Cervantes o el nacimiento del lector moderno
Ricardo Cuéllar-Valencia
En el siglo XX el investigador que inicia una lectura renovada de la obra cervantina es Américo Castro. En El Pensamiento de Cervantes reserva un capítulo a Los prólogos de Cervantes y desde su análisis deslinda las ocurrencias de muchos comentaristas con los esfuerzos creativos de un Cervantes enfrentado a una tradición y un presente difícil y agobiante y, al mismo tiempo, retador en todos los órdenes de la vida intelectual y material. Cervantes sabe lo que desea, lo que busca y los logros él mismo los va indicando, principalmente en los prólogos a las obras que va entregando a sus lectores. Américo Castro alarmado por los desatinos de alguien que se atreve a escribir que Cervantes “no nos brinda supuestos y asideros” para entender su obra mayor cuando -precisa el estudioso- “justamente en ella se ofrece el primer caso de consciente inserción de una técnica y de un propósito estético en la trama misma del esfuerzo creador” (:532). Se detiene en los dos “maravillosos prólogos” al Quijote. Al referir los veinte años en los que Cervantes había hecho mutis, y en el prólogo a la Primera parte del Quijote nombra con una metáfora, “duermo en el silencio del olvido”, Américo Castro la interpreta con agudeza esclarecedora cuando escribe que “a lo largo de los cuales corre un lento proceso de interiorización y meditación, el cual le permitió zafarse de cuantos modelos de libros corrían por España e Italia” (:532). Y para establecer el primer deslinde anota: “Lope de Vega, al escribir en prosa, derramaba el manantial de su espontaneidad expresiva, sin empeñarse mucho en inventarle nuevo cauce. Cervantes, muy al contrario, consumió años en proyectos de ingeniería literaria que no debieron recibir la aprobación de la critica” (:532). Y, más adelante, apunta otro deslinde importante: “La genialidad de Cervantes consistió en administrar con prudencia su gran empresa de salazón de mitos, para, por evitar a Lope, no dar en (Guzmán de Alfarache o en) Quevedo. Entre estos dos polos se orientó su arte” (: 535). Con precisión analítica y crítica lee el prólogo a la Primera parte del Quijote; de éste señala que allí Cervantes “expone ya un programa de podas y una justificación de ausencias” (:535). Américo Castro va internándose en el Quijote, desde su lectura del prólogo, de tal manera que, al mismo tiempo, despoja, con acierto, lecturas desorientadas, y relee el presente y pasado literario de Cervantes para su mejor comprensión de la vida y la obra legada por este genio de la invención literaria.
La lectura que en la segunda mitad del siglo XX realiza Martín de Riquer es quejosa, a veces uno piensa que no le agrada la forma como Cervantes ve la literatura y realiza su obra, aunque siempre lo elogia. Cito un fragmento de Preliminares a la primera parte del Quijote en Para leer a Cervantes y así cifrar el desdén, o acaso una lectura poco atenta a las intenciones y propuestas cervantinas: “Era costumbre que los autores de libros pidieran a escritores de fama o a personas encumbradas poesías laudatorias para poner al principio de su obra. Cervantes, que al parecer no consiguió que ningún escritor de prestigio le favoreciera con poesías en elogio del Quijote, con gran alborozo de Lope de Vega (S8), satirizó cómicamente tal costumbre insertando, a continuación del prólogo, una serie de poesías burlescas firmadas por fabulosos personajes de los mismos libros de caballerías que se propone desacreditar” (:115). Parece la lectura de una persona encumbrada que sale hoy en día en defensa de Lope de Vega. Este especialista en obras de caballerías, sigue pensando, como otros decimononos comentaristas, que Cervantes deseó “desacreditar” las novelas de caballerías. Uno de los analistas que estudia y explica la relación de Cervantes con las narraciones de caballerías es Edwin Williamson. En su trabajo sobre Cervantes y Chrétien de Troyes: la destrucción creadora de la narrativa caballeresca, afirma, recordando el planteamiento central del prólogo a la Primera parte, que: “Cervantes… se vuelve hacia el mundo caballeresco y se burla despiadadamente de él… Cervantes dirige su ironía cómica contra los tres pilares del romance artúrico, haciéndoles tambalear hasta que finalmente se desmoronan y el sistema entero cae en pedazos” (:153). Pese a que se siguieron escribiendo ese tipo de narraciones hasta fines del siglo XVll, fueron verdaderos coletazos, dado que ninguno llegó a levantar cabeza.
