El rol de las mujeres en la construcción de la ciudad ideal: La utopía femenina de Cristina de Pizán y las tres utopías del Renacimiento
Resumen
Uno de los logros cosechados por la denominada “cuarta ola” del feminismo del siglo XXI[i], es la restitución de pensadoras olvidadas, que en su mayor parte no estaban incluidas en el canon de la filosofía. Lo anterior anima el proyecto de distintas editoriales en España, como Icaria: mujeres, voces y propuestas, o la editorial Siruela, de divulgar los aportes de pensadoras agudas como Cristina de Pizán. Gracias a esta iniciativa, nos han llegado las profundas reflexiones de esta filósofa del medioevo tardío. Su obra, La Ciudad de las Damas (1405), impresiona no solo por su exquisita prosa, sino porque propone un ingenioso método de argumentación: la argumentación narrativa. Adicionalmente, el pensamiento de Pizán es tan adelantado a su tiempo, que anticipa uno de los géneros filosófico-literarios del siglo subsiguiente: el género utópico, que alcanza su mayor esplendor con las tres célebres utopías del Renacimiento.
Es bien sabido, que estas tres utopías: Utopía (1516) de Tomás Moro, La Ciudad del Sol (1602) de Tommaso de Campanella y Nueva Atlántida (1626) de Francis Bacon, tienen en común, inter alia, la defensa del humanismo. Con todo, resulta sorprendente que el Humanismo de los siglos XVI y XVII, excluyese, en la construcción de la imagen de la sociedad ideal, a la mitad de la humanidad, i.e., a las mujeres.
Debido a lo anterior, en este artículo nos proponemos adelantar un análisis del lugar de las mujeres en las tres célebres utopías, en contraste con el rol protagónico que desempeñan en la ciudad ideal que Cristina de Pizán imagina. Para ello, indicaremos algunos de los ideales humanistas que se plantean en cada una de las utopías en conjunción con el rol que las mujeres desempeñaban en la conformación del Estado ideal.
Palabras clave: Cristina de Pizán, utopía, humanismo, Estado ideal.
[i] La primera ola del feminismo se dio a mediados del siglo XVIII, con la obra de Mary Wollstoncraft: “Vindicación de los derechos de la mujer” (1792). La segunda ola se dio desde mediados del siglo XIX hasta la década de los cincuenta del siglo XX reclamó, entre otras cosas, -al igual que las pioneras del feminismo- el derecho al voto y el libre acceso a la educación. La tercera ola se da a partir de la década de los setenta, y reclama inter alia el libre uso de los anticonceptivos y el derecho al divorcio. La cuarta ola del feminismo comienza en el siglo XXI, además de luchas contra todas las formas de violencia contra la mujer, se caracteriza por reclamar el derecho a la interrupción legal del embarazo.
El pensamiento utópico
Es a Tomás Moro a quien debemos que se hubiese adoptado el término ‘utopía’, con el cual se refiere a la isla imaginaria en la que proyecta su plan de República perfecta, para designar a este género mismo de narraciones filosófico-políticas. Ahora, no es que antes de Moro no se hubiesen escrito narraciones utópicas, sino que la denominación sustantiva y también el adjetivo quedan definitivamente fijados a partir de esta obra del parlamentario inglés. El título fue ciertamente un éxito de dimensión histórica, porque acuña definitivamente este género político narrativo (Cf. Poch, 1993, p. LVI).
Recordemos que entre algunos de los antecedentes filosóficos de las narraciones utópicas están: Las leyes y La Repúblicade Platón, Civitas Dei de San Agustín, y por supuesto La Ciudad de las Damas de Cristina de Pizán. Esta última obra –a diferencia de las de Platón y San Agustín– raras veces es mencionada en los estudios o trabajos introductorios a las utopías del Renacimiento. Incluso, en español hay una compilación de las tres utopías, editada por el Fondo de Cultura Económica (que cuenta con numerosas reimpresiones desde 1956) y que extrañamente no hace mención alguna, como creemos que debería hacerse, de La Ciudad de las Damas, como una obra que anticipa genuinamente este género filosófico-político[i].
Las utopías como género político-narrativo se caracterizan, inter alia, porque: 1) quienes conciben Estados, repúblicas o ciudades imaginarias tienen un agudizado sentido de lo posible, gracias al cual el orden social se concibe con un optimismo moral tal, que la felicidad máxima sí que es alcanzable. En otras palabras, las utopías son la expresión de una profunda fe en las posibilidades mismas del ser humano. 2) Las utopías describen lugares imaginarios, ciudades o repúblicas perfectas, en las cuales el orden social se logra gracias al cultivo de la virtud. 3) La virtud se puede lograr mediante el cultivo de las cualidades intelectuales y espirituales. 4) Además, quienes conciben un orden social ideal indican qué cualidades se requieren para el ejercicio virtuoso del poder político.
La lectora (o el lector) de La Ciudad de las Damas y de las tres utopías del Renacimiento puede identificar, estos –y probablemente otros rasgos más– tan maravillada (o), que hasta resulta inevitable no contagiarse de esa fe propia de los humanistas. Para mostrar que ello es así y para defender, adicionalmente, que la obra de Pizán es, de lejos, filosóficamente superior a las de sus sucesores masculinos, en lo que sigue vamos a adelantar un análisis comparativo entre la utopía femenina de Pizán y las tres utopías del Renacimiento.
El rol de las mujeres en la Utopía de Tomás Moro
El primer título que recibió Utopía fue el de su equivalente latino Nusquema, como consta en la carta que Moro dirigió a Erasmo de Rotterdam. Sin embargo, antes de pasar a la imprenta, recibió el título griego definitivo de Utopía (“en ningún lugar”), lo que le permitió al parlamentario inglés jugar con el término similar de Eutopía (“en el mejor lugar”) (Cf. Poch, 1993, p. LVI).
En el primer Capítulo de Utopía, Moro relata que estando en Amberