Diálogo de Rubén Sierra-Mejía con Danilo Cruz-Vélez
Apartes del libro: Rubén Sierra-Mejía. La época de la crisis. Conversaciones con Danilo Cruz-Vélez. Ed. Universidad del Valle, Cali 1996
En 1985, para atender una solicitud del Boletín cultural y bibliográfico, que publica la Biblioteca Luis Ángel Arango, usted me concedió una entrevista en la que tratamos varios aspectos relacionados con su formación y su obra filosófica, pero pocos relativos a los primeros años de su carrera de escritor, que hay que situar en Manizales, en época en que usted aún era un estudiante de bachillerato.
– Quiero entonces comenzar esta conversación preguntándole por sus lecturas de entonces, sus primeros artículos, sus amistades.
Danilo Cruz-Vélez. Los últimos años de mis estudios secundarios en el Instituto Universitario de Manizales fueron decisivos en lo referente a mi orientación literaria y a mi vocación de intelectual. Pero debo recordar que yo había iniciado mi bachillerato en Popayán, donde desperté casi un adolescente a la vida de la cultura. Yo venía de una región donde este tipo de vida era casi nula. Mis familiares pertenecían a la esfera de la ganadería, por el lado materno, y provenían de las regiones de Salamina y Filadelfia. Por el lado paterno, mi familia había estado en conexión con la minería. Mi abuela paterna era hija de un alemán, Julius Richter, que vino a Colombia en 1848, contratado por una empresa inglesa, a trabajar en las minas de Supía y Marmato. Ese era pues el ámbito vital de mi niñez, muy alejado de la vida intelectual y dentro de una región y unos conglomerados humanos que no conocían el arte ni la literatura y, podemos decir, que no tenían aún historia. Llegué a Popayán y me encontré en una ciudad orgullosa de su importantísimo pasado histórico y que vivía para las cosas del espíritu. Que conservaba huellas del arte colonial verdaderamente valiosas y que contaba con un héroe literario, que era Guillermo Valencia. Eso me produjo un choque muy fuerte. Creo que desde entonces yo estaba destinado a seguir una actividad dentro de un campo que no fuera el que traía de mi región y de mi familia. En el hombre hay una misteriosa predestinación originaria, es decir, una especie de fijación en un determinado camino de la vida, y esto es su vocación. Posiblemente en mí estaba latente esa predestinación. Pero fue en Popayán donde nació mi vocación literaria.
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– R.S.M. Regresemos entonces a sus años de formación.
D.C.V. En los últimos años de mi bachillerato se acentuó mi vocación por la vida literaria. Debo reconocer que en aquella época había en Manizales unas circunstancias culturales que estimularon fuertemente mi vocación. Manizales vivía en aquellos años la mejor etapa de su historia intelectual. La Patria, el diario informativo y político del Departamento de Caldas, bajo la dirección de Silvio Villegas y gracias al generoso mecenazgo del propietario del periódico, Pacho Jaramillo Montoya, se había puesto en una forma que aún sorprende al servicio de las letras. La Editorial Zapata, que publicó obras de Baldomero Sanín Cano, Fernando González, León de Greiff y de muchos otros escritores nacionales, se había convertido en una de las mejores editoriales del país. Las librerías, principalmente la de Luis Gómez, traían todo lo que se estaba produciendo en España, en Argentina y en Chile. En una ciudad tan pequeña como Manizales todo esto produjo una efervescencia literaria, una vida espiritual y artística, un gran clima intelectual. Eso estimuló considerablemente mi naciente vocación, todavía muy vaga; afianzó esa vocación, sería la expresión precisa. Fue un ambiente de muchas incitaciones, como no lo había tenido antes la ciudad y como no lo volvió a tener después.
Pero para el esclarecimiento del camino que yo debía seguir lo decisivo fue mi encuentro con un profesor y un condiscípulo de mi colegio. Mi profesor de historia había logrado, sin salir de Manizales, adquirir una información formidable sobre todo lo que estaba ocurriendo en las ciencias de la cultura y en especial de la filosofía. Él fue el primero que me habló con mucha precisión y con una gran conciencia de la empresa cultural que estaba llevando a cabo Ortega y Gasset en España. Y me habló de varios libros del filósofo español. Pero no sólo de éste. Recuerdo que un día, en un café de la ciudad, me hizo una explicación minuciosa del pensamiento filosófico de Henri Bergson, de la que yo, por su puesto, no logré entender mayor cosa. Pero lo más importante de todo, me hacía consultar con frecuencia la monumental Historia universal, obra colectiva en diez gruesos volúmenes, bajo la dirección del profesor Walter Goetz, de la Universidad de Leipzig, y que reunió a los mejores especialistas europeos del momento. Es una obra que logra trazar una imagen unitaria de la historia humana, desde sus orígenes hasta los tiempos actuales, sin excluir ninguna de las fuerzas culturales activas en ella, superando así la unilateralidad de la ciencia historiográfica anterior, que había sido predominantemente una relación de sucesos bélicos o de conflictos políticos y religiosos. Mis frecuentes lecturas de varios de sus apartados, suscitaron en mí una gran admiración por la ciencia alemana, admiración que fue decisiva en mi evolución posterior y que aún perdura. Por primera vez adquirí conciencia de la importancia de Alemania, iniciándose, por decirlo así, aunque en una forma muy débil todavía, un contacto con el sector de la cultura europea que más ha influido en toda mi trayectoria intelectual.
Mi condiscípulo, que era…
– R.S.M. Perdón, Danilo, ¿no es una deslealtad mantener en el anonimato a ese profesor que tanto lo orientó en los primeros años de su formación literaria?
