El gran incendio de Manizales en el cine y la literatura
En julio de 2025 se cumple el centenario del más pavoroso de los tres grandes incendios que cambiaron para siempre la fisonomía de Manizales en la década del 20 del siglo XX.
El primero ocurrió el 19 de julio de 1922 en el centro de la ciudad. Se quemaron cuatro viviendas, así como numerosos locales comerciales. Sobre este incendio el padre Fabo escribió en su Historia de Manizales:
“La manzana encerrada entre las carreras 10 y 11 y las calles 14 y 15[1] vomitaba llamas que recordaban el incendio de Roma descrito en ¿Quo vadis? Era como una bocanada inmensa de algún espíritu infernal. Crepitaba y rugía la hoguera con temblor trágico; toda la ciudad estaba iluminada lívidamente, envuelta en cenizas que caían del cielo. Por fortuna, no se movía ni un soplo de brisa; la columna de humo y de llamas ascendía sin vaivenes; y como las construcciones son tan tenues y livianas, a las pocas horas, las llamaradas habían desaparecido ante la consternación de los habitantes que procuraron con heroísmo atajar la quema. ¿Qué hubiera sido de la ciudad de guaduas si el soplo de la cólera divina hubiera avivado el incendio? Muchos atribuyeron a la intervención natural el rápido desenlace” (Fabo de María, 1926, pág. 251).

En 1924, con ocasión de los 75 años de Manizales, el Concejo Municipal convocó un concurso que produjo los dos grandes libros sobre la historia inicial de la ciudad: el del padre Fabo, publicado dos años después, y Manizales, de Luis Londoño Ospina, impreso en 1936.
Londoño incluyó en su libro un registro aún más detallado sobre el incendio de 1922:
“La rapidez de las llamas no permitió salvar casi nada de esas mercancías. La imprenta de la empresa periodística “La Patria” quedó envuelta por las llamas, y por lo tanto fue totalmente destruida (…) Para atajar el fuego por ese lado, que ya había empezado a invadir otros edificios contiguos, se destruyó casi en su totalidad la magnífica casa de habitación de don Marco Gómez, jefe de la firma Gómez Hermanos. Así mismo sufrieron grandes daños una casa de don Nepomuceno Jaramillo, la del señor Álvaro Jaramillo y otra de don Jesús Montes Ramírez. En estas tres últimas habitaciones los daños fueron ocasionados, no por las llamas, sino por la destrucción de parte de sus techos, para ver de contener el fuego, propósito que se consiguió. La estrechez de las calles facilitó a las llamas, cuando subieron a los aleros de la casa donde principió el fuego, pasar a la casa del frente” (Londoño Ospina, 2017, pág. 234).
Los libros del Padre Fabo y Luis Londoño son la principal referencia bibliográfica sobre el comienzo del siglo XX en Manizales, pero como ambos se escribieron en 1924 no alcanzaron a documentar los otros dos grandes incendios de la ciudad. La última de estas conflagraciones ocurrió el 20 de marzo de 1926 y quedó registrada con fotografías y textos en el diario La Voz de Caldas que Eudoro Galarza Ossa había fundado dos meses atrás. En esa ocasión se quemaron dos manzanas, además de la antigua Catedral de Manizales, cuya réplica corresponde a la actual iglesia del barrio Chipre.
Este último incendio, que motivó una enorme cruzada por la reconstrucción del centro de la capital de Caldas, llegó en momentos en que Manizales aún no se reponía del gran incendio de 1925. Pasadas las 9:00 p.m. del 3 de julio de 1925 se desató el fuego, en la Droguería Andina, en el centro de Manizales, y rápidamente se propagó a casas vecinas, y de allí a cuadras adyacentes. De acuerdo con el historiador Albeiro Valencia Llano, se quemaron 229 edificaciones en 32 manzanas, de las cuales 21 quedaron completamente arrasadas. “¿Por qué se quemó casi toda la ciudad? Porque una cosa es manejar velas de parafina con pabilo, para alumbrar la noche, y carbón vegetal para las cocinas, y otra cosa bien distinta utilizar “cables, fusibles y resistencias”; llegó la luz eléctrica, pero sin buenas redes de energía. Tampoco había un buen acueducto, ni cuerpo de bomberos, ni agua suficiente” (Valencia Llano, 2023, pág. 129). De hecho, entre el segundo y el tercer gran incendio se presentaron otros 38 conatos, según lo registró Emilio Correa A. en La Voz de Caldas (Correa A., 1926).
