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Denme la palabra

Para comenzar, me surgen dos preguntas: una de tipo retórico: ¿qué se puede decir del lenguaje que ya no se haya explicado antes?; otra de tipo estético y ético:¿cómo hablar de la lengua con palabras que no suenen huecas, hueras, vanas?

La primera pregunta puede abrir un camino que nos haga perder, o invitarnos a entrar en un laberinto; o, en lenguaje coloquial, embolatarnos. De manera simple, es cierto que ya este tema se ha tratado en extenso, ¿pero será todo lo que hay por exponer?; además, también es ingente lo que no hemos escuchado ni leído ni conocido. Nos queda la posibilidad de hablar de lo proferido por otros, como un reconocimiento a su memoria y a su sabiduría. Hay que hacer diferencias, de todas maneras, entre lo hablado sobre lo hablado; lo hablado sobre lo escrito; lo escrito sobre lo hablado y lo escrito sobre lo escrito. Este amplio panorama no sólo es un ejercicio de sintaxis, formal, sino que demuestra las mutaciones del lenguaje y del pensamiento.

¿Qué podremos enunciar que sea original? ¿La originalidad es una pretensión innecesaria? Es un hecho, el uso del lenguaje es nuestra creación más propia, más personal y hasta más íntima (En la Biblia se escribe: “María guardaba todas estas cosas en su corazón”). Podemos repetir las oraciones de los otros, de nuestro entorno, pero en nuestra boca serán únicas, serán un acto de comunicación y de presencia. Es un hecho, siempre en la vida común se nos escapan expresiones felices, como destellos de lucidez, de ingenio, que no son privativas de los doctos. Un campesino de Santa Rosa de Osos decía: “Si nosotros no nos equivocáramos, los lápices no traerían borrador.” Tal vez habría que preguntarles a los niños, a los locos, a los más simples, para encontrar a los descubridores de las metáforas.

La otra pregunta puede volverse un juego, un torneo, una contienda, o hasta dejarnos, como comentaban antes en los pueblos: sin pronuncia. Bueno, ¿las palabras de quién son? ¿Acaso no son de quien las lanza?; entonces ¿los huecos, hueros y vanos son los dueños o son éstas, las palabras? ¿Acaso Borges no pudo haber hecho de “un lugar común” un discurso? Claro, otro asunto es la pobreza del léxico, si se tienen muy pocos vocablos y éstos son los mismos de siempre y los de todo el mundo, no hay nada que hacer, “de la abundancia del corazón habla la boca.” De igual manera, hay quien hace de una voz sencilla una oda, un artilugio, un milagro…, como sucede en el haiku japonés. Tal vez en el origen estaba la onomatopeya; y luego fue la anáfora (repetición), como en las rondas infantiles: aserrín, aserrán; o como en las profundas liturgias: Kyrie eléison, Christe eléison

Es la tensión permanente entre el sonido y el sentido, a la que se refiere De Saussure; acontecen la metonimia y la polisemia; es tanto la dificultad por establecer una frontera, como la ocasión para valerse de un recurso. Hueco, huero y vano pueden ser sinónimas, redundantes, barrocas, lo que sea. ¿Y quién me pone cortapisas? Si lo que quiero es divertirme y llamar con las unas a las otras, y hacer que se asomen: oquedad, güero, vanidad; agujero, orificio, levedad, vaciedad y memez…lávil, huraco, buraco, abertura, ventana y tronera… ¿y a dónde vamos a parar?

Es preciso indagar por los viajes que las palabras han hecho hasta llegar a nosotros, por quiénes las han atesorado y despreciado, esto es lo que definen las etimologías; hay que reconocer la riqueza del sentido, las evocaciones que sugieren, las resonancias, para poder acertar, saber usarlas y al fin ser precisos y concisos.

Podríamos discutir la sinonimia y la homonimia, ¿realmente hueco, huero y vano, son lo mismo, son idénticas? ¿O cada una tiene un mensaje? ¿Hay una línea divisoria taxativa?; ¿huero y güero quién las usa, dónde y cuándo? Para dirimir esta cuestión podríamos invocar a León de Greiff, quien produjo palabrerías de fantasía o fantasías de palabrerías.