D.C.V. Cierto. Usted tiene razón. En el primer momento pensé que porque había desaparecido de la escena literaria no era necesario mencionarlo. Pero creo que hay que hacerlo, pues pertenece a mi vida. Se llamaba Rogelio Escobar-Angel….
– R.S.M. Sé quién era… Dirigió en Manizales una revista que tuvo mucha audiencia llamada Pensamiento y vida, donde él publicaba sus artículos. Murió en un accidente, atropellado por una bicicleta, si no recuerdo mal en 1958.
D.C.V. Así es. Y tuvo también una librería. Creo que era la Librería Centenario. Pero en ese entonces yo ya vivía en Bogotá. Rogelio Escobar-Angel llegó a figurar como una de las personalidades más destacadas de la vida intelectual de Manizales. Era un estudioso apasionado, pero desafortunadamente no escribió casi nada. Sólo algunos artículos publicados en revistas locales, que he olvidado totalmente.
R.S.M. ¿Y el compañero de estudios?
D.C.V. Y el condiscípulo vive todavía. Estudió medicina y luego se especializó en psiquiatría. Actualmente es un distinguido profesional en este campo. Su nombre es Guillermo Arcila-Arango [1919-1998]. ¿Lo conoce?
– R.S.M. Sí, por supuesto. Lo traté cuando yo vivía en Manizales. Llegó a ser rector de la Universidad de Caldas. Después se vino a vivir a Bogotá, y nunca más lo volví a ver. Es una persona que en su campo es muy respetada en Colombia y entiendo que entre la comunidad psicoanalítica latinoamericana.
D.C.V. La última vez que estuve en Buenos Aires, entré en contacto con un psiquiatra, que me presentó un amigo. El psiquiatra, cuyo nombre no recuerdo, me preguntó por Guillermo Arcila y me comentó que cuando éste vivía en Argentina, llegó a ser uno de los psicoanalistas más respetados de Buenos Aires.
Pues bien, Guillermo era mi compañero de internado, mi compañero de cuarto. Era un lector voraz… En sus salidas los domingos regresaba al colegio cargado de libros nuevos. Él me prestó la Misión de la Universidad, de Ortega y Gasset, y gracias a él supe de nuevos escritores de los que nunca había oído hablar. Además, por iniciativa suya, leímos juntos, en una forma casi sonambúlica, porque no teníamos las bases para comprender esa obra, leímos La decadencia de Occidente, de Spengler, vertida al español hacia algunos años por García Morente. Leímos el Juan Cristóbal, de Romain Rolland, y La montaña mágica, de Thomas Mann. Además, varias obras dramáticas de Eugene O’Neill, algunas novelas de Panait Istrati, un escritor de Budapest, de moda entonces, que había descubierto y presentado Romain Rolland. Sobre Panait Istrati publiqué un artículo en la revista Atalaya de Manizales. En ese tiempo comencé a publicar en La Patria artículos literarios. Fueron engendros de un adolescente entusiasmado y deslumbrado por la literatura en los que no quisiera detenerme.
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R.S.M. Usted me contaba que llegó a Bogotá a realizar sus estudios universitarios en 1939. En la entrevista de 1985 habló un poco del mundo bogotano de aquellos años, pero hoy quiero preguntarle por tres amistades que nacieron en esa época: las de los poetas Aurelio Arturo y Eduardo Carranza, y la del filósofo Rafael Carrillo. En realidad usted conoció a todo el grupo de Piedra y Cielo. Pero creo que fueron estos dos los que más impresión le han producido y con quienes tuvo una relación intelectual más estimulante. Su aprecio por Arturo es grande, a quien considera junto con Silva nuestros máximos poetas, aunque también lo reconoce, no lograron dar expresión a toda su fuerza creadora. ¿Podría contarnos aspectos de esas amistades?
D.C.V. Sí, en efecto, en 1939 llegué a Bogotá a iniciar mis estudios universitarios en la Universidad Nacional. Esta era un verdadero erial, desde el punto de vista del plan de vida que me había trazado. Pero, como me había ocurrido antes en Popayán y en Manizales, la ciudad me cautivó. Ahí encontré lo que necesitaba en el momento. Mediante algunos colaboradores de La Patria, entré inmediatamente en contacto con los más destacados representantes de la nueva generación literaria. Y comencé a vivir una intensa vida intelectual, que en ese tiempo estaba centrada en algunos cafés.
A Eduardo Carranza, que era la cabeza visible de los nuevos poetas, lo había conocido antes en una visita suya a Manizales. En mi relación personal con él, que duró hasta su muerte, aprendí muchas cosas acerca de los grandes poetas de nuestra lengua, sobre los cuales él tenía siempre algún comentario interesante. También tuve por primera vez una experiencia directa de lo que es la forma de vida del poeta, que Eduardo encarnó a la perfección. Y sobre todo del poder trasformador de la realidad que tiene el lenguaje de la poesía. Inclusive en la conversación más trivial, las palabras le salían cantando. Y gracias a su prodigiosa fantasía verbal, las cosas a las que se refería ofrecían un aspecto inusitado y su secreta belleza. De esta experiencia proviene en último término mi concepción de la poesía como un sacar a la luz el ser oculto de las cosas.