Para la fecha de este incendio Manizales tenía aproximadamente 50.000 habitantes, de los cuales 30.000 vivían en el área urbana. El incendio de 32 manzanas en una ciudad de esas dimensiones generó un impacto notorio en todos los ámbitos: el social, el económico y por supuesto el cultural. Los ecos del incendio saltaron de la prensa al cine y la literatura, en una época en la que el periodismo no era aún un campo autónomo, sino una extensión o variación del oficio literario.
Las tragedias han sido parte de la historia de Manizales e ingrediente del carácter previsivo casi de aversión al riesgo. El escritor Dukardo Hinestrosa Castrillón lo plantea así, en su libro A la sombra de la Catedral:
Las primeras edificaciones fueron hechas con madera, en parte por el factor económico y en parte también por el temor a los temblores. No tuvieron en cuenta que los incendios serían el otro lastre que los azotaría; entonces, cuando no temblaba, habría que esperar un fuego arrasador. Y cuando no era ni lo uno ni lo otro, llovía a cántaros, y eran los deslizamientos. De manera que no les quedó a los manizalitas (sic) otra alternativa que aprender a conjugar el verbo “Reconstruir” en todos sus tiempos. (Hinestrosa, s.f., pág. 106).
El incendio en el cine
Manizales vivía fiebre de cine al momento de ocurrir el gran incendio de 1925. Tan solo un año atrás se había estrenado Madre, una película escrita y dirigida por Samuel Velásquez Botero, un autor antioqueño radicado en Manizales. El filme fue producido por la compañía Manizales Film Company y rodado en zona rural de la ciudad durante el segundo semestre de 1923. El estreno tuvo lugar en la capital de Caldas entre el 11 y el 13 de marzo de 1924 y posteriormente se proyectó en Bogotá (Gil Montoya & Villegas Botero, 2021).
Tras el entusiasmo despertado por la película, la compañía Manizales Film Company se embarcó en un nuevo proyecto cinematográfico: un documental sobre los 75 años de la ciudad, dirigido por Félix R. Restrepo.
A diferencia de Madre, película de la que sólo hay disponibles algunos fragmentos, de Manizales City, de 1925, se pueden ver los 70 minutos completos en plataformas a través de Internet. Además de su valor histórico y cultural la película es también uno de los principales documentos que evidencian los estragos que causó el incendio del 3 de julio de 1925 y la ciudad que se perdió entre las llamas.
El documental es una producción de cine mudo diseñada para ser presentada con música en vivo. Se inicia con el registro de gentes, calles y edificios de Manizales. Se aprecian el desfile y las fiestas del carnaval conmemorativo de los 75 años de fundación del municipio, y aparecen algunos automóviles, caballos, un baile, un festejo taurino y la vida cotidiana en el centro de la ciudad, la plaza de mercado y la Avenida Cervantes. Se trata de un documental descriptivo con cierta pretensión de promoción turística. Este primer fragmento de más de 40 minutos corresponde a la versión original que se presentó el 5 de marzo de 1925 en el Circo España de Medellín. No obstante, con ocasión del incendio del 3 de julio, su director añadió un fragmento final que se inserta con un aviso en pantalla en el que se lee:
La Colombia Film Company, para llamar al corazón de los buenos hijos de la patria, presenta las ruinas, humeantes aún, a que quedó reducida la bella y noble ciudad de Manizales, por el devorador incendio que se produjo en la noche del día 3 de julio de 1925 (Restrepo, 1925).
A continuación, la audiencia se encuentra con un material audiovisual desolador, que contrasta con la primera parte del documental. Donde hubo fiesta y gente, ahora la cámara muestra las ruinas de edificios y calles. Se ven personas trabajando entre los escombros y se aprecia el humo que aún sale de las construcciones derruidas. Los planos generales permiten dimensionar el tamaño de la devastación, mientras que primeros planos se detienen en detalles como una máquina de escribir destruida por el fuego, o en el estado en que quedó el Teatro Olympia o la Calle de la Esponsión. La película se detiene en la fachada de “la hermosa iglesia catedral, símbolo de la fe de los valerosos hijos de Manizales, que se alza en medio de las ruinas como mudo testigo del coraje de ese pueblo vigoroso, que puso el pecho para defender la casa del Señor contra el furor devastador del fuego”.