Otro de los renovadores de la crítica literaria en torno a la obra de Miguel de Cervantes es el inglés E.C. Riley. En su ya clásico estudio Introducción al “Quijote” al iniciar el apartado sobre El primer prólogo afirma: “El prólogo a la Primera parte del Quijote, escrito probablemente en 1604, refleja indirectamente algo de la agitación existente en el mundo literario hispano en los primeros años del nuevo siglo. En ningún otro prólogo se vinculó tanto Cervantes a la escritura de la ficción novelesca de su época” (:44). Como otros, indica, que una parte de las consideraciones de Cervantes van dirigidas a obras de Lope, no simplemente como si se tratara de un enemigo personal, ya que lo que él buscaba era deslindar el espacio literario en que se movía. Escribe Riley: “El mensaje positivo de este prólogo tan lleno de jocosa ironía es que lo importante es el propósito de la obra, no sus adornos, y que eso es lo que debería regir su forma” (: 45). Riley está de acuerdo con la crítica de Cervantes a Lope de Vega, dejando a un lado los ataques personales, dado que comprende que el alcalaíno estaba articulando una propuesta literaria y que debió, necesariamente, trazar las líneas divisorias con los colegas del momento. Por ello escribe el crítico inglés: “Detrás de la modestia burlona y de la ironía del prólogo se percibe una nota desafiante, casi provocativa, que va más allá del mero rechazo de la pedantería y de la presunción. El mismo Cervantes se aparta de ciertas prácticas literarias de su época, sin importancia en sí mismas, pero indicativas de una tendencia que él podía razonablemente deplorar, tanto por motivos de estética como desde la perspectiva del escritor conocedor de su público” (:47). Y para cerrar su comentario hace una reflexión penetrante que pone de relieve uno de los aportes claves de Cervantes: “Este autor tan despierto transforma la crítica en creación y, aquí -en el prólogo- como en tantos otros lugares, lleva la atención al acto de composición de su obra” (:48). Transformar la crítica en creación, en los prólogos, fue posible a Cervantes gracias, especialmente, al recurso de personajes secundarios -el amigo que llega, al que se encuentra, con los que se reúne, el estudiante peregrino-, los diálogos y cuentos que introduce en los prólogos y, obvio, el propio yo del escritor. El biógrafo y crítico literario cervantino Jean Canavaggio al referirse a los narradores “tan diversos como ficticios” anota en Cervantes entre vida y creación, que se trata “de la meditación activa que el sujeto del discurso va desarrollando en torno a sí mismo” (: 65).
Jean Canavaggio, uno de los lectores más agudos en el presente de la obra de Cervantes, dedica varias reflexiones a los prólogos. Se distancia de algunos y avanza en las consideraciones, la significación y alcances de los prólogos cervantinos. Escribe: “La originalidad de estos textos radica, en efecto, en que en ellos la figura del narrador, en vez de ocultarse (como en Lope) detrás de su portavoz imaginario o de perderse en el anonimato de un yo retórico, se identifica de manera explícita con el mismo Miguel de Cervantes. Sólo las dedicatorias y el Viaje del Parnaso nos ofrecen parecida identificación” (: 66).
