El Antanas que yo conocí
A manera de presentación
La reflexiones que contiene el presente texto sobre Antanas Mockus y su legado para las presentes y futuras generaciones son el resultado de una reconstrucción, más emocional que intelectual, sobre el proceso que compartimos al frente de la Alcaldía de Bogotá, en sus dos periodos de gobierno 1995 – 1997 y 2001 – 2003. Durante el primero, tuve el privilegio y la responsabilidad de acompañarlo como su Secretaria de Hacienda; y en el segundo, lo hice en primer término como Consejera para los temas de región y competitividad y finalmente como Directora del Departamento de Planeación Distrital. Al leer esta remembranza, quizás convenga tener en cuenta la afirmación que hace Gabriel García Márquez en sus memorias: “la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla.”

Mi presencia en su equipo de gobierno se inició al final de 1994, cuando me llamó para invitarme a ser su Secretaria de Hacienda, a pesar de que no nos conocíamos previamente, y mientras yo me desempeñaba en Manizales como Directora del Centro de Estudios Regionales, Cafeteros y Empresariales – CRECE, institución que había ayudado a crear y que había liderado durante varios años.
La experiencia que se desarrolló a partir del momento en que empezó el empalme y a lo largo del tiempo, cerca de 5 años en que compartimos en el ejercicio del gobierno marcaron no solamente mi carrera profesional y laboral sino además mi propia historia vital. Los aprendizajes, realizaciones, logros y dificultades compartidas son, sin duda, de las más valiosas vivencias en mí ya largo recorrido terrenal y las mejores ocasiones para entender el sentido y las razones de mi propia vida.
Si bien la reflexión se refiere, básicamente, a los años de gobierno, y sin considerarme ni pretender aparecer como su amiga cercana, cabe aquí señalar que he mantenido con posterioridad a dicha experiencia y por cerca de treinta años, un contacto y cercanía permanente con Antanas Mockus. Tal vez él lo sepa, pero nunca sobra reiterar que me siento profundamente agradecida y honrada con su confianza, afortunada de haber acompañado su aventura de gobierno y llena de satisfacción de saber que lo que hice contribuyó a la cabal materialización de sus ideas. Así como me siento honrada de haber sido invitada por Carlos Enrique Ruiz para escribir estas palabras sobre él en la edición No. 210 de su Revista Aleph, oportunidad que agradezco porque me permite dejar constancia de años y experiencias irrepetibles. Espero haber cumplido bien mi encargo.
Introducción
Antanas Mockus no sólo no es una persona común, es un ser excepcional, por lo cual es difícil decir que se le conoce, menos aún que se le conoce bien. En el mejor de los casos uno apenas alcanza a intuirlo y a vislumbrar su esencia verdadera. Tampoco es una persona que pueda definirse en un plano simple ni describirse o definirse en una sola dimensión, porque es, sin duda, un ser complejo, polifacético, cuando no enigmático, impredecible y, a veces, hasta incomprensible o inexplicable.
Lo que sí se puede afirmar es que, cuando se entra en contacto y se tiene la oportunidad de interactuar con él, no es una presencia que pase desapercibida ni es una experiencia de la que se salga igual. Él tiene la capacidad de incidir, de maneras insospechadas, en quienes comparten con él, en particular en las esferas política, institucional o académica, en las que me costa su influencia por haberlo acompañado en ellas.
Por su fisonomía, trayectoria y manera de actuar es una persona de amplio reconocimiento, como pude comprobarlo en las muchas ocasiones en que anduve con él en calles, escenarios, salas de reunión, aeropuertos tanto del país como del exterior. Siempre era objeto de todas las miradas, y solía ser tratado como un rockstar en tiempos en que los políticos y dirigentes –públicos o privados- despertaban poco entusiasmo entre las multitudes y gente de a pie.
Entonces, su carisma e histrionismo, su timidez y elocuencia, sus palabras escasas, dubitativas, pero a la vez profundas y convincentes, se encargaban de ponerlo en el primer plano y hacerlo destacar entre sus pares. No recuerdo ocasión en que los niños y niñas, los jóvenes, los adultos, los mayores, con grandes títulos o sin ellos, importantes o comunes, no quisieran tomarse con él una foto, preguntarle algo, transmitirle un mensaje, encargarle una tarea. Era como si, por primera vez, disfrutaran viendo a alguien con capacidad de actuar en lo público, tan distinto de sus pares en esos escenarios, y tan cercano a la multitud y a la gente común, a pesar de ser a la vez tan exótico.
Porque nadie más colombiano que él, aunque sea, desde sus ancestros, poco típico o convencional.
El ser humano
Su rasgo más destacado: el profundo amor y lealtad con su mamá, su hermana, su esposa y familia. De esto dan fe sus expresiones públicas sobre el afecto y admiración, en particular, por Nijolė Šivickas, como bien se evidencia en la película “Nijolė”, donde se puede entender el grado de influencia, compenetración y confrontación que compartieron. Y de allí su tendencia “edípica” que se manifiesta en su especial dependencia y atracción por las mujeres fuertes, de quienes se rodea, en quienes puede delegar responsabilidades con enorme confianza y a quienes suele escuchar sobre los más variados asuntos.
