¿Cuál paz y cuál educación para la paz?
Concepto de paz
Pocas palabras han sido usadas tan a menudo y de pocas se ha abusado tanto debido, tal vez, a que la paz sirva de medio para obtener un consenso verbal: es difícil estar por completo en contra de la paz (Galtung, 1985)
No sabemos a qué paz se refiere el sistema internacional, acaso, al silencio en medio de la opresión, al aplauso de los alineados o a la ausencia de guerra en su contra. Tampoco es posible descifrar la paz que se asignaturiza en las escuelas, cuando enmascarada en la mal llamada neutralidad, convierte a los estudiantes en seres serviles, acríticos y perpetuadores de un statu quo que nos duele a todos.
Debido a ese abuso al que hago referencia, como también a la falta de una idea precisa, nítida y clara de lo que es la paz, han levantado sus voces pensadores como Hicks, Galtung, Jares, Fisas, Grassa, Lederach, Monclus, Tuvilla, entre otros. Gracias a esa múltiple conceptualización, como también a la ausencia de una idea cabal, transparente y clara sobre la misma, nos encontramos en una situación confusa sobre su significado verdadero.
A lo largo de la línea del tiempo ha habido distintas versiones de Paz: Eirene en Grecia, pax romana, santhi hinduista, ahimsa, paz jainista, la paz taoísta, shalom hebreo, pax hispánica y pax americana, con sus diferentes modos, tanto de concebir y organizar el mundo, como de resolver y enfrentar los conflictos; al tomar cualquier forma o definición, se ha convertido en pretexto para muchas acciones políticas y en su nombre se han cometido grandes crímenes, violaciones, masacres y barbaries.
En las últimas décadas han existido dos grandes nociones de Paz: una restringida (paz, igual a ausencia de guerra o violencia directa; se fundamenta en la no-agresión, no conflictos); a esta concepción de paz se la llama Paz Negativa, la cual se ha definido siempre en función de la guerra y el hecho bélico y se restringe, casi exclusivamente, al sentido de pactos, haciendo caso omiso de la violencia estructural que corroe por doquier y que ocasiona más sinsabores y muertes que la guerra legitimada por los poderosos.
Muchos autores, como Enguita y Giddens, son seguidores de un concepto restringido; para ellos sólo existe la violencia en sentido estricto y, por supuesto, su negación equivale a paz; además, afirman que las nuevas propuestas, incluida la de Galtung, son vagas y proponen un concepto extendido de violencia que haría referencia a una gran variedad de condiciones que inhiben el desarrollo de las oportunidades vitales de los individuos. Así las cosas, hay que esperar el estallido de las armas o la arremetida física de los hombres, para poder tipificar un acto como violento. ¿En dónde se ubicarían, por ejemplo, las diferentes formas de opresión que pueden sufrir las personas? No podemos caer en el juego semántico de que estamos perdiendo de vista lo específico de la violencia tal como se interpreta, es decir, el uso de la fuerza para causar daño físico a otro; éste sería, a mi juicio, un reduccionismo restrictivo y temerario, para el que la sociedad y la escuela no tendrían respuestas apropiadas; bastaría con que actuase la violencia legitimada con las normas y armas oficiales para conseguir la paz, o en otras palabras, incrementar la carrera armamentista.
Esta idea negativa de paz, unida a su acepción de serenidad, no conflictos, etc., ha desarrollado una imagen pasiva de la paz, sin dinamismo propio y más bien creada como consecuencia de factores externos a ella, que son a los que se otorga esa capacidad dinámica. Es, en definitiva, el “estado entre guerras” que define el eirene; “el tiempo de paz” en el que los conflictos no afloran.
Gracias a las investigaciones sobre Educación para la Paz, realizadas a finales de los sesenta, comienzos de los setenta, y principios de este siglo, la atención se ha desplazado de la violencia directa a la indirecta o estructural, es decir, una noción de “paz” omniabarcadora (paz, igual a ausencia de violencia directa y de violencia estructural; paz, igual a justicia y armonía personal); en pocas palabras, se piensa en lo que pueden padecer las personas como resultado de sistemas sociales, políticos y económicos. Esta violencia estructural puede conducir a la muerte, la desfiguración o a una disminución del bienestar y del potencial humano a consecuencia del racismo y del sexismo, por ejemplo; del hambre, de la denegación de los derechos humanos o de ingentes gastos militares. Esta reflexión condujo a definiciones más extensas y, en vez de considerarla simplemente como ausencia de guerra, la paz pasa ahora a suponer una cooperación y un cambio social no violento, orientado a la creación de una sociedad de estructuras más equitativas y justas (Paz Positiva).