A Aurelio Arturo lo conocí después. Al comienzo nuestros encuentros fueron muy fugaces, debido a su absorbente trabajo en el poder judicial. Sinembargo, después de su jubilación volvió a tener tiempo para sus contertulios de café. En los últimos años de su vida, charlábamos habitualmente en el café Victoria de Chapinero. Arturo era todo lo contrario de Carranza, tímido, muy parco en palabras, introvertido y receloso. En el diálogo íntimo de pronto soltaba la lengua y comenzaba a hablar copiosamente sobre temas literarios. Recuerdo muy bien una conversación de más de una hora sobre las traducciones de las Mil y una noches a otros idiomas, una obra que apreciaba mucho y que conocía muy bien. Otro día me habló largamente sobre su poesía. Entonces me manifestó algo muy semejante a lo que a veces pienso en relación con nuestra vida literaria. Me dijo que la poesía de varios de sus colegas había sido gastada por el afán de publicidad y protagonismo social, mientras que la suya -la de Arturo- estaba fresca y viva. Lo cual parece haber sido confirmado en los últimos años. Otra vez me permitió echar una ojeada en el laboratorio donde destilaba sus esencias poéticas al contarme cómo trabajaba sus poemas. Según él, primero encontraba un tema determinado, con el que, por decirlo así, vivía durante algún tiempo, que a veces se prolongaba bastante, sin escribir una palabra; luego comenzaba a escribir notas, a juntar palabras y frases, a hacer observaciones marginales de diverso carácter, a probar las vibraciones del lenguaje adecuado, esperando que llegara el momento para escribir el poema. Esta espera podía durar varios años. Pero llegado el momento, escribía el poema de un golpe, en unos pocos días, sin un solo error. Esto había sucedido, me dijo, con el poema Morada al sur. En uno de mis últimos encuentros con él, me habló de un poema que estaba en ese proceso de destilación, en el que iba a mostrar cómo surge la belleza del mundo a través de los órganos de los sentidos. Su título era justamente Los sentidos. Probablemente el proceso de madurez de este poema no había llegado a su plenitud y quedó sin escribirse. Lo mismo parece haber ocurrido con el poema La aventura, del que se hablaba entre sus amigos desde mi llegada a Bogotá. Cuando me hablaron por primera vez de Arturo, me hablaron de ese poema que, se decía, estaba escribiendo. La aventura era un poema sobre el viaje de Cristóbal Colón al nuevo mundo, en el mar como ámbito poético. Cuando en alguna ocasión le pedí colaboración para la revista Eco, donde le publicamos varios poemas, me habló de La aventura. Me contó que había unas canciones de los marineros, unos monólogos de Colón, que también había algunas cosas sobre el viento y el mar. Pero cuando le insistí en que me diera algunas de esas canciones de los marineros, de los compañeros de Colón, me respondió con una negativa, alegando que él todavía no quería publicar nada de ese poema. Pensé entonces que todavía no lo había terminado. Cuando murió, le pregunté a los familiares por La aventura o por sus borradores, pero me dijeron que no había nada. De manera que yo creo que esos poemas, Los sentidos y La aventura, estaban hechos pero en su cabeza, en la intimidad de Aurelio, eran todavía pura subjetividad, donde se encontraban en proceso de destilación. Y con su muerte se hundieron en la nada.
R.S.M. Usted ya se había iniciado en la lectura de textos filosóficos durante sus años en Manizales, gracias a las orientaciones de Rogelio Escobar-Angel. Sinembargo, una vocación verdaderamente filosófica parece que aún no se había manifestado. Pero cuando usted llega a Bogotá, encuentra un grupo de jóvenes interesados en los temas filosóficos, entre los cuales estaba Rafael Carrillo, una amistad que nace en aquel momento de que venimos hablando y que aún se conserva[[El profesor Rafael Carrillo murió en Valledupar pocos meses después de esta conversación, el 17 de julio de 1996. Había nacido en Atanquez el 25 de agosto de 1907.]].
D.C.V. Sí, mi propensión a la filosofía, que había surgido en una forma muy vaga, en mis desorganizadas lecturas con Arcila y en mis conversaciones con Rogelio Escobar-Angel en los corredores del Instituto Universitario de Manizales, encontró en Bogotá un cauce seguro. A través de Carlos-Ariel Gutiérrez, colaborador de La Patria, muerto en México hace pocos años, conocí a Rafael Carrillo, quien figuraba como el filósofo por antonomasia de la nueva generación. Él era uno de los varios jóvenes meditadores en los que había hecho presa el poder de seducción de José Ortega y Gasset. Había absorbido con pasión las obras de Ortega y las traducciones que éste venía publicando, en la editorial Revista de Occidente, de libros básicos de filósofos alemanes así como las de la colección de «Ideas del Siglo XX», de Espasa Calpe, que también dirigía Ortega. Obras que llegaban a casi todas las librerías de Bogotá a poco tiempo de aparecer en Madrid. En el año de mi llegada a esta ciudad, Carrillo había iniciado con un artículo sobre El puesto del hombre en el cosmos, de Max Scheler, una sección en el diario El Siglo, que llamó «Los lunes de El Siglo«. En esa sección Carrillo publicó regularmente hasta 1944 artículos de divulgación y agitación filosófica. Los diálogos cotidianos con Carrillo, primero en el café Martignon y después en el café Lucerna, y la lectura semanal de sus «lunes», fueron para mí una ayuda enorme en los primeros pasos hacia una decisión firme por la filosofía.
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R.S.M. En la época de que estamos hablando, vivía en Bogotá Baldomero Sanín-Cano. Don Baldomero, no obstante su avanzada edad, aún estaba en plena actividad intelectual. Fue, por esos años, editorialista de El Tiempo, además de un permanente colaborar de las revistas culturales de entonces. Creo que usted lo conoció, y puede darnos la impresión que le produjo su presencia en la vida nacional.
