Cultura y filosofía
Hacia 1954 una discípula temprana de Heidegger, escribía en Nueva York: «Understandig is try to be at home in the world»[[Hannah Arendt, Essays in understanding 1930-1954. New York: Harcourt Brace Co., 1954, p. 304.]], que en castellano podría verterse como «Comprender es procurar hacer del mundo nuestro hogar, nuestra morada». Desde una capital suramericana un futuro discípulo tardío del filósofo alemán, había escrito en 1947 que la cultura «es la morada propia del hombre»[[Danilo Cruz Vélez, Aproximaciones a la filosofía. Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura, 1977, p. 54.]]. Tres lustros más tarde, aquel mismo pensador puntualizaba: «…Una cultura surge con la fundación de su mundo (…) Mientras está vigente, los hombres de la misma cultura moran en él…»[[Ibídem, p. 100.]].
Nos referimos, claro está, a Hannah Arendt y a Danilo Cruz Vélez. La primera se había refugiado en Estados Unidos luego de exiliarse de su nativa Alemania ante su doble condición de judía e izquierdista, características ambas inadmisibles para el régimen nazi. En términos filosóficos se había alejado de su otrora amado maestro, quien como se sabe durante un tiempo respaldó abiertamente al nazismo para en el resto de su vida no poder o no querer desvirtuar por completo sus simpatías hacia aquella ideología. Ella, que había perdido al tiempo su morada vital y su morada filosófica, invocaba la comprensión respecto del Holocausto, en pos de comprender lo incomprensible.
En un periplo geográfico y espiritual inverso, el segundo viajó en los años cincuenta a Europa en busca de las lecciones que Heidegger impartía en Friburgo, luego de que el «Instituto de Filosofía» había sido intervenido por la reacción hispanizante antimoderna del gobierno conservador de turno, afín vía falangismo y franquismo a las doctrinas fascistas y nazis. Desde la creación en 1946 de dicho centro de estudio adscrito a la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional en Bogotá, el filósofo caldense con poco más de veinticinco años, se había hecho cargo de la formación filosófica de los matriculados, lejos de los cometidos catequísticos de las doctrinas escolásticas heredadas de la colonización española. Violencia de por medio, las administraciones liberales que habían impulsado cambios modernizadores en la política y la educación, habían debido ceder la orientación de los destinos nacionales a la reacción conservadora, que pronto redefinió la misión cultural del país hacia la restauración de la civilización católica hispánica. Convertido ya en Facultad, el antiguo Instituto no podía ser ajeno a este giro ideológico, y Cruz Vélez en parte para huir de un ambiente hostil y en parte para consolidar su educación filosófica, optó por acudir directamente a la fuente germana de la que ya había bebido a través de las traducciones impulsadas por don José Ortega y Gasset.
En realidad, la violencia aplicada a la comprensión filosófica era sucedánea de la violencia desatada en campos y ciudades, pero a diferencia de Arendt, Cruz Vélez no se concentró en la dilucidación de nuestro holocausto fratricida, sino en abrirle camino a la filosofía en nuestro medio. Participaba así desde Colombia en el proceso de normalización del filosofar contemporáneo en América Latina, tal como lo había descrito el argentino Francisco Romero: convertir la filosofía en una función normal de la cultura. Sin ignorar antecedentes como el barranquillero Julio Enrique Blanco, quien desde la segunda década del siglo XX había publicado estudios sobre el pensamiento moderno y contemporáneo, les cabe entre otros a Luis Eduardo Nieto Arteta, Rafael Carrillo, Cayetano Betancur, Jaime Vélez-Sáenz y a nuestro autor, el mérito de haber ambientado los estudios filosóficos entre nosotros, con relativa independencia de la tradición escolástica imperante. La fundación del mentado «Instituto de Filosofía» en 1946, que ha sido reputada en nuestra historia de las ideas como el punto de partida de nuestra normalización filosófica, en realidad fue un momento de inflexión dentro de un arduo proceso gestado a través de publicaciones y planes de estudio a lo largo de los años treinta y cuarenta. «Colombia necesita de filosofía», el lema de la efímera «Revista Colombiana de Filosofía» lanzada en 1948, puede considerarse como el leit motiv de aquel período de nuestra historia filosófica. Además de su ya mencionada labor docente en el Instituto, Cruz-Vélez había contribuido a aquel movimiento con algunos artículos difundidos en varias revistas culturales de la época, para culminar con la publicación también en aquel año del libro «Nueva imagen del hombre y la cultura», editado por la Universidad Nacional.
