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El Quijote y los modernos: de la noble locura a la insidiosa cordura

Se afirma que una obra de arte lo es porque se ofrece como reserva de inagotables interpretaciones, tal es el caso de Don Quijote de la Mancha; por eso, contra lo que pudiera pensarse a partir de una mirada puramente erudita y técnica sobre la obra, ella siempre nos incita a lanzarnos con nuestros atrevimientos interpretativos, pese a los innumerables estudios y comentarios que ha merecido en estos 400 años de gozar de su compañía.

Don Quijote se lanza a cabalgar por “la manchega llanura” en momentos en los cuales el espíritu moderno comienza a entronizarse definitivamente en la historia; sale de un mundo que se resiste a desaparecer o, mejor, de un mundo que parece anticipar las enormes dificultades que va a encontrar para asegurar su supervivencia en medio de los embates hegemónicos de la racionalidad moderna. En realidad, toda la novela narra la gran aventura que la vida debe enfrentar para mantener su plena vigencia cuando se vate en fuerte batalla contra dos bandos: uno, el viejo orden renacentista que quiere imponer la norma convencional, la belleza ideal, la armonía perfecta, la forma calculada y precisa y el otro bando que anunciaba la llegada de un nuevo mundo, del mundo moderno, aventurero sí como Don Quijote, pero también fuertemente impulsado por la voluntad de poder que hasta nuestros días transforma todo cuanto toca en simple instrumento de los planes dominadores y expansivos del hombre.

En los albores de la modernidad

El noble caballero andante, don Quijote de la Mancha, cuyo “oficio y ejercicio es andar por el mundo enderezando tuertos y deshaciendo agravios” (I, 19) nunca salió al mundo para conquistar tierras, ni fieles, ni poder. Nunca creyó poseer la verdad de la cosas y menos se sintió con la obligación de tener que imponérsela a quienes no la aceptaran como la única alternativa que él guardara para grandeza del hombre, excepto quizás la indeclinable defensa de la imagen de su amada Dulcinea del Toboso que, en últimas, fue la única que lo pudo vencer de modo definitivo. Sin embargo, Dulcinea del Toboso jamás encarnó la certeza con la que los modernos intervienen en el mundo y con la que desacreditan a todo conocimiento diferente al suyo; con Dulcinea “se vienen a hacer verdaderos todos los imposibles y quiméricos atributos de belleza que los poetas dan a sus damas” (I, XIII). La belleza de Dulcinea tiene el encanto de representar y adaptarse a la cada vez distinta belleza soñada por todos y cada uno de los hombres enamorados, que cuando los toca “el deseo incontenido del amor” sienten igual que los poetas, los eternos enamorados de la vida. En cambio la belleza de los filósofos y científicos, es única, es un ejemplar, un modelo al que todo lo que aspire a pasar por bello debe asemejarse; es una belleza que cuando se va tras ella se puede perder la vida, como le sucedió a Grisóstomo cuando en vano fue tras el amor de Marcela. En el capítulo XIV de la primera parte Marcela, representación de esa belleza única, moderna, defiende con energía y echando mano de razones su plena inocencia frente a la acusación de ser la culpable de la muerte de Grisóstomo. Ella tenía razones, pero no entendió que la pasión y el amor no atienden razones.

El Quijote y Sancho Panza nos muestran la dimensión de las cosas que cuando entra en el juego de la vida se resiste a ser mirada con certeza y exactitud y reclama, más bien, ser acogida como el ámbito de las verdades del espíritu humano cuya expresión sólo es posible en los símbolos, en los fantasmas y en los sentimientos y pasiones con los que revestimos y nos entregamos a las cosas cuando de vivir se trata. El curioso impertinente quiso penetrar la naturaleza humana y también salió perdiendo, pues en lugar de disfrutar lo que la vida le dio, pretendió develar sus misterios, invadido ya por ese espíritu moderno de tener que asegurarse las cosas, de tener que –antes del propio Descartes- someter a la dura prueba de la duda la fidelidad y el amor de su esposa, que no obstante ser verdaderos él tenía que transformar en certeza. Mientras Descartes utilizó su método para asegurarse un principio indubitable que le sirviera como punto de apoyo seguro para conocer, el curioso impertinente lo aplicó a la vida en una época en la cual el estrecho vínculo, presente desde los griegos, entre conocimiento y vida, teoría y acción se comienza a disolver, por ello la mayor impertinencia de Anselmo (I, 33 a 35) fue aplicar el criterio de certeza al ámbito de la vida, incluso mucho antes de que la propia filosofía nos convenciera de que eso era lo mejor para dotar al conocimiento de una poderosa herramienta de control sobre las cosas y el mundo. Desconoció el impertinente, y con él todos los impertinentes del mundo, que la vida no puede ser evaluada con exactitud, que sus misterios deben permanecer como son para que ella no pierda sus encantos, a pesar de la incertidumbre en la que nos envuelve; que a la existencia humana no se le puede cercar con determinaciones controlables y seguras porque ella es puro e incesante devenir y que puede terminar, como la vida del impertinente, aplastada por el peso de una carga incapaz de soportar, cual es verse obligada a mostrar con precisión y certeza lo que en ella sólo puede aparecer bajo el encanto de lo incierto y como fuente inescrutable de sorpresas.

