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Eduardo Mallea: una pasión argentina

¿Se lee hoy a Eduardo Mallea? Por lo menos, en lo que a Madrid se refiere, pienso que es difícil que tenga muchos nuevos lectores dado que en las librerías no es fácil encontrar sus libros: en dos de las principales no tenían ninguno, pero en una de ellas amablemente consultaron el «banco de datos» y aparecían citadas ediciones españolas de Todo verdor perecerá y una de El retorno y otra de Rodeada está de sueño, si bien me confesó la amable señorita que me atendió, que es posible que haya, en alguna pequeña librería, otras obras editadas en Argentina.

Y me pregunto: ¿tiene hoy Mallea lectores en su patria? Consulto en Google y encuentro, entre muy variados artículos, dos del teólogo y ensayista argentino Alberto Fernando Roldán sobre Mallea, y la última reedición de todos los libros de este autor, por Roldán citados, es anterior al año 2000, de lo cual cabe deducir, ojalá me equivoque, el escaso interés actual por su obra. También me pregunto en qué medida su figura, tanto de creador literario y ensayista como de animador e incitador intelectual, tiene vigencia en la vida cultural argentina, cuando estamos en el año en que se cumplirán, en el próximo noviembre, los veinticinco de su muerte.

Mi colaboración en este número monográfico de Aleph, sólo pretende subrayar el perfil de Mallea como intelectual preocupado por la suerte de su pueblo. Guillermo de Torre, crítico español trasplantado de por vida a la Argentina, escribió que Mallea fue «un severo meditador de lo argentino, un espíritu atormentado por el destino de su pueblo». Y alguien afirmó, con comparación sin duda desproporcionada, que «a Mallea le duele la Argentina como a Unamuno su amada España».

Por los mismos años en los que Mallea publicó sus primeros libros los que dan testimonio de su preocupación argentina, apareció, en muy diversos países americanos, una literatura de introspección dedicada al análisis de las notas definitorias de la identidad de cada pueblo, de su esencia y constancia histórica, de lo que se conocía como «caracteres nacionales». Conviene recordar, como concreta circunstancia histórica, que fueron años en los que los países situados al sur del Río Grande vivieron inmersos en la grave crisis económica y social provocada por el gran desastre financiero sufrido por la Bolsa de Nueva York en octubre de 1929.

Las consecuencias de aquel cataclismo no sólo se manifestaron en el derrumbe de las economías nacionales y en los desequilibrios sociales, sino en el desmoronamiento de los gobiernos democráticos y la proliferación de las intervenciones militares. La crisis económica y la caída de las exportaciones tradicionales -café, azúcar, carne, cereales, bananas, minerales…-, produjeron desempleo y empobrecimiento. Por todas partes cundió, como un mal colectivo, la depresión de las gentes sumidas en el desconcierto y la frustración.

Algunos títulos y autores son muy expresivos de la literatura de análisis e introspección: Perú: Problema y posibilidad, de Jorge Basadre (1931); Perfil del hombre y de la cultura en México, de Samuel Ramos (1934); Insularismo, del puertorriqueño Antonio S. Pedreira (1934); Comprensión de Venezuela, de Mariano Picón Salas (1949); y dos libros tan significativos para los argentinos como son El hombre que está solo y espera, de Raúl Scalibrini Ortiz (1930) y Radiografía de la Pampa, de Ezequiel Martínez Estrada (1933).

Sobre este telón de fondo y con análoga actitud analítica e indagatoria, es preciso situar a Eduardo Mallea y no sólo como autor de Historia de una pasión argentina, aparecido en 1937, sino de novelas como La bahía del silencio, (1941), o de libros de ensayos como El sayal y la púrpura, (1949), y La vida blanca (1960). En todos estos libros encuentra el lector atento una línea continuada y expresiva de una preocupación entrañada y crítica, que aunque más propia de sus ensayos está también muy presente en sus novelas. Como expuso en 1968 el crítico colombiano Rafael Gutiérrez Girardot: «La obra total de Mallea, de múltiples estratos con múltiples perspectivas, en la que el amplio torrente de la narración arrastra en armónica reciprocidad la lírica, la épica y la narración, describe la doble experiencia del yo, que se descubre a sí mismo como interioridad y de esta interioridad que se disuelve a sí misma.»

