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Carlos-Arturo Torres (1867-1911) y la guerra de los mil días

En un ensayo anterior[1], me aventuré  a conjeturar que Idola Fori era el resultado de la labor periodística que llevó a cabo Carlos Arturo Torres en dos momentos cruciales de la confrontación armada que se conoce en Colombia como Guerra de los Mil Días[2]. Aquel ensayo se proponía señalar su trayectoria intelectual y las líneas generales de su pensamiento. Estos propósitos no dejaron lugar para avanzar en un argumento a favor de aquella observación. A cien años de la contienda, considero oportuno regresar a ella, y centrarme, no en el pensamiento general de aquel libro —aunque siempre habré de tenerlo presente—, sino en sus artículos de prensa relacionados de manera directa o indirecta con los acontecimientos nacionales que condujeron a una fracción del liberalismo a levantarse en armas contra el gobierno conservador, y los que escribió después en busca de un clima político favorable a las negociaciones de paz. Mis propósitos en esta ocasión son los de detenerme en las bases ideológicas de aquellos artículos, y no en los acontecimientos que los originaron, pues mi interés es el de estudiar la posición de un intelectual liberal frente a la acción militar de su partido.

Torres fue sobre todo un escritor de ideas. Su carácter está marcado por su tendencia a la reflexión conceptual  y a observar los hechos políticos y sociales desde la perspectiva de un hombre de pensamiento antes que de partido o credo. Sus artículos de prensa y la orientación de los periódicos que fundó y dirigió, muestran ese aspecto de su personalidad. Le tocó vivir­ du­rante uno de los períodos más agitados de la historia de Colombia, época en la que se manifestó, en todos los aspectos de la esfera intelectual, una permanente tensión entre la herencia recibida y las nuevas orientaciones culturales que luchaban por imponerse entre nosotros. En Torres esa ten­sión se revela en su forma más intensa y además con clara conciencia de los beneficios que podían obtenerse de su aceptación en el campo de las ideas.  Su obra, sobre todo su prosa, está íntimamente imbricada con los acontecimientos que definen su época.

[1] R. Sierra Mejía: Carlos Arturo Torres. Procultura. Bogotá, 1989.

[2] Debo recordar que el propio Torres, en una nota al pie de página de Idola Fori, reconoce que algunos temas del libro ya los había tratado en los artículos publicados en La crónica y El nuevo tiempo (Idola Fori, Valencia, s. f. [1909], pags. 182 s.)

Aunque de familia conservadora por tradición, adhirió muy temprano a las doctrinas liberales, manteniendo siempre, frente a las actuaciones de esta colectividad, una actitud crítica cuando encontraba que ellas, o las de sus máximos dirigentes, se apartaban de los principios ideológicos que había adoptado el partido colombiano o no se avenían con los intereses del país. Su orientación filosófica, y como derivación de ésta, su ideario político, procedía de sus estudios de la obra de Herbert Spencer, a quien dedicó más atención que a cualquier otro escritor de los que recibió influencia.

Su pensamiento filosófico está expuesto, en sus aspectos esenciales, en Idola Fori y en algunos de sus ensayos reunidos en un solo volumen con el título de Estudios ingleses y Estudios varios[1]. El primero de los libros citados es una obra de filosofía política, cuyo procedimiento es el análisis crítico, pero de ninguna manera “un libro de polémica o de propaganda”, de acuerdo con su propia definición[2]. Su subtítulo, “Ensayo sobre las supersticiones políticas”, señala el espacio ideológico de la obra, espacio heredado del filósofo inglés mencionado hace poco. Su motivación inicial puede encontrarse en la historia latinoamericana, en su sentir, una sucesión de guerras civiles atizadas por el cuadillismo y los dogmatismos. Y sus objetivos, no fueron otros que los de destruir las supersticiones (o ídolos, en sentido baconiano), que como quistes mentales se oponen a la manifestación de las nuevas verdades, en particular cuando se trataba del pensamiento que concierne a la esfera de la organización de la sociedad[3]. El estudio de esa historia lo había llevado a la conclusión de que nuestro progreso intelectual y material se podría alcanzar en la medida en que la democracia lograra afianzarse entre nosotros. Lo cual sólo se conseguiría en un ambiente de libertad, en que las doctrinas opuestas pudieran convivir en busca de una confluencia de propósitos y los diferentes partidos políticos alternarse en el poder. El sistema de los países anglófonos, en especial Inglaterra, estuvo siempre presente en sus consideraciones sobre la naturaleza y el desarrollo de la democracia, y no dudó en considerarlo  el ejemplo que debía seguir América Latina.