No bebe, no fuma, no tiene vicios, al menos no confesables, ni es un especial degustador de las comidas que consume para vivir sin darles más importancia. Tampoco baila, mejor, no lo hace bien, como si el ritmo no fuera lo suyo, aunque le gusta la música. Lo sé, porque suele tenerla sonando en los lugares que habita, solo que no es particularmente estruendosa o festiva.
Nunca lo vi enguayabado, o llegar trasnochado por andar de rumba. De hecho, pocas veces durante el tiempo que estuvimos en el gobierno hicimos una fiesta. Sólo recuerdo dos ocasiones: la primera, en un salón de la Alcaldía en diciembre de 1995 o 1996 en época de navidad. Esa noche, el ambiente era amable y afectuoso, aunque tan poco festivo que parecía más animada una reunión que a esa misma hora se celebraba en la casa del frente en el Palacio de la Nunciatura donde festejaban los curas. La otra fue al finalizar el primer gobierno en diciembre de 1997. Para ese momento él ya no era el Alcalde. Había renunciado unos meses antes de finalizar el periodo que concluyó con Paul Bromberg al frente del cargo, por lo que estaba entre feliz y nostálgico, como lo estábamos todos los integrantes del equipo, que nos habíamos sentido abandonados y huérfanos con su partida. Y valga aquí señalar que la presencia de Paul Bromberg no había sido puramente funcional e intrascendente, pues asumió el rol con tanta dedicación y rigor como Antanas Mockus, agregándole al ejercicio el buen humor que lo caracteriza, una de sus principales diferencias con Mockus quien tiene tan poco ritmo como sentido del humor.
Y es que Antanas Mockus no es particularmente efusivo, aunque es amable y afectuoso, pero ajeno a todo tipo de zalamerías. De hecho, se le podría señalar de ser distante, a veces ingrato y hasta duro con las personas con quienes trabaja. Ante las dificultades de otros puede hacerse presente, pero ante éstas y las propias, sus actitudes son las de un estoico. Cuando las investigaciones de los organismos de control abundaban, contra él o los miembros del equipo, solía decir que las debíamos recibir como si fueran condecoraciones. Para él, eran evidencia de la gran molestia que estas entidades, y los poderes invisibles que las manejaban, sentían ante nuestras acciones. No sobra decir que la inmensa mayoría, casi la totalidad, de las investigaciones se cerraron sin más efecto que el ruido en los medios y, cuando alguna se llegó a fases posteriores, igual se resolvió sin consecuencias. Como él lo señalaba, eran apenas las manifestaciones de un sistema que no podía dejar pasar nuestras actuaciones sin castigo, así este fuera solamente el dejar las dudas sembradas en la opinión, a través del ruido que replicaban los medios de comunicación, muchas veces sin confirmación ni análisis.
El maestro
Si bien no fui su alumna ni me formé a su lado, el rasgo más destacado de Antanas Mockus es su carácter docente y su permanente disposición a la pedagogía. Tal vez no exagere si digo que cada día, cada reunión, toda discusión sobre asuntos del gobierno, eran oportunidades para aprender con él, para reflexionar sobre las más variadas materias y temas, y para convertir las salas de reunión en aulas de aprendizaje. En este sentido, si algún aporte le hizo él al gobierno, fue convertirlo en una experiencia pedagógica, y transformar la típica acción burocrática en un laboratorio permanente de ideas, discusiones, debates y ejercicios intelectuales, plenos de realismo y de responsabilidad con la ciudad y la ciudadanía. De esto dan testimonio las muchas decisiones que, sin ser perfectas ni siempre las mejores, se tomaron y establecieron generando, en su mayoría, no solo los efectos esperados sino, además, las condiciones para su permanencia y sostenibilidad por décadas.
Este rasgo de Maestro no se limitaba a los ejercicios del gobierno. De hecho, si algún tema permeó la relación con la ciudadanía, con los concejales, con el sector privado, en las muy variadas oportunidades que se presentaban, fue el tema de la acción pedagógica. El Plan de Desarrollo del primer gobierno, para mencionar un instrumento central, se denominó Formar Ciudad, lo que expresaba esa intención de contribuir a la construcción de una ciudad que fuera entendida en sus aspectos tangibles e intangibles, como un aula de clases.
Y si algún saldo quedó, después de años de sus periodos de gobierno, fue el pedagógico. Durante sus intervenciones públicas en las diversas ocasiones en que se dirigía a la ciudadanía en escenarios muy variados, su principal propósito era trasmitir ideas sobre las razones para ser una mejor ciudadanía, provocar reflexiones sobre los comportamientos y el cambio de los mismos, estimular los procesos de autocontrol y control social para hacer más vivible y amable la ciudad.
Ese propósito estuvo siempre acompañado de la intención de hacer más lúdico y grato el aprendizaje, antes que imponerlo desde actitudes verticales y autoritarias. Si bien no resultaron siempre afortunados, tales intentos le llevaban a asumir riesgos en los medios para comunicar y en las maneras para transmitir sus ideas. Por eso prefería los juegos y, en ocasiones, el disfraz, para provocar los cambios, antes que los discursos y poses de caudillo.
