Dos cuentos: «Mujer de sal» y «Tránsito»
Mujer de sal
Me dices, amado mío, que no mire hacia atrás, que no me detenga en lo que se destruyó para siempre. Que olvide esta ciudad que, en una sola noche, murió a golpes de fuego. Que ella no nos ha dado más que dolor y sangre.
Y yo te diría que el dolor y la sangre siempre han sido míos, y que con ellos comenzó cada instante de dicha que conozco en la vida. En dolor y sangre viniste a mí por primera vez. Vinieron mis hijas.
Yo te diría… Pero no. Mujer necia, yo no hablo. He callado por días.
Callé cuando quisiste calmar a una turba de hombres enloquecidos, ofreciéndoles a nuestras preciosas hijas. Callé cuando las rechazaron, diciendo que preferían violar ángeles. Callé cuando salimos huyendo antes de la madrugada y tú decías “no mires, no mires, no mires, olvida, olvida la ciudad de la llanura.”
La ciudad de la llanura… Fue aquella que los viajeros contemplaban desde lejos y se detenían sedientos, y la veían bañada en rocío de joyas, anhelante como una novia antes de la boda, y pensaban que se entregaría sólo a ellos. Miraban su piel tersa como la de una fruta que hubiese madurado en ese día para que sólo ellos la probaran. Tú y yo, que vivimos años dentro de sus muros, conocíamos sus entrañas.
Mis pies caminaron cada día por la humedad sanguinolenta de sus calles. Respiré su hedor a crueldad de fiera, a escalofrío de perseguido, a perversión y rapiña. Me mezclé con la gente. Tuve mis manos en sus manos. Pasaba rozando los cuerpos que se erguían entre corazas de perfume, telas brillantes y piedras finas, o los que se arrastraban vencidos, con la ambición destrozada incendiando sus lágrimas.
Aprehensivos todos, heridos, dolientes, sobreviviendo por el engaño, aún los más pequeños. Las mujeres del mercado, el viejo que quiso venderme collares, el niño que corrió a esconderse, ¡cuántas veces no me dejé robar, con la esperanza de encender alguna sonrisa en ellos!
Hasta que llegó esta noche, la que acaba de cerrarse, la que de repente se engalanó con un manto de estrellas fugaces, y las multitudes salieron a ver los diamantes que cortaban el cielo, que caían lentos, claros, hialinos, brillantes, nuevos. Limpios, limpios, limpios. Y sonrieron los de la ciudad de la llanura. Y por un solo instante, bajo la luz de la lluvia de estrellas, sus rostros se llenaron de maravilla y de inocencia.
Fue entonces cuando un gigantesco alarido estremeció las calles. Los diamantes celestes azotaban la ciudad, convertidos en bólidos de fuego. Los techos se abrieron como flores de humo. Las vísceras de quienes se habían envuelto en sedas y perlas rodaban entre llamas como serpientes de ceniza. Se deshicieron, lavados por el fuego, los cuerpos invisibles de esclavos que alguna vez se habían atrevido a soñar. Gritos de agonía subieron más allá de las nubes ardientes. Y tú y yo y nuestras hijas escapamos antes de que todo el cielo estallara.
Que no me pierda en lo que ya se fue, me dices, amado mío, y tus palabras son sabias. Tan sabias, que el ruido del viento se las lleva. Mi piel se cristaliza, se vuelve dura, transparente, siento mi propio sabor salado y callo, porque siempre he callado.
No me mires. No intentes acariciarme. Ya no soy tuya. No soy de nadie. Ellos sonrieron una vez, y mi cuerpo es una piedra hecha de lágrimas.
Tránsito
Si una persona quiere estar bien servida, tiene que pagarle lo que es a la gente que es y eso lo entendía doña Eugenia, porque doña Eugenia era toda una señora. Esos hijos suyos parece que se hubieran ganado los apellidos en una tómbola. Apenas faltó ella, echaron a don Crisóstomo, a Lucerito, que yo le enseñé a cocinar, a Jesusa, disque por vieja, y recibieron a esa brinconcita para todo, que fue ella la que no sabía ni siquiera ajustar las varillas que cuñaban el tapiz de la escalera, y salieron rodando y son de cobre fino, pesado, y yo ni las vi, porque antes don Crisóstomo les sacaba brillo que relampagueaban de lo relucientes y ahora nada. Sólo me di cuenta de que había pisado en liso, que me iba de cabeza y esas varillas saltando detrás.