La vida humana es siempre enigmática y no hay saber o experiencia posible capaz de descifrarla por completo; ella simplemente se despliega en su diario acontecer, cual una aventura por senderos en los cuales nos sale al encuentro lo que nos sorprende con alegría y con dolor, con desengaño y esperanza y, al final, la vida termina vencida por nuestra condición finita y mortal a la que sólo sobrevive la razón soberana de los conceptos universales, de la teorías impersonales, de la historia oficial de héroes que imponen reglas, leyes y normas trascendentes. Don Quijote, salido de la más cercana realidad cotidiana, encontró que los libros no son letra muerta, ni son el resultado caprichoso de la pura fantasía humana, sino que ellos, por fantásticos que sean, también revelan verdad; en ellos las cosas y el mundo se asoman en la dimensión que el impulso moderno, matemático y preciso, oculta o no quiere ver. Don Quijote salió, a recorrer esos senderos sorprendentes, de un mundo en el cual el ser y el devenir, la teoría y la práctica aún no se han disociado; en el que como la fantasía y la realidad aún no se diferencian, la fantasía tiene mucho de real y la realidad mucho de fantástico. El espíritu moderno que se deja ver en el cura, el barbero y en el bachiller Sansón Carrasco siempre intenta imponer una separación tajante entre la locura y la cordura, entre la verdad y la mentira, entre lo real y lo fantástico, entre el conocimiento y la experiencia para condenar, como si ello fuese obvio, las locuras de la vida por cuya puerta sale don Quijote a batallar en la vida misma.

Para los modernos el arte vale sólo porque embellece o porque entretiene, pero no porque posea algún valor de verdad el cual comienza a ser atribuido con exclusividad al conocimiento científico, “porque realmente os juro que nunca tales caballeros fueron en el mundo, ni tales hazañas ni disparates acontecieron en él…Ya os he dicho, amigo –replicó el cura-, que esto se hace para entretener nuestros ociosos pensamientos; …así se consiente imprimir y que haya tales libros, creyendo, como es verdad, que no ha de haber alguno tan ignorante que tenga por historia verdadera ninguno destos libros” (I, 32). Pero el obstinado don Quijote, para quien la “caballería andante es comparable con la poesía” (II, 18), no sólo asumió el sentido de verdad del arte literario, sino que descubrió que él se hallaba en el estrecho vínculo que ese arte tiene con la vida antes que con el saber racional; así también sabía que en la representación teatral se muestra a plenitud la verdad de la naturaleza humana; que la representación del arte es imitación y apariencia en la cual, como en la gran tragedia griega, nos reconocemos nosotros mismos, por eso es apariencia verdadera y no un simple producto de la fantasía destinado a servir de espectáculo para entretener las masas, que es a lo que queda reducido todo arte con la noción moderna de cultura. Cuando el Quijote arremete contra los títeres del retablo de Melisendra (II, 26) es porque se fijó más que sus acompañantes en la verdad de los acontecimientos narrados que en la fantasía de su representación, en una especie de retorno mágico al mundo de la literatura desde la vida común y ordinaria a donde saltó desde los libros de caballería.

El mayor encanto de la obra radica precisamente en mantener a don Quijote en una perpetua oscilación, suspenso entre los libros y la vida, pues cada aventura, cada jornada y cada vicisitud es comparada y ajustada a los supremos cánones de los libros de caballería, y los libros son puestos a regular la vida, hasta el punto de que la única manera de preservar la dimensión mágica de las cosas y del mundo, de la insidiosa mirada matemática, del escrutinio racional y de la inventiva técnica que el naciente siglo XVII inauguraba, era atribuirla a la intervención de un encantador que de manera asombrosa transfigurara el mundo de don Quijote.