Dos hechos ilustran la efectividad de su labor pedagógica. Uno, la campaña para la Alcaldía en 1994, cuando desplegó su carisma y creatividad en torno al compromiso común con el pago de impuestos y que le llevo a incluir una nueva cara –Todos Ponen- en la pirinola, referida al tema central de su propuesta, con la cual se dedicó a recorrer las calles de la ciudad y a invitar a la gente que encontraba a su paso para explicar sus ideas y motivar un cambio fundamental en la apreciación sobre los asuntos tributarios, labor tan eficaz que finalmente concluyó con su elección. Dos, una reunión con los más importantes banqueros del mundo, en enero de 1997 en Londres, donde nos encontrábamos para asistir a la entrega de un premio a la ciudad, otorgado por IFR (International Financig Review), una publicación del sector financiero, encargada de calificar las operaciones realizadas a nivel global. Entonces, en un almuerzo en el que Antanas Mockus era el invitado principal, lo vi explicar a los banqueros su teoría acerca del rol de los impuestos en la consolidación de la cultura ciudadana, jugando con la misma pirinola que le había servido en su campaña. La gran respuesta del mundo financiero a las demandas de Bogotá y el prestigio de la ciudad en este contexto desde aquella época, confirman la efectividad de su sesión de pedagogía y el aprecio que logró despertar entre quienes manejan el dinero a nivel mundial.
Su labor académica se expresa además en el ejercicio que emprendió después de la época del gobierno, cuando elaboró interesantes y profundas reflexiones sobre tal labor, entre otros pares con el filósofo y científico social sueco Jon Elster. En las obras realizadas conjuntamente quedaron consignados, de manera clara, las innovaciones realizadas por Antanas Mockus en las ciencias sociales, las teorías sobre el gobierno y la ciencia política, a las que aportó nuevas categorías y enfoques, como la cultura ciudadana y tributaria, y los anfibios culturales, y para las que demostró la importancia de la acción colectiva y la elección racional.
El líder
En su faceta de líder, Antanas Mockus marcó el límite entre el antes y el después. De un lado, no surgía de los sectores tradicionales de la política y la economía, era un “infiltrado” y “emergente”, como lo definían algunos representantes del statu quo. Y de otro, provenía de una elite intelectual, en especial de la universidad pública, en un país que poco había valorado a los maestros, siendo el pionero de los nuevos líderes que entrarían en lo sucesivo en la escena pública erosionando, aunque no acabando definitivamente, con los liderazgos convencionales. Él encarnaba y encarna de manera suficiente los cambios en enfoques, estilos y competencias entre un líder actual y uno tradicional, marcando, por fin, “el comienzo de la modernidad”.
Con su aparición en la escena pública puso en jaque el liderazgo tradicional de enfoque jerárquico, según el cual el líder actuaba en una estructura vertical y rígida y tomaba decisiones en la cima para después comunicarlas hacia abajo. Instaló la duda sobre la autoridad y el poder centralizados en el líder, quien tomaba solo, o casi exclusivamente, las decisiones importantes, con poca o ninguna consideración a la opinión o recomendaciones de los miembros de su equipo. Sometió a cuestión la comunicación unidireccional, que emanaba del líder hacia “los subordinados”, con escasa retroalimentación o participación en la toma de decisiones. Superó el enfoque de estricto control y supervisión de los empleados, que aseguraba el cumplimiento irrestricto a procedimientos y políticas establecidas. Y dejó de poner el énfasis en la estabilidad y la previsibilidad, que expresaba el miedo a la innovación y el cambio.
A medida que removía las bases del viejo liderazgo, Antanas Mockus ponía en práctica las nuevas maneras de ejercer la autoridad y encarnar el poder. Desde la conformación del gabinete, y aplicando experiencias de su época de Rector en la Universidad Nacional, empezó a actuar según un enfoque colaborativo, promoviendo una estructura más plana y flexible para tomar decisiones de manera participativa y consensuada. Si bien él tenía la autoridad y el poder, estos estaban distribuidos y compartidos con los integrantes de sus equipos, en quienes delegaba responsabilidades y fomentaba la autonomía. Estableció un sistema de comunicación abierta y bidireccional, y daba valor a la retroalimentación y las ideas de todos los miembros del equipo. También estimuló la adaptabilidad y la flexibilidad, estando abierto al cambio y a nuevas ideas, considerando cruciales la innovación y la mejora continua. Puso énfasis en construir una cultura organizacional sólida y alineada con valores como la diversidad, la inclusión y la sostenibilidad. Aprovechó los avances de la tecnología para facilitar la comunicación, la colaboración y la eficiencia en el trabajo. Y aplicó el enfoque en la inteligencia emocional, comprendiendo y gestionando las emociones propias y las de los demás para construir relaciones sólidas y un ambiente de trabajo positivo.
En síntesis, inició un estilo de liderazgo más inclusivo, adaptable y orientado al desarrollo del equipo, como lo confirman la alta presencia de mujeres en cargos de mayor responsabilidad, la integración de equipos con personas en su mayoría provenientes del mundo académico y técnico, sin arraigo en los tradicionales partidos políticos, la relativa estabilidad de sus gabinetes, y la vigencia y permanencia de muchos de los miembros de los mismos, que posteriormente participaron de otros gobiernos distritales, de otras ciudades y nacionales, lo que confirma el buen criterio y la pertinencia de sus nombramientos.
