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Carlos-Alberto Ospina o el espíritu de la ecuanimidad

Alineación de los astros

No deja de ser interesante pensar en las relaciones que uno tiene con los demás. A no ser que se crea que “No se mueve una hoja si no es por la voluntad de Dios” –frase ésta que la pronuncia Don Quijote en diálogo con Sancho, aunque equivocadamente se piense que aparece en la Biblia–, es decir, a no ser que se adopte un enfoque determinista, bien sea religioso, bien sea científico, el factor fundamental es sin duda el azar. No existe una ley que explique el hecho de que un pastuso llegue a una universidad en Manizales –en mi caso a la Universidad Nacional–; que después de algunos años se vincule a otra universidad –en mi caso a la Universidad de Caldas, y que, en 1975, en el primer semestre, comiencen a estudiar filosofía varios estudiantes, entre ellos Carlos Alberto y yo. Este tipo de circunstancias no tiene nada de extraordinario, y se presentan a cada una de las personas a lo largo de sus vidas, en las múltiples relaciones que se dan en distintos escenarios y contextos, lo cual va conformando la biografía de cada cual.

Lo que sí comienza a ser extraordinario es el hecho de que algunas de esas relaciones devengan en profundas relaciones afectivas, es decir en amistades, lo que me ocurrió con Mónica –mi esposa–, con Martha Cecilia y con Carlos Alberto.

A partir de entonces hemos recorrido durante 57 años como algo natural: pupitres, tableros, profesores, compañeros, estudiantes. Reuniones y más reuniones; asambleas; congresos, seminarios, conferencias. Discusiones y más discusiones. Y libros, siempre libros. La vida universitaria…Y la intensa conversación filosófica. Semejante trajín durante nuestros años de formación estudiantil, que continuó a partir de 1986, cuando, mediante concurso de méritos ingresamos como profesores de medio tiempo a nuestra Universidad de Caldas, cuando un día de enero de ese año nos posesionamos juntos. De esa intensa actividad universitaria destaco la grata experiencia docente de haber orientado conjuntamente varios cursos y seminarios con estudiantes de pregrado, tarea que requiere de gran entendimiento y sintonía, no obstante, la diferencia de puntos de vista filosóficos sobre los temas y, lo que es quizás más interesante, las distintas aplicaciones a las que nos dedicamos: él a la filosofía del arte y la hermenéutica y yo a la filosofía moral y a la filosofía política.

CAOS o el espíritu de la ecuanimidad

Al pensar en las virtudes del amigo a quien hoy el Departamento de Filosofía le rinde un homenaje con motivo de su jubilación, se me ocurrió en principio poner como título de esta nota “CAOS o el espíritu de la moderación”. Claro que ésta es una de sus virtudes, así como la modestia, la honestidad intelectual, el rigor, el respeto con el que siempre ha tratado a sus colegas y a sus estudiantes, la dedicación a su trabajo. Virtudes todas que, si bien escasas todas juntas, no son únicas de él. Muchos profesores abnegados, eminentes o no, las comparten.

Sinembargo, hay un aspecto que me llevó a cambiar de título. Aunque el profesor Ospina se desempeñó en distintos cargos administrativos: decano de la Facultad de Artes y Humanidades, director del Departamento de Filosofía, director de la Maestría en Filosofía, representante en los Consejos Académico y Superior, etc., todo ello debido al reconocimiento y confianza de sus colegas, en 2013 tuvo que asumir el rectorado de la Universidad.

La Universidad de Caldas ha atravesado por unas crisis que la han llevado al borde de su cierre. Así ocurrió, por ejemplo, en 2001, cuando el ministro de educación de ese entonces tuvo que recurrir al Maestro Carlos-Enrique Ruiz, para que desde el rectorado reorientara la Universidad y se evitara el cierre. De nuevo en 2013 -como ya dije-, después de largo tiempo de parálisis, en Consejo Superior designó al profesor Carlos Alberto para que se pusiera al frente de la crisis. Estas crisis, dicho sea de paso, tienen lugar porque, desde mi punto de vista, hizo carrera, de modo especial en nuestra Universidad, la idea de que la democracia se reduce a procesos electorales. Hoy mismo la Universidad atraviesa de nuevo esa crisis. La democracia es un concepto más propio de la sociedad, así se la reduzca a su expresión mínima como sistema de gobierno. Pero la Universidad es una comunidad, y su necesaria dirección se funda en la autoridad académica reconocida por la mayoría de los universitarios. Es un tema complejo y no voy a ahondar en él. Vino al caso para señalar que al Profesor Carlos Alberto le tocó asumir el rectorado, debido a su reconocida autoridad moral y académica, y cuya virtud principal es precisamente la ecuanimidad. Todas sus virtudes anteriormente mencionadas no son suficiente para dirigir una institución si la persona carece de ecuanimidad, entendida ésta como “la virtud a través de la cual se mantiene un estado de compostura, equilibrio y estabilidad emocional ante problemas, situaciones tensas o experiencias intensas tanto buenas como malas. (…). En la práctica, ser una persona ecuánime significa evitar que nos dejemos llevar por las emociones y nos ahoguemos en estados de ánimo muy intensos que nos cieguen e impidan que veamos las cosas como son y que reaccionemos con objetividad”[1].