Es el mundo que antes de Copérnico era percibido por los sentidos y no por la razón, por eso, porque se asumía que los sentidos no nos engañaban, cada vez que las sensaciones contradecían la razón, aparecía el genio encantador para remediar la anomalía, para hacer ver una cosa por otra, para adaptar la realidad a nuestras fantasías: gigantes donde sólo había molinos de viento, castillos en lugar de ventas, ejércitos a cambio de rebaños de ovejas o, más asombroso aún, para (en la segunda parte) convencernos de que si bien lo que vemos y sentimos está ahí tal cual es, no puede ser verdad porque no corresponde con nuestras representaciones fantásticas: una ordinaria y fea labradora no se ve como la Dulcinea que deberíamos ver (II, 10) o cuando Sancho creyó, igual que su amo, que “los encantadores habían mudado la figura del Caballero de los Espejos en la del bachiller Carrasco no le dejaba dar crédito a la verdad que con los ojos estaba mirando” (II, XIV), vale decir, el rostro del bachiller Carrasco que efectivamente ellos vieron bajo el yelmo, no era tal, sino el Caballero de los Espejos transformado en el bachiller Carrasco. El genio de la segunda parte es maligno, es engañador como el que muchos años después encontraría Descartes como artilugio para convencernos de que los sentidos siempre nos engañan y por ello es definitivamente mejor confiar en las representaciones matemáticas de la razón que en las impresiones variables del mundo.

Los libros y la vida

En el mundo de don Quijote no existe todavía esa preferencia por la teoría, por la razón y por los libros como fuentes del saber, pues ellos son tan legítimos como la propia experiencia, por eso tienen que ser confrontados en la vida misma para que resulten válidos. De ahí la imperiosa necesidad que sintió Alonso Quijana de saltar de los libros a la realidad y no podía hacerlo sino transfigurándose en uno de los personajes centrales de sus lecturas que mantuviera vigente el vínculo con los libros y al mismo tiempo fuese muy extraño para el mundo, pues se trataba precisamente de mostrar su acontecer extraordinario y no el puro suceder habitual. Don Quijote suele preguntar ¿dónde has visto tú, o leído…? (II, 28), es decir la posesión de un conocimiento depende tanto de la experiencia sensible como del saber obtenido por los libros, que es saber teórico.

Es verdad que don Quijote siempre se fió de sus sentidos para distinguir entre la realidad y la fantasía , pese a la confusión en la que lo ponían los encantadores de siempre, pero igualmente fueron los libros de caballería los que dispensaron el pleno sentido a su vida, los que entregaron, además, los ideales y códigos morales con los que ella se regía. Así Cervantes insista, de comienzo a fin de su gran novela, en que la escribió como una crítica a los libros de caballería, ella misma se muestra como la más contundente defensa de las virtudes caballerescas inspiradas por una ética de corte aristotélico*, en la cual era imposible concebir el conocimiento divorciado de la vida, la praxis separada de la teoría, el saber sin experiencia, el ethos sin logos. Este ideal caballeresco es, precisamente, el que más extrañamos hoy en día cuando la existencia del conocimiento se da sin compromiso ético, se perdió la preferencia poética por el deber ser en lugar del ser y el actuar es poco consecuente con lo que teórica y públicamente se pregona.

Don Quijote ha salido de los libros después de abandonar el mundo trivial, ordinario y común de Alonso Quijana para llevarnos a la dimensión mágica y poética de la vida que, sin embargo, debe estarse ajustando cada instante a los ideales que los libros expresan. Pero los libros que sirven de guía no son religiosos, científicos, filosóficos o históricos, sino libros de caballería, libros –dirá el cura- “mentirosos y llenos de disparates y devaneos” (I, 32), un reproche que nos recuerda el que le hizo Platón, y en general la filosofía, a la poesía y a los poetas a quienes acusó de mentirosos y de despertar los sentimientos y las pasiones de los hombres en lugar de incitarlos al cultivo de la razón y a la búsqueda de la verdad. Sin embargo, esos reproches desconocen que el vínculo con la experiencia es tan estrecho, que tales libros no sólo están destinados a ser leídos sino también a ser vividos, pero no “literalmente” como pediría un código racional matemático que sólo dispensa saber científico, sino en las variadas situaciones que transmiten sabiduría práctica, y en las múltiples experiencias humanas que pueden ser de carácter espiritual, moral, religioso, estético y no únicamente “experimental” u objetivo.