Como líder, tuvo la capacidad de influenciar tanto a sus equipos de trabajo como a muchos de los funcionarios de la Alcaldía, una gran mayoría de estos provenientes del viejo mundo del bipartidismo, para lograr su compromiso con la puesta en práctica de ideas innovadoras sobre el ejercicio de gobierno, al igual que a amplios grupos de la ciudadanía, a quienes se dirigían buena parte de las propuestas sobre las nuevas maneras de vivir y compartir en la ciudad.
El reconocimiento a su liderazgo se evidenció en la amplia y estructural acogida que tuvieron sus principales propuestas de cambio en los comportamientos ciudadanos que, cubiertos bajo la denominación de cultura ciudadana, se referían a temas tan cotidianos como el uso de la cebra o el ahorro de agua, y tan cruciales como el pago de impuestos, el buen manejo de los recursos públicos y la protección de la vida. Fue tal en nivel de convencimiento e involucramiento de los funcionarios y la ciudadanía con asuntos como los mencionados que, aun hoy, tres décadas después de iniciado su primer gobierno, siguen presentes en la estructura administrativa y el quehacer ciudadano, y se siguen mencionando y evocando como componentes de una de las mejores épocas de gobierno que recuerde la sociedad territorial.
Si bien muchas de sus propuestas quisieron ser imitadas y reproducidas en muchas ciudades y organizaciones del país y de otros países, difícilmente lograron ser tan efectivas como lo fueron en Bogotá, entre otras razones, porque el liderazgo de Antanas Mockus es tan único como él. Porque no se trataba solo de crear slogans o campañas, en tanto cada una de sus propuestas era resultado de una reflexión que solo él, en su condición de matemático, filósofo y semiólogo, lograba realizar, sistematizar y transmitir, de manera que los cambios que provocaba no eran solo asuntos de forma sino de profundos contenidos, que actuaban sobre el inconsciente colectivo y la siquis de cada ciudadano y ciudadana que se sentía convocado a intentarlo.
El político
Hay muchas evidencias de que Antanas Mockus fue un mejor líder que un político, al menos que un político tradicional, de los que abundan en Colombia. Entre otras razones, porque su carácter de independiente, o alternativo, la consistencia de sus principios y su compromiso con la verdad marcaban una distancia definitiva entre él y la mayoría de quienes se han movido en esas aguas.
En primer lugar, Antanas Mockus no tenía como propósito y enfoque el poder y la gobernabilidad, aunque sabía el interés que ameritaban. Más que estar centrado en obtener, mantener y ejercer el poder dentro del sistema gubernamental, tenía un profundo compromiso con la creación de condiciones para trasformar la cultura y el comportamiento ciudadano. De allí que su tarea principal no fuera desarrollar, promulgar y ejecutar políticas públicas, leyes y regulaciones, cosa que también hizo, como si lo fue imaginar mecanismos y provocar su aplicación al cambio en la relación entre los ciudadanos y entre éstos y el Estado.
En segundo lugar, mientras un político obtiene su autoridad a través de elecciones, designaciones oficiales y el marco legal vigente, requisitos que Antanas Mockus cumplió a cabalidad y sin asomo de las dudas que tantas veces han acompañado las elecciones en Colombia, en realidad su autoridad y poder no derivaban de ellos sino de su reconocida preparación intelectual y académica, de su carisma, de su osadía y de su enorme legitimidad como líder académico, al igual que de su amplio apoyo ciudadano.
En tercer lugar, porque no sentía mucho apego al poder formal y legal, ni a las estructuras jerárquicas y burocráticas, donde el poder y la autoridad están claramente definidos. De hecho, a veces parecía ser ajeno a lo que significaban y llegaba a vivir algunas de sus imposiciones como cargas. Para él, eran más retadoras y atractivas las instancias informales, donde el poder no se ejerce por definición, sino que se insinúa por merecimiento; y en las que la autoridad no deriva de lo establecido, sino de lo que se construye como alternativa.
Sinembargo, algunas características de lo político le eran particularmente cercanas. De un lado, ejerció su cargo con un elevado sentido de la responsabilidad, ante el electorado y las instituciones democráticas, y se sentía especialmente inclinado a la rendición de cuentas de sus actos. Si bien su renuncia a la Alcaldía, en 1997 meses antes de terminar el periodo para lanzarse a la Presidencia de la República podría interpretarse como un acto de irresponsabilidad, en realidad fue un error que cometió de buena fe, inducido por los cantos de sirena que algunas personas cercanas le entonaban y que le llevaron a creer que él tendría alguna posibilidad de jugar en un escenario claramente refractario a sus maneras de contribuir a hacer mejor la sociedad. Para confirmar lo poco convencional que era como político, es suficiente con recordar que él no solo reconoció su error, sino que pidió perdón por éste públicamente y se sometió a una suerte de castigo público en un acto en el Parque Nacional que antecedió a su lanzamiento como candidato para la Alcaldía en el periodo 2001-2003. La evidencia de que la ciudadanía entendió sus razones y acepto sus disculpas fue su reelección.