Pero como sabemos, la violencia tozudamente seguía, sigue presente, y el 9 de abril de aquel mismo 1948, fue asesinado en Bogotá el líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, en expresión histórica del desgarramiento de la cultura colombiana, en tanto que el filósofo Cruz-Vélez a partir del debate con las más influyentes teorías antropológicas de entonces, postulaba la cultura como la morada de los seres humanos. Sin necesidad de descender a la aplicación sociológica, histórica o menos periodística, queda claro que dicha cultura sectaria, intolerante y violenta, mal podía constituirse en la morada reclamada por nuestra propia condición humana. La correlación esencial entre el hombre y la cultura, que nuestro pensador detecta a partir de las insuficiencias recíprocas del antropologismo de Scheler y el culturalismo de Cassirer, implicaba reconocer que la dimensión espiritual que distingue el puesto humano en el cosmos, sólo se realiza en el seno de su inserción cultural en un modo de vida histórico. No obstante, una cultura que siega la vida, coarta los derechos ciudadanos y persigue el pensamiento libre, no merece llevar tal nombre a la altura de la exigencia normativa constitutiva de la existencia humana. Como ya anticipamos, las presiones del régimen imperante sobre el «Instituto de Filosofía» y sus integrantes, motivaron que Danilo Cruz-Vélez al carecer en Colombia de las condiciones culturales idóneas para el desarrollo de la actividad filosófica, emigrase en el inicio de los cincuenta en busca de un clima cultural apto para el filosofar.
Luego de haber estudiado con Heidegger y otros grandes maestros en la Universidad alemana de la postguerra, Danilo Cruz-Vélez regresó al país con la renovada intención de impulsar el filosofar en la cultura nacional, propósito que puso en marcha desde el programa de Filosofía de la Universidad Nacional y la Facultad de Filosofía de la Universidad de los Andes. La sustentación de esta orientación filosófica de la cultura, la expuso ya en 1961, cuando en respuesta a una pregunta de Nietzsche sobre la función del filosofar, le asigna a este la tarea de «crear mundo» que constituye el horizonte de cada morada cultural. En un primer estrato general, dicha tarea la cumple la comprensión filosófica consustancial a todo ser humano, que le permite trascender de su mera determinación natural, para abrirse a la condición mundana de ser personal, moral, político, estético, etc., en una palabra, de ser cultural. De allí que Kant llame al hombre «animal metafísico», pero es a la reflexión metafísica propiamente dicha a la que le corresponde la misión explícita de configurar el mundo que perfila cada dominio cultural. Esta tarea se halla reservada a los grandes pensadores, que a través de la historia del filosofar occidental han acuñado el fundamento conceptual de cada mundo cultural, a saber, la Idea platónica, la sustancia aristotélica, la creación cristiana, el cogito cartesiano, el sujeto trascendental kantiano, el espíritu hegeliano, la voluntad de poder nietzscheana, la conciencia inmanente en Husserl, incluso la existencia humana en Heidegger.
La renuncia de este último a cualquier fundamento y el consecuente fin de la filosofía entendida como metafísica, no convencen a su intérprete colombiano, quien en un artículo escrito con motivo del deceso del filósofo alemán en 1976, reafirma que el filosofar es «consubstancial al hombre»[[Danilo Cruz Vélez, Aproximaciones a la filosofía, op. cit., p. 240.]], pues sólo a través de la reflexión filosófica el ser humano conquista la medida que en cada momento actualiza culturalmente su humanidad. Cabe interrogarse sin embargo qué sucede en medios culturales como el latinoamericano, carente por completo de creaciones filosóficas ni remotamente comparables a «el Sofista de Platón o la Metafísica de Aristóteles, el Discurso del método de Descartes o la Monadología de Leibniz, el Tratado de la naturaleza humana de Hume o la Crítica de la razón pura de Kant, la Fenomenología del espíritu de Hegel o la Voluntad de poder de Nietzsche, las Investigaciones lógicas de Husserl o Ser y tiempo de Heidegger o el Tractatus logico-philosophicus de Wittgenstein»[[Danilo Cruz Vélez, Tabula rasa. Bogotá: Planeta, 1991, p. 111.]], que en cada momento definieron un modo del ser y del existir humanos. En tales circunstancias, la indagación juiciosa sobre la herencia de los grandes pensadores, se erige en puente desde la precomprensión filosófica propia de todas las personas, hacia la conquista de un genuino filosofar creador de mundo y fundador de cultura.