Aunque en don Quijote a los libros de “ficción poética” se les da valor por la enseñanza moral que otorgan, pues “tienen en sí encerrados secretos morales dignos de ser advertidos y entendidos e imitados” (I, 33), para nosotros, tanto la ficción poética como el arte en general son valiosos por mucho más, porque también son otra forma de verdad diferente a la proposicional y lógica en la cual de modo privilegiado es donde mejor se muestra la dimensión humana, pues en lugar de referirse a verdades físicas u objetivas se refieren a las múltiples experiencias del hombre. Esto significa que el objeto al que alude la verdad de la ficción y el arte no es el producto absurdo de la invención o de la fantasía de un sujeto como suponen todos quienes reducen a eso el mundo del Quijote; ese mundo es subjetivo sí, por ser inherente a un individuo, al sentir de una época cultural determinada, pero no es arbitrario ni caprichoso, pues logra expresar, mejor que cualquier descripción objetiva, los oscilantes matices de la vida de cualquier ser humano. Tampoco es el producto de una época social e histórica que simplemente dejaba atrás las obras de caballería e inauguraba la novela como un nuevo género literario para la mera diversión, cuya constatación impersonal y objetiva, además, es responsabilidad de la estética o de la ciencia literaria.

Don Quijote de la Mancha encarna la presencia plena del hombre en el mundo, en lucha sostenida por hacer realidad sus sueños; por penetrar todas las cosas, sucesos y experiencias, con los ideales de amor, justicia y bondad que jamás dejaron de acompañar al extraordinario caballero andante cada vez que, junto a su fiel escudero, enfrentó los hechos de su vida aventurera.

Otra relación tuvo el doctor Fausto de Goethe con los libros pues, contrario a don Quijote, no encontró en ellos la vida, y, “curado ya del afán de saber” (primera parte, escena IV), sintió la necesidad de experimentar a plenitud lo que no vivió por entregarse a conocer todo cuanto le ofrecían las disciplinas racionales que cultivó . Mientras el Quijote abrió los libros de ficción y a través de ellos penetró en la vida, el doctor Fausto cerró los suyos, plenos de saber objetivo, para poder verla y lanzarse a dominar el mundo. Como el Fausto de Goethe (de comienzos del siglo XIX) pertenece ya a la época en la cual teoría y práctica se han disociado profundamente, era comprensible que la sola dedicación a la teoría alejara de la vida práctica, y por eso cuando Fausto quiso entregarse a ésta se dio cuenta de que “con mi larga barba ignoro el arte ligero del vivir… Y nunca supe conducirme en el mundo” (primera parte, escena IV). Habida cuenta de ello necesitó, como don Quijote, un compañero de aventura muy poderoso, lo que no era el humilde Sancho, que le permitiera competir con la divinidad en poder sobre la vida. Como la pretensión de dominar la vida, desbordaba la humana y pura necesidad de tener compañía y alguien con quien conversar, el doctor Fausto no encontró otro medio que establecer pacto con el diablo, extremo al que jamás se llega cuando, simplemente, lo que se busca es vivir la vida, siendo conscientes de nuestra finitud y de los límites de todo saber.

Dado que el doctor Fausto ya no contó, como el Quijote en sus libros de caballería, con un referente teórico cuando se lanzó a la acción, se entregó sin escrúpulos al placer y no tuvo ocasión de ajustar su conducta a unos modelos ideales o morales que atemperaran sus sentimientos, así avanzó arrolladoramente sobre la vida. Con Don Quijote nace lo moderno cuando representa la entrega incondicional a los ideales humanos plenos, pero se cuida de que los escrúpulos moderen los sentimientos y el placer; el doctor Fausto se entrega con condiciones a sus ideales de grandeza sobrehumana y en él los sentimientos y el placer se imponen a los escrúpulos, por esto marca la más plena realización del espíritu moderno.

Lenguaje y existencia

Sancho Panza es el compañero de aventuras de don Quijote que a cada rato rompe los cánones de caballería y eso le permite mantener a su amo aferrado a la realidad de la vida, sin que se pierda de modo definitivo en el mundo fantástico de donde ha surgido y también para que el propio Sancho Panza no se vea hundido en él. Hemos dicho que el encanto de la obra está en que mantiene a don Quijote suspenso entre los libros y la vida, entre la fantasía y la realidad; igual cosa le sucede a su fiel compañero Sancho Panza, surgido de la más simple y humilde realidad es arrebatado de su transcurrir cotidiano para servir de acompañante de don Quijote, un personaje extraordinario que parece salido de las mismas pinturas manieristas del Greco, pues, en verdad, tenía un espíritu y una imaginación tan enormes que al porfiar en mostrarse a plenitud, su cuerpo alargado parecía no lograr contenerlos, por eso “era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro” (I, 1).

