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El hombre que escribía pájaros

Ignacio Ramírez

Para Nana y Cherry,

dos bellas margaritas blancas

que florecen en mi corazón.

Escribía sin cesar en un cuaderno, en letra diminuta y misteriosa que solo él podía leer, porque cuando uno se asomaba solo veía pájaros a punto de emprender el vuelo y filigranas de poesía que inundaban de luz la habitación. Tenía el hálito blanco de los seres que han llegado a un trayecto de la vida donde el fuego interior mantiene el calor de la existencia muy por encima de las pruebas y los sufrimientos.

Suspendía la escritura y lo miraba a uno a los ojos, y enlos suyosresplandecían la ternura y la generosidad y era notorio cómo el corazón se le asomaba como si en la mirada encontrara una ventana para conjurar los avatares del tiempo: iba al pasado y era el hombre vigoroso ycálido, lleno de la alegría que fecunda las almas de quienes han regado semillas de bondad en el camino andado.

Entonces los recuerdos: la vida como un delirio en el estallido de la juventud, los retos, el cultivo y el fortalecimiento de los sueños que se fueron convirtiendo en árboles y llenando de aves y de mariposas esa aureola individual que no se le borró jamás, blanca a veces, otras bermellón,en ocasionesarcoiris, siempre como una compañera tórrida que le ayudaba a compartir cuanta cosecha iba recogiendo en los campos abiertos de su bizarro espíritu desmesurado en el silencio.

El presente era otro: su libreta, su lápiz, sus extraños grafismos recónditos donde el intríngulis de un universo pleno gravitaba insólito pues parecía un encuentro de huracanes apacibles, el sol colgado en una esquina del techo de su cuarto, todos los canarios y los turpiales y las cigarras y las petaquitas doradas de Chicoral, cantándole. Yo lo sentía en su casa campestre de Rancho grande, a toda hora. Al mediodía iba con un sombrero de viento acariciando la piel de los árboles hermanos: los ciruelos, las guanábanas, los icacos, los nísperos, las mandarinas, y el viejo mango espléndido de poesía que ella y yo bautizamos Don Humberto, el árbol del amor que sería eterno. Y de noche… ¡De noche cómo retumbaba su silencio! ¡Qué estruendo el de sus pasos de gacela! ¡Cuántos seres volátiles nocturnos picoteando las tinieblas!

Allá en el Rancho grande yo releí toda su biblioteca: Kipling me señaló su fantasía, Capote me condujo de la mano hasta la suya, que era leal y fuerte y grande y grata. Con Víctor Hugo volví a enamorarme de Esmeralda como un loco y lloré hasta la ausencia en el hombro tristísimo de Cuasimodo. Fui Viernes y fui Robinson, y Tom y Huckleberry. Salgari y Verne y Stevenson me acompañaron otra vez, como seguramente a él en otros tiempos. Y descubrí además una libreta donde había copiado letras de boleros y de poetas melifluos que sin duda le impactaron en los tiempos aquellos cuando el hombre quiere rebautizar las cosas. Le gustaban los versos de Darío y de Bécquer, las novelas románticas y la historia del cine y sus estrellas. Y la Revista América, que una tarde encontré atada cuidadosamente como quien ha guardado un paquete de regalo para alguien que no llegó jamás. O que llegó y se fue sin despedirse.

Algunas veces yo leía y él comentaba con su voz difícil pero cálida, y me dejaba perplejo con su memoria plena. Le emocionaba tanto, que esos ojos escrutadores de siempre parecían convertírsele en hogueras de felicidad cuando los libros le permitían entrar en sus universos. Leer para él era compartir de verdad esa pasión secreta de iniciados en el espléndido infinito de la palabrería.

El futuro era ayer. Fui a despedirlo y no podré contar jamás la sensación de comprobar de qué manera lo admiraba y lo quería. Los abrazos. Las lágrimas. Ese silencio indispensable para expresarlo todo. La ausencia. El reencuentro. La tristeza. Las margaritas blancas. Y ahora tengo la saudade extraña donde el alma no acierta a definir si los recuerdos vuelan o se pegan a la piel como una sombra clara.

Solo sé que era un admirable ser humano, un hombre que escribía palabras pero había que leerlas como pájaros.

A la memoria deHumberto Castellanos-Casas.

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Edición No. 135