Dos principios básicos, procedentes de Spencer, definen sus maneras de pensar: la inducción como única fuente del conocimiento, y la evolución como ley fundamental, no sólo para comprender al mundo de los seres vivos sino también  la naturaleza social del hombre. A sí mismo se presentaba como un pensador inscrito en la corriente filosófica de los empiristas, o en sus propios términos, partidario del pensamiento inductivo. Por lo tanto, no consideraba posible el conocimiento definitivo, sino sólo unas verdades hipotéticas, aproximativas. No hay verdades irrefutables en las ciencias naturales; menos puede haberlas en las distintas disciplinas que han tenido como objetivo el estudio de las sociedades o los principios de su organización. A lo más que se podía aspirar era a “convicciones racionales y perfectibles”[4]. Esta tesis que desarrolla en su obra orgánica, ya se dibujaba y sobre todo se utilizaba en sus colaboraciones de La crónica, aunque sólo como concepto meramente operativo, sin que hubiese entrado a una discusión de sus alcances y sus limitaciones. Pero lo importante de este relativismo del conocimiento era la enseñanza de la comprensión frente a las ideas ajenas[5].  En cuanto al evolucionismo, que lo esgrime constantemente en sus artículos de prensa, recordemos que en Estudios[6]considera que la “ley de evolución” cobija todos los estratos de lo que conocemos como universo, desde el reino de lo físico, pasando por el animal, hasta las esferas psicológica y social. Y si nos atenemos a algunas de sus aplicaciones a ciertas áreas de las actividad humana, debemos entonces decir que para Torres toda forma de organización de la sociedad, como también todo sistema de expresión humana, obedecen a aquella ley. La política, lo mismo la ciencia y la literatura. Al estudio del concepto le dedicó el segundo capítulo de Idola Fori. Pero lo que interesa en este momento es que el concepto de evolución le fue esencial en sus argumentos contra el dogmatismo y la intolerancia  que se respiraba en el ambiente  colombiano al finalizar el siglo XIX. Todos los demás conceptos que tejen el esquema ideológico con que afrontó su tarea de demoler las razones de liberales y conservadores durante ese período se derivan de aquellos dos principios básicos.

Buena parte de su vida de escritor estuvo vinculada al periodismo, como fundador y director de diarios que tuvieron una incidencia muy fuerte en la vida de Colombia, no solo política sino también literaria. Fue un periodismo el suyo esencialmente doctrinario, que tuvo como propósito fundamental el de educar a los lectores en los principios de la democra­cia, la tolerancia y la libertad, tres conceptos para él interdependientes. Los dos periódicos en los que centró su actividad como escritor público, La crónica  y El nuevo tiempo, estuvieron en estrecha relación con el desenvolvimiento de la Guerra de los Mil Días. Pocos escritores de su tiempo prestaron tanta atención a los sucesos políticos y culturales —nacionales y extranjeros—, durante  aquel convulsionado período de nuestra historia: sus opiniones sobre los regímenes de la Regeneración, la guerra civil colombiana, el problema del papel moneda, la separación de Panamá, la independencia de Cuba, etc. pueden encontrarse en periódicos y revistas de la época..

Torres tenía una concepción muy clara sobre el papel que debía desempeñar el periodismo en la sociedad que le tocó vivir. En tres oportunidades[7], desde  la prensa, se refirió al problema, en dos de ellas en La crónica, y después en La civilización. La primera vez para hablar del problema de la libertad de expresión, a propósito de la censura que habían sufrido algunos periódicos, sobre todo los liberales. No es un alegato casuístico, sino el cuestionamiento del “argumento máximo” que esgrimía el gobierno para ponerle límites a las críticas de que era objeto por parte de los escritores: “el desenfreno de los periódicos, las calumnias, el personalismo”. Era la época en que gobernaba Miguel Antonio Caro, quien manifestó en varias ocasiones  preocupación por los excesos de algunos periodistas que hacían oposición a su régimen. En su “Mensaje al Congreso”, al abrir la legislatura de 1896,  se refirió a “la concitación a la rebelión” y a la difamación de las personas por medio de la palabra escrita, para lo cual pidió una nueva ley de imprenta, “pero no una ley que embrolle el derecho, sino que, hasta donde alcance el poder de la sanción legal a reprimir el mal, ofrezca medios expeditos que permitan proteger a las víctimas de la calumnia y librar a la sociedad de los escándalos a que está expuesta, en tanto que, por falta de sanciones, exista tolerada, y por malas pasiones fomentada, la profesión de difamador”[8]

Torres veía el problema desde el ángulo del escritor y sobre todo de la prensa como institución fundamental en el desenvolvimiento democrático de la sociedad moderna. En el primero de los artículos de La crónica  homologa sus funciones con las que en la época romana tuvo el tribunado: “acusar al Poder, cuando quiera que el Poder abusara”. Institución —nos recuerda— que gozaba de absoluta inviolabilidad, como requisito  para que pudiera cumplir  los propósitos para los que fue creada. Y era inviolabilidad lo que reclamaba para la prensa, pues sólo así ésta podía expresar en su oportunidad y sin ser obstaculizada por los organismos del Estado las ideas de los ciudadanos. Si la palabra escrita se excedía hasta la injusticia sobre los actos de un gobierno, la conciencia universal se encargaría de olvidarlos y desdeñarlos; pero cuando la reprobación que se expresa es justa aunque severa, es inútil la censura: “la verdad se impone y la sanción llega”, es su conclusión. 