Canavaggio asume una actitud crítica sobre los que lo anteceden en comentar los prólogos de Cervantes. Señala que muchos cervantistas se han fijado sobre todo en su carácter informativo, reducidos a comentar los datos que allí se encuentran sobre la vida y carrera de Cervantes; anotaciones sobre sus preferencias y discrepancias literarias, con estos y aquellos; sobre sus doctrinas y ambiciones de escritor. Y precisa: “Alberto Porqueras Mayo ha sido el único, dentro de un trabajo de conjunto, en enfocarlos como prólogos en rigor, o sea con arreglo a su morfología y como modalidades de una misma forma canónica de aquel genus dicendi…” (:66). Canavaggio acepta, asume y lleva a su propio discurso de crítico literario la perspectiva de Porqueras Mayo para entender los alcances del prólogo como género literario. Ve, entonces, como Cervantes acude al autorretrato, al diálogo imaginario, al relato retrospectivo en primera persona, los cuales “no sólo corresponden con un incongruente empleo del yo y del tu; denotan una creciente contaminación del exordio canónico por la novelística cervantina” (:69). La reflexión es aún más precisa cuando señala lo siguiente: “Al quebrantar, primero, luego al trastocar la temporalidad del discurso prologal mediante una diversificación de los tiempos y modos, tales procedimientos colocan al sujeto de este discurso en una compleja relación, tanto consigo mismo como con sus interlocutores ficticios y, más allá, con su lector dedicatorio, intermediario, confidente, cómplice, que desempeña unos papeles asaz distintos” (:69). Por ello el sujeto no queda preso de las funciones sintácticas propias de la forma prologal que lo antecede, debido a que estas “técnicas presentativas” le hacen posible ir y venir dentro de un espacio más amplio, “facilitando así su valoración”.
Canavaggio deja a un lado, sin despreciarla, la utilidad biográfica de los prólogos para entender, desde otro punto de vista, la función que el sujeto del discurso adopta en cada uno de los mismos. En los prólogos al Quijote el sujeto, se nos aparece, ante todo, sostiene, como un individuo cuyo retrato apenas se perfila en la descripción física. Pero tal retrato “no se limita al enunciado de las características “objetivas”; procede, en realidad, de un perspectivismo que confronta enfoques distintos” (: 69). En cuanto se nos ofrece de manera implícita, como sucede en el Quijote ll, en el que la presentación del prologuista por sí mismo ocurre como respuesta a las afirmaciones malintencionadas de Avellaneda; o como en las Novelas Ejemplares donde el sujeto emerge como consecuencia de un desdoblamiento del narrador, en el que el autorretrato aparece en tercera persona; o como en el Quijote l, las Comedias y entremeses y el Persiles, donde el sujeto logra su autonomía, cuando es necesario, a través de un diálogo en estilo directo, al asociar al narrador con uno o varios interlocutores. Canavaggio se resiste a tomar aquel yo por un ser de carne y hueso, pues, se caería, sin duda, “en el lazo que nos tiende todo autodiscurso”. Apoyado en la lingüística moderna hace la siguiente precisa afirmación: “Cervantes en primera persona no es una persona real y verdadera. Es un ser imaginario: elaborado, clara está, con elementos sacados de la experiencia del Manco de Lepanto, pero engendrado por un “decir” específico y establecido como tal por la mirada del lector” (:69-70). Esta afirmación no es excluyente. Canavaggio a renglón seguido admite que no se trata de reducir a Cervantes a una simple persona gramatical, al yo retórico “sin más referente que el acto del discurso individual en que se pronuncia y cuyo locutor queda señalado por este mismo yo” (:70). En tal sentido, sostiene el crítico francés, lo que otorga trascendencia al sujeto son varios aspectos bien definidos: “la suma de atributos físico-morales que le son propios; es también la identidad permanente que se le otorga de un modo tan espontáneo como unánime, haciendo que se le llame “comúnmente” Miguel de Cervantes Saavedra” (: 70); es, también, la circunstancia cada vez más concreta en la que se arraiga el sujeto en la narrativa cervantina, que va desde un lugar impreciso en el prólogo al Quijote l, en el que el amigo que aparece en el estudio del escritor, nunca es descrito, hasta aquel camino en el Persiles que va de Esquivas a Madrid, donde sucede el encuentro con el “estudiante pardal”, a quien describe con sus atavíos; así como los proyectos literarios anunciados en varios ocasiones.