Para fortuna de don Quijote, la norma de caballería que más constantemente violó Sancho Panza fue la del silencio o al menos la falta de moderación en el uso y el abuso del lenguaje, tanto que su amo le recordó “que en cuantos libros de caballería que he leído, que son infinitos, jamás he hallado que ningún escudero hablase tanto con su señor como tú con el tuyo” (I, 20). Resulta muy significativo que, contra lo establecido, Sancho insista en tomar la palabra y en imponer su propio lenguaje con el propósito de conversar con el caballeresco y culto lenguaje de su amo. Marthe Robert afirma que “el lenguaje es lo único que vincula a don Quijote con la realidad: el lenguaje es su verdad” y es también su última esperanza de vincular, como ardientemente desea, los libros con la vida, pues ésta no se expresa de la misma manera que las formas comunes, estereotipadas y sofisticadas en que están escritos los libros.

En Don Quijote de la Mancha se crea la ficción de haber sido escrita por un moro, un tal Cide Hamete Benengeli, es decir, alguien que no hablaba el lenguaje español, motivo por el cual debió ser traducida. De esta manera anticipa también lo que habría de ocurrir pronto con los libros de filosofía y de ciencia en el siglo XVII, el abandono del latín como única lengua culta para todas las naciones y la aparición de las lenguas nacionales, como expresión de la identidad que cada pueblo comienza a reclamar contra el poder hegemónico de la Iglesia y su modelo autoritario de saber. Precisamente porque el uso moderno de las lenguas nacionales manifiesta independencia de pensamiento y de cultura, en las campañas coloniales y de dominio sobre los pueblos, el lenguaje se convierte en poderoso medio que testimonia el control alcanzado.

De igual manera, como Sancho no piensa renunciar a lo que es él, a cada instante pide que lo dejen expresarse con sus dichos y refranes populares, con sus formas espontáneas y sencillas de hablar porque es en ellas en donde palpita, verdaderamente, su vida simple, su propia identidad, lo que lo sostiene en este mundo. Identidad a la cual jamás renuncia, ni siquiera por la promesas de fama y poder como fue manifiesto con la gobernación de la ínsula Barataria. Cide Hamete, el supuesto autor de la obra, vio que cada vez que Sancho intentaba hablar como un docto o un cortesano “acababa su razón con despeñarse del monte de su simplicidad al profundo de su ignorancia” (II,12), que contrasta con lo que el cura vio en su amo “¡Dios te tenga de su mano, pobre don Quijote; que me parece que te despeñas de la alta cumbre de tu locura hasta el profundo abismo de tu simplicidad”.

Efectivamente la mayor altura de los personajes está en la locura del uno y en la simplicidad del otro. Tanto la locura de don Quijote como la simplicidad de Sancho están ligadas a su propio lenguaje; en el primero al lenguaje ilustrado de los libros de caballería a través del cual aparecen las cosas y el mundo físico de los caballeros andantes, pero también los ideales, las virtudes y el espíritu caballeresco; aparece todo el conocimiento que han dispensado los relatos que narran las relaciones y experiencias fantásticas que antiguos personajes han sostenido con el mundo, a imitación de las cuales don Quijote se sostiene en este mundo. Estas vidas caballerescas dadas por la pura palabra son la identidad de don Quijote quien, por lo mismo, nunca tuvo inconveniente en pasar de las palabras a la acción. Como Sancho Panza viene más del mundo de lo trivial, del vivir aldeano, que de la palabra ilustrada él, más bien, pasa de la acción a la sabiduría del refrán popular, al lenguaje cotidiano, llano y simple en el que en verdad habita su carácter. En ambos casos se hacen vivir las palabras, en un caso en ideales elevados de libertad espiritual, de justicia, de fidelidad y sinceridad; en el otro, en las cosas simples de la vida y en la intimidad de las cosas que siempre llevamos en la existencia, todo lo cual constituye el verdadero habitar del hombre en el mundo.

Don Quijote pudo bajar de su locura a la realidad, gracias a su fiel escudero Sancho Panza, y éste pudo elevarse de su ignorancia a la sabiduría práctica, gracias a haber enfrentado con aquél la “aventura” que es la vida. Ambos se encontraron en la simplicidad de la vida y anduvieron juntos, ligados por sus palabras que transfiguraban mágicamente todos los lugares, las personas y las cosas que a su paso encontraban; transformaron lo trivial y ordinario en algo extraordinario “digno de ser narrado”, pero ante todo de ser vivido; y transformaron el mundo frío, estable y seguro de las normas establecidas y de los hechos dados, en situaciones humanas, en experiencias subjetivas imprevisibles y oscilantes, lo que en verdad ocurre cada vez que el sentimiento y la pasión a ese mundo invaden.

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Edición No. 129/130