La Catedral ardería en las llamas del tercer gran incendio, siete meses después. El contraste entre el tono festivo del inicio del documental y la destrucción que se observa en las imágenes posteriores se cierra con un mensaje esperanzador que se lee en la pantalla al final de la película:
Esta espantosa tragedia, nunca vista en el país, que causó la ruina de varias familias, que produjo una pérdida de más de veinte millones de pesos, que destruyó en pocas horas el fruto del trabajo de muchos años, no ha podido vencer la energía indomable de los hijos de Manizales, que se aprestan ya a reconstruir la ciudad y a rehacer la riqueza. Ha servido, en cambio, para conmover el alma colombiana y demostrar que la unidad nacional es un hecho. Manizales surgirá nueva y más hermosa; y, como el ave fénix, de sus cenizas se alzará con más bríos para la lucha y seguirá ocupando su puesto en primera línea entre las ciudades de Colombia. Así lo desean la patria y la Colombia film Company.
El incendio en la literatura
Además del registro cinematográfico, el gran incendio del 3 de julio de 1925 también quedó documentado en la literatura de Caldas. El texto más referenciado suele ser La oración del incendio, que el político conservador e intelectual Aquilino Villegas Hoyos leyó en el Teatro Manizales el 29 de abril de 1929 (Villegas Hoyos, 1961).
Se trata de un texto extenso de casi 3.000 palabras, en el que el narrador le habla a alguien muy joven (“tú, amigo mío que apenas pisas el dintel de la vida”) y lo invita a recordar lo que la ciudad vivió durante los incendios del 3 de julio de 1925 y el 20 de marzo de 1926 aunque no cita ninguna de las dos fechas. El autor describe vívidamente el horror que cobijó a la ciudad, los esfuerzos de la gente por frenar el avance del fuego, la búsqueda de dinamita para destruir inmuebles con el fin de que los escombros sirvieran como cortapisa para las llamas; la impotencia ante la destrucción de tantas edificaciones, el intento por salvar documentos y objetos de valor y la desolación por la desaparición de la Catedral en el tercero de los incendios. No obstante, al igual que en Manizales City, el autor de La oración del incendio concluye con un mensaje esperanzador en el que resalta “cómo esa generación levantó sobre las ruinas, en hierro y cemento incombustible y perennes una nueva Catedral, tres veces más alta y magnífica, cuyas agujas perforan el cielo a alturas vertiginosas” (Villegas Hoyos, 1961, pág. 225).
A continuación, se presenta un fragmento de La oración del incendio, en el que el autor narra cómo comenzó la tragedia:
Mis ojos mortales vieron el Incendio. La villa dormía silenciosa y apacible bajo el candor de una luna de plata. El viejo reloj de la Iglesia iba dejando caer lentamente las horas cristalinas. Los tardos pasos del transeúnte retrasado resonaban contra los muros de secas maderas antiguas, sonoras como una vieja guitarra. Apenas si en silencio se escuchaba la frase cotidiana de un piano inexperto, cargada de tedio provincial y el ladrido de los perros insomnes en el suburbio argentado de luna.
De repente, salta sobre los tejados el grito angustioso de nuestra campana, la nuestra, la de nuestra infancia y de nuestra juventud, la más sonora y cristalina que azotó nunca los cielos abiertos. Fuego! grita nuestra campana desde lo alto de su torre. Y tras de ceñir con mano temblorosa el sumario vestido nocturno, a la calle soñolienta. Dos sombras corren desoladas dando gritos: “Incendio! Incendio” ya son diez, veinte, cuarenta. Un pequeño grupo se agita en la esquina trágica, y ya por las ventanas asoman las lenguas azules y viperinas de la llama. Agua, poca: bombas, ninguna; herramientas… nada, nada…; y el grupo espasmódico se queda por un momento hebetado de pavor, mudo y estático, ante lo irremediable: la ciudad estaba herida en el corazón, lo que todos pensaban, lo que todos temían (Villegas Hoyos, 1961, pág. 214).