Para este crítico literario los procedimientos como el autorretrato y el relato retrospectivo intervienen como “auténticos ritos de presentación” en la medida que “al bosquejar el escenario de su existencia presente, al recordar repetidas veces su pasado de soldado y de escritor como una auténtica vivencia, al proyectarse hacia el porvenir ansiado desde hace tantos años, el sujeto del discurso prologal organiza con extraordinaria tenacidad una verdadera “mise en scène” de si mismo y la va ampliando entre uno y otro prólogo, tanto en el espacio como en el tiempo” (: 70).
Casi todos los que han reflexionado sobre el prólogo a la Primera parte del Quijote, coinciden en que es una pieza maestra de la literatura del momento, pero sobre todo, es un texto extraordinariamente original, libre de toda subordinación a las convenciones, ya indicadas, del género. Es por ello, observa Javier Blasco en su Cervantes, raro inventor que Miguel “convierte su prólogo en un escenario de un acto, en el que tras firmar con el lector -con cada uno de los lectores- un pacto de lectura, se establece un estatuto que regula con nitidez las condiciones en que la relación con el texto ficticio debe establecerse” (:100). Este estatuto se encuentra perfectamente expuesto en las páginas que hacen el Quijote. Son cuatro aspectos los que regulan el desarrollo de la obra que debemos destacar (:100):
1.- La lectura del Quijote, según el prólogo, exige un Desocupado lector. Nuevo estatuto del lector, antes no reconocido. Aquel lector crítico, avisado, con tiempo de pensar. Hablaríamos del lector eficiente de Iser.
2.- Al lector que se ocupe del libro sólo se le promete “entretenimiento”. Adviértase que un ningún momento se le sugiere “enseñanza”, herencia greco-romana. Entretenimiento no a secas, ni en el sentido aristocrático anterior, que implica, por tanto, otra manera de abordar dicha historia: así “el melancólico se mueva de risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla”. El nuevo lector, propuesto por Cervantes, será, entonces, múltiple y diverso.
3.- El lector elegido, ahora ya fuera de los preceptos del dogmatismo, se encuentra en total libertad para “juzgar” y “valorar” la obra que afronta. “…tienes tu alma en tu cuerpo y tu libre albedrío como el más pintado, y estas en tu casa, donde eres señor della, como el rey de sus alcabalas, y sabes lo que comúnmente se dice, que debajo de mi manto, al rey mato. Todo lo cual te esenta y hace libre de todo respeto y obligación, y así puedes decir de la historia todo aquello que te pareciere, sin temor que te calumnien por el mal ni te premien por el bien que dijeres della”. El lector múltiple y diverso, deberá ser, por su naturaleza misma, crítico.
4.- A lector de aquellos años, necesariamente, dada la obra diferenciadora que leerá, desde el desafiante prólogo, se le imponen claros límites en el terreno de la interpretación (:101). Aquí el deslinde y el nuevo espacio es con absoluta precisión indicado por Cervantes: “ni caen debajo de la cuenta de sus fabulosos disparates las puntualidades de la verdad, ni las observaciones de la astrología; ni le son de importancia las medidas geométricas, ni la confutación de los argumentos de quien se sirve de la retórica; ni tiene para qué predicar a ninguno, mezclando lo humano con lo divino, que es un género de mezcla de quien no se ha de vestir ningún cristiano entendimiento” (:101).
Cervantes, escribió Américo Castro al comentar Los prólogos al Quijote, “refugia su ser total en el retablo de sus invenciones, como Maese Pedro de la propia vida, para intentar la incalculable tarea de ser a la vez su autor, actor, y su espectador crítico” (:531-32). Y, en efecto, Cervantes es escritor paródico, un personaje ficcional y un lector crítico en el prólogo, en casi todos los prólogos que redactó para sus obras. Algunos, como Heinz-Peter Endress, distingue el prólogo como singular, único y original, a partir de la clara y decidida idea de Cervantes de no querer ir con la corriente del uso y, por lo tanto, la certera actitud irónica y renovadora, la confianza en su originalidad, “la calidad y dimensión profunda de la obra así como del pensamiento de su creador” (: 163) será la clave de la escritura del prólogo.
