Del poderío de la fuerza al reconocimiento recíproco
En principio, los conflictos de intereses entre los hombres son solucionados mediante el recurso de la fuerza. Así sucede en todo el reino animal, del cual el hombre no habría de excluirse, pero en el caso de éste se agregan también conflictos de opiniones que alcanzan hasta las mayores alturas de la abstracción y que parecerían requerir otros recursos para su solución. En todo caso, esto sólo es una complicación relativamente reciente. Al principio, en la pequeña horda humana, la mayor fuerza muscular era la que decidía a quién debía pertenecer alguna cosa o la voluntad de quien debía llevarse a cabo. Al poco tiempo la fuerza muscular fue reforzada y sustituida por el empleo de herramientas: triunfó aquel que poseía las mejores armas o que sabía emplearlas con mayor habilidad. Con la adopción de las armas, la superioridad intelectual ya comienza a ocupar la plaza de la fuerza muscular bruta, pero el objetivo final de la lucha sigue siendo el mismo: por el daño que se le inflige o por la aniquilación de sus fuerzas, una de las partes contendientes ha de ser obligada a abandonar sus pretensiones o su oposición. Este objetivo se alcanza en forma más completa cuando la fuerza del enemigo queda definitivamente eliminada, es decir, cuando se lo mata.Tal resultado ofrece la doble ventaja de que el enemigo no puede iniciar de nuevo su oposición y de que el destino sufrido sirve como escarmiento, desanimando a otros que pretendan seguir su ejemplo. Finalmente, la muerte del enemigo satisface una tendencia instintiva que habré de mencionar más adelante (Sigmund Freud. El porqué de la guerra)
“… Así se muestra la dinámica que puedo comenzar a llamar un camino, un recorrido, a saber, el paso del reconocimiento identificación, en la que el sujeto de pensamiento aspira al dominio de sentido, al reconocimiento mutuo, en la que el sujeto se coloca bajo la tutela de una relación de reciprocidad, pasando por el reconocimiento de sí en la variedad de las capacidades que modulan su poder de obrar, su agency…” (Paul Ricoeur. Caminos del Reconocimiento)
“Es el momento de recordar que los sentimientos negativos son resortes significativos de la lucha por el reconocimiento; la indignación constituye, en este aspecto, la estructura de transición entre el desprecio sentido en la emoción de la cólera y la voluntad de devenir un miembro del grupo en la lucha por el reconocimiento” (Paul Ricoeur)
En el ya conocido ensayo de Freud en que da respuesta a la inquietante pregunta de Einstein, donde le solicita indagar sobre “lo que podría hacerse para evitar a los hombres el destino de la guerra”, el pensador, que se declara a sí mismo “amigo de la humanidad”, aunque con cierto grado de pesimismo, deja abiertas algunas estelas de esperanza. Tanto el pesimismo como la esperanza nacen de la condición psíquica del ser humano; de la aceptación y la comprensión del doble carácter de la constitución del hombre, de la asunción de que somos ángeles y demonios, Eros y Thanatos. Estas dos grandes fuerzas que nos constituyen son los móviles, tanto de las grandes construcciones: la ciencia, el arte la filosofía y el derecho, como de los más profundas males: la guerra, las armas atómicas, la esclavitud y la colonización. Así mismo, el legado que deja Freud con sus estudios sobre la condición psíquica del hombre nos da argumentos, tanto para los temores de la incertidumbre, como para el abrigo de la esperanza al poner en evidencia la capacidad que tenemos de orientar la vida de la cultura, bien hacia la potencialización del Eros y la capacidad de solidaridad con los otros, o bien hacia la capacidad de dominación, de destrucción y de muerte.