Lo que Aquilino Villegas describe desde el ensayo, Natalia Ocampo de Sánchez lo recrea desde la ficción. En 1936 Una mujer se convirtió en la primera novela firmada por una escritora de esta región y en ella la autora dedica un capítulo completo, el IX, a la angustia vivida durante y después del incendio. Algunos detalles de su relato coinciden con los que Aquilino Villegas incluye en su texto: el tañido de las campanas “que anunciaba una desgracia colectiva” (Ocampo de Sánchez, 1936, pág. 98), la solidaridad espontánea de la ciudadanía, la ausencia de bomberos, el uso de la dinamita para frenar el fuego, la manera en la que la Catedral se salvó de las llamas en ese segundo incendio y la aparición de saqueadores que aprovechan la tragedia para hurtar en medio de la desgracia. Sin embargo, como se trata de una novela y el narrador escribe desde el punto de vista de Leticia, la protagonista, la mirada de la narración es mucho más íntima que la que ofrece Aquilino Villegas. Así, además de la descripción de casas y muebles destruidos, Natalia Ocampo de Sánchez incluye en su inventario de pérdidas los pequeños objetos de poco valor económico pero gran valor sentimental:
¡Oh dolor!, no tan sólo las telas raras, primorosamente confeccionadas, las tocas, los sombreros, las sedosas pieles, los puntos bordados, el ajuar riquísimo, los documentos de valor, las alhajas, sino también lo más amado: los recuerdos gratísimos que en insignificantes objetos se guardan con amor: las flores marchitas, la esquela, el pañuelo de seda perfumado, que hacen recordar la hora y el lugar de un momento feliz; cartas y memorias del pariente, del amigo ya idos…, objetos mil de infinito valor moral y que el monstruo sin entrañas deshace en un momento (Ocampo de Sánchez, 1936, pág. 101)
Desde la ficción Natalia Ocampo intercala datos concretos sobre el incendio. Como cuando afirma que “a trece leguas de distancia percibieron el fatídico resplandor” (p. 104) y “treinta y dos manzanas eran escombros convertidas en brasas y llamas”, con la vívida descripción de la forma en la que se vivió el incendio al interior de las familias: la espera de los hombres que estaban apagando el fuego, el estruendo de las explosiones, la liberación o la muerte de los animales domésticos, la angustia por la escasez de camiones para trastear los muebles y ropa a sitios seguros y el estropicio de vajillas, espejos y demás elementos que se quiebran en medio del afán por empacar y lanzar todo en corto tiempo. Por toda esta fuerza narrativa es que Adalberto Agudelo, estudioso de la literatura caldense, dice de ella que “la mejor página sobre el incendio de 1925 se debe a su pluma” (Agudelo, 2017, pág. 161).
De las explosiones que anuncia en su obra literaria Natalia Ocampo, dejó constancia el fundador del diario La Patria, Francisco José Ocampo, quien fungía en el momento del incendio de 1925 como secretario de Hacienda del Gobierno Departamental, y se desempeñaba el 3 de julio como gobernador encargado por no encontrarse en la ciudad el titular, Gerardo Arias Mejía. Así describió la decisión de usar pólvora para contener el fuego:
…de acuerdo con los jefes del Ejército y de la Policía di por escrito la orden de dinamitar las edificaciones cercanas a la Gobernación con el fin de despejar el terreno y poder combatir más fácilmente la propagación del arrasador incendio. Se trajo dinamita de los depósitos del Ejército y se voló la casa de la familia Murillo, situada en la esquina nororiental de la plaza. Con esta medida, que después me fue muy censurada por mis adversarios políticos, se salvaron el sector oriental y norte de Manizales donde, como dije antes, estaba la mayoría de las residencias particulares de los manizaleños. Estoy seguro y así lo están muchos ciudadanos, de que, si no se toma esa medida extrema, la destrucción de la ciudad habría sido total. En la misma forma salvamos la Catedral, dinamitando una casa vecina… (Hoyos, 2024, p. 135).