De otro lado, adhería sin límites a la transparencia y aceptaba sin restricción la fiscalización. Se exponía sin reparos a la evaluación publica de su desempeño y exigía de sí y de quienes le rodearon una absoluta transparencia, hasta el punto de ser inflexible ante la más mínima duda; y pedía paciencia, serenidad y aguante ante la fiscalización, que a veces fue exagerada, agobiante y hasta injusta. Pero tenía una confianza plena en que, en tanto las actuaciones fueran transparentes, legales y debidamente sustentadas, cualquier tribunal debería siempre fallar a su y nuestro favor. A tal punto que no se quejaba ni refutaba públicamente a quienes ponían todo tipo de denuncias, por centenares, ante los organismos de control e instancias de justica, con el argumento de que, más tarde o temprano, la verdad prevalecería. Y tenía razón, aunque pasar por esos caminos, que superan cualquier novela kafkiana, fue a veces muy difícil.
En cuanto al enfoque en políticas y gestión pública, Antanas Mockus tenía su propia manera de aplicarlo. Entendía y ejercía su rol político de representación de los intereses de sus electores, y se empeñaba en entender e interpretar a cabalidad lo que la ciudadanía necesitaba y requería. De allí que le fuera más fácil atender las demandas ciudadanas, que buscar el equilibrio entre las diversas demandas y presiones políticas. Frente a estas, tenía escaso margen de tolerancia y, excepto cuando se referían a compromisos programáticos, le era difícil asumirlos y adelantar negociaciones, aunque esto a veces implicara sacrificar objetivos políticos y legislativos. Al respecto, solo basta recordar que, en el segundo periodo de gobierno, presentó al Concejo de la ciudad proyectos de interés –como la reforma tributaria y la reforma administrativa- en múltiples ocasiones. En particular, dada la reticencia del Concejo de la ciudad para realizar ajustes tributarios cruciales, acudió a la aplicación de los “impuestos voluntarios”, con lo que convocaba la voluntad ciudadana para pagar un porcentaje adicional o lo legal, no tanto buscando un amplio recaudo como el poder demostrar que la ciudadanía entendía y compartía el propósito de fortalecer las finanzas de la ciudad, para mostrar a los Concejales que su argumento de estar actuando a favor de la ciudadanía cuando negaban el ajuste tributario no era tan cierto.
Por estas formas de ejercer la política, en muchas ocasiones fue señalado por diversos tipos de personas –políticos tradicionales, periodistas, analistas políticos, científicos sociales, ciudadanía- como iluso, utópico, soñador. Y de alguna manera lo era. Para un político convencional, la unidad de medida de su periodo de gobierno eran los acuerdos tramitados, los decretos expedidos, las regulaciones firmadas, pero para Antanas Mockus el parámetro era la transformación cultural, la inoculación de los principios de la modernidad en la relación entre el Estado y la ciudadanía, lo que claramente superaba los límites de un periodo de gobierno, por ser una tarea que, en ocasiones, toma el paso de generaciones. Y justamente, el haberlo logrado durante sus años en la Alcaldía confirman que, si bien su propósito era excesivo, también lo era su capacidad para conectarse con la ciudadanía, interpretar su aspiración de mejorar y construir la oportunidad de mover la ciudad desde su pasado y tradiciones hacia la modernidad.
Tal vez por eso, por ser un portador atípico de una propuesta política de futuro, fue que el entorno político tradicional se opuso y resistió a su intento de llegar a la Presidencia, se dedicó a boicotear su paso por el Congreso de la República, y se empeñó en sabotear y contaminar su aporte a la creación del Partido Verde. Nada más miserable que el calificativo de “caballito discapacitado” que le dio un expresidente durante la Campaña de la Ola Verde, utilizando la información sobre las afectaciones en su salud física para desvirtuar e invalidar su propósito. Pocas cosas más injustas que los ataques y descalificaciones del otro candidato en esa campaña, que desconocía y subestimaba los importantes logros de Antanas Mockus en los periodos de la Alcaldía, para hacerlo aparecer como un novato e inexperto sin nada que ofrecer al país como posible presidente. Más que obvias en su venganza las actuaciones de quienes se encargaron de sacarlo del Congreso, con denuncias por las astillas en su historia, provenientes de quienes siempre ignoraron las vigas en las de sus oponentes del sistema tradicional. Y muy vergonzoso el destino del Partido Verde, al que llegaron los más disimiles personajes, para apropiarse de la legitimidad que Antanas Mockus le transmitía y limpiar así sus pasados en los partidos tradicionales, apareciendo como figuras renovadas en la escena política, en la que, al cabo, ya se ha visto, volvieron a actuar como siempre lo hicieron, demostrando lo distintos y distantes que están de quien inspiro en su momento la creación de esa novedad partidista.
Sinembargo, nada de esto me tomó por sorpresa. Siempre creí que él no debía intentar participar en las campañas nacionales y, que mejor, debía dedicarse a fomentar y fortalecer las colectividades locales y regionales y los programas políticos relacionados con la búsqueda de autonomía territorial.
En mi criterio, ganar espacio en el escenario político nacional dependía críticamente de la posibilidad de pactar con el sistema tradicional y de permitir la cercanía de sus personajes más destacados, lo que para Antanas Mockus era, por principio, imposible de hacer. No era imaginable la construcción de acuerdo burocráticos o clientelistas a cambio del respaldo en las urnas. Y sin estos, ya está visto, no es posible llegar a gobernar en lo nacional. Y a la vista está también el altísimo precio que el gobierno y el país deben pagar por estos respaldos.