Continuando con el desarrollo de ideas, cuyo tratamiento había realizado en el Malestar en la cultura (1930), en la respuesta a Einstein, Freud resalta el derecho con sus instituciones como una de las grandes producciones creadas por la cultura para dar salida a los impulsos, los cuales han salido triunfantes en muchas ocasiones de la lucha contra la fuerza, sin que ésta desaparezca nunca completamente. El derecho es una consecuencia de la fuerza; una forma superior, nueva, emergente de dar salida a los conflictos de intereses entre los hombres, tan presentes siempre; una manera distinta a la forma bélica de la fuerza y las armas. La solución a los conflictos a través de la fuerza hace posible que un solo individuo o unos pocos asuman el dominio y se hagan al poder mediante la supresión o la subyugación de los otros. En este caso, el individuo o el grupo que domina por la fuerza o mediante el poder de las armas puede suprimir al otro, evitar escucharlo y negarse a su reconocimiento. El manejo y el control de la sociedad a través de la fuerza es altamente beneficioso para quien posee el poder de las armas, pues al eliminar al disidente produce un escarmiento para los posibles contradictores. Sin embargo, frente a esta forma de resolver los conflictos de intereses y lograr un manejo más estable, menos fracturado de la sociedad y que beneficie a las colectividades, la cultura ha creado el Derecho y las instituciones, como un tejido de fórmulas de mediación que permitan la constitución de leyes y de normas que sean aplicadas a la mayor parte o todos los miembros de las comunidades. Pero la articulación mediante el derecho y las leyes no puede ser motivada sólo por la necesidad de supervivencia o de propiedad y poder. Ella debe ser movida por una necesidad moral que alimente la integración entre los individuos. Esa necesidad es el reconocimiento recíproco entre los humanos. Ya Freud había planteado la necesidad de un móvil basado en el Eros que los unificara en la tensión.
No me detendría un momento en estos estudios si no estuviera convencida de la importancia de los conceptos que han propuesto importantes pensadores como Freud y Ricoeur para dar cuenta de la interesante situación de tensión actual de la sociedad colombiana. La lectura cuidadosa del epígrafe nos pone en contexto. Asistimos hoy en Colombia a las dos formas de la lucha por la satisfacción de las necesidades básicas de distintos grupos sociales que componen el país, que podemos sintetizar en tres grandes grupos de necesidades: tener, poder y saber, es decir, la propiedad, el poder y el conocimiento. Las tres necesidades se tejen en la sociedad contemporánea de manera entrecruzada. El poder y el conocimiento dan acceso a la propiedad. Al tener y al poder se accede movidos por los dos impulsos básicos: el impulso agresivo encarnado en el daño a los otros, el egoísmo y la búsqueda de la utilidad personal, o bien, movidos por la búsqueda positiva del reconocimiento en el afecto, en el derecho y en las relaciones recíprocas. Ya Freud había señalado también la propiedad y la voluntad de dominio, como dos grandes necesidades del ser humano; Ricoeur las retoma y las reúne en las tres que hemos señalado.
La lucha por la fuerza para satisfacer esas necesidades se transforma en derecho cuando los más débiles se unen y forman comunidades para defenderse y reivindicar su satisfacción; la constante de la historia ha sido la existencia de conflictos de intereses entre individuos y grupos, así como entre diversos grupos de una comunidad, por la realización de la necesidades mediante el uso de la fuerza. La constante en nuestras sociedades es que pequeños grupos de individuos se apropien del uso de la fuerza para la conquista de sus intereses e ideales, ya sea mediante la manipulación de las instituciones, ya mediante el uso feroz de la fuerza y las armas. Sinembargo, aunque tener y poder constituyen la base de las necesidades no son las únicas fuentes que dan impulso al dinamismo social, el cual ha ido desarrollando otras formas de necesidades de tipo moral y cultural que van siendo sistematizadas y organizadas en la forma de valores, de derechos y de deberes.