“La prensa como institución social”, el artículo de 1910, ofrece un  rasgo nuevo de su pensamiento. Es un texto escrito poco después de la publicación de Idola Fori, obra pensada y elaborada cuando ya las pasiones originadas en las convicciones ideológicas habían sido temporalmente superadas, y lejos del escenario en el que libró sus más duras batallas políticas. En esta obra incluyó una corta reflexión sobre el tema que recoge el pensamiento anterior pero además plantea por primera vez el problema ético de la responsabilidad del periodista: la prensa, como “institución fundamental de la democracia, no puede concebirse sin libertad, porque es imposible sin responsabilidad y el sentido íntimo de la libertad es la responsabilidad;” [………….]. Pero debe reconocerse que abusando de esa libertad que le es esencial, “vive muchas veces en el real interdicho y se alimenta sólo de las violaciones, de lo que debería ser inviolable: la dignidad de las personas”[9]. El texto de La civilización  tiene mucho del espíritu reposado de Idola Fori,  pero avanza en el argumento para proponer una especie de ética del periodista que coloque límites a su actividad de censor público hasta donde lo permita la verdad: “A la tiranía personal de los gobiernos, sucede la tiranía anónima de la prensa, innominada, multiforme e irresponsable. Se impone una cruzada de cultura y de tolerancia que restablezca el principio de la responsabilidad moral del escritor y reforme el concepto de la dignidad humana que está a punto de perderse”. Debemos recordar que en la época en que escribe este artículo, Torres había recibido una serie de críticas, algunas de ellas calumniosas, por su campaña en El nuevo tiempo y su participación en el grupo liberal que se entendió con el presidente José Manuel Marroquín en busca de las condiciones de una negociación de paz que facilitara a los insurgentes reinsertarse en la vida civil; también por su participación como secretario de don Nicolás Esguerra, durante la misión que les encomendó el gobierno de Antonio María Sanclemente para negociar la prórroga del contrato con la compañía francesa encargada de construir el Canal de Panamá. 

En el editorial del primer número de La civilización, periódico de corta vida que fundó en 1910, a su regreso de Europa, después de cinco años de desempañarse como Cónsul de Colombia en Liverpool, y que considera una simple prolongación de sus actividades  anteriores, afirma  que La crónica trabajó por la libertad como presupuesto básico para la organización de la democracia y   El nuevo tiempo lo hizo por la tolerancia y conciliación como garantías para la conservación de la paz. En La civilización —dice— se propondría atender a los problemas de la justicia y el derecho en su empeño de lograr una plena democracia en nuestro país[10]. El texto es importante porque señala con suma nitidez las intenciones que lo movieron en sus empresas periodísticas. 

La tarea que asumió en La crónica (fundada en 1897 y clausurada en 1899, cuando viajó a Europa, como secretario de Nicolás Esguerra) estuvo dirigida a la divulgación y defensa de los programas por los que comba­tía el libera­lismo durante aquellos años de vuelta de siglo: la libertad de prensa; la aboli­ción de la pena de muerte; la derogación­ de la llamada “ley de los caballos” que otorgaba al ejecu­tivo poderes extraor­dinarios y que en no pocas oca­siones fue origen de abusos por parte del gobierno, y finalmente la promulga­ción­ de una nueva ley de elecciones que garantizara al liberalismo ser una opción real de llegar al poder por vías democráticas. En este diario, Torres dedicó buena parte de su actividad a la censura constante y aguda de la administración que presidía Miguel Antonio Caro y al carácter personalista del ejecutivo que impusieron los regímenes de la Regeneración. La fundación, en 1902, de El nuevo tiempo, periódico que siguió la misma orien­ta­ción de La crónica, da comienzo a un segundo momento de sus actividades en el campo del periodismo y sobre todo de su participación política durante los años de la confrontación armada, actividades que se concentraron en la oposición a la continuación de la guerra y a crear el clima necesario para su terminación.

Dijimos que  los principios esenciales del pensamiento de Torres son  el de evolución y el de relatividad del conocimiento humano, y que todos los demás que tejen el esquema ideológico que puede apreciarse en su obra, en Idola Fori como en sus artículos, provienen de aquellos como consecuencias lógicas. Ahora bien, el problema que le interesaba  en esos momentos de su actividad periodística no era la evolución en sí, como ley que explica el progreso de la vida del hombre y de sus instituciones, sino sólo su aplicación a los partidos políticos, en particular a los colombianos. Desde muy temprano del período que nos ocupa, en un artículo de 1898, se propuso mostrar que esa evolución era inevitable y que con frecuencia —empleo una paráfrasis de sus propias palabras— se debe a segmentaciones a la manera de las que los biólogos llaman fisiparidad, es decir, aquel proceso en que un organismo desborda más allá de sus limites naturales cuando ha llegado a su crecimiento máximo, para dar forma, por simple división, a un nuevo individuo o especie,  aun cuando se observe siempre la conservación de un núcleo común. La división de los partidos, hay que recordarlo además, se debía a que ninguna colectividad política tiene ideas fijas que los puedan definir siempre a lo largo de  su devenir histórico: en cada partido surgen nuevas ideas, acordes con la situación del momento, que pueden adquirir la fuerza necesaria para convertirse en una nueva entidad política. Creer en la doctrina fija de un partido, no es otra cosa que una superstición, un quiste mental, que se mantiene por hábito aunque la haya demolido la crítica racional. Es, afirma en Idola Fori, el instinto gregario que “se impone y triunfa a pesar de todos los alardes de independencia individual y libre pensamiento”, y que “suele ser complementado y fortalecido por otro más militante y combativo: el instinto sectario”[11]. En el mismo artículo de La crónica recuerda, como ejemplos que dan autoridad al aserto, el proceso evolutivo que han sufrido las grandes colectividades de Inglaterra, Estados Unidos, Francia e Italia[12].