También es la gran exigencia de la traducción, ¿se pueden verter las palabras de una lengua a otra sin que se transformen, se traicionen o se pierdan? ¿En qué quedará un ‘ahorita’ en otro idioma? Nosotros, en español, decimos “ojalá”, preferimos no traducirla, era propia de los árabes que vivieron en la Península, law šá lláh, si Dios quiere, y sin ser musulmanes estamos alabando a Alá.

No se afanen si el asunto es de economía del lenguaje; si de esto se trata: ni lo innecesario ni lo insuficiente. En cada caso hay que escoger y decidir, es la hora de ejercer la voluntad, la libertad y de hacer lucir la inteligencia.

¿Qué se pretende con esta introducción? Sólo un objetivo: “concienciar” el lenguaje. También podría ser: hacer conciencia, ser conscientes o crear conciencia del lenguaje; lo que sea. Concienciar no es lo mejor definitivamente. Además, si yo estoy con conciencia, entonces quedaría más correcto: conconcienciar. (Por lo que más quieran: ¡nunca concientizar!). ¿O nos estamos emborrachando? Sólo es importante saber que la conciencia es conciente en el lenguaje, y el lenguaje inconciente o es sueño, o trastienda de la mente o mero ruido, balbucir, farfullar, rezongar, mascullar, musitar… Ya está bien.

Perfectamente se puede usar la lengua sin tratar de entrar en su estructura; como los infantes, los enajenados, los desentendidos, que se apropian de un lenguaje básico, y con eso les basta; o como muchos otros que actúan con ayuda de la voz, la instrumentalizan; la envían a cumplir cometidos, pero a veces ni se detienen a considerar los sonidos que emiten. Esto es propio de las palabras performativas: maldecir, jurar, etc. Martin Heidegger habla del construir, el habitar y el pensar, para concluir que ‘el lenguaje es la morada del ser‘; somos realmente humanos, constructores, habitantes y pensadores en el lenguaje.

La costumbre es entrar lanza en ristre contra los profanadores del lenguaje. Es éste un combate contra los molinos, desde Cervantes Saavedra. De nada valen la defensa, la insistencia en el respeto de las formas en desuso y la semántica cansina y hermética. Por lo demás, ni nosotros construimos nuestra propia lengua, y ésta ni si inmuta con las contingencias de nuestras vidas particulares. Fuera de los puristas más bien estériles, hay seres verbales más que viscerales, que viven y hacen revivir, renovar su propio idioma. Comentan los expertos que después del Quijote se incorporaron una centena de lexemas al español. Esto es demasiado pedir. Hay grandes pensadores, científicos y filósofos, artistas, que pagaron la venida con acuñar uno que otro término, como: cerámica; zen, tao, avatar, abba; alfabeto; polis, civitas, burgo, república; polifonía, perspectiva; duda metódica; individuo, ser en sí, crítica trascendental; libertad, igualdad, fraternidad; evolución; impresionismo, relatividad, incompletitud, fractal, teoría del caos, cuántica, quark, perestroika, genoma, sinapsis, entre otros.

Estos creadores tienen que trabajar con el conocimiento y con el lenguaje; su obra siempre desborda el léxico y sus proposiciones confrontan y transmutan su tiempo y la existencia de sus coetáneos. Lo más normal es apropiarse de las palabras como continentes, tenerlas para depositar en ellas los contenidos; pero como en la parábola, no se puede guardar vino viejo en odres nuevos, porque éstos se hinchan y se revientan. Lo excepcional es anticipar los contenidos y encontrarse desprovistos de palabras y de producciones artísticas, científicas y filosóficas que les correspondan. Cuando estos “sujetos” agotan el léxico, cuando penetran en lo abstracto, en lo teórico, no prescinden de lo lingüístico, sólo se internan en los lenguajes formales, en los metalenguajes, en las metaestructuras.

Junto con ellos, con los grandes genios, el lenguaje articula, estructura el mundo y al mismo tiempo crea su propio universo. El lenguaje es autorreferido, no hay que preocuparse por hacerlo digno, moral, correcto, bello, esto no es más que una empresa infeliz; qué más da, si él se justifica a sí mismo. Sinembargo, el lenguaje habla de quien lo pronuncia, o según Heidegger, “devela”. Si se pregunta quiénes son los hablantes, por sus códigos, su sintaxis y su semántica, las estructuras subyacentes, podemos desentrañar cómo será su forma de pensar; como es su cartografía, su poiesis y sus métodos de aprendizaje, sus conceptos de sociedad de persona humana. Wittgenstein es más directo, afirma: los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo.