Como hemos dicho, la historia del proceso de solución a los conflictos de intereses y la organización de la sociedad desde la figura de la fuerza hacia la del derecho ha estado atravesada desde el comienzo por los tipos de impulsos subrayados de la mano de Freud; dos tipos de impulsos que movilizan la evolución de la cultura hacia su desarrollo, proceso en el cual la realización de las necesidades de tener y de poder conservan su potencia. Tales impulsos básicos que mueven la cultura son Eros y Thanatos: un impulso de unión y construcción, otro de destrucción y odio. Se constituyen éstos en las dos más grandes fuerzas que gobiernan la vida humana, el impulso de vida o erótico y el impulso de muerte o agresivo. Nosotros aceptamos- dice Freud- (El por qué de la guerra) que los instintos de los hombres no pertenecen más que a dos categorías: o bien son aquéllos que tienden a conservar y unir –los denominamos “eróticos”, completamente en el sentido del Eros del symposion platónico, o “sexuales” ampliando deliberadamente el concepto popular de la sexualidad-. O bien, son los instintos que tienden a destruir y matar. Como usted advierte, no se trata más que de una transfiguración teórica entre el amor y el odio, universalmente conocida…” En las luchas de intereses en la cultura ninguno de los dos desaparece sino que se complementan, con base en esas características propias de los impulsos humanos que durante siglos han ido superando la dimensión puramente natural de los instintos y aparecen ya modificados por los fines, los objetos del deseo, los sentimientos, las necesidades espirituales y, en general, por la cultura.
Las salidas que ofrece la cultura al impulso tanático, para preservarse y evitar su destrucción, una vez entendemos que su eliminación es imposible, son la desviación de sus fines mediante la literatura, el arte, el deporte y demás actividades de catarsis, así como la búsqueda de su equilibrio mediante la potencialización de la fuerza del Eros. Cuánta vigencia les queda a las palabras de Freud: “A mi juicio el destino de la especie humana será decidido por la circunstancia de si –y hasta qué punto- el desarrollo cultural lograra hacer frente a las perturbaciones de la vida colectiva emanadas del instinto de agresión y de autodestrucción. En este sentido, la época actual quizá merezca nuestro particular interés. Nuestros contemporáneos han llegado a tal extremo en el dominio de las fuerzas elementales que con su ayuda les sería fácil exterminarse mutuamente hasta el último hombre. Bien lo saben y de ahí buena parte de su agitación de su infelicidad y su angustia. Sólo nos queda esperar que la otra de ambas “potencias celestes”, el eterno Eros, despliegue sus fuerzas para vencer en su lucha con su no menos inmortal adversario. Mas, ¿quién podría augurar el desenlace final?”
Dejemos que la fuerza del Eros o de nuestra potencia unificadora, amorosa y constructiva nos dé el aliento para encontrar salidas. Las producciones de la cultura nos ofrecen las señales. Una noción de la filosofía contemporánea da luces para abordar el problema. Se trata de la idea de reconocimiento. Aprovechando esta idea procedente del lenguaje común y que ha sido reconstruida y sistematizada por la filosofía es posible mostrar la capacidad de Eros para hacer avanzar a la sociedad en el Derecho y la solidaridad, en lugar de insistir en la fuerza de la violencia y la guerra. Esta idea nos da razones para insistir en Colombia en el tránsito desde la resolución de los conflictos -que nos atrapan por más de 200 años- mediante la figura de la fuerza de las armas, hacia la figura del derecho y del reconocimiento recíproco. Ese tránsito se apoya en la posibilidad de exaltar y engrandecer el Eros de modo que logre formas adecuadas de equilibrio y ponga límites a las fuerzas del impulso agresivo. El concepto de reconocimiento, como móvil moral que nace en el seno del Eros, del amor o del afecto, es una figura adecuada que en la historia de la cultura ha permitido esa tensión y esa confrontación con el impulso agresivo y que ha seguido el camino opuesto pero complementario de demandar el amor y el reconocimiento de los otros como fuente de la lucha por la constitución de una sociedad humana fundada en el derecho antes que en la fuerza.
