasar muchas veces estrofas como: “Yo soy el invisible /anillo que sujeta /el mundo de la forma /al mundo de la idea”. El tema de la muerte, predominante en ellas, iría asimismo a ser suyo. Más de una similitud ofrecen sus dos fugaces vidas, que además compartieron en la infancia comunes preocupaciones artísticas tal su afición a la pintura. En los poemas que por primera vez (antes sólo había publicado su versión de “Las golondrinas” del francés Béranger) se reunieron de Silva en 1886 en la antología La lira nueva, debida al fervor de José María Rivas Groot, se muestran visibles las notas de “sencillez expresiva, goce en lo misterioso y valor de lo sentimental” que un crítico apuntó como características de Bécquer. Luego el verso y la prosa de Silva se beneficiarían de otras influencias, preferentemente francesas e inglesas, en la orientación simbolista que aparece sin duda como la más importante del modernismo hispánico. Quienes en Colombia erróneamente han dicho que fue Silva simbolista pero no modernista, limitando y confundiendo al modernismo con la época más exterior y ornamental de la obra de Rubén Darío (la de Prosas profanas), ignoran, como si fuese poco, la esencial raíz simbolista del mejor modernismo hispanoamericano. Y ya que se nombra a Darío, no está demás traer a la memoria la publicación que el nicaragüense hizo en 1887, un año antes de la de Azul, de unas Rimas. Presentadas en Chile a un concurso, según la convocatoria del mismo, “de poesías del género sugestivo o insinuante, de que es tipo el poeta español Gustavo A. Bécquer”. Se cuenta que, predilecta, la lectura de este último se remontaba también a los 15 años de Darío.

Esa pronta conciencia de lo becqueriano pudo abonar en el espíritu de Silva, hablando sólo de él, su siguiente adoración a Poe y a los simbolistas franceses. La figura de Gustavo Adolfo Bécquer se nos ofrece así, visionaria, en el umbral del simbolismo. No ambicionan las presentes líneas decir con ello nada nuevo. Fragmentos de la “Introducción” a las Rimas, del prólogo a La soledad de Ferrán y de las Cartas literarias a una mujer asoman como testimonios de la subterránea fuerza que por adelantado, de modo quizá inconsciente, llevaba la simpatía de Bécquer hacia las creencias simbolistas que después otros sustentarían. Hacia una visión del mundo impregnada de sueño, de irrealidad y de misterio. La existencia de una escuela simbolista francesa a fines del siglo diecinueve no implica que sea el simbolismo, como es ordinario pensarlo, manera originariamente exclusiva de allí. De tiempo atrás se ha destacado su carácter universal, sin reducirlo a la irradiación francesa. Poetas de diversas lenguas, en sus comienzos, han tenido presente ese modelo. Pero como lo reconoce Henri Peyre, un escritor de ese mismo país, al avanzar luego en su tarea se han liberado de él, contradiciéndolo inclusive. Un ensayo de José Olivio Jiménez, titulado “La conciencia del simbolismo en los modernistas hispánicos”, es ilustrativo sobre ello.

Recordemos que Juan Ramón Jiménez, tratando estas cuestiones, intentó desconocer la prioridad hispanoamericana en la iniciación y desarrollo del movimiento modernista. Con lo que incurrió, como otras veces, en manifiesta injusticia. Sinembargo, textos suyos nos aclaran la naturaleza y los posibles gérmenes del simbolismo. Fue él quien escribió: “… el simbolismo (es) más gótico y oriental (que el parnasianismo francés), más medievalista y más mágico, porque procedía de la mística española (San Juan de la Cruz), la música alemana y la lírica inglesa del mejor romanticismo, con el intelectualista sentimental Poe a la cabeza”. En otra oportunidad recalcó el poeta de Moguer: “Que haya simbolismo hoy como ayer en lo íntimo de mi escritura es natural, ya que soy un andaluz (¿no es igual la poesía arábigo-andaluza al simbolismo francés?)”. Y en su curso de 1953 en Puerto Rico sobre el modernismo, en consecuencia con lo anterior, dijo de Bécquer “puente hacia el modernismo”: “Bécquer como antecedente necesario: unió la balada alemana con la poesía popular española (dos elementos ya del simbolismo). Los poetas arábigo-andaluces del califato de Córdoba eran también simbolistas”.

No resulta entonces extraña la adivinación que tuvo Bécquer, en los años de composición de sus Rimas, de las teorías simbolistas francesas. Ni menos que pueda considerársele, por el modo de influir su obra en Unamuno, Antonio Machado o Juan Ramón Jiménez, como el primer poeta moderno de España. La pasión estrechamente unida al rigor. Ecos suyos siguen escuchándose hoy en contemporáneos nuestros. Una sola constancia de la modernidad suya es la preocupación de sus propios poemas sobre ellos mismos. La poesía como examen de la poesía. Ésta es el motivo de las once primeras Rimas. No dejamos de entrever en ellas a Gustavo Adolfo Bécquer, soñador lúcido, recelando severo noche y día tras cada estrofa, línea o palabra suya, “tras una sombra, tras la hija ardiente de una visión”.

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Edición No. 135