De hecho la novela fue para Mallea un vehículo de sus reflexiones e indagaciones acerca de la vida social e individual de sus compatriotas en unas circunstancias históricas en las que dominaba una grave crisis política, económica y moral. Ante la profunda confusión sobrevenida, el gobierno de Yrigoyen se mostró vacilante, incapaz, desbordado. Fue el momento aprovechado por los sectores conservadores, desplazados del poder desde 1916, para alentar un golpe militar que llevó al general Uriburu a la presidencia de la República en septiembre de 1930. Fueron los años que para algunos historiadores y políticos merecieron el calificativo de «década infame»; años de fraude electoral, de quiebra económica, desempleo, entrega al imperialismo británico, etc. Un pueblo que se sentía protagonista de un «destino peraltado» y con «vocación imperial» -según había apreciado Ortega y Gasset-, se encontraba súbitamente en una situación de bancarrota. Toda una ola de pesimismo y desencanto invadió la vida argentina, sobre todo a Buenos Aires, y se reflejó en la literatura: Roberto Arlt en sus Aguafuertes porteñas, libro publicado en 1932, retrató el clima social de desánimo y zozobra de aquellos años. Y hasta los autores de letras de tango –Yira, Cambalache…-, se hicieron eco de esa nostalgia melancólica de un ayer mejor y de un penoso hoy.

Con este telón de fondo conviene situar los textos de Eduardo Mallea, para facilitar la comprensión y sentido de sus libros. Y así las primeras líneas del prefacio de Historia de una pasión argentina constituyen una confesión rotunda:

“Después de intentar durante años paliar mi aflicción inútilmente, siento la necesidad de gritar mi angustia a causa de mi tierra, de nuestra tierra. De esa angustia nace esta reflexión, esta fiebre casi imposible de articular, en la que me consumo sin mejoría. Esta desesperanza, este amor -hambriento, impaciente, fastidioso, intolerante-; esta cruel vigilia.

«He aquí que de pronto este país me desespera, me desalienta. Contra ese desaliento me alzo, toco la piel de mi tierra, su temperatura, estoy al acecho de los movimientos mínimos de su conciencia, examino sus gestos, sus reflejos, sus propensiones -y me levanto contra ella, la reprocho, la llamó violentamente a su ser cierto, a su ser profundo, cuando está a punto de aceptar el envite de tantos extravíos».

Estas líneas resultan muy significativas del talante y del estilo de Mallea en este libro-clave en cuyas páginas se mezclan y entrecruzan la autobiografía, el ensayo especulativo, la interpretación histórica…

¿Cuáles son los puntos esenciales del pensamiento de Mallea? Con un afán sintetizador podrían establecerse los siguientes:

1. La insatisfacción, el disgusto respecto de la situación que tenía ante sí. Su país le desespera, le desalienta y esta confidencia la formula ante sus compatriotas con los que desea entablar un diálogo para conmoverlos, para llevarlos consigo hacia una Argentina no fácil, sino difícil, hacia un estado de inteligencia, no hacia un estado de grito.

Sólo dos citas al respecto: «Este es un país que no tiene cura… Es un país perdido», dice uno de los personajes de La bahía del silencio. «De país todo lanzado a una aventura heroica de ser, hemos caído en este estado de país sin resolución ni plan de existencia», se lee en La vida blanca.

Hay otro texto de singular fuerza, no mermada por el hecho de que figure en páginas de ficción. Se trata del manifiesto que con el título de ¡Basta!, piensa publicar, al frente de una proyectada revista, el grupo de jóvenes escritores protagonistas en buena parte del argumento de La bahía del silencio.

2. Esa deficiente realidad no se correspondía, a juicio de Mallea, con la tradición del pueblo argentino. Y es que en algún momento de la historia reciente se había producido la desviación del camino correcto, se habían abandonado las pautas y modelos que habían inspirado y dado sentido a lo mejor del tiempo pretérito, en el que el patriciado argentino había contribuido a la construcción de la grandeza nacional mediante el ejercicio de unas virtudes personales de gallardía, generosidad y nobleza.

3. Varias causas contribuyeron a ese cambio en el camino seguido. En La vida blanca apunta Mallea el ingreso en la escena política del «pueblo llano», que había hecho posible la ley electoral promulgada por el presidente Sáenz Peña en 1912, ley que al establecer el sufragio universal hizo posible la participación popular -limitada a los hombres, ya que el voto a la mujer fue concedido por Perón- en las elecciones de 1916, que llevaron a la presidencia a Yrigoyen, el primer político radical que llegaba a la más alta magistratura de la nación. Pero muchos años atrás, a finales del siglo XIX, se había iniciado con la inmigración masiva de europeos el gran cambio, la honda transformación social de la Argentina. En el censo de 1895 se registra la existencia de cuatro millones de habitantes, de los cuales un millón fueron inmigrantes. Y entre 1903 y 1912 entraron en Argentina casi dos millones y medio de extranjeros. Como ha escrito el historiador José Luis Romero: «Para el sociólogo, para el político y para el observador vulgar, el dilema que se ofrecía a la vida argentina era simple pero decisivo: o la sociedad criolla absorbía plenamente el conglomerado inmigratorio o éste disolvía la sociedad tradicional».