Paul Ricoeur y Axel Honneth han hallado una idea que representa ese móvil en los estudios de Hegel en Jena: la noción de reconocimiento, que hace referencia a un proceso dinámico de la realidad, el cual ha tenido lugar en el movimiento de la historia real de los hombres y ha conducido a un desarrollo fundamental en la constitución de las sociedades. Según estos pensadores, el reconocimiento consiste en un proceso dinámico y de tensiones en el que las personas asumen y ejercen la tarea de “reconocer al otro”, “asumen la actitud de” o “toman la posición” de reconocer a los otros y reconocerse a sí mismos, en su dignidad y humanidad. Este proceso avanza en un movimiento dinámico desde el reconocimiento de los otros en relaciones cercanas de afecto, transita hacia el reconocimiento de sí, pasa por el reconocimiento de muchos otros y de nosotros a través de las instituciones y el derecho, y llega hasta el reconocimiento recíproco. En la historia, el proceso ha tenido tres momentos que se realizan de distinta manera en las diversas etapas de las múltiples comunidades y naciones. Ellos son el reconocimiento en el afecto, en el derecho y en la estima. El desenvolvimiento de los tres momentos ha estado atravesado por una figura fundamental que fue descubierta por Hegel: las exigencias y demandas de reconocimiento. En la ampliación de la figura del reconocimiento, el momento negativo en el que unos hombres demandan de otros la necesidad y la capacidad de ser reconocidos ha resultado ser necesario, pues solo la exigencia procedente de los no reconocidos, de aquéllos a quienes la satisfacción de las necesidades y los derechos les es negada, conduce a la sociedad a entrar en el proceso de ampliar y extender los derechos. Pues…“El reconocimiento iguala lo que la ofensa hizo desigual. Procede de la superación de la exclusión” (Paul Ricoeur)
El reconocimiento en cada uno de los momentos se presenta como una tensión entre la realización y la negación. Se presenta en la forma de afirmación del reconocimiento o de violación. La afirmación del reconocimiento afectivo conduce a la confianza de sí y la seguridad de sí y del otro; la negación aparece como desconfianza de sí y del otro. La afirmación del reconocimiento, en el segundo momento, aparece en la forma de incorporación de los miembros de la sociedad en el sistema de leyes y en las instituciones que los rigen. En su realización positiva conduce al respeto de la dignidad de los otros y la dignidad de sí. Así mismo, la negación del reconocimiento conduce a la pérdida del respeto y la dignidad. El tercer momento es el del reconocimiento recíproco que consiste en la aceptación y asunción del otro en cuanto ser moral, donde se acepta y reconoce al otro en el marco de un sistema de valores trazado por la sociedad. En este caso, se trata de un reconocimiento en el valor, es decir, por el rol y el valor que, como persona, el sujeto encarna en la sociedad. Esta forma del reconocimiento conduce a la estima de sí y del otro. Ricoeur insiste en que un reconocimiento que avance verdaderamente en la asunción del otro en su humanidad y su ser persona, debe asumir y tener presente siempre el reconocimiento en el afecto para progresar hacia el reconocimiento mutuo.
Porque el reconocimiento es una necesidad no tanto del ámbito de la pasión sino del entrecruzamiento entre sentimiento, voluntad y entendimiento. El movimiento se da en varios niveles en cuanto expresa la realización de capacidades de los seres humanos: la capacidad de “reconocer” a los otros; de dignificarse y crecer en el reconocimiento; de necesitar y demandar ser reconocido; y de participar en el avance del reconocimiento recíproco si acepta la demanda del reconocimiento del otro y “se dispone a” reconocer. Estos niveles producen un dinamismo social muy productivo en cuanto el reconocimiento del otro conduce al reconocimiento recíproco y hacia la afirmación de sí mismo.