Es decir, se trata, ésta sí, de una virtud escasa y que, como la de la justicia es más bien una virtud social, necesaria en quienes tienen responsabilidades de administración y de coordinación en los grupos humanos.

La formación del escritor

Cuando nuestros caminos se encontraron los profesores pertenecían casi todos a la tradición oral. Luego se inició el cambio hacia la escritura, y sobre la marcha, unos más, otros menos, emprendieron esa difícil tarea de concentrar el pensamiento y el conocimiento en el trabajo escrito. A esto contribuyó sin duda el estímulo económico que, por desgracia, se corrompió hasta llegar al desvergonzado sistema que un amigo denomina la “puntofagia”, en el que la publicación de los escritos no busca el aumento del conocimiento y de la ciencia, sino el aumento del sueldo gracias a los puntos, obtenidos en buena medida de cualquier manera. No es el caso del Profesor Carlos Alberto. En esta ya larga trayectoria de ensayista, sus escritos, de los que tengo el honor y el gusto de haber estado cerca, se caracterizan por el rigor y la belleza de la escritura; la hondura de sus reflexiones y la originalidad de los enfoques sobre el pensamiento de los autores con los que conversa, hasta el punto de que se lo puede contar sin duda entre nuestros mejores escritores en el campo de la filosofía. Solamente en la Revista ALEPH cuento como 24 ensayos, pero muchas otras revistas han publicado sus trabajos. Excelente complemento de este merecido homenaje sería que el Departamento de Filosofía y la Universidad de Caldas, a la que ha dedicado su vida y a la que tantos servicios le ha prestado, recogiera en volúmenes toda su obra.

La época en la que convergieron nuestras vidas, no sólo por el ímpetu de la juventud, estaba llena de entusiasmo y de esperanza, y teníamos fe en un mañana mejor, a pesar de que el mundo estaba también convulsionado por la guerra. Sinembargo, nos sentíamos bien representados con Serrat o por John Lennon y Yoko Ono cuando cantaban IMAGINE:

Imagina que no hay paraíso

es sencillo si lo intentas

No hay infierno bajo nosotros

Y arriba solo tenemos el cielo

 

Imagina a toda la gente

Viviendo para el día de hoy

 

Imagina que no hay países

No es tan difícil de hacer

Nada por qué matar ni por qué morir

Y ninguna religión tampoco

 

Imagina a toda la gente

Viviendo en paz

 

Puedes decir que soy un soñador

Pero no soy el único

Espero que un día te unas a nosotros

Y el mundo entonces será mejor

 

Imagina que no haya propiedad

Me pregunto si tú puedes

No necesitar ganancias ni tener hambre

Una hermandad de seres humanos

 

Imagina a toda la gente

Compartiendo todo el mundo

 

Es un viejo anhelo. El mismo que expresan los versos de Schiller que inspiran el cuarto movimiento de la novena sinfonía de Beethoven.

No se nos habría ocurrido pensar que hacia el otoño tendríamos que vérnosla con una pandemia que tanto dolor y sufrimiento ha causado, con una violencia furiosa y sin fin en nuestro país, y menos aún con una desgraciada guerra que va significando el fracaso de la especie humana…

Después de agradecer al Departamento de Filosofía que me hubiesen tenido en cuenta para participar en este homenaje, Mónica y yo queremos desear a ti amigo, a Nena, a Juliana y a Juan-Pablo, todos entrañables, que, no obstante, lo yermo del horizonte, puedan disfrutar la jubilación con lo que nos queda, que, a decir verdad, es bastante: el amor.

[1] https://mayneza.com/ecuanimidad-definicion-importancia-beneficios.

Heriberto 

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Edición No. 203