Sobre el total de las manzanas consumidas por el incendio en el casco urbano hay dudas. Pedro Felipe Hoyos Körbel cita un mapa publicado en el periódico Mundo al Día, de Bogotá, el 8 de julio, cinco días después del incendio y dice que allí se pueden ver 18 manzanas quemadas y 6 destruidas. También tiene en cuenta el relato de Ocampo, quien en el balance del daño del fuego relata:
Veinticinco manzanas, las más valiosas de la ciudad, destruidas, con pérdidas, según el inventario que a mí personalmente me tocó realizar, de centenares de casas y tiendas, edificios y depósitos, con un valor total de cincuenta millones, así: asegurados veinte millones; desamparados o sin seguro treinta millones… pero lo más grave de las consecuencias fue la pérdida de la hegemonía de Manizales como primera ciudad comercial del occidente colombiano, junto con el grave daño causado por la disminución de la población que desertó atraída por otras ciudades, en vista de la falta de vivienda.
Otra autora que escribió una ficción a partir del incendio fue Uva Jaramillo Gaitán. El cuento largo “El Campanero”, que ella consideraba como “novela” apareció por primera vez en La Voz de Caldas el 19 de junio de 1926, tan solo tres meses después del tercer gran incendio que consumió la Catedral. Este texto, que en octubre de 1928 fue publicado en La Novela Semanal que dirigía en Bogotá Luis Enrique Osorio, cuenta la historia de Tomás, el joven campanero de Villa Eulalia, un pueblo de 2000 habitantes. En un arrebato de locura Tomás le prende fuego a la iglesia, que arde ante los ojos impotentes del párroco y los vecinos. Aunque se trata de una ficción, elementos como el repique de las campanas y la impotencia por la velocidad con la que las llamas consumen el templo son comunes a otros relatos relacionados con el incendio que destruyó la Catedral de Manizales.
Un grito desesperado salió por un balcón de la Casa Cural. Era la voz del Padre Román. Otro grito desgarrador por otro balcón: la voz de doña Rosa.
–Incendio! Incendio! La iglesia ardiendo!…
Los que habitaban en la plaza soltaron de sus lechos y vieron sobre un fondo rojizo la negra silueta de Tomás. En veces el humo envolvía pero no cesaba de repicar con criminal alegría. Innumerables bandadas de palomas huían en aquella hora de la noche. Era una cauda blanca y fugitiva que agitaba en el vacío las alas, como deben hacerlo al emigrar las ilusiones cuando ven llegar el pajarraco del desengaño!
Llegaron los vecinos a la querida iglesita cuyas puertas encontraron cerradas. Al derribarlas vieron claramente que había prendido fuego por distintas partes. El altar mayor ya estaba consumido, lo mismo los de la Virgen y San Antonio. Imposible pretender salvar algo siquiera! (Jaramillo Gaitán, 1926).
El incendio que Aquilino Villegas Hoyos, Natalia Ocampo de Sánchez y Uva Jaramillo Gaitán vivieron en su etapa adulta, Maruja Vieira lo vivió siendo apenas una niña pequeña. La poeta nació el 25 de diciembre de 1922 y, según escribió en su breve crónica “El incendio”:
Mi primer recuerdo es el del incendio de Manizales en marzo de 1926. La primera conciencia de mí misma está en mis manos de cuatro años aferradas a los barrotes del balcón de la casa donde nací, en la esquina del Parque Caldas, diagonal con la Iglesia Parroquial[2], una iglesia hecha de madera, como la Catedral, que estaba condenada a volverse cenizas (Vieira, El incendio, 2019, pág. 9).
Así comienza la versión de “El incendio” publicada en el libro Una ventana al atardecer, de 2019. Se trata de una variación de un texto que con el mismo título se encuentra en el archivo digital que la Universidad de Caldas conserva con las obras de Maruja Vieira. El texto de la Universidad de Caldas reposa en un archivo titulado “Periodismo – Columna de Humo – Recuerdos”, y trae el subtítulo “Recuerdo de hoy”, que corresponde a una serie de crónicas escritas por Maruja Vieira con remembranzas de su infancia y juventud. De esa serie también hacen parte textos sobre el cable aéreo, la abuela Rita, el matrimonio de su amiga Lucy Tejada y una memoria de Fanny Mickey, entre otros. Por su parte, “Columna de humo” fue el nombre del espacio que empezó a publicar en El Espectador en los años 50 y continuó luego en El Tiempo y El País, de Cali.