Somos habitantes de las urbes y de las redes, de la Internet, nos preciamos de ello, pero si tenemos un léxico exiguo, si no tenemos conciencia del lenguaje, nuestro mundo es estrecho de manera definitiva. Nuestras expresiones son continentes insignificantes y por esto nos tenemos que apoyar, complementar, con las expresiones de emotividad y con las imágenes visuales y sonoras; hemos regresado a la época del gesto, de la mímica, a la ostensión; sólo tratamos y podemos comunicarnos sobre aquello que está a nuestro alcance (confundimos, además lo real y lo virtual); es la completa negación del signo. Los signos se requieren para remplazar las cosas y el mundo, lo real y lo irreal; siempre son sucedáneos, su papel es éste, como lo afirma Peirce; pero vamos dejando los signos a un lado y pretendemos retener el universo con los sentidos: sólo es cierto lo que percibimos, lo que nos impacta, lo que nos motiva; estamos de vuelta al principio de la historia: al conocimiento de lo concreto, de lo particular y de lo subjetivo. El futuro que nos espera es la involución, preocuparnos por coordinar comportamientos de seres vivos gregarios, el pre-lenguaje, la comunicación sobre lo social; que no haya dilación entre pulsión y deseo, como en el útero materno.

Qué alarde de tecnología y de información, estamos atados a los medios, somos homo videns, seres audio visuales, la virtualidad se impone. ¿Esto necesariamente conlleva una conciencia del lenguaje? Sabemos tan poco de la historia, no es nuestra culpa, qué más disculpa. En Europa y en el Medio Oriente y en India, primero fue la lectura en voz alta, luego la interiorización y el estudio personal, como un verdadero privilegio. Una cultura de la lectoescritura no se improvisa, y si se tiene un pensamiento lógico abstracto, alfanumérico, racional, necesariamente la audio-visión no impedirá una experiencia reflexiva. Los medios serán lo que son, medios, y no necesariamente el medio será el mensaje. El medio obnubila con facilidad a las personas que anidan en nichos premodernos y míticos. Esto es lo que sucede en las periferias, en nuestros países, donde no estamos preparados, todo nos llega tarde, no hemos completado la alfabetización, no hemos dejado de leer tarareando; hacemos de los signos formales, otros iconos, formas análogas… Y somos tan ingenuos que creemos que la pedagogía, o la comprensión de los contenidos, se enriquecerá y se transformará con las ayudas audiovisuales, con la exposición a los medios. Hemos lanzado diatribas contra la televisión, porque nos parece indecente, violenta, agresiva, trivial… puros calificativos insulsos. Qué sucede: este aparato no es ni lo uno ni lo otro; es diferente una pantalla de televisión a una de computador (por ahora, esto no será así en poco tiempo); porque en la primera no hay detenimiento ni silencio; la tele no nos deja estar solos. La conciencia de lo lingüístico requiere de introspección, y la lectura individual prepara para la duda, para el estudio sistemático, la observación metódica y la formalización.

Para no extendernos, la conciencia de lo lingüístico es constitutiva, condición sine qua non para la Modernidad y para la vigencia del proyecto moderno. Esta conciencia conlleva la otra conciencia, la de la crítica y el reconocimiento del individuo como valioso en sí mismo. Las hablas son la pluralidad, la corresponsabilidad, remiten al núcleo del parentesco. Es increíble que en unas sociedades cosmopolitas, aún en la contemporaneidad, hayamos reconstruido las tribus, que sólo nos sintamos seguros en manada, y las identidades dependan del reconocimiento de unas jergas, de unos ademanes casi rituales (como sucede en el deporte, en los cultos, en el comercio y en las conductas masivas). Dicen los antropólogos que, en medio de multitudes, tenemos un círculo de relaciones comparables con el de un personaje del Neardental. Sólo quien puede leer y escribir por sí mismo, puede descreer, enfrentar la autoridad, protagonizar el disenso, tener su propia voz y crecer en su conciencia autónoma. De todas maneras no hay que ser simplistas, ni crear falsas expectativas, también los instruidos escogen como opción de vida, ser injustos, insensibles, anodinos, se deprimen y se angustian, se suicidan; de esto no nos vamos a librar.