D.C.V. En ese momento la presencia de don Baldomero era poderosa. Yo ya lo conocía desde Manizales, a través de un libro que publicó Zapata, Disquisiciones filológicas y apólogos literarios. Leí ese libro de Sanín-Cano, creo, cuando era estudiante de bachillerato. Yo admiraba profundamente al venerable maestro de nuestras letras. Él ya estaba bastante viejo, pero salía a la calle. Yo le veía frente a los apartados del Correo Nacional, en el cruce de la calle 13 con la carrera 8ª, caminando hacia el occidente. Varias veces, muchas veces, lo vi pasar por allí. Desde el primer momento me impresionó su distinguida figura, con su reposado ademán, con su bastón, con un sombrero inglés de ala flexible y con su estampa inconfundible de intelectual. Pero yo nunca hablé con él. Un día, cuando conversaba con don Pablo Wolff, el dueño de la Librería Central, de quien yo era muy amigo, entró Sanín-Cano. Don Pablo me lo presentó, pero ese encuentro no pasó de ser un saludo. Don Baldomero siguió conversando con don Pablo, y yo me quedé escuchando la conversación. Me sorprendió una cosa, y fue que don Baldomero, que había vivido mucho tiempo en Inglaterra, que había escrito una gramática española para uso de los ingleses, que conocía el alemán y el danés, que había residido durante varios años en España, que había trabajado como periodista en Buenos Aires, que a pesar de todo esto hablara con un fuerte acento antioqueño. Recuerdo que dijo con la más pura entonación dialectal: «Es que, don Pablo, los molinos del señor muelen lentamente». Bueno, ese fue el único contacto directo con la persona de don Baldomero. Pero siempre leía sus escritos. Y lo considero una de las figuras esenciales de la historia intelectual de Colombia.
R.S.M. Me dice que no lo conoció personalmente, pero que leía todo lo que escribía. Recuerdo que hace diez años me decía que leyó a Huxley gracias a uno de los comentarios de Sanín-Cano en la prensa colombiana. Don Baldomero era un ensayista que comentaba constantemente los nuevos libros de los novelistas, los poetas y los prosistas de la lengua española y de otras lenguas. En esta forma ejercía una tarea de orientador…
D.C.V. Aquí, en efecto, se habló por primera vez de Huxley, de Shaw, de Pirandelo y de muchos otros escritores gracias a los comentarios de Sanín-Cano. Pero recordemos que esta labor divulgadora y orientadora la había iniciado ya a finales del siglo XIX. Don Baldomero inicia a José-Asunción Silva en la lectura de Nietzsche, antes de que el filósofo alemán fuera una figura conocida en Europa, y cuando en el mundo de nuestra lengua era completamente desconocido. Y fue Sanín-Cano quien le dio a conocer a Guillermo Valencia, y le ayudó a traducir, la poesía moderna alemana de Hugo von Hoffmanstahl, de Stefan George y de Peter Altenberger, cuando estos eran unos muchachos que empezaban a escribir. Tenía indudablemente un olfato de perdiguero para descubrir lo valioso en literatura. Antes de que esas obras empezaran a ser conocidas por el gran público, don Baldomero sabía ya lo que significaban en la literatura europea. Y lo que decimos para Colombia, es válido para América Latina, pues la misma tarea la ejerció en otros países como la Argentina, donde fue por muchas años columnista de La Nación.
La obra de Baldomero Sanín-Cano es extraordinaria. Pero me extraña mucho que no haya concedido ninguna importancia a la confección y a la publicación de sus libros. Disquisiciones filológicas y apólogos literarios, el volumen de ensayos que publicó la Editorial Zapata, se lo reunieron sus amigos. Y parece que todos sus otros libros fueron compilados por editores y amigos, sin mayor intervención suya. Nunca puso interés en una obra orgánica.
R.S.M. Este período presenta un fenómeno muy interesante que se vivió en varios países de América Latina, sobre todo en la Argentina, México y Venezuela. Aunque en menor escala y con menor fortuna, Colombia también disfrutó de esas circunstancias. Me refiero a la presencia entre nosotros de una grupo de intelectuales europeos, básicamente españoles y alemanes, que huyeron de la situación política de sus respectivos países. Recuerdo algunos: González de la Calle, Ots Capdequí, Luis de Zulueta, José Prat, Hommes, Mazur, etc. Pero en la apreciación de la historia de la cultura colombiana habitualmente se olvida la labor de esos inmigrantes. Sinembargo, su presencia en Colombia la considero esencial para los cambios que en el mundo intelectual se produjeron en nuestro país. Pusieron a circular entre nosotros nuevos nombres de científicos, pensadores y escritores, ayudaron a reorientar los estudios académicos y las inclinaciones literarias y artísticas. En la cátedra universitaria, en artículos de prensa o en la charla de café, ejercieron su magisterio e influencia. Creo que no se puede desconocer la deuda que tenemos con ese grupo de europeos en la formación de nuestras nuevas comunidades intelectuales y científicas.
D.C.V. Usted ha tocado un punto muy importante, que voy a tratar de desarrollar en una dirección muy general, no limitándome al caso colombiano. Es sabido que los grandes cambios en la historia cultural de la humanidad se han producido en el encuentro de círculos culturales de diverso nivel histórico. El desnivel de las fuerzas encontradas engendra el impulso que empuja hacia adelante o hacia atrás. Casi siempre el grupo de más alto nivel arrastra al otro y lo hace progresar. Pero hay casos en que el grupo de más bajo nivel arrastra al más desarrollado a la decadencia común, como sucedió en Roma con la invasión de los llamados bárbaros.