La división obedece a una ley natural, la ley que rige la supervivencia de los organismos, sean biológicos o sociales, sean naciones, partidos, religiones, razas. No se la puede considerar entonces, cuando se trata de partidos políticos, por su carácter negativo. Sólo se la podría lamentar cuando  “habiendo unidad de miras, se debilitan las fuerzas que, combinadas, pudieran dar la consecución de esas miras, el triunfo de unos mismos principios, de unos ideales comunes”. Pero es conveniente cuando obedece a cuestiones fundamentales de doctrina, pues los distintos matices deben estar representados por colectividades propias que los “ostenten en sus banderas”[13].

No había por consiguiente razón para alarmarse de esta suerte cuando se trataba  del liberalismo o el conservatismo colombianos, pues estos no podían escapar a las leyes que rigen las instituciones. Fueron varios los artículos que dedicó al problema. En “Las corrientes liberales” recuerda que en la historia del  partido colombiano se han dado dos tendencias, notorias desde sus orígenes, que a veces han marchado de manera paralela y armónica y otras en franco  antagonismo, que las ha llevado hasta los extremos de recurrir a las armas para dirimir sus diferencias. Y en el mismo periódico, días antes, en “La evolución de los partidos”, quiso explicar la diversidad de puntos de vista, “de carácter y aún de ideales y de principios” que podían observarse entonces dentro del partido liberal. Las anteriores ideas, aun cuando tenían una referencia a la historia, no dejaban de aludir a la situación por que atravesaba el liberalismo en ese momento. En un editorial de El nuevo tiempo la alusión es directa, sin ambages. Allí se refiere a su inminente división, y enuncia las razones para que esto suceda: además de las dos tendencias a que se refiere en su artículo de La crónica, señala otras dos causas de su posible fraccionamiento: el hecho de que por su índole practica el “libre examen” sobre los asuntos políticos sin tratar de imponer una doctrina como dogma,  y el grado de desorganización en que quedó después del desastre de la guerra civil que hacía poco había terminado[14].

Podría pensarse que con las anteriores consideraciones buscaba justificar sus actuaciones durante ese período en el que el liberalismo se dividió entre los pacifistas y los partidarios de una acción militar, división de la que Torres fue uno de los protagonistas más responsables. Pero más allá de esos antecedentes tenemos que reconocer, así venga el concepto de Spencer, que él entró pronto a ser parte sustancial de su esquema de pensamiento.

Dos conceptos antagónicos, “espíritu de partido” y “espíritu político”, serán los instrumentos de análisis con que afrontará su campaña en contra de la guerra civil y de la orientación que se le estaba dando en Colombia a la política a finales del siglo XIX. El primero de estos conceptos tiene una connotación negativa  para el desarrollo democrático y especialmente para una tesis esencial de su pensamiento: la alternancia de los partidos y, concomitante a esta, la alianza entre ellos, cuando hay propósitos afines en la orientación de un país. “Espíritu de partido” no es más que una superstición, que llama a veces “prejuicio de bandería”, el cual puede resumirse en el mandato: “Jamás debemos separarnos de nuestro partido”[15]. Idola Fori, ya en su primer capítulo, lo señala como uno de los obstáculos para la comprensión “del devenirhumano, de la plasticidad de toda materia de investigación, de la noción de relatividad, de la generosa tolerancia de la inteligencia” (ed. cit., pág. 9). Esa superstición tiene el efecto de convertir en dogmas los programas de una determinada agrupación política,  de sacrificar el derecho a disentir y los fueros de la conciencia a la obediencia de órdenes de secta; de someterse, dice en el artículo que le dedicó al tema en El nuevo tiempo, a la “disciplina cuartelaria”. Y en Idola Foriafirma que ese espíritu de partido es el origen de muchos de los conflictos que ha padecido América Latina, donde éste se ha presentado “como Moloch ebrio de sangre” (op. cit., pág. 90). El espíritu político en cambio tiene su fundamento en la crítica y el libre examen de las propias convicciones y de  la propias creencias, en el principio de que todo es susceptible de discusión y que la crítica es en última instancia lo que le da legitimidad a las ideas y las doctrinas de cualquier índole. “Atreverse a tener razón contra su partido”, así lo define en el ensayo que escribió sobre la personalidad de Manuel Murillo Toro[16]. Para regresar al artículo de El nuevo tiempo, un párrafo de éste resume sus ideas sobre el tema: “El espíritu de partido busca el bien del partido, el triunfo de los hombres; el espíritu político busca el bien general, el triunfo de los principios. El espíritu de partido sigue en pos de personalidades o de abstracciones; el espíritu político busca reformas positivas, confronta cuestiones concretas; el espíritu de partido busca a los hombres que representan mejor las pasiones, los rencores o las esperanzas del grupo; el espíritu político a los que encarnen las ideas propiamente tales, aun cuando lleven nombre extraño y evoquen extrañas tradiciones. El espíritu de partido es estrecho como un sectarismo, el espíritu político es amplio como una idea universal”. Y si consideró siempre a Murillo Toro el prototipo en Colombia del espíritu político, el de partido estaba representado por Miguel Antonio Caro, para quien los intereses del conservatismo se identificaban con los del país[17].