Pues bien, quisiera afirmar que de eso se trata, en gran medida, el proceso de paz en Colombia. De propiciar un avance en el camino de la lucha por el reconocimiento que tantos aportes ha hecho al desarrollo de la sociedad humana. En eso consiste el reto, en el avance hacia la resolución de los conflictos a través de la mediación del reconocimiento; pues la superación de la vía de la solución de los conflictos a través de la fuerza y las armas significa un avance en el camino hacia el reconocimiento de los otros y el reconocimiento recíproco, no solo de quienes han entablado esa lucha por sus intereses, sino de la sociedad civil, en general. La solución violenta, como lo hemos afirmado, se basa en la supresión del otro para evitar el reconocimiento de su dignidad o de su ser persona. Un repaso a los significados del término “reconocer”, según como lo interpreta Ricoeur a partir de las entradas del diccionario, permite esclarecer el asunto:
-I. “Aprehender un objeto por la mente, por el pensamiento, relacionando entre sí imágenes, percepciones que le conciernen; distinguir, identificar, conocer mediante la memoria, el juicio o la acción”. Reconocer a otro como un ser humano.
-II. Aceptar, tener por verdadero, (por tal); reconocer del otro un rol, un papel.
-III. Confesar, mediante la gratitud, que uno debe a alguien (algo, una acción)” Reconocer una falta y una deuda.
En la experiencia histórica de Colombia, tan marcada por la persistencia de distintos tipos de conflicto, cabe aceptar que éstos han sido afrontados a través de distintas formas de fuerza o violencia. Ya nos decía Freud que los distintos individuos y grupos sociales participantes en una comunidad como la nación, entran en conflictos de intereses, los cuales están movidos por las necesidades de tener y de poder. Siguiendo a Ricoeur hemos sugerido que a éstas se unen las necesidades de reconocimiento de la persona en los derechos y deberes que la sociedad ha ido sistematizando como propias de un sistema social de derecho. Este es el caso de la sociedad colombiana. Asistimos hoy y venimos asistiendo desde el siglo XIX a una fuerte tensión de conflictos de intereses: al intento de construir una sociedad de derecho, en la que se vayan ampliando los derechos y deberes, así como sus posibilidades de realización, pero en la que su legalización se torna casi imposible o de difícil cumplimiento, así como su realización en la vida práctica, por la misma lucha de intereses. Esa es la razón de la fragilidad de las instituciones en Colombia, las cuales son manoseadas y manipuladas por grupos sociales que pretenden conservarlas a su servicio, bajo la égida de sus intereses. Son los mismos grupos que asumen como su tarea principal obstaculizar la posibilidad de que esas instituciones se construyan y se pongan al servicio de las mayorías. Mediante las corrupción, la fuerza y la ideologización manipulan al país hacia la deslegitimación del derecho y las instituciones.
Dichos conflictos entre distintos grupos en Colombia son de tres tipos: económicos -lucha por la propiedad de la tierra, del capital, de la industria; sociales -por la realización de derechos y oportunidades de llevar una vida social digna- ; y políticos –los conflictos por la autoridad, el poder y la participación política en sociedad. Los grupos que intervienen en estos conflictos son de muy diversa índole de acuerdo con los intereses a los cuales se inclinan, que generalmente son gobernados por la propiedad en forma de riqueza material a la cual someten los demás intereses.
La experiencia del proceso de paz en Colombia le apunta al paso de la resolución de un conflicto histórico desde la figura de la fuerza hacia la figura de la institucionalidad o el derecho. Implica una lucha histórica por el reconocimiento, razón por la cual el proceso requiere el paso hacia el reconocimiento recíproco de los actores en escena. Implica que cada uno de los contendores asuma, acepte y reconozca su lugar y su papel en las dinámicas del movimiento. En este momento el proceso se realiza entre dos contendores en conflicto a los que conviene darles un nombre propio, pero figurativo, porque representa a un sector social de intereses, por lo que deben entenderse en sentido amplio: Santos y Timochenko.