En nuestro tiempo, los contactos culturales más importantes han sido los producidos por el desplazamiento hacia América de numerosos grupos de alta cultura, debido a las guerras y a la proliferación de regímenes despóticos, en varios países europeos, durante la primera mitad de nuestra centuria. Semejante coyuntura originó la emigración hacia nuestro continente de notables figuras de la filosofía, la ciencia y las artes. Dichos emigrantes poseían un nivel cultural más elevado que el de sus colegas del país que los acogía. Esta situación les impuso una tarea preliminar: la de superar dicho desnivel histórico estimulando y fomentando el progreso de su nueva patria. De lo contrario, no habrían tenido un campo de acción adecuado para continuar la actividad creadora que venían desarrollando en el país de origen. Esto produjo un salto hacia adelante en la vida cultural de América, de la de arriba y de la de abajo. En mi concepto es uno de los fenómenos históricos y sociológicos más importantes de este siglo, que no ha sido suficientemente estudiado y que debería estudiarse en una forma sistemática. En la América del Norte, el salto ocurrió sobre todo en el campo de las ciencias y de la técnica, pero entre los inmigrantes también había grandes representantes de la filosofía, de la literatura y de las artes. Al lado de Einstein, estaban Ernst Cassirer, Thomas Mann y Bertold Brecht.
El flujo de la inmigración a nuestra América procedía sobre todo de España, donde la guerra civil de 1936 a 1939 y el gobierno dictatorial a que dio origen habían arrojado a nuestra costas a casi toda la intelectualidad española. Con esta inmigración se interrumpió el proceso de la llamada occidentalización de España, la cual había comenzado a fines del siglo XIX con la generación del 98, como la bautizó Azorín, a cuya cabeza estaban Miguel de Unamuno, quien puede ser considerado como el punto de partida del renacimiento filosófico de España. Después vino José Ortega y Gasset y su grupo de la Revista de Occidente y de la Editorial Espasa Calpe. Él había llevado el proceso a tal punto que ya era un hecho histórico indubitable que España había superado el desnivel histórico frente al resto de Europa. Le voy a leer un testimonio que me conmovió cuando lo leí por primera vez. Se trata de una carta de Manuel García-Morente, publicada en El Sol con ocasión de las bodas de plata de Ortega en la Universidad de Madrid, el 19 de julio del mismo año, es decir pocos días antes de que se iniciara la Guerra civil, que interrumpe la occidentalización de España a que se refiere García-Morente, haciéndola retroceder a una nueva Edad Media. Las palabras de García-Morente que me interesan son las siguientes:
Por entonces [Morente se refiere a los comienzos de nuestro siglo], la filosofía en España no existía. Epígonos mediocres de la Escolástica, residuos informes del positivismo, místicas nieblas del krausismo habían desviado el pensamiento español de la trayectoria viva del pensamiento universal, recluyéndolo en rincones excéntricos, inactuales, extemporáneos. España permanecía, por decirlo así, al margen del movimiento filosófico. Ni siquiera como espectadora participaba en él. Desde el primer momento, Ortega y Gasset se propuso incorporar el pensamiento español a la corriente viva de la filosofía europea. Esta ardua y penosa labor comportaba como primera tarea esencial la actuación educativa. Era necesario familiarizar a las gentes, al público en general, con los temas filosóficos; era necesario al mismo tiempo enseñar a la juventud estudiosa filosofía; la filosofía auténtica, la viva, la que se desenvuelve en conexión ininterrumpida con las grandes orientaciones del pensamiento moderno. La enseñanza filosófica que don José Ortega ha dado durante veinticinco años en la Universidad de Madrid ha creado en realidad la base del pensamiento filosófico español. Esto lo saben muy bien las personas a quienes la filosofía importa algo, aquí y fuera de aquí. Hoy, la actuación universitaria de don José Ortega y Gasset, complementada por otros profesores que, como amigos o discípulos, han recibido la influencia directa de su pensamiento, ha hecho de la Universidad de Madrid uno de los lugares en donde se cultiva la filosofía con más intensidad, escrupulosidad y amplitud.
Algo semejante había ocurrido en otras esferas. Las investigaciones lingüísticas y la erudición histórica y literaria de don Ramón Menéndez-Pidal, habían elevado la ciencia española al mismo nivel que tenía en el resto de Europa. Lo mismo puede decirse de los trabajos sobre la historia de España de Américo Castro y de las contribuciones a las ciencias biológicas de Ramón y Cajal. No menos rango había alcanzado en ese primer tercio del siglo la poesía española, la más importante de Europa, según Hugo Friedrich, indiscutible autoridad en estas cosas en Alemania.
Al producirse el derrumbe de la nueva España, comenzó la inmigración a nuestra América. Los inmigrantes llegaron como a su propia casa. No tuvieron que renunciar a su trabajo intelectual: su labor fue una continuación de la que tenían en España, sólo que en un ámbito geográfico diferente y con una tarea principal distinta. Ahora tenían que repetir la empresa que había elevado a España al nivel del resto de Europa. Los países hispanoamericanos que más se beneficiaron de la inmigración española fueron Argentina y México, como usted lo dijo antes, al formular su pregunta.