Marcar diferencias, fragmentar es indispensable para el análisis, para el conocimiento, la comunicación y la cultura. Nosotros enunciamos y escuchamos cadenas fónicas, que se enmarcan en la pragmática. Pero entre una proposición y otra hay un espacio-tiempo; un espacio que nos separa del otro; una pausa mínima, una agonía, una incertidumbre, antes de reiniciar. Al escribir, el tiempo se hace espacio, la diferencia se establece en blanco, hay que dar un salto para tocar la siguiente grafía. Si antes no se ha leído, si no ha se ha enfrentado la página escueta, no se está preparado para abordar signos formales, una sintaxis unívoca el concepto en sí. En un cero (0), para el caso, hay confluencia de expresión y contenido, pero es enteramente abstracto.

Estos procesos intelectuales son propios de la Modernidad y de Occidente, han favorecido el statu quo en que habitamos, producimos, creamos y conocemos; pero no son ajenos a los del artista de las cuevas rupestres; del comerciante sumerio; de los calígrafos chinos; de los presocráticos; de los amanuenses medioevales; de los mayas observadores de los astros y conocedores del cero; de los poetas de todos los tiempos y de los místicos.

Pero el hombre no se salva sin su lenguaje, no hay humanidad sin lenguaje. Aún más, es tan importante el lenguaje que nos ha regalado con palabras como: silencio y soledad; como intimidad, privacidad, solipsismo; egoísmo, yo, tú, él, nosotros; criterio y albedrío, mutismo, ensimismamiento e interioridad, espiritualidad, contemplación.

Margarita Yourcenar apunta: “Escribir es hablar y callar a la vez. Alguna vez esto también significa cantar.” El silencio y la soledad de los hombres también son lingüísticos, de esto puede hablar con propiedad San Juan de la Cruz, quien de verdad primero se dictó los poemas a sí mismo, antes de escribirlos, porque estaba en la cárcel de Toledo, en la mazmorra, aislado y al oscuro, enterrado hasta la cintura; él, en semejantes circunstancias, se refiere a la “música callada” y a “la soledad sonora”.

Es sabio, como asevera Wittgenstein, pensar en que Si una pregunta puede siquiera formularse, también puede responderse. Pero es un borde de la humanidad, declarar, como dice el mismo autor: De lo que no se puede hablar hay que callar.

El Evangelio de San Juan, en un contexto griego y con un ascendente hebreo, abre sus páginas con la sentencia: El verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros. ¿Llegará un tiempo en que el hombre se haga verbo? ¿El verbo es la prerrogativa para el hombre? ¿Para ser como dioses, como en la tentación más antigua, y por la que Adán y Eva merecieron la expulsión del ‘jardín de las delicias’; o para ser hombres en plenitud, o para alcanzar, con palabras de Cortázar, la Antropofanía? Para lo que sea, el verbo es el hombre.

He dicho al principio, “denme la palabra”. Se han fijado que para poder manifestarnos pedimos la palabra, los otros son quienes nos dan la oportunidad de hablar. Hablamos ante una pluralidad y el plural también se ha usado para ostentar majestad (el Papa firma: Nos, el Pontífice…); o nos hablamos a nosotros mismos, como en un desdoblamiento que nos reencuentra o nos enloquece.

Qué más podemos pedir, qué mejor nos pueden dar sino es la palabra. Este acto tiene profundas consecuencias: que me confieran la palabra significa que me dejen hacer visible, audible, presente; que me dejen ser. Esto puede ser crítico en ciertos contextos, porque mi hablar implica la posibilidad de confiarme una responsabilidad; puede abrir una brecha, puede ser el inicio de un insulto, de una mentira, de un improperio, de un ejercicio de poder, o también, la ocasión para un canto, una plegaria, un discurso sabio, una proclama política… Asimismo, mi palabra puede convertirse en un silencio. Como dice Octavio Paz, las palabras digan esto o lo otro, nos dicen.

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Edición No. 138