En su memoria sobre el tercero de los incendios Maruja Vieira rememora a su padre Joaquín Vieira y a su hermano Gilberto, quienes al enterarse del fuego corrieron a la Gobernación “para sacar papeles de la caja fuerte, de la Licorera de Caldas”, porque su padre era el gerente de dicha empresa. “A lo mejor las fórmulas de Don Ramón Badía, el experto que don Joaquín había traído para fortalecer los primeros pasos de la empresa departamental y que dio origen al tradicional Ron Viejo de Caldas” (Vieira, El incendio, 2019, pág. 10).
Hay un detalle común en los textos de Aquilino Villegas, Natalia Ocampo de Sánchez y Maruja Vieira: la impresión que causó el toque de las campanas: “Recuerdo gritos: ¡incendio! ¡incendio! Me levanté y corrí al balcón. Oía estallidos; el cielo estaba rojo y las campanas de la Parroquial sonaban desesperadamente, con un toque distinto”, describe Maruja Vieira.
La versión de “El incendio” que reposa en la Universidad de Caldas incluye dos párrafos omitidos en el libro Una ventana al atardecer, en donde Maruja Vieira evoca La oración del incendio. El primer párrafo es de autoría de la escritora y el segundo corresponde a un fragmento de La oración del incendio:
Cuando la condecoración de Caldas resultó ser la Orden Aquilino Villegas, tuve una emoción inmensa. Fue Aquilino Villegas quien escribió La oraciòn del Incendio, que alguna vez escenifiqué por radio con la mùsica de La Danza del Fuego…en Radio Libertad de Medellín. (Vieira, El incendio. Recuerdo de hoy, 2012).
Hasta acá algunas huellas de los tres grandes incendios de la década del 20 en el cine y las letras de Manizales. El otro legado de los incendios puede leerse en negativo: no su registro, sino las obras que se perdieron o se quemaron por las llamas, y los efectos de migración que éstas causaron. En una entrevista realizada por Eudoro Galarza Ossa, fundador y director de La Voz de Caldas, el periodista le pide a la escritora Ana Joaquina Cárdenas Cano que le hable de sus versos. La primera que responde es su hermana Jesusita:
—De eso ya no se habla, dice doña Jesusita.
—Todo eso lo eché al fuego, agrega doña Joaquinita.
—No puede ser, replicamos nosotros.
—Sí. ¿No recuerda que cuando el incendio todo el mundo sacó sus cosas a la Plaza de Bolívar? Pues como lo único que yo tenía eran esos papeles, allá los llevé y se quemaron también (Galarza Ossa, 1932).
Un destino similar describe Uva Jaramillo Gaitán en un diálogo con la escritora Luz Stella en septiembre de 1925 en Ibagué, ciudad en la que se radicó temporalmente Uva Jaramillo luego del incendio:
Nos informan que el incendio de Manizales te ocasionó grandes pérdidas.
—Absolutamente todo: casa, empleo, muebles, libros, ropa, etc.
—Y se quemó también tu arsenal literario?
—Casi todo. Se salvó “Maldición”, la novela que considero como la mejor, y para cuya publicación estaba haciendo economías. Ahora ella, como mi porvenir y mi vida, quedan en manos de la Providencia. (Cárdenas Roa, 1925).
En los años 20 la industria editorial en Manizales era aún incipiente. Pocos autores (y aún menos autoras) habían publicado libros y la prensa era el vehículo natural en el que circulaban los versos, cuentos, textos dramáticos, ensayos y capítulos de novelas. No obstante, la memoria de lo ocurrido entre 1924 y comienzos de 1926 en materia literaria, y también en los demás campos, quedó arrasada por los incendios. Para julio de 1925 ya no existía Renacimiento, el primer diario de la ciudad, fundado en 1914 y que circuló hasta el 19 de junio de 1923, y aún no había sido fundada La Voz de Caldas, el periódico que nació el 16 de enero de 1926. El incendio de 1925 quemó el archivo de El Diario, periódico que Pedro Luis Rivas fundó en 1914 con el nombre de El Eco, pero además quemó su rotativa y en consecuencia ese periódico dejó de circular. En cuanto a La Patria, diario que en 1925 tenía apenas cuatro años de historia, los dos incendios provocaron la desaparición del archivo entre julio de 1924 y enero de 1926. Por ello, la noticia sobre la forma en la que la ciudad vivió el incendio de 1925 reposa hoy en el cine y la literatura, pero no en los periódicos locales que seguramente registraron el suceso, pero luego desaparecieron, consumidos por las llamas. En cuanto al tercer incendio, las primeras líneas del texto que abre la edición del domingo 21 de marzo de 1926 de La Voz de Caldas, y que posiblemente fue escrito por su director Eudoro Galarza Ossa, sintetizan bien el sentir generalizado de la población durante aquella época: “No parece sino que el espíritu de la fatalidad se hubiera cernido sobre la ciudad de Manizales” (Un nuevo incendio amenaza destruir la ciudad de Manizales, 1926). Los hechos posteriores demostraron que luego de esa fatalidad se emprendió una próspera y acelerada reconstrucción. Tal como lo soñó el arquitecto francés de la Catedral Julien Auguste Polti, quien en una misiva titulada Carta de despedida escribió: “El incendio destruyó el núcleo; catástrofe terrible, pero incapaz de abatir la energía de los hijos de los fundadores que ven renacer a su querida ciudad de las cenizas” (Polti, 1928).