El tomador de decisiones
Si en algún campo vi a Antanas Mockus poner en práctica su genialidad y maestría, y actuar como un visionario, fue en el de la toma de decisiones, momentos que le representaban el mayor reto y en los que exigía la más estricta rigurosidad. No recuerdo ocasión en que se hubiera dejado llevar por las suposiciones, la emoción o los rumores, menos aún por la coyuntura o las discusiones acaloradas. Más bien, solía tomarse el tiempo, para algunos, a veces, parecía demasiado, para convocar y sentar en una mesa a quienes podían aportar al tema, sin rehuir nunca la discusión ni caer en la frivolidad que vi en otros “dirigentes” que señalaban de pelea lo que para Antanas Mockus era un debate de ideas y puntos de vista valiosos para llegar a conclusiones y decisiones sustentadas.
Cada sesión de análisis de un asunto, y la verdad es que debimos decidir sobre los más variados, interesantes y novedosos, era una oportunidad para aprender del tema, someter a cuestión las verdades relativas, poner en remojo y duda los más serios argumentos, comparar y sopesar las más disimiles posiciones y balancear, hasta encontrar un justo equilibrio, las razones y reflexiones más sustentadas hasta llegar a encontrar el camino, que no la respuesta definitiva, para plantear la mejor solución posible, dadas las circunstancias, sin caer en la búsqueda de un perfeccionismo que, en asuntos públicos, es difícil de alcanzar.
Y porque lo acompañé en muchas sesiones encaminadas a construir decisiones, puedo aseverar que no vi en él a un “neoliberal”, como se le ha señalado por parte de algunos detractores. En realidad, siempre lo encontré cercano a las posturas más socialdemócratas e inclusive, las decisiones que tomamos en los aspectos sobre los que yo tenía delegada la “gobernabilidad” se orientaban más al establecimiento de reglas de juego y condiciones conducentes a una suerte de estado de bienestar. De hecho, los resultados de las políticas y acciones realizadas durante sus gobiernos y con implicaciones más allá de los mismos, así lo han confirmado.
Para la muestra, es posible enunciar varias de las decisiones más relevantes que se tomaron para llevar adelante el proceso de modernización del gobierno distrital, tanto en su estructura institucional como en la relación con la ciudadanía.
En general, los aspectos incluidos en la Cultura Ciudadana buscaban la valoración de la convivencia y el reconocimiento de la diferencia como valores integradores entre una ciudadanía que provenía de las más distintas regiones y ciudades del país, y que por décadas se había sentido de paso en la ciudad. Desarrollar el sentido de pertenencia a un proyecto común y hacer de la ciudad un espacio compartido más allá del lugar de nacimiento fueron intenciones oportunas para superar el sálvese quien pueda y la idea común de que la ciudad era tierra de nadie. Pero, sobre todo, la protección de la vida – la Vida es Sagrada- como valor máximo, como una responsabilidad individual, colectiva y estatal fue una de las prioridades, de alguna manera fue la expresión de una política de seguridad que no ponía el énfasis en el militarismo ni la defensa armada, que llevó a promover acciones como la Hora Zanahoria, que limitaba el horario de rumba en la ciudad, y el desarme que significaba limitar el porte de armas en la ciudad, medidas todas encaminadas a evitar las muertes por la mezcla de alcohol, armas y vehículos, que ocupaban los primeros lugares en la ciudad. Estas decisiones pusieron en evidencia la férrea voluntad de Antanas Mockus para defender sus ideas a favor de la vida, a pesar de la molestia, en algunos casos definitiva, de los rumberos, fueran dueños de establecimientos o practicantes consuetudinarios de la fiesta; y de las denuncias y reacciones de los portadores de armas, incluidos los altos representantes de las fuerzas armadas. No sobra recordar que, mientras estas acciones se adelantaban en la ciudad, en el país se consolidaban las convivir y el paramilitarismo se tomaba la política de seguridad de muchas regiones, con lo que el contraste entre lo que ocurría en Bogotá y el resto del país resulta más que sobresaliente.
Otra área de decisiones estratégicas fue la fiscal. Primero, el Todos Ponen, que trataba no tanto de contrariar todas las lógicas usuales que estigmatizaban y rechazaban los tributos, como de lograr que la ciudadanía entendiera y valorara los impuestos como “el cemento de la sociedad”, como la manera de sellar el compromiso con la causa común de la ciudad. Más osado aún, que pagara cumplida y cabalmente lo debido y lo hiciera con satisfacción y gusto. Más allá de las campañas que acompañaron la puesta en marcha de estos propósitos, las decisiones dieron lugar a serias transformaciones en los más estructurales ámbitos de la administración distrital, como la Dirección de Impuestos, la Tesorería, el Catastro Distrital; y abrieron nuevos espacios de relación con el sistema bancario de la ciudad. Incluso, esta labor demostró la capacidad de Antanas Mockus para construir sobre lo construido, en la medida en que se sustentó en lo ya avanzado por el Alcalde Jaime Castro (1992-1994) con la expedición del Decreto 1421 o Estatuto Orgánico de Bogotá, a quien no temía mencionar y agradecer sus esfuerzos. De hecho, durante su campaña a la Alcaldía en 1994 apoyó el primer cobro del llamado Autoavalúo Predial, lo que algunos analistas llegaron a calificar de suicidio político. Obviamente, la ciudadanía tenía otra manera de valorar tales esfuerzos, como lo indicaron tanto los recaudos del impuesto como el apoyo electoral que lo llevó a su primer periodo en la Alcaldía.