Debido al carácter peculiar de la evolución cultural de la Argentina, la inmigración española fue una continuación de un proceso que se había iniciado a principios de nuestro siglo, en el primer viaje de José Ortega y Gasset a Buenos Aires. Por eso ahora sólo se produjo una intensificación de los contactos culturales gracias a la venida de nuevo, algunas años después, del mismo Ortega, y a la presencia en la misma ciudad del historiador Claudio Sánchez-Albornoz, del filólogo Amado Alonso, del sociólogo y novelista Francisco Ayala, del poeta Rafael Alberti y de los dramaturgos Jacinto Grau y Alejandro Casona.
La emigración a México de los intelectuales españoles tuvo un carácter masivo y fue patrocinada generosamente por el gobierno mexicano y guiada por Alfonso Reyes, entonces una de las figuras venerables de las letras mexicanas, director de la Casa de España en México lo mismo que del Colegio de México, creado posteriormente como centro de trabajo filosófico, científico y literario de españoles y mexicanos, reunidos allí en una fraternidad ejemplar. Los españoles además fueron incorporados al Fondo de Cultura Económica como traductores, autores y orientadores, lo que elevó enormemente el nivel intelectual y técnico de esta casa editorial que se convirtió durante muchos años en un centro de irradiación bibliográfica y de cultura, hacia todos los países de nuestra lengua, incluyendo a la misma España. Dentro de los inmigrantes españoles llegados a México hay que destacar a los filósofos: José Gaos, Eduardo Nicol, Joaquín Xirau, Eugenio Imaz, David García-Bacca y María Zambrano. A los poetas León Felipe, Luis Cernuda, Emilio Prados, Juan-José Domenchina, José Moreno-Villa y Manuel Altolaguirre. Es decir, toda la plana mayor de la poesía española en este siglo, exceptuando a Jorge Guillén, que había emigrado a los Estados Unidos, a Juan-Ramón Jiménez y a Pedro Salinas que habían ido primero a los Estados Unidos y después se instalaron en Puerto Rico, a Antonio Machado que había muerto en la huída a Francia, y a Federico García-Lorca, quien había sido fusilado en Granada.
La inmigración española a Colombia fue en cambio exigua. En Bogotá tuvieron que trabajar los pocos inmigrantes que llegaron soportando la oposición contra los «rojillos españoles» de algunos órganos de opinión. Entre ellos hay que recordar a don Pedro Urbano González de la Calle, quien durante su labor en el Instituto Caro y Cuervo formó toda una generación de filólogos, y llevó a cabo entre nosotros una serie de investigaciones lingüísticas y de historia cultural. Hay que recordar también a don José-María Ots Capdequí quien hizo un aporte valiosísimo a la ciencia histórica colombiana, al estudiar algo que había permanecido olvidado, como fueron las instituciones coloniales y el Estado español en las Indias, temas sobre los que escribió obras muy importantes. Y don Luis de Zulueta y don José Prat que pusieron al servicio de nuestro periodismo su basta cultura.
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R.S.M. Profesor Cruz Vélez, usted empieza su carrera de escritor, a fines de la década del 30, con artículos de prensa. En ellos trata temas de literatura y poco después de filosofía. Usted se encuentra con un círculo de amigos y de escritores interesados por la filosofía. Sinembargo, Colombia no tenía una tradición filosófica. ¿Cuál fue el clima que encontró en ese entonces que favoreciera su tarea de escritor, en especial su tarea de escritor de temas filosóficos?
D.C.V. No puedo negar que cuando me inicié en la vida la intelectual había muy buenos estímulos que me incitaban a escribir sobre temas filosóficos. Aunque, en general, el ambiente no era propiamente propicio para un escritor que no tratara temas exclusivamente literarios, políticos o de crónica histórica, ya se empezaba a percibir un gran cambio de nuestra atmósfera intelectual, determinado por los primeros intentos de incorporar a Colombia a la cultura moderna, de la cual había permanecido alejada, sobre todo en los campos de la filosofía y las ciencias. A pesar de que nosotros entramos en la escena histórica a comienzos de la Edad Moderna, durante los tres siglos de colonia fuimos una prolongación cultural de la tardía Edad Media. Semejante anormalidad de nuestra historia fue un reflejo de la anómala historia cultural de España, que al iniciarse la Edad Moderna le dio la espalda al resto de Europa y se encerró detrás de los Pirineos, indiferente a lo que estaba ocurriendo detrás de ellos, ajena al proceso de constitución de la nueva filosofía, de las nuevas ciencias y de la nueva técnica, las cuales iban a ser las fuerzas conformadoras de la modernidad. España despertó a la vida moderna a fines del siglo XIX y principios del XX, cuando se hizo un esfuerzo enorme para ponerla a la altura de los tiempos, como decía José Ortega y Gasset, uno de los protagonistas de esa empresa. Pero nosotros no acompañamos a los españoles en dicho momento histórico. Como a principios del siglo XIX nos habíamos emancipado de España no sólo política sino también culturalmente, para ir a parar bajo la influencia de Francia e Inglaterra, influencia que no fue lo suficientemente profunda para superar nuestro retraso, cuando se produjo dicho renacimiento no lo pudimos aprovechar en sus comienzos. Por eso, sólo casi medio siglo después, cuando yo me iniciaba en la vida intelectual, comenzó a sentirse entre nosotros la saludable influencia de esa nueva España, determinante del cambio de nuestra atmósfera intelectual a que me referí antes. En el campo filosófico, quien impulsaba la renovación española era Ortega y Gasset, como ya lo dije, con sus obras y con su empresa cultural, llevada a cabo mediante la Revista de Occidente y la editorial del mismo nombre. Cuando yo llegué a Bogotá, a fines de la década del 30, encontré un grupo de personas que ya estaban dentro de esa corriente. Las publicaciones de la Revista de Occidente llegaban periódicamente. En las excelentes librerías de viejo que existían en la capital colombiana, empecé a conseguir los números atrasados de dicha revista, las traducciones de los grandes pensadores europeos del momento, las obras de Ortega. Semejante actualización de nuestras letras se estaba llevando a cabo también en el campo puramente literario. Yo entré en contacto con los jóvenes poetas que iban a integrar posteriormente el grupo de Piedra y Cielo, los cuales le estaban dando un nuevo giro a la poesía colombiana. Porque también en poesía había un retraso en Colombia. La nueva poesía de lengua española ya estaba en marcha desde comienzos del siglo. Pero, y no creo que haya exageración en decirlo, nosotros seguíamos instalados en el siglo XIX. Piedra y Cielo fue una verdadera revolución, y una verdadera apertura a esa renovación que se estaba produciendo en lengua española.