No obstante lo anterior, también para algunos historiadores, los incendios de la década del 20 le hicieron perder preponderancia a la ciudad. “Con este incendio quedaba sellado el destino de Manizales. Perderá su impulso y sus hijos se concentraran en reconstruirla en vez de expandirla. Fueron los años 20 fatales para la joven capital…” (Hoyos Körbel, 2024, pág. 141).
Referencias
Agudelo Duque, A. (2017). Caldensidad, historia y literatura. Manizales: Universidad de Caldas.
Cárdenas Roa, M. I. (25 de octubre de 1925). “Uva Jaramillo Gaitán —y Luz Stella—“. Lecturas Dominicales, El Tiempo, págs. 37-38.
Correa A., E. (25 de marzo de 1926). “Manizales frente a su última catástrofe”. La Voz de Caldas, pág. 2.
Fabo de María, F. P. (1926). Historia de la ciudad de Manizales. Manizales, Colombia: Tipografía Blanco y Negro. Mario Camargo & co.
Galarza Ossa, E. (19 de mayo de 1932). “Señoritas Cárdenas”. La Voz de Caldas, pág. 3.
Gil Montoya, R., & Villegas Botero, A. (2021). “Tres aproximaciones a Madre, la primera película rodada en Manizales”. En C. F. Alvarado Duque, Estética, Sociedad y Cine. Re-interpretando el Séptimo Arte. (págs. 105-132). Manizales, Colombia: Universidad de Manizales.
Hinestrosa Castrillón, D. (s.f.). A la sombra de la Catedral. Los Ángeles, California, Estados Unidos. El Búho y El Cuervo Fundación Editorial.
Hoyos Körbel, P. F. (2024). Antonio Arango Gutiérrez La biografía de un banquero manizaleño. Manizales, Colombia: Hoyos Editores.
Jaramillo Gaitán, U. (19 y 21 de junio de 1926). “El Campanero”. La Voz de Caldas, pág. 6.
Londoño Ospina, L. (2017). Manizales. Manizales: Hoyos Editores.
Ocampo de Sánchez, N. (1936). Una mujer. Manizales: Casa editorial y talleres gráficos Arturo Zapata.
Polti, J. A (7 de mayo de 1928). “Adiós a Manizales”. La Voz de Caldas, pág 2 y 7.
Restrepo, F. R. (Dirección). (1925). Manizales City [Película]. Manizales.
“Un nuevo incendio amenaza destruir la ciudad de Manizales”. (21 de marzo de 1926). La Voz de Caldas, pág. 1.
Valencia Llano, A. (2023). Manizales. La aldea, el pueblo, la ciudad. Manizales, Colombia: Matiz Taller Editorial.
Vieira, M. (11 de agosto de 2012). “El incendio. Recuerdo de hoy”. (U. d. digital., Recopilador) Manizales, Caldas, Colombia.
Vieira, M. (2019). “El incendio”. En M. Vieira, Una ventana al atardecer (págs. 9-10). Manizales: Secretaría de Cultura de Caldas. Villegas Hoyos, A. (30 de abril de 1961). “La oración del incendio”. En A. Villegas Hoyos, Aquilino Villegas.
[1] La nomenclatura de la ciudad cambió después de los tres grandes incendios.
[2] Se refiere a la Iglesia Inmaculada.