Para que la relación de Santos con Timochenko se dé en el reconocimiento, el primero debe reconocer al segundo en su singularidad y en su humanidad, así como en el rol desempeñado en la sociedad, en el papel de dirigente guerrillero, como también en el del ser humano que ha luchado por ideales, así estén desvirtuados por la crudeza y el deterioro de la guerra; debe entenderlo en la fragilidad del ser humano que se equivoca y comete errores, pues es tanto demonio como ángel. La interpretación de los significados de “reconocer” y de “reconocimiento” nos orienta en la comprensión de esa experiencia. Santos debe reconocer al otro, a Timochenko, en la memoria. Debe entender que es fruto de una lucha trágica e histórica de comunidades vulnerables por el reconocimiento de sus necesidades y derechos. El impulso recibido por el conflicto armado en la década de los 50 en adelante da cuenta de ello, pues sabemos que la guerrilla nace de la impotencia y el esfuerzo de algunas comunidades por lograr el reconocimiento de sus derechos a tener acceso a la propiedad de la tierra, a mejores condiciones de vida, a resolver las necesidades básicas como alimentación, salud, educación, y a la participación en política.
Cuando los canales de comunicación para resolver las demandas de reconocimiento fueron rotos mediante el incumplimiento de los pactos y las promesas, se impulsó la fuerza como mecanismo para buscar las salidas. Por tanto, hay un tercer sentido de “reconocer” en el que se debe comprometer Santos: en el reconocimiento de la deuda. Debe aceptar la deuda de reconocimiento de los otros –de las comunidades campesinas y las clases populares- que la clase política colombiana tiene pendiente. El problema de fondo es la necesidad de reconocimiento que demandan amplios sectores de la sociedad, a raíz de la cual exigen que les sean realizados los derechos más básicos, los mismos que llevan 200 años de historia prometida y frustrada. Doscientos años de promesas respecto a la legalización institucional y la realización de la libertad, la justicia, la equidad y la democracia, pero que se presentan en la vida práctica en la forma de fracaso, frustración e impotencia por la negación del reconocimiento. Pero “reconocer” la deuda conduce a la necesidad de pedir perdón y de reparar el daño para caminar en la reconciliación. Porque la experiencia de “pedir perdón” requiere una intención sincera que se oriente hacia la reparación. Mientras tanto la reconciliación no es posible.
Pero si el reconocimiento es recíproco, también Timochenko debe realizar el ejercicio de reconocer al otro, a aquél que representa al Estado y a la clase política. Debe reconocerlo en tanto figura política que encarna y representa una memoria social y política; en tanto figura institucional, lo que simboliza el reconocimiento de las instituciones que representa. Debe reconocerlo como figura que, aunque encarna la memoria de una clase social altamente responsable del daño ocasionado, tampoco lo es directamente de todos los fracasos y las frustraciones producidas por las heridas al reconocimiento en los siglos de historia. Su representación es simbólica como también lo es su papel en el poder y la práctica del perdón. Igualmente, Timochenko tiene la obligación de reconocer la falta, la falla y el daño practicados en el ejercicio de la guerra. También él debe pedir perdón por las heridas producidas por el deterioro de la guerra, buscar la forma de enmendar el daño y contribuir en la reconciliación.
Una falta básica debe ser reconocida por el representante de la lucha armada: el error del dogmatismo, el cual se representa en dos ideas centrales: en la seguridad de que los fines están claros, bien definidos y son aquéllos que el grupo que representa ha formulado; y en la idea de que los medios están justificados por ese fin. La segunda falta ya ha sido reconocida, razón por la cual, han decidido dejar las armas y buscar la resolución de los conflictos a través del debate político, la persuasión argumentada, la vía del derecho y las instituciones. Posiblemente hayan entendido que la vía de la violencia se desenvuelve en medio de la negación del reconocimiento, incluso de las comunidades más desprotegidas, como los campesinos. Pero respecto al asunto de los fines, el reconocimiento de la falta todavía no es claro. Aún es preciso reconocer los dogmatismos y someterlos a la crítica; se requiere llegar a acuerdos con los distintos grupos sociales de intereses acerca de los fines hacia los cuales orientar el desarrollo de la sociedad. Una idea orientadora integra a amplios sectores del país: la necesidad de propender por una sociedad articulada por la equidad, la justicia social, la libertad y la democracia política. Respecto al contenido que podría darse a esos ideales todavía confluyen opiniones distintas, razón por la cual el horizonte del proyecto de la nación que nos sirve de Telos debe ser construido colectivamente mediante acuerdos y con la participación de amplios sectores.