Este par de conceptos tiene varias fuentes en el pensamiento de Torres. El mismo las reconoce en algunos de los textos en  que los usa: fuentes nacionales como Salvador Camacho Roldán, y entre las extranjeras, Paul Lafitte. Y sin duda Herbert Spencer, quien lo utilizó en varias oportunidades. Pero lo que interesa, cuando se trata de los escritos de Torres, es señalar que fueron conceptos que tuvo siempre presentes, aun sin hacer mención a ellos, para juzgar a los protagonistas de la política colombiana. Y es que el espíritu de partido, al estar estrechamente vinculado con determinadas personalidades, conduce necesariamente —en su opinión— a uno de los males, generadores de guerras civiles, que han caracterizado a la historia latinoamericana:  el caudillismo. Ya desde La crónica, pero sobre todo en los artículos de El nuevo tiempo, a veces de manera velada, el tema del caudillo se hizo recurrente, y llegó a ser para él un verdadero tópico; un tema que nunca abandonó, que estuvo siempre presente entre sus consideraciones en torno a la fundación de una república democrática. Todavía en 1911, en Caracas, poco antes de morir, vuelve a él en “Mensaje del sentido común”, ensayo que cierra, como una especie de acta, su actividad de escritor. Allí retoma la tesis del civilismo como una característica de la personalidad histórica de Colombia, a diferencia de lo que ha sido corriente en América Latina, sobre todo en países como Venezuela: nuestras guerras civiles se hicieron —es su afirmación— por ideales y no simplemente por el capricho de un hombre ansioso de poder[18].

Esas ideas, enunciadas en su ensayo de Caracas, aparecen por primera vez en La crónica[19], un año antes de que sonaran los clarines anunciando la proximidad de las batallas, donde plantea el problema para prevenir a los colombianos, en particular a los liberales, sobre los peligros del fenómeno del caudillo: es una especie de denuncia de quienes pretendían imponer el  personalismo en el manejo de los asuntos de su propia colectividad. Lo que significaba separarse de una tradición eminentemente nacional —y además liberal, en su opinión— que se había interpuesto en las pocas veces en que quiso surgir en Colombia un hombre providencial y arrogante, como salvador de la república. El caudillo para Torres es una hechura de las guerras civiles, que muchas veces buscando restaurar a través de las armas las libertades que ha arrebatado un gobernante de turno, crean nuevas tiranías. Por eso, en 1903, al hacer memoria de los acontecimientos recientes de Colombia, se refirió de nuevo al problema para machacar la tesis de que una guerra que se prolonga hasta el cansancio, “engendra al cabo el déspota armado”[20], de quien están ausentes los ideales y los principios y cuyos gobiernos se constituyen en torno a la figura del mandatario, como fuente de derecho y de poder. El escepticismo frente a las armas como medio de conquistar el poder político fue un sentimiento que expresó a lo largo de su carrera, aún en su obra poética. Lo único que han logrado las guerras civiles es reemplazar unos tiranos por otros: con las armas “no se fundan las libertades públicas” es en síntesis su mayor argumento en contra de la guerra[21].

Hay que observar que en Idola Fori, el caudillismo está considerado dentro de sus observaciones sobre el gobierno aristocrático. Con este término no se refiere sólo al hombre que se hace al poder en el campo de batalla.  Allí agrupa en verdad tanto al caudillo militar como a los gobiernos absolutistas que reúnen en una persona el mayor cúmulo de poderes que conforman un Estado y que en detrimento de los gobernados, olvidando la noción de libertad de las personas en beneficio de la autoridad, propende por el engrandecimiento del gobernante. Una observación de aquel libro, además, ilustra sus intenciones en las críticas a este tipo administración, esto es, oponer ese género de gobierno al democrático, aun cuando al hacer el estudio de las supersticiones que aquejan a este último, se vio impelido a enunciar una especie de diagnóstico profiláctico. Dice allí: “A la deificación de los hombres de presa, de los héroes y de los providenciales salvadores de pueblos, formas de la moderna superstición aristocrática en los pueblos de instituciones democráticas, es preciso oponer el respeto a la ley, el concepto de dignidad nacional y el culto serio de la libertad”[22].

Sus consideraciones sobre el caudillismo, en el  lapso de los tres años que duró la guerra, tenía el objetivo evidente de cuestionar la autoridad de los jefes militares del liberalismo.  Pero también debemos recordar que esa crítica cobijó a figuras como Miguel Antonio Caro, para subrayar el carácter que éste impuso al manejo del Estado, que no es otro que aquel que representa a los gobiernos absolutistas, es decir el personalismo, el autoritarismo y la “infatuación mental”[23]. Hay que advertir que todas las anomalías que enumera en el artículo que dedicó como balance de la Administración de Caro, se explican, según Torres,  por la índole del  régimen que instauró la Regeneración, y en última instancia al espíritu de la Constitución del 1886, que le dio al Presidente de la República la personalidad de un mandatario omnipotente[24]. 