Las condiciones estaban dadas. La época en la que ocurría la Reforma era el centro de gravedad de múltiples debates. Filólogos y teólogos debatían en torno a los diferentes problemas de la lectura, de alcanzar la rectitud interpretativa y de fijar la materia bíblica en su pureza textual. De ahí el desarrollo de las técnicas de autenticación y de interpretación. La crítica textual logra un importante desarrollo aportando métodos, no así la interpretación y, es por ello, que la lectura de los textos sagrados será encomendada, exclusivamente, para su exégesis, a los Prelados, Profetas y Doctores. Sólo se admite una sola interpretación, aceptando los distintos niveles de lectura: literal, alegórica, o moral, sin dejar de ser la iglesia la única en decidir cuál debe ser la elucidación, de lo contrario se llega al error o la herejía.
Se distinguen, en el debate, los textos Sagrados de los paganos. Para lecturas de textos deferentes, nacen lectores diferentes. En las escrituras habla Dios, sostienen los teólogos, y por lo tanto no están, en lo más mínimo, sometidas a la discusión. La literatura profana, en cambio, está supeditada a la interpretación, el debate y a la duda. Es el caso de los libros de historia que hablan de la vida de los hombres. Estos dirigen al lector: interpretan la vida. Diferente es el caso de la literatura de ficción, dado que la exégesis, por ejemplo, de una novela será responsabilidad única y exclusiva del lector. El lector de ficción se encuentra solo frente a texto. Sin olvidar que los moralistas intentaron encontrar en ellos materia para la vida y por lo tanto vino la condena. La invención de la imprenta facilitó, decididamente, que otros, los nuevos lectores surgieran. No olvidemos que los hábitos y prejuicios de los lectores de la época arrastraban lastres culturales que los desorientaban e impedían acercarse a la propuesta que la novela naciente les ofrecía. En este sentido es precisa la observación de Javier Blasco, cuando escribe: “El Quijote es un buen ejemplo de cómo también Cervantes percibía el peligro y don Quijote encarna puntualmente todos los síntomas de la enfermedad que la lectura de los libros de ficción, según los críticos de la época, provoca en el lector. Lo que diferencia su ataque contra los libros de caballerías es el hecho de que Cervantes, consciente del peligro, no opta como aquellos por la amputación traumática, sino que, haciendo tríaca del propio veneno, convierte la historia de don Quijote en escuela de lectura, remitiendo al lector la responsabilidad última” (:109).
El Quijote de Miguel de Cervantes es la ficcionalización de los debates de los humanistas, políticos y teológicos, del problema de la lectura. El novelista nos ofrece, como dice Carlos Fuentes en Cervantes o la crítica de la lectura, una nueva manera de leer el mundo: “una crítica de la lectura que se proyecta desde las páginas del libro hacia el mundo exterior; pero también y sobre todo, y por primera vez en la novela, una crítica de la creación narrativa contenida dentro de la obra misma: crítica de la creación dentro de la creación” (:15).
Finalmente es oportuno señalar lo que Joaquín Aguirre Bellver en su interesante trabajo Como se escribió el Quijote, la técnica y el estilo de Cervantes en tanto que realiza un pormenorizado recorrido por la obra para enseñarnos cómo existe en tal creación un tejido poético en prosa, con determinadas rimas. Este investigador trabaja sobre lo que denomina “aproximaciones al borrador” para señalar, en el caso del prólogo a la Primera parte de Quijote, rimas y “sonoridades endecasílabas” y nos advierte que “Cervantes está haciendo una acumulación de ritmos y sonoridades que deben resaltar entremezclados, subyacentes, sin que el lector los perciba de forma directa” (225). Planteamiento novedoso que debemos registrar.
Los prólogos de Cervantes, en espacial, el lucido prólogo a la Primera parte del Quijote juega una doble función decisiva: anti-prólogo y crítica a los prólogos precedentes. Pero también es, además, y sobre todo, creación del nuevo lector, como advierte Javier Blasco, de aquel que vendrá, que al mismo tiempo la ficción literaria que ofrece el fundador de la novela moderna, así lo demanda. Cervantes crea el lector moderno desde la ironía crítica, no hay duda.