De acuerdo con este concepto, la paz “ya no es lo contrario de guerra, sino de su antítesis que es la violencia, dado que la guerra no es más que un tipo de violencia, pero no la única y la violencia no es únicamente la que se ejerce mediante la agresión física directa o a través de los diferentes artilugios bélicos que se puedan usar, sino que también se deben tener en cuenta otras formas de violencia, menos visibles, más difíciles de reconocer, pero también generalmente más perversas en la provocación de sufrimiento humano” (Jares, 1999).
Según Galtung (1976), “los problemas de la paz son, en términos generales, quíntuples y a estos cinco problemas corresponden cinco valores que deben ser subyacentes a cualquier definición de paz:
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Problemas de la paz |
Valores subyacentes |
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Violencia y guerra |
No violencia |
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Desigualdad |
Bienestar económico |
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Injusticia |
Justicia social |
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Daño ambiental |
Equilibrio ecológico |
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Alienación |
Participación” |
Hago relación a estos problemas, pues hacen parte de nuestra realidad colombiana; son la impronta y origen de la violencia que se pasea por campos y ciudades; contribuyen a algo que se ha convertido en paisaje cultural ante la indiferencia de la sociedad civil y el contubernio de políticos y victimarios; problemas que han estado en la agenda de los candidatos, pero que una vez son elegidos pasan al cuarto de San Alejo para facilitar el programa de empalme y transición que hará posible el pago de favores y la perpetuación del statu quo. Imposible cualquier paz completa o incompleta sin enfrentarlos con el compromiso de todos y sin la búsqueda de la no violencia, la justicia social, la participación, el equilibrio ecológico y el bienestar económico.
A pesar de que la literatura menciona otro tipo de paz, la paz cultural (existencia de valores mínimos compartidos), opuesta a la violencia cultural, por su manifestación y características, la ubico dentro de la violencia estructural, pero no comparto con Galtung el “que no sea visible”; asistimos todos los días a la “la masculinización de la violencia” (más del 90% de la violencia directa en todo el mundo es ejercida por hombres); éste es un ejemplo importante del papel de la violencia cultural. Esa violencia cultural está constituida por aquellos aspectos de la cultura en el ámbito simbólico de nuestra experiencia (materializados en la religión e ideología, lengua y arte, ciencias empíricas y ciencias formales – lógica – matemáticas- símbolos: cruces, medallas, medias lunas, banderas, himnos, desfiles militares, etc.) que pueden utilizarse para justificar o legitimar la violencia directa o estructural. Además, debe tenerse en cuenta que la violencia cultural impacta fuertemente las necesidades humanas, como la supervivencia, la identidad y la libertad.
Han transcurrido más de quince años de un nuevo siglo, de un nuevo milenio y aún persiste el concepto negativo o restringido de paz en muchos sitios de la geografía mundial y nacional y esto, necesariamente, incide en la orientación de las propuestas, proyectos, programas, acuerdos y convenios de paz. En este momento conviene dilucidar un interrogante:¿Lo que se ha vivido en Colombia, durante los últimos 52 años, entre las FARC y el Estado colombiano, corresponde a una guerra o a un conflicto? Ya hay Ministro para el después y se han creado ONGs para sembrar y enfrentar el futuro, o mejor, para “administrar y beneficiarse” de los fondos destinados para ese fin. ¿Sacarán provecho del “posconflicto” o de la “posguerra”?.
A propósito de la Educación para la Paz (EP)
La Educación para la Paz no es nueva; ha nacido dos veces. La primera, en los años veinte y treinta de la mano de los movimientos de renovación pedagógica que, impactados por la Primera Guerra Mundial se hicieron eco del “nunca más” que se generalizó en la sociedad occidental, especialmente, en la europea, y se propusieron llegar a la paz a través de la escuela. La segunda, en los años sesenta, cuando el riesgo de holocausto nuclear y la guerra del Vietnam llevaron a la Investigación para la Paz a proponer una estrategia de divulgación de sus resultados.
La Educación para la Paz ha sido siempre reactiva a lo largo del tiempo y deudora de la urgencia y del impacto de los grandes conflictos y ha reaccionado al medio internacional, de allí su carácter recurrente como tarea educativa y lo cambiante de sus objetivos, métodos y corrientes. Al apostar por la Educación para la Paz debemos ser conscientes de que ésta suele entender la educación como un componente necesario, pero no suficiente para el cambio social, es decir, que no puede sustituir a la acción. Como han indicado diversos pensadores, la educación por sí misma no puede erradicar las violencias estructurales que niegan la paz y que afectan la propia supervivencia de la especie humana. La paz no va a llegar por la vía escolar; ello se realiza, básicamente, a través de la acción social y política. Sin embargo, la escuela y la E.P. pueden ayudar a ese logro en su trabajo de facilitar la conciencia que nos ejercite en la acción social.