Ni el espíritu de partido ni el caudillismo pueden ser entonces  garantía de un Estado democrático (lo que para Torres era, en sentido estricto, república), fuese liberal o conservador. En este Estado —fue uno de sus credos políticos, al cual nunca renunció, y que esgrimió constantemente, como argumento fuerte, en sus campañas periodísticas en contra de la guerra— en este Estado, para que sea realmente republicano, se requiere un constante cambio de ideas y de discusión pública, que haga posible la alternabilidad de los partidos en el poder y también la colaboración de ellos en casos de bien común. Tanto la alternabilidad como la alianza entre los partidos, resulta una consecuencia de la teoría de la evolución del pensamiento, de la “rotación de las ideas”, que es la expresión que emplea en Idola Fori. Desde la época de La crónica y luego en El nuevo tiempo, esgrimió esos dos puntos, implícitamente en ocasiones, en otras de manera directa, contra la intransigencia liberal del sector de Uribe Uribe o en sus críticas a Caro. La alternabilidad de los partidos  en el poder es una característica esencial de la República, la nota que le permite realizar los ideales democráticos de organización social y administrativa, en la que el acceso al manejo de los asuntos públicos se logra a través de la elección, lo que le quitará los “caracteres de desquite y conquista que revisten los triunfos en las otras formas de gobierno”, —cuando se llega a éste a través del triunfo militar, por ejemplo[25].  Insistía en que ese vaivén de los partidos que se turnan en la vida política de un país, de acuerdo con la aceptación popular con que contaran, era una condición para afianzar la democracia entre los colombianos y derrotar al enemigo común de liberales y conservadores: el gobierno absolutista[26].

La alternabilidad es concomitante —dijimos— con otra práctica esencial de la política dentro de la democracia moderna. Me refiero a las alianzas entre los partidos, en la que insistió como medio de lograr las reformas constitucionales que pedía el liberalismo durante el período de la Regeneración. También este tema se convirtió en un tópico de su pensamiento. Son obra de la necesidad, obedecen a exigencias externas a las doctrinas de los partidos, pero no son impuestas por nadie y tampoco pueden evitarse, sin graves consecuencias para una colectividad determinada y en especial para el país[27]. En el caso concreto de las reformas por las que el liberalismo estaba luchando, por considerarlas condiciones necesarias para sus aspiraciones políticas y poder salir en definitiva del ostracismo a que estaba relegado, consideraba que este partido podía lograrlas en alianza con la fracción conservadora que lo acompañaba en su oposición al gobierno de Caro. Algo más, creía en la sinceridad de ese sector conservador en propiciar nuevas leyes que corrigieran el carácter absolutista de la Constitución del 86. Por sí solo, el liberalismo no estaba en capacidad de asumir esa tarea: “…el Partido Liberal —dice—, sin un palmo de terreno donde apoyarse, sin el punto matemático en donde colocar su palanca poderosa, era tan impotente para salvar la República, como Arquimedes para mover el mundo. Necesitaba, pues, como la necesidad más imperiosa y precisa, ese palmo de terreno donde asentar la planta, a fin de hacer valer sus influencias en bien de la libertad y de la patria. La oposición conservadora, impotente también ella sola para modificar lo existente, poseía, empero, ese precioso palmo de terreno. Ambos se completaban; una liga, una simple inteligencia entre las dos fracciones las habría conducido a la realización de sus programas”[28].

Consideró posible la alianza al asumir José Manuel Marroquín las funciones presidenciales en agosto de 1898. El discurso de posesión del nuevo mandatario lo leyó como una pieza comprensiva de los problemas políticos de Colombia y de las aspiraciones del liberalismo, pero en el que no se compromete con reformas que conduzcan a su solución y a tranquilizar los ánimos belicosos de la fracción liberal que veía la guerra como alternativa inminente a la situación a que lo estaba sometido. Marroquín consideraba que esas reformas requerían un clima previo de tranquilidad política, que evitara que los ánimos se enconaran, y como consecuencia expresaba su deseo de posponerlas “para tiempos más propicios”[29]. El comentario de La crónica, sin duda originado en la pluma de Torres, no dejó pasar inadvertida la última observación, que interpretó como una ambigüedad del nuevo presidente, pero también llama la atención del lector sobre el nuevo espíritu que anunciaba su discurso de posesión: “Escuchar el clamor de los pueblos en vez de ahogarlo; estudiar sus necesidades en vez de pensar sólo en perpetuarse en el poder; en una palabra, gobernar, no resistir: todo esto está comprendido en esa verdadera declaración de respeto a los gobernados, y es también un reconocimiento de la libertad de prensa en su concepto más elevado y científico”[30]. No hay duda que su autor, en este párrafo, quiso establecer un contraste con la actitud que asumió Caro durante su paso por la Presidencia de la República, sobre todo con el ánimo belicoso que se percibe en su Mensaje al Congreso del 20 de julio de 1898, el cual para Torres caracteriza todos sus actos de gobierno. El artículo publicado dos días antes, el 7 de agosto, titulado “La Administración que termina hoy”, contrasta por su acidez  con el espíritu moderado, y en especial por su franco optimismo, del que dedicó a la posesión de Marroquín.

Pudo observar más tarde que esas aspiraciones se realizarían con la labor legislativa del Congreso de 1898, y que no obstante la cautela manifestada por el Vicepresidente, las reformas empezaron a darse pronto: el 28 de mayo de 1898 expresaba el deseo que el nuevo congreso derogara la ley de facultades extraordinarias, y expidiera una ley de prensa que le garantizara al escritor público la plena libertad para expresar sus opiniones[31]; el 16 de septiembre del mismo año, en el editorial de La crónica reconoce con satisfacción un clima favorable  dentro del partido conservador, para las reformas que urgía el liberalismo[32]; y el 14 de octubre anuncia que se ha formado en la Cámara de representantes un movimiento, surgido dentro del seno mismo del conservatismo, encabezado por José Vicente Concha, en contra del sistema imperante y dispuesto a promover las reformas que conducirían a la restauración de la república[33].

