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De regreso al teatro

(Escribe: Mario-Hernán López B.). “(…) Cathos dice que gusta inmensamente de enigmas, de adivinar cosas a partir de una descripción oscura y ambigua”: Molière.

No cabía el aire en el pecho de los teatreros, bailarines y poetas de cuatro décadas reunidos en la sede de Actores en Escena, después de ver el estreno del grupo de teatro El Cable con la obra El Escorial, representada por Jairo Gómez, Rafael Zambrano y Mario Álvarez G.

El patio y los corredores de la casa de la calle 50 con carrera 27 en Manizales, sirvieron de lugar para volver sobre las historias de Estampas Latinoamericanas, la Agrupación Teatral la Brecha, el Teatro Popular de Manizales (TPM) y el taller de teatro de la Universidad Nacional. Los recuerdos de los viejos entusiasmos políticos, el forcejeo con los tonos dogmáticos de otros tiempos, los libros de último momento pero también las convocatorias mutuas para volver a usar el lenguaje de la imaginación, fueron preámbulo obligado a la presentación de la obra.

Un fragmento de un poema tomado al azar de la biblioteca (El presente recordado; Álvaro Rodríguez. 2005) ayuda a dibujar el aire festivo que recorrió la escena y pintó cada rostro de los asistentes: Es el verano./ En las montañas el azul/ es más profundo/ y un viento latente, fugitivo,/ sopla del lado de la gloria/ (…)

El escorial ( Michel de Ghelderode, 1898-1962) es una versión de diálogos a muerte entre el rey y el bufón, con textos que ponen en evidencia el manierismo contenido en todo poder; se trata de una metáfora política pero también es una revelación de la intimidad de los fracasados, una caricatura de las ideas que se esconden debajo de la corona de cualquier soberano. El poder es empaque y la burla es la fórmula revolucionaria por excelencia. Los personajes se utilizan mutuamente en la construcción de la farsa – no se trata de una relación enfermiza sino utilitaria – demostrando una vez más que el bufón y el rey deben ser considerados como complementarios en todas las historias.

La escenografía contiene los elementos apenas necesarios para el juego; desde el ingreso a la sala el espectador sabe que se dispone a ver teatro de actores; los grises dominan la escena y las acciones suceden con grandes economías gestuales, nada se desborda salvo la risa del bufón. Los personajes están perfectamente diferenciados pero sorprende el cúmulo de cosas comunes que construyen en la escena. La actuación de Jairo Gómez y Rafael Zambrano evoca los mejores momentos de la escuela de actores que hace cuarenta años es El Galpón de la Escuela de Bellas Artes, en Manizales.

Es el verano./En las montañas el azul/ es más profundo./

Con El Cable, la ciudad gana un grupo de teatro conformado por actores estudiosos y experimentados – acompañados de la juventud prometedora de Mario Álvarez – forjados, hace tiempo, en la escuela rigurosa de Bertolt Brecht.

(Escribe: Mario-Hernán López B.). “(…) Cathos dice que gusta inmensamente de enigmas, de adivinar cosas a partir de una descripción oscura y ambigua”: Molière.

No cabía el aire en el pecho de los teatreros, bailarines y poetas de cuatro décadas reunidos en la sede de Actores en Escena, después de ver el estreno del grupo de teatro El Cable con la obra El Escorial, representada por Jairo Gómez, Rafael Zambrano y Mario Álvarez G.

El patio y los corredores de la casa de la calle 50 con carrera 27 en Manizales, sirvieron de lugar para volver sobre las historias de Estampas Latinoamericanas, la Agrupación Teatral la Brecha, el Teatro Popular de Manizales (TPM) y el taller de teatro de la Universidad Nacional. Los recuerdos de los viejos entusiasmos políticos, el forcejeo con los tonos dogmáticos de otros tiempos, los libros de último momento pero también las convocatorias mutuas para volver a usar el lenguaje de la imaginación, fueron preámbulo obligado a la presentación de la obra.

Un fragmento de un poema tomado al azar de la biblioteca (El presente recordado; Álvaro Rodríguez. 2005) ayuda a dibujar el aire festivo que recorrió la escena y pintó cada rostro de los asistentes: Es el verano./ En las montañas el azul/ es más profundo/ y un viento latente, fugitivo,/ sopla del lado de la gloria/ (…)

El escorial ( Michel de Ghelderode, 1898-1962) es una versión de diálogos a muerte entre el rey y el bufón, con textos que ponen en evidencia el manierismo contenido en todo poder; se trata de una metáfora política pero también es una revelación de la intimidad de los fracasados, una caricatura de las ideas que se esconden debajo de la corona de cualquier soberano. El poder es empaque y la burla es la fórmula revolucionaria por excelencia. Los personajes se utilizan mutuamente en la construcción de la farsa – no se trata de una relación enfermiza sino utilitaria – demostrando una vez más que el bufón y el rey deben ser considerados como complementarios en todas las historias.

La escenografía contiene los elementos apenas necesarios para el juego; desde el ingreso a la sala el espectador sabe que se dispone a ver teatro de actores; los grises dominan la escena y las acciones suceden con grandes economías gestuales, nada se desborda salvo la risa del bufón. Los personajes están perfectamente diferenciados pero sorprende el cúmulo de cosas comunes que construyen en la escena. La actuación de Jairo Gómez y Rafael Zambrano evoca los mejores momentos de la escuela de actores que hace cuarenta años es El Galpón de la Escuela de Bellas Artes, en Manizales.

Es el verano./En las montañas el azul/ es más profundo./

Con El Cable, la ciudad gana un grupo de teatro conformado por actores estudiosos y experimentados – acompañados de la juventud prometedora de Mario Álvarez – forjados, hace tiempo, en la escuela rigurosa de Bertolt Brecht.

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Edición No. 135