Una de las características de la Educación para la Paz es que es realista y posible; se trata de contrarrestar la creencia que asocia la E.P. a algo utópico en el sentido quimérico, conceptos claramente diferenciados, pero que comúnmente se confunden, mucho menos, la que la asocia a un sueño. Educar para la paz es una tarea “realista y responsable, en vista de la situación y las necesidades del mundo en que vivimos” (Lederach, 1984); además, debe rechazarse el denominado “utopismo pedagógico”, propio de la Escuela Nueva, el cual se caracteriza por otorgar a la educación el protagonismo del cambio social y, en consecuencia, el medio para conseguir la paz.
Hasta tal punto ha calado en el discurso pedagógico el utopismo en cuestión, que todavía en la actualidad se encuentra muy arraigado en la E.P.; sin embargo, más que ningún otro argumento, la cruda realidad de la historia ha demostrado la inexactitud de este planteamiento o de esas expectativas hacia la educación en general y hacia la E.P, en particular.
En la escuela es pertinente referirse al debate sobre la agresión humana, usualmente considerada como característica innata en los humanos; sin embargo, son numerosas las investigaciones que indican que la violencia y la agresión pueden ser culturalmente aprendidas; si esto es verdad, quizá exista una nueva esperanza para la condición humana, aunque se asegure, también, que el ser humano es agresivo por naturaleza, pero violento por cultura (Agresivos somos todos; violentos, algunos).
Al hablar de E.P. deben tenerse en cuenta los planteamientos anteriores, siempre recordando que la paz es una realidad multidimensional y dependiente de muchos factores; de lo contrario, caeríamos en un juego sin salida; la paz tiene que ver con la finalización de los conflictos armados y, en general, con la superación de las distintas formas de violencia, con el logro de la justicia social y la armonía personal, por eso, en la Educación para la Paz, y en la resolución positiva de los conflictos, se funden lo afectivo y lo cognoscitivo; no podrán faltar argumentos y estrategias para afrontarlos en nuestros centros y aulas de manera cooperativa .y creativa para evitar la dialéctica entre vencedores y vencidos. Esto exige una mayor comunicación, diálogo, consenso y, cuando sea necesario, procesos de mediación. Educar en y para la Paz es hoy uno de los principales retos de la educación en valores y de la escuela democrática.
Al mirar distintos Programas de Educación para la Paz, debe recordarse que unos y otros responden, en muchos casos, a las diferentes posiciones ideológico-científicas, a la propia determinación de lo que deben ser los objetivos o intereses prioritarios de la E.P., al medio sociopolítico en el que se produce la reflexión o experiencia, e incluso, al propio nivel educativo en el que se trabaja.
Tras un rastreo de la literatura al respecto, algunas tipificaciones de la E.P. delimitan demasiado el análisis y hacen caso omiso de factores implícitos en cualquier Programa Educativo, a veces, no “visibles”, pero cargados de intención y que en un momento dado determinan no sólo la operacionalización de los mismos, sino -lo que es más grave- sus resultados. Aunque no es profunda la justificación, hago caso omiso de ellas y me guío por los tres modelos o paradigmas expresados para el conjunto de las Ciencias Sociales y que Jares (1999) relaciona con las reflexiones y experiencias de la Educación para la Paz; este investigador aporta suficientes elementos para un análisis más profundo, con lo cual se señalan caminos más seguros. En función de la relación mencionada, el autor propone los siguientes modelos de Educación para la Paz: técnico positivista, hermenéutico interpretativo y sociocrítico.
Sin ser utópico, apuesto por un Programa de Educación para la Paz que pueda acercarse al modelo hermenéutico-interpretativo o al socio-crítico, reconociendo que es difícil encontrarlo en su estado puro; en cualquiera de las dos opciones, se educará “en la paz” y ésta será tema vertebral del currículo, pero dentro de una escuela democrática y con coherencia entre el discurso y la acción. Mi posición, aunque cerrada, me lleva a descalificar aquellos programas centrados en la información y el activismo, cuyos resultados, de antemano, son precarios, por no decir, desastrosos.
Al trabajar Educación para la Paz, fuera de la escuela y con adultos, no dudo en inclinarme hacia el paradigma sociocrítico, el cual ayude a las personas a desvelar críticamente la realidad para poder situarse ante ella y actuar en consecuencia; así, la educación tendría verdadera naturaleza política y la paz se construiría desde la justicia. Insisto en que cada vez que nuestro país tenga problemas no podremos crear nuevas asignaturas o cátedras para solucionarlos; se trata, eso sí, de transformar los espacios donde se enseña y aprende, en verdaderos territorios en los cuales “se educa en y para la paz”, siempre en un contexto verdaderamente democrático, de lo contrario, seguiremos pintando el suelo con palomas que borrará el tiempo.
Bibliografía
Galtung, J. (1976). Peace, war and defense. University of North Carolina, Chapel Hill.
Galtung, J. (1985). Sobre la paz. Fontamara, Barcelona.
Jares, X. (1999).Educación para la paz. Su teoría y su práctica. Popular, Madrid.
Lederach, J.(1984). Educar para la paz. Fontamara, Barcelona.