Otra figura social y política conviene subrayar por el perjuicio que ocasiona en la generación del reconocimiento que se expresa en el trayecto y en los resultados del proceso de paz, ante todo, por la confusión que produce en la sociedad civil. Se trata de la figura de la posición más extrema, denominada de “extrema derecha”, que niega la posibilidad de resolver los conflictos mediante los mecanismos de las instituciones, los argumentos y el derecho. A través del argumento y el sofisma del ejercicio absoluto de una justicia rígida, meramente formal y por fuera de contexto, se niegan a aceptar y a reconocer el origen de los conflictos, las demandas de reconocimiento que deben satisfacer y la deuda que tienen pendiente con la nación. En nombre de “una justicia” completamente “injusta” esconden las verdaderas características e intereses de sus prácticas: se mantienen en la defensa de sus intereses que son aún los de la propiedad y el poder, mediante el ejercicio de la fuerza y de las armas; niegan la posibilidad del reconocimiento de los derechos básicos a las comunidades más humildes; niegan la posibilidad de la participación en política y, por tanto, del ejercicio de la democracia; buscan, como las hordas primitivas, negar el reconocimiento del adversario, suprimiéndolo o matándolo, con el fin de negar la aceptación de sus demandas de ser reconocido. Una paradoja testimonia las contradicciones en que cae ese grupo, pues mientras en el lado positivo de la balanza de la justicia insiste en la defensa de una posición religiosa, se niega a aceptar las posibilidades de reconocimiento que ella misma enseña, haciendo énfasis en el lado negativo del odio, la venganza y el no perdón. Esconden la capacidad de generosidad que requiere la actitud de reconocimiento porque no quieren donarlo. En síntesis, cabe reconocer que la función realizada por la derecha, ideológicamente más conservadora, en la historia del país consiste en sacar ganancia tanto del uso de la violencia como de las instituciones al precio de impedir el avance hacia el reconocimiento recíproco.
Finalmente, debemos destacar una última e importante figura: la sociedad civil, a la cual le ha sido otorgado un reconocimiento en este proceso, al mantenerla informada de los avances de la mesa de diálogo y al haber sido invitada en varios escenarios a la participación en el debate: los medios de comunicación –TV, radio y prensa escrita-, los canales universitarios y las organizaciones sociales. Además, se están promoviendo programas de pedagogía para la paz con el fin de conseguir la expresión de una opinión bien informada mediante la convocatoria a un plebiscito que debe refrendar los acuerdos alcanzados. En este sentido, es importante que la sociedad civil tenga claridad sobre el tipo de conflictos que se debaten y se dirimen en La Habana: no está en debate el modelo económico ni los conflictos económicos del país; muy escasamente se esgrimen los conflictos sociales como la pobreza, la educación, la salud o el desempleo. El tipo de conflicto que se dirime en la Habana es, especialmente, el conflicto político. Pues se trata de la discusión acerca de las formas de participación activa y eficiente en la vida política del país, escenario desde el cual podría trabajarse por los otros tipos de conflictos. La demanda al proceso de paz es una exigencia de grupos sociales para que les sea reconocida su potencia de participar en las transformaciones que el país necesita por medio del debate público, institucional, legal y jurídico. Se aspira a sustituir, como fruto de los acuerdos, la confrontación mediante las armas, por el debate de las opiniones sobre los modelos -económicos, sociales y políticos- que el país requiere, a través del ejercicio de la argumentación y la persuasión. Es una búsqueda de la ampliación y realización adecuadas de la democracia, negada ésta durante los dos siglos de vida social de derecho. En la diferenciación entre los conflictos económicos y políticos, la izquierda colombiana aún tiene confusiones al menospreciar la importancia del desarrollo de una vida política democrática que permita el avance en la resolución de los otros conflictos -económicos y sociales-, los cuales, aunque están relacionados, no pueden confundirse.