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R.S.M. Menos reconocida ha sido la influencia de Francisco Romero. Y ciertamente nunca tuvo ni el alcance y la profundidad de la de Ortega. Sinembargo, Romero ejerció una especie de magisterio en Hispanoamérica, no sólo a través de sus escritos y de la Biblioteca Filosófica de la Editorial Losada que él dirigía, sino también directamente, a través de una nutrida correspondencia con los filósofos latinoamericanos. ¿Cuáles fueron sus relaciones con Romero?
D.C.V. En ese momento de que hablamos al comienzo, cuando empezaba a producirse una apertura del horizonte filosófico en Colombia, la influencia de Romero fue decisiva. Yo entré muy temprano en contacto con los escritos de Romero. En 1944 escribí un artículo sobre un pequeño libro suyo en torno a las historias de la filosofía. Con ocasión de este artículo inicié correspondencia con él. Esa correspondencia fue muy formativa para mí, porque él estaba enterado de todo lo que se había hecho en las últimas décadas en filosofía. Tenía una capacidad extraordinaria para informar, en forma breve pero con rigor sobre un libro o sobre una corriente filosófica; poseía un formidable poder de síntesis, además de elegancia y claridad en el decir. La información que recibí de Romero fue muy valiosa para mí. Ella me ayudó a ampliar el horizonte en que me estaba moviendo. Leí con mucho cuidado, estudié con mucho cuidado su Lógica, que es un tratadito muy bien hecho, de una gran claridad, de una gran precisión. Su lectura me suministró métodos, conceptos claros. Pero además de esa labor de información, de apertura de horizontes y de precisión de conceptos, hubo una influencia personal; no en forma de una trasmisión de conocimientos, sino en cuanto me transmitía una actitud filosófica y un entusiasmo por las cosas de la filosofía. Para eso también tenía él una capacidad extraordinaria. Usted decía que hubo un momento en que don Francisco Romero estaba en contacto con casi toda la gente que se dedicaba a la filosofía en América Latina, prestándole atención a la gente más joven, que apenas comenzaba, con unas cartas excelentes, porque tenía un gran estilo epistolar. En cada una de esas cartas había siempre una buena información y se adivinaba una actitud filosófica ejemplar y ejemplarizante. Cuando regresé a Alemania, tal vez por el tipo de estudios que yo había realizado allá, don Francisco se me había caído, por así decirlo, de las manos. Lo mismo que me había pasado con Ortega. Ya me parecían los artículos de ambos, sus libros, algo superficiales, sin gran alcance, sin gran significación filosófica. Pero al año siguiente viajé a la Argentina y conocí personalmente a Romero. Y entonces volvió a crearse esa relación estimulante que con él había tenido anteriormente. Ya no tanto referida a sus escritos sino al hombre, a un hombre que era la encarnación del entusiasmo por la filosofía, y que había entregado su vida a crear lo que él llamaba la normalidad filosófica de América.
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R.S.M. Filosofía sin supuestos se publicó en 1970. Sinembargo, algunos de sus capítulos habían aparecido en revistas colombianas poco después de su regreso de Alemania. Es un libro dominado por la influencia heideggeriana. ¿Cómo se gestó este libro?
D. C. V. Ya le conté que poco después de llegar a Friburgo pertenecí a un grupo de trabajo, donde estudiamos, durante varios años, algunas obras de Heidegger. Leímos página por página Ser y Tiempo y varios de sus escritos pequeños, como La esencia del fundamento y La esencia de la verdad. De ese modo comencé a vivir los problemas filosóficos de Heidegger, a compenetrarme con su filosofía. Pero al mismo tiempo estaba estudiando las obras inéditas de Husserl que venía publicando el Archivo Husserl de Lovaina. Las iba leyendo a medida que estaba penetrando en el mundo del pensamiento filosófico de Heidegger, y comencé a darme cuenta del punto en que se desvía Heidegger y Husserl. Comenté con mis compañeros este tema y a ellos les pareció muy bien. Dijeron que ese era un capítulo importantísimo de la filosofía del primer tercio del siglo. Posiblemente el capítulo más importante. Entonces empecé a leer bibliografía en torno a la cuestión, y seguí pensando en el asunto hasta que comenzaron a cuajar unos trabajos que después publiqué aquí en Bogotá, y con los cuales se compuso posteriormente el libro Filosofía sin supuestos. Precisamente el eje es ese, el punto en que se separa Heidegger de Husserl. En primer lugar, con respecto a lo que indica el título del libro la pretensión de hacer una filosofía sin supuestos. Yo señalo el punto en que Heidegger toma esa exigencia de Husserl. Recuerdo haber visto una revista donde apareció el ensayo de Husserl La filosofía como ciencia estricta, en que se exige el radicalismo, la eliminación de supuestos, y allí había una anotación de Heidegger que decía: «Cojámosle la palabra a Husserl». Heidegger lleva el radicalismo hasta sus últimas consecuencias, y tiene que despedirse de Husserl, porque descubre los supuestos con que éste operaba. Sobre todo el gran supuesto de la metafísica de la subjetividad, el cartesianismo. El eje es ese tema, el eje de todos los capítulos de Filosofía sin supuestos: en cada uno de sus capítulos voy mostrando el punto en que Heidegger se separa de Husserl, en la concepción de la filosofía, en la concepción del hombre, etc. Ese fue propiamente el origen del libro.