Otro esfuerzo que permite confirmar lo lejos que estaba Antanas Mockus de las propuestas “neoliberales” es el que puso en hacer realidad su principio de Recurso Publico Recurso Sagrado, en el que reconocía el valor de lo público, asumía un compromiso de buena gestión ante la ciudadanía y se imponía el reto de convencer y convocar a la amplia y ajena burocracia distrital, la mayor parte proveniente del pasado bipartidista y acostumbrada a atender los intereses de los concejales y políticos que los recomendaban, para hacer de ese principio un propósito propio. A ese esfuerzo corresponden las decisiones sobre la reestructuración de la administración, que implicaba pasar de un aparato en que predominaban cargos asistenciales y técnicos hacia uno de una mayoría de cargos para profesionales; las múltiples instrucciones para garantizar un actuar transparente, oportuno y eficaz frente a las demandas ciudadanas; las exigencias sobre los directivos de las entidades para que ejercieran sus responsabilidades de manera que se ganara la confianza de la ciudadanía; la distancia frente al sector privado, al que llegó a pedirle que “no diera regalos” para no tener que devolverlos; y la insistencia en la propuesta de reforma administrativa que presentó, en su segunda administración, cerca de 8 veces al Concejo de la ciudad, para configurar un aparato con las mejores condiciones posibles como administración moderna. Sin ser perfecta, aquellas decisiones dieron lugar a una administración que, durante treinta años, solo estuvo en una ocasión dolorosa y de graves consecuencias, involucrada en actos de corrupción: el llamado Carrusel de la contratación que comprometió recursos nacionales y solo marginalmente distritales, generó procesos fiscales y legales que llevaron a decisiones penales y a sanciones sociales y políticas que, sin justificar lo ocurrido, indicaron a la ciudadanía que no todo vale y el que la hace, la paga. Tal vez estas consecuencias, escasas en la sociedad nacional, evitaron que la ciudadanía de Bogotá perdiera la confianza en el proceso de fortalecimiento distrital.
Y si faltaran evidencias, la mejor es la capitalización de la Empresa de Energía de Bogotá, que no venta, uno de los procesos más complejos, exigentes e innovadores que vivió la administración en el primer gobierno. El proceso no se trataba solamente de evitar la quiebra de la empresa y las consecuencias para la ciudad, la ciudadanía y el sector productivo por la falta de este servicio público esencial, sino de convencer, de un lado, al sindicato, con el que se adelantaron largas y juiciosas jornadas de discusión, que permitieron llegar a acuerdos y al convencimiento de las bondades que ofrecía la capitalización, hasta el punto que el sindicato acompañó activa y positivamente los debates en el Concejo sobre la transformación de la empresa de pública a sociedad por acciones. De otro lado, se trataba de una operación dentro del sistema financiero internacional y en el mercado de energía global, que implicaba preparar y presentar la empresa en esas dimensiones para traer y convencer a los posibles mejores accionistas. La operación fue tan exitosa que se recibió un monto equivalente a casi el doble de lo esperado -que se recibió al final del periodo y quedó a disposición del siguiente gobierno, lo que, en vez de ser celebrado, fue visto como un signo de baja capacidad de ejecución presupuestal, dando lugar a una de las interpretaciones más amañadas, falsas e injustas sobre la gestión del gobierno Mockus-Brombergs-; y el manejo posterior de la empresa fue tan eficaz, que esta se convirtió en una fuente vital de recursos para la financiación, entre otros, del sector educativo de la ciudad.
Si bien podría extenderme en otras decisiones, será suficiente con mencionar un par de ellas:
De una parte, las criticas decisiones involucradas en la incorporación en el presupuesto y la acción estructural de la administración del tema del mantenimiento vial, que llevó a la eliminación de la Secretaria de Obras Públicas, permeada por todo tipo de problemas que impedían su actuación en ese frente tan relevante para la operación eficiente de la movilidad y la ciudad; y al trámite de la sobretasa a la gasolina, considerada por definición la fuente para financiar las intervenciones del mantenimiento vial. Al respecto, durante el debate en el Concejo, afectado inconvenientemente por la intención del gobierno nacional y algunos políticos de la ciudad de hacer el Metro, se cambió el propósito y sentido del Proyecto de Acuerdo hasta el punto que los recursos para mantenimiento vial fueron sensiblemente reducidos. Frente a tal situación, una vez aprobado el proyecto en el Concejo y enviado para firma del Alcalde, Antanas Mockus no solo no lo firmó sino que lo devolvió, en una actuación pocas veces vista, pero suficientemente notoria por la coherencia y seriedad que demostró ante una distorsión inconveniente para la ciudad. De aquel error del Concejo y quienes lo promovieron se derivó que los recursos estuvieron congelados por años, mientras los huecos y la calidad de la malla vial de la ciudad empeoraba. Y, varias décadas después, el mantenimiento vial sigue siendo residual y el metro una vana ilusión.