Este planteamiento encontró eco en las páginas de Mallea, en particular en las de Historia de una pasión… Lo que contempla su crítica y avizora mirada es el triunfo de los nuevos inmigrantes ante la incapacidad de la sociedad tradicional para integrarlos. El encuentro de los recién llegados no se produjo con la Argentina profunda sino con la Argentina visible, con hombres que ya no vivían Argentina, sino que la representaban. La Argentina visible era el país inficionado por esos inmigrantes de aluvión. Y Mallea se preguntaba: «¿Qué tiene que ver tal estado de existencia con la tradición, la tierra auténtica de nuestro país? ¿Qué tenía que ver tal modo de vida adventicia con el que nace de reales raíces, con lo que se levanta según las mismas leyes del desarrollo coherente y sólido de una semilla, un tallo y un follaje?.»

4. Frente a esta situación desalentadora, Mallea no predicó la pasividad o la aceptación resignada. Fue consciente de que «un pueblo que no sabe dónde va es un pueblo sin fe, y un pueblo sin fe es un pueblo triste». De ahí que en las páginas finales de Historia de una pasión… haya una interpretación esperanzada que es todo una llamada, una invitación a la acción cuando dirigiéndose al «pueblo profundo de la Argentina, pueblo silencioso y dramático», le exhorta con estas palabras: «Tu silencio es una pausa honda, no muerte, no desaparición; una pausa honda. La pausa fundamental, la pausa de la reflexión dramática del que vela antes del alba; la pausa del que ominosamente trabaja en el desierto creador. Pueblo profundo de la Argentina, lo que vale en ti es tu exaltación severa de la vida.»

Y cuatro años más tarde, cuando en 1941 escribe el prólogo a su libro de ensayos El sayal y la púrpura, sigue pensando que «el país está lleno de manos y misión. El país está esperando. El país es gran pájaro adormilado que necesita sacudirse y levantar el vuelo.»

*

La aparición de Historia de una pasión… en 1937 fue saludada como la manifestación de un joven meditador argentino que se planteaba, con originalidad y estilo propio, cuestiones atinentes a la identidad de su pueblo y a la crisis moral que por aquellos años lo afligía. Los intelectuales liberales agrupados en torno a Sur, la revista fundada e inspirada por Victoria Ocampo, mostraron su entusiasmo y adhesión a las tesis de Mallea. Pero desde otra publicación de signo diferente, la revista Sol y luna, representativa de un nacionalismo intelectual de raíz católica, se alzó una voz tan clara como la del poeta Leopoldo Marechal, para proclamar su identificación y coincidencia con una actitud que podría denominarse «la pena metafísica de ser argentino.»

Por el contrario, la incomprensión y el rechazo fueron rotundos en el campo del nacionalismo de izquierda y aun marxista. El mismo menosprecio con que era tratado el grupo de la revista Sur -Borges y Martínez Estrada-, fue aplicado a Mallea por escritores políticos como Jorge Abelardo Ramos o Juan José Hernández Arregui, autor éste de una expresiva y sesgada crítica: «Esta Argentina, por los compromisos irrompibles que eslabonan la carrera del escritor [Mallea], se convierte en una ficción poética, en un estado de ánimo apenado, cuyo resultado es una mistificación gramatical, una especie de medusa literaria flotando en un mar de alusiones mitológicas que, como una gelatina acuosa, encubre el divorcio con la realidad concreta, con la Argentina verdadera.»

En torno a las tesis de Mallea hubo, durante años, una larga controversia intelectual. Por otra parte, sería injusto olvidar su rica y variada labor como animador y orientador de la cultura, tanto como director del suplemento literario del diario La Nación que como inspirador de la colección de Grandes Ensayistas en la editorial Emecé, donde se publicaron libros de T.S. Eliot, Wladimir Weidlé, Dostoievsky, André Gide, Hilaire Belloc, Gilberto Freyre y tantos otros.

Pero no pretendo recordar en estas páginas la biografía de una gran personalidad. Sí subrayar su pasión argentina, que le hizo afirmar en la primera línea de La vida blanca: «En mi memoria ninguna preocupación llega más lejos que mi preocupación por mi país».

Mientras la Argentina a lo largo de las últimas décadas ha conocido una peripecia rica en sobresaltos, discontinuidades, crisis y esperanzas, no ha dejado de contar con una clase intelectual entregada a bucear, observar, analizar la esencia del ser histórico de la Argentina, con una actitud que cabría calificar de patriotismo crítico. Una actitud que siempre encontrará en Eduardo Mallea un señero y ejemplar intérprete.

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Edición No. 140