La oposición de Carlos Arturo Torres a que se hiciera la guerra no se debió únicamente a razones de estrategia, a falta de recursos y de preparación militar por parte del liberalismo, como fue la actitud de muchos de sus copartidarios que se mostraron adversos a ella, ni al desconocimiento de una realidad opresiva, sino a razones de doctrina o de carácter ideológico. Todas sus campañas periodísticas, la de La crónica en discrepancia con el  liberalismo que optó por la salida militar, y la de El nuevo tiempo en busca de un clima favorable para que se negociara una paz digna entre el gobierno y los liberales en armas, deben analizarse en relación con su ideas filosóficas y políticas, el cual sería el mismo criterio que habría que adoptarse para evaluar sus juicios adversos al régimen de Miguel Antonio Caro y, en general, a la Regeneración. Tampoco podemos decir aquí que se trata de una cuestión de estrategia electoral. Su pensamiento político estuvo centrado en los aspectos de los derechos y las libertades del individuo, para cuyo logro el Estado debía, a su entender, disminuirse al máximo, reduciendo sus funciones  prácticamente a una tarea de vigilancia, pues de lo contrario ese Estado se constituiría en un obstáculo a la acción de los particulares. Liberal entonces quería decir comprometerse con la salvaguardia de aquellos derechos y aquella libertades. Pero no era éste, se lamentaba, el concepto de liberalismo que se había impuesto en  muchos de los partidos latinoamericanos que ostentaban este título[34]. Sus opiniones sobre la actividad militar dentro del ejercicio político se apoyan en esa concepción. En uno de sus artículos, en el que se propuso analizar el problema de la guerra en su relación con la doctrina liberal, sostiene que la ambición de esta es propender por la libertad, a través  de la educación civil, del trabajo y la moralidad, en un ambiente de tolerancia[35]. Y otro texto de la misma época, como resumen, afirma que la  esencia de esta ideología es la tolerancia, y que por lo tanto en cuestiones de política y organización social “aspira a convencer, no a matar”[36]. Este ideario lo autorizó a llamar a una especie de juicio público a los principales protagonistas de su partido en la confrontación armada y demostrarles las contradicciones y inconse­cuencias doctrinarias de sus planteamientos[37]. Y con ocasión de la firma del último tratado de paz, el de Wisconsin, escribió: “La historia no podrá menos que juzgar con severidad este movimiento armado. Estalló en momentos en que el país acababa de ver el inusitado espectáculo de un Congreso conservador que llevó a cabo ocho importantísimas y sustantivas medidas liberales; esto es, en el momento en que se iniciaba una revolución civil que sólo la guerra podía contener y malograr;….”[38]

 

 

[1] Estudios Ingleses-Estudios varios, Madrid, s. f., p. 323. Debo advertir que se trata de dos obras distintas pero publicadas en un solo volumen. Citaremos este libro con el título abreviado de Estudios para referirnos a cualquiera de sus dos partes.

[2] Idola Fori,  ed. cit., p. 171

[3] “Profesión de fe” (El nuevo tiempo, julio 25 de 1902) es un artículo que nos ofrece su ideario político, escrito con el propósito de responder a quienes por esa época criticaban sus actuaciones  en torno a las negociaciones de paz: unos, acusándolo de traidor a la causa liberal, y otros señalando como un tránsfuga llegado de las hueste conservadoras. Este es, de todos sus escritos, el texto donde con más amplitud y mayor claridad expone aquel ideario.

[4] Idola Fori, pág. 197

[5] Cfr. Idola Fori, pág. 349.

[6] C. A. Torres, Estudios, ed. cit., pág. 284

[7] *“La política (Cuestión prensa)”, La crónica, junio 3 de 1897; *“El periodismo”, La crónica, 11 de febrero de 1898; y *“La prensa como institución social”, La civilización, enero 28 de 1910. La mayoría de los artículos de La crónica así como muchos de los del El nuevo tiempo, sobre todos los escritos durante la época en que estuvo al frente del Ministerio del Tesoro, aparecieron si firma de autor. Es fácil sin embargo establecer su autoría: varios de ellos fueron identificados por la prensa que polemizaba con él, críticas a las cuales respondió Torres, aceptando implícitamente que fue él quien lo escribió; en otros casos, el propio Torres reconoce, en una artículo posterior, ser el autor; otros fueron incorporados, aunque no textualmente y en toda su extensión (con frecuencia solo la doctrina) en Idola Fori o en Estudios ingleses y Estudios varios; en otros deja alguna pista (la cita de un poema o un artículo suyos) que permite su identificación; y, en fin, sus maneras lexicográficas y estilísticas se estereotiparon en sus artículos de prensa como para dejar dudas al respecto. En este ensayo indicaremos con un asterisco antes del título  los artículos que no fueron firmados ni con el nombre completo ni con las iniciales.

[8] M. A. Caro: Escritos políticos (Tercera serie), Instituto Caro y Cuervo. Bogotá, 1991, p. 66.