Dicen que cuando la gente no se da cuenta, le pasa esto y así debe ser, porque me encontré andando por toda la casa sin que nadie me viera y al otro día oí a don Luis Fernando decirle a alguien por teléfono que se había muerto Tránsito, el ama de llaves, y esa soy yo, y mientras tanto uno para arriba y para abajo por toda la casa sin poder enderezar nada, sin poder hacer que nadie limpiara, ni limpiar nada uno. Chicles en los tapices, colillas por todas partes. Polvo como para enterrar un muerto.
Y estaban volviendo los ratones y la brinconcita esa echó veneno y guardó el veneno – ese que se llama Rasputín, o algo así – en cualquier parte, donde cualquiera lo confunde. Y los manteles de lino que doña Eugenia había traído de Italia, los guardaron sin lavar y sin rellenar los dobleces ni envolverlos en papel de seda azul, aunque ahí estaba, yo lo dejé ahí. Los cubiertos de plata sí están en el cajón, pero nunca los cuentan, aunque saben que la brinconcita esa tiene novio y lo entra a la casa.
Las nueras de doña Eugenia no tienen ni idea de manejar una casa decente, qué van a saber, si ni siquiera saben qué es eso, y tampoco aprenden porque no son como doña Eugenia que a mí sí me hacía caso. Don Luis Fernando y don Jaime, en vez de hacer que subieran de posición, se dejaron arrastrar para abajo.
Están los cuatro quedándose aquí mientras sale la sucesión, se la pasan sentados tomando whisky, sin poner nada debajo de los vasos, usando los platos de Sevres como ceniceros. Si yo fuera de las que lloran, andaría gimiendo por los corredores como dice la gente que hacen las ánimas en mi situación. Pero yo lo que siento es que tengo que hacer algo para que las cosas no sigan así. Y yo lo que tengo es voluntad, porque a mí nadie me ha ayudado nunca.
Entonces uno hace fuerza. Hace fuerza hasta que le duele. La semana pasada pude enderezar el retrato del finado que está en la sala. Eso fue la semana pasada. Eso fue antes de que apagué por primera vez todas las luces que dejan encendidas, porque ellos es como si la energía se las regalara el Niño Dios.
En estos días pude voltear la llave del aparador, dejarla caer y empujarla por debajo, así dejan quieta la vajilla de Sevres, aprovechando que la brinconcita esa no aspira debajo de ningún mueble. Esto me puso feliz, y estaba feliz hasta hoy.
Les cuento. Yo jamás fui de las que se meten detrás de las puertas a escuchar lo que dicen los señores. ¡Ni más faltaba! Lo que pasa es que, ahora que uno flota por aquí y por allá y que tiene que cuidar la casa más que nunca…
Estaba pensando en el café que preparaba Lucerito y preguntándome qué harían con la cafetera, mientras ellos se pasaban el frasco de instantáneo, y oí a Jaime hablando de esta casa.
– Es vieja, pero el terreno vale mucho – dijo -. La constructora se encarga de la demolición y nos da dos apartamentos del edificio que construya en el lote.
– ¿Nos dan el penthouse? – preguntó la mujer de él, o la otra, la que se estaba pintando las uñas y dejaba el algodón empapado de removedor encima de la mesita de camino crespo.
– Hay dos penthouses. Es una torre grandísima.
No iba a escuchar más. ¿Para qué escuchar más?
Menos mal que la gente en mi situación es rápida. Lo único que nos hace inútiles son esas manos de trapo que tiene la mayoría de los fantasmas, pero yo había ejercitado las mías. Son casi como las tenía antes, desde chiquita para hacer oficio, porque a mí no me ayudó nunca nadie.
La brinconcita, como era de esperar, había dejado el talego con el Rasputín, o como se llame, en el estante de los detergentes. Es de papel. Fácil. Lo más difícil es llevarlo hasta la azucarera, que no se vea flotando en el aire. Esperar a que nadie esté mirando, sólo eso, porque ruido, la gente como yo, no lo hace. Abrirlo… No importa romperlo. Un poquito en la azucarera… No… Mucho más… Así… Revolviendo cuando nadie vea…Como siempre, metieron la cuchara mojada… Un trisito en cada taza mientras miran los planos… Esa precisión no la tienen las de ahora para servir las cosas, ni siquiera voltean las orejas de los pocillos para el mismo lado, eso se acabó.
Ya puedo retirarme y esperar. Se están tomando el tintico con mucha gana y con harta azúcar, están trasnochados.
Con repetición. Muy bien, así es más seguro. La casa parece suspirar alrededor. Gime un poco el entablado que pronto voy a dejar como un espejo, susurran las cortinas que voy a ensartar al derecho.
Las cosas son agradecidas, eso lo decía todo el tiempo doña Eugenia. Cuando estemos solas ellas y yo, me lo van a agradecer toda la vida. Toda, toda la vida.