Sobre la posibilidad de alcanzar esta meta en América Latina, nuestro autor se muestra moderadamente optimista hacia el futuro pero paradójicamente escéptico desde el pasado. La acogida que en nuestro medio se les brinda a todas las corrientes filosóficas, lejos de exclusiones fundamentalistas e imposiciones dogmáticas, permiten alentar con Vasconcelos la esperanza de que el continente americano se convierta en cruce de formas de vida cultural y síntesis de visiones filosóficas. Sinembargo, una revisión de la historia cultural y filosófica del Continente, revela que este quedó baldado por la orientación antimoderna que le impuso la colonización hispánica, refractaria tanto a las manifestaciones científicas, éticas y políticas propias del mundo moderno que se desarrollaban allende los Pirineos, como al pensamiento filosófico que servía de correspondiente expresión de aquellas en las ideas. La anacrónica persistencia de la Edad Media en la cual se empeñó la conquista española en América, no ha podido ser extirpada del todo por las reformas ilustradas y republicanas emprendidas antes y después de la Independencia, ni el pensamiento moderno se ha aclimatado por completo en territorio latinoamericano. Respecto al caso específico del filosofar, apenas en la primera parte del siglo XX esfuerzos como el de Ortega y Gasset por oxigenar el pensamiento en lengua española poniéndolo en contacto con ideas provenientes de Europa, junto con la promoción de la actividad filosófica autónoma fomentada por Francisco Romero y otros (entre los cuales como vimos se cuenta el propio Cruz Vélez), iniciaron una paulatina normalización de la filosofía en la cultura del Continente, proseguida a través de instituciones, eventos y publicaciones filosóficas.
No obstante, la resistencia estructural de la cultura latinoamericana al auténtico pensar filosófico continúa, con el aporético resultado de impedir la dimensión reflexiva capaz de insuflarle su genuina vida espiritual a nuestro mundo cultural. A pesar de los reiterados esfuerzos por evitar los círculos viciosos (entre hombre y cultura, entre vida y espíritu, entre individuo y sociedad), al cabo la alta misión encomendada a la filosofía en la definición de la cultura, se revela incompatible con la interpretación y la transformación de nuestro mundo cultural, impermeable a la guía del filosofar. Hacer filosofía y desde allí trazarle caminos a la cultura en América Latina, se dictamina como una tarea desesperada, de antemano destinada al fracaso. Para colmo, a los impedimentos históricos ya reseñados, en nuestra época se suman los obstáculos interpuestos por la civilización tecnológica, que en la ganada eficacia de los medios, abjura de toda reflexión. El retiro relativamente temprano del profesor Cruz Vélez de la cátedra universitaria, quizás testimonia el desgano por una actividad burocratizada, como él mismo la califica, que no garantiza la inserción de la filosofía en la cultura ni la presencia de la cultura en el filosofar[[Danilo Cruz Vélez, Aproximaciones a la filosofía, op. cit., p. 99.]].
Por fortuna, en estas tres décadas largas que lleva como «escritor independiente», nuestro autor ha negado por así decir pragmáticamente, las contradicciones patentizadas en su doctrina. Las obras editadas a lo largo de estos años demuestran de manera ostensiva que un pensar riguroso y diáfano, a la vez ilustrado filosóficamente y pertinente culturalmente, es posible en nuestro medio. Si recordamos de nuevo la frase de Hannah Arendt con la cual abrimos este ensayo, quizás la dificultad para hacer inteligible su propia práctica filosófica, radica en que el propósito de su filosofía antes que hacer del mundo cultural su morada, apuntó a hacer de la misma filosofía la morada del filósofo. Aunque él mismo nos enseñó que la reflexión filosófica sirve de mediación imprescindible para la creación del sentido espiritual que funda la cultura, el privilegio concedido al legado de los grandes pensadores y su convicción de ser un mero epígono de dicha gran tradición, revelan que el medio se convirtió para él en finalidad. Cruz-Vélez, quien acusa a Husserl de haber reducido «las cosas mismas» a los «datos de la conciencia», parece haber tomado las concepciones de la filosofía académica en lugar de dichas cosas.
De allí que no tome nuestra convulsionada y trágica cultura como objeto directo de su meditación filosófica, sino desde el cotejo de diferentes ideas de cultura consignadas en la antropología filosófica contemporánea, obtiene principios susceptibles de aplicarse al análisis y valoración culturales. Sin desear plantear comparaciones irrelevantes, se diría que procede así a la inversa de Arendt, quien en la búsqueda de comprender el mundo actual, toma herramientas de la tradición filosófica, pero siempre en función de la indagación del presente. En nuestro criterio, el déficit de realidad en el punto de partida de Cruz-Vélez, surge en cambio de sus propósitos normalizadores encaminados a fomentar el estudio de la filosofía en una tierra sin tradición filosófica, sobre la cual por tanto se requería enfatizar. Al cabo, el hiato se salva, pues gracias a la agudeza de su comprensión filosófica, el pensador colombiano logra acceder a la comprensión de la realidad.