[9] Idola Fori, ed. cit., pag. 101 

[10] *»Decíamos ayer», La civilización, enero 24 de 1910.

[11]  Idola fori, ed. cit., p. 88

[12] *“La evolución de los partidos”, La crónica, noviembre 24 de 1898. 

[13]  “Las corrientes liberales”, La crónica, noviembre 30 de 1898

[14] *“La política”, El nuevo tiempo, abril 21 de 1903

 

[15] *“El espíritu político y el espíritu de partido”, El nuevo tiempo, abril 23 de 1903

[16] Cf. Estudios, ed. cit., pág. 245.

[17] En varias ocasiones llamó la atención sobre las nefastas consecuencias de la subordinación del concepto de patria al de partido. Lo hizo a veces buscando ejemplos en la historia de otros países, pero con el propósito de señalar vicios de la vida política nacional. Cfr., por ejemplo, *“A propósito de la lección de Polonia”, El nuevo tiempo, julio 19 de 1902. Una crítica a Caro por defender la doctrina de que “el Gobernante es un país es asimismo Jefe de la colectividad política del Gobierno”, la ofrece *”La política”, febrero 10 de 1898.

[18]  El ensayo fue incluido en C. A. Torres, Discursos. Bogotá, 1946. Esta obra había aparecido, en su primera edición, en Caracas (1911) con el título La literatura de ideas. En la edición caraqueña Torres no incluyó este ensayo.

[19]  *“La división liberal”, La crónica, octubre 9 de 1898.

[20]  *“La política”, El nuevo tiempo, mayo 6 de 1903.

[21]  *“Mas realistas que el rey”, El nuevo tiempo, febrero 16 de 1903.

[22]  Idola Fori, ed. cit., p. 138

[23] Cfr. *“La Administración que termina hoy”, La crónica, 7 de agosto de 1898. Este artículo es en realidad un balance de la administración de Caro. En él hace la enumeración de todos aquellos aspectos negativos que la caracterizaron: corrupción administrativa; intolerancia frente a las críticas que respondió siempre con el silencio o con actitud de intimidación, manteniendo al país en pie de guerra, lo que condujo que el ejército absorbiera “la mayor parte de las rentas públicas”; “creación de nuevos impuestos y de monopolios”, violando las leyes existentes;  desorganización de la Hacienda pública; desidia en el manejo de los asuntos internacionales, que condujo a la pérdida de territorios y al pago de ingentes sumas a países vecinos;  abandono de la instrucción pública; y en el campo de la justicia, sometimiento del poder judicial a la voluntad presidencial. No olvida señalar, aunque sin detenerse en ellos, el manejo represivo del estado con  destierros, prisiones y  fusilamientos.

[24] Un balance de la Regeneración, aún más negativo que el que ofrece de la Administración Caro, nos lo da en “Cosa juzgada (Artículo segundo”), La opinión pública, marzo 31 de 1898. Allí afirma: “La Regeneración ha sido, pues, el reino de la revolución, un estado latente de guerra y de intranquilidad con sus odios, sus persecuciones y su agonía”. Debemos recordar que  La opinión pública es el periódico que sustituyó a La crónica durante los meses que fue suspendida por el gobierno de Caro como sanción por haber publicado un suelto sobre el monopolio de los fósforos, en marzo de 1998.

[25]  Ver *“Los gobiernos fuertes”, La crónica, julio 8 de 1897

[26]  Cfr. *“Ultima verba”, La crónica, septiembre 16 de 1898

[27]  Cfr. *“Actitud liberal”, La crónica, octubre 28 de 1898.

[28] *“La política”, La crónica, febrero 13 de 1898

[29] El discurso de Marroquín puede leerse en M. Monsalve: Colombia: Posesiones presidenciales 1810-1954, Bogotá, 1954, pág. 306.

[30] *“La política (El discurso-programa del Sr. Marroquín)”, La crónica, 9 de agosto de 1898.

[31]  Cfr. *“La política”, La opinión pública, marzo 28 de 1898.

[32]  Cfr. *“Ultima verba”, La crónica, septiembre 16 de 1898.

[33]  Cfr. *“La política”, La crónica, octubre 14 de 1898.

[34] C. A. Torres: “Profesión de fe”, El nuevo tiempo, julio 25 de 1902.

[35] “Por la doctrina”, El nuevo tiempo, junio 12 de 1902

[36]  “Por la doctrina y por los hombres”, El nuevo tiempo, junio 4 de 1902

[37] Ver *“Los cargos del General Uribe Uribe”, El nuevo tiempo, enero 13 de 1903; *“El discurso de paz del General Uribe”, El nuevo tiempo, febrero 10 de 1903; *“El nuevo tiempo ante el General Herrera y sus ministros”, El nuevo tiempo, febrero 17 de 1903; y *“El Manifiesto del General Vargas Santos”, El nuevo tiempo, febrero 4 de 1903. El primero de los artículos citados en esta nota es la respuesta de Torres al folleto de Uribe Uribe Texto y antecedentes del Tratado de Nerlandia, publicado en Bogotá, 1903. Ver R. Uribe Uribe: Documentos políticos y militares. Bogotá, 1904.

[38] *“Terminación de la guerra”, El nuevo tiempo, diciembre 10 de 1902; Vease además, *“Revolución, no guerra”, El nuevo tiempo, junio 6 de 1903

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Edición No. 197