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R.S.M. En su discurso «La técnica y el humanismo», usted llega a decir que habría que inaugurar, crear una especie de humanismo que no entre en conflicto con la técnica. Y define la técnica prácticamente como el mundo del hombre. No son sus palabras, pero ese es su sentido. No es un instrumento, sino el mundo con el cual el hombre tiene que entenderse. Este es un problema, a mi parecer, vinculado con sus intereses actuales por la ética.
D.C.V. Sí, esa pregunta está en conexión con la anterior. Y en relación con esa pregunta viene mi interés por una nueva interpretación del humanismo. La nueva interpretación del humanismo hace posible la conexión con el problema de la técnica. «Humanismo» es una palabra con muchos sentidos. Si el humanismo se lo toma en forma superficial, en el sentido del humanismo del Renacimiento, ese humanismo es sólo el renacimiento de los estudios clásicos, del estudio del griego y del latín, de los textos antiguos. Pero hay también otro humanismo, el neohumanismo de fines de siglo XVIII de Goethe y de Hölderlin. Y Marx también habla de humanismo. En cada uno de ellos es una cosa distinta. Pero en el fondo lo que les interesa a todos es el ser del hombre, es afirmar el ser del hombre. En el humanismo del Renacimiento se quería volver a los autores griegos como reacción contra la concepción del ser del hombre en la Edad Media, cuando el hombre estaba referido exclusivamente a la salvación y a Dios. Se pensaba que en los autores griegos se tomaba al hombre en todas sus direcciones, y que eso podía servir para superar la concepción medieval del hombre. Lo mismo pasaba con el humanismo de Goethe y de Hölderlin, de Schlegel: querían volver a los griegos porque creían que los griegos tomaban al hombre en su plenitud, y que con esa concepción del hombre podían reaccionar contra la concepción racionalista del hombre en el siglo XVIII. Y Marx habla de humanismo en otra dirección: como la superación de las alienaciones del hombre, buscando sacar a flote al hombre en su integridad, al hombre que se encuentra enajenado y humillado. Sartre habla de un humanismo que postula la autocreación del hombre, para lograr la afirmación de su ser peculiar frente a todas las otras cosas. Lo mismo ocurre con Heidegger en su Carta sobre el humanismo. Él insiste en la relación del hombre con el ser, para afirmar el ser peculiarísimo del hombre, para diferenciarlo en todas las otras cosas, que no tienen esa relación. De manera que lo que importa en todos esos humanismos es el ser del hombre.

La técnica científica, que se desarrolló a partir de la constitución de las ciencias físico-matemáticas, puestas al servicio de la capacidad técnica del hombre, esa técnica ha puesto en peligro el ser del hombre. Ahora no se trata entonces de una afirmación del ser hombre, sino de una salvación de su ser. Cuando se habla de la necesidad de una reflexión sobre la esencia de la técnica, esa reflexión tiende a una salvación del hombre, pues todas las direcciones de la técnica actual apuntan a puntos de peligro, a una destrucción del mundo circundante del hombre. Por medio de la industrialización que ha hecho posible la técnica científica se puede llegar a esa destrucción: la contaminación del aire, la contaminación de los ríos que acaba con la vida acuática, la contaminación de la tierra cuando utilizan las aguas contaminadas para el riego, todo eso hace desaparecer especies vegetales y especies animales que son condiciones de posibilidad de la existencia humana, condiciones materiales de la existencia humana.
Pero el hombre no solamente domina por medio de la técnica a la naturaleza sino que se ha convertido en un creador. Puede producir formas inorgánicas y orgánicas nuevas, que no estaban en la naturaleza. Ya se habla de la posibilidad de crear un ser humano con características planeadas por el técnico. No sabe uno en qué pueda parar todo esto. Se está destruyendo el ámbito natural del hombre, sus condiciones materiales de existencia; se está manipulando la sustancia vital, lo cual puede llevar a una transformación de la esencia del hombre. Para no hablar de la acumulación de poder y de destrucción por medio de la técnica bélica, el cual puede llegar a destruir la vida sobre la tierra en caso de una guerra nuclear. Y no hay ninguna salvación, porque la técnica tiene una lógica interna, que lleva hasta el final, que es la destrucción total de la vida y del mundo circundante. La única salvación previsible podría venir sólo de la reflexión sobre la esencia de la técnica y sobre la esencia del hombre, con el fin de lograr una claridad completa sobre las formas de existencia humana, una de las cuales es la técnica. Una claridad completa que podría hacer posible una ética de la técnica.
Esto es lo que yo llamo un nuevo humanismo, un humanismo referido a la técnica; un humanismo que impulse el estudio de la esencia de la técnica, del origen histórico de la técnica, de las relaciones del hombre con el mundo en la forma de una relación técnica, etc. Creo que a este también se lo podría llamar un interés ético, para situarnos en su pregunta primera sobre un viraje mío hacia los problemas éticos.