La conformación de un gabinete con una amplia mayoría de mujeres es muestra evidente de que se adelantaba a las reflexiones y acciones de promoción de la equidad y a la exigencia legal actual de paridad, lo que no lo convertía en feminista, pero si en pionero de la apertura del gobierno para las mujeres. También con acciones como “El día sin hombres” atendía el compromiso de visibilizar las violencias contra las mujeres en el espacio público, y la necesidad de involucrar a los hombres en la atención de lo domestico y el ejercicio de la paternidad de manera activa. En su segundo gobierno, contribuyó igualmente al desarrollo de los proyectos pioneros del cuidado, entre otros, con la estimación del valor de las actividades domésticas en la economía distrital y la visibilización de éstas como parte de la apuesta de productividad urbana.
En lo que atañe al fortalecimiento económico de la ciudad, favoreció el desempeño del rol de la gestión pública en la competitividad y la productividad, promoviendo la creación de instancias para materializar la relación entre el sector público y el sector productivo en función del mejoramiento de la calidad de vida de la población en los territorios y el cierre de las brechas de desarrollo entre ellas. Tales iniciativas se fortalecieron posteriormente en una dimensión regional para llevar a cabo la construcción conjunta, primero con el gobierno del Departamento de Cundinamarca y la Corporación Autónoma Regional CAR, y luego con los departamentos de Meta, Tolima y Boyacá, de los espacios de conversación, discusión y decisión sobre las necesarias interrelaciones y apoyos que se requerían para llevar a sus mejores condiciones la economía distrital, departamental y regional, y generar los mejores impactos sobre la calidad de vida de la población. En este sentido, se crearon, entre otros, la Mesa de Planificación Regional Bogotá-Cundinamarca, el Consejo Regional de Competitividad, el Comité Intergremial de Bogotá, que dieron lugar a la formulación de variados instrumentos de planificación, que comprometían inversiones y actuaciones del sector público y privado, y que posteriormente dieron lugar a la creación de la RAPE de la región central y la región metropolitana Bogotá-Cundinamarca.
Finalmente, en el segundo gobierno, el Alcalde apoyó y se comprometió con la revisión del Plan de Ordenamiento Territorial para incluir las relaciones con el sector rural y la región, el policentrismo, los instrumentos de planificación y, de mayor interés, la relación entre estos y los instrumentos de financiación. De esta manera se realizó la gestión y trámite de la plusvalía, estableciendo así uno de los cobros más relevantes por la renta del suelo, y se crearon las condiciones para el diseño y establecimiento del sistema de cargas y beneficios, completando de esta forma las fuentes disponibles para la financiación del desarrollo territorial. Ese POT estuvo vigente durante 18 años, y si bien sufrió algunas modificaciones por decreto, lo esencial del mismo estuvo en la base de la producción de cerca de 500.000 viviendas y de las intervenciones urbanas de ese largo período.
Para terminar
Quedan muchas facetas por comentar y rememorar de Antanas Mockus. La más importante, la de artista. Pero más que referirme a sus obras – literarias, plásticas o fílmicas – a las que ha dedicado parte de su tiempo desde que terminó su paso por el escenario político, entre otras razones porque no cuento con los elementos de juicio necesarios ni el conocimiento suficiente sobre lo realizado en esos campos, quisiera mencionar que su mayor poder de expresión y comunicación está lleno de sentidos, contenidos e impactos que acuden no solo ni principalmente a la razón, sino y, sobre todo, a la emoción.
Él mismo es un ser que se deja conmover, no en vano lo vi llorar en las más distintas situaciones, a veces de alegría y otras de tristeza, solo para mencionar algunas, ante la muerte de nuestro compañero de gabinete y su buen amigo Fabio Chaparro; por la aprobación del Plan de Desarrollo Formar Ciudad; por las manifestaciones de niños y niñas en eventos públicos; en el acto en que pidió perdón a la ciudadanía por su renuncia a la Alcaldía; por la injusta realidad que enfrentó en la campaña de la Ola Verde.
Y también lo vi despertar las más disimiles emociones en la ciudadanía, a la que sabía conmover hasta las lágrimas o convocar a la sana alegría y las buenas risas. Y todo porque él, como pocos, o mejor, ningún otro político que haya pasado por el país, sabe tocar el alma humana, no porque sea un conocedor de ésta, sino porque él mismo ha vivido buscando la manera de ser un buen ser humano. Y, cuando lo logra, se atreve a dudar de lo que ha hecho para continuar luchando por hacerlo mejor.
Al cabo de treinta años de haber empezado el camino de la política, tal vez no sea exagerado decir que la mejor obra del artista fue lo que dejó de legado en Bogotá. Y su mayor frustración, no haber podido hacer una tarea similar para tocar el alma de la ciudadanía del país. En la ciudad, son millones los que lo recuerdan y evocan sus gobiernos y las acciones que adelantó en ellos. El país se lo perdió, él estaba muy adelantado en sus ideas y capacidades y al país le quedó grande un ser que lo llevara a la modernidad. Quizá por eso el país sigue mordiéndose la cola como serpiente, incapaz de superar la violencia, la corrupción y la guerra. Lo lamentable sería que esa guerra terminara llegando a Bogotá, ciudad a la que Antanas Mockus protegió, como se hace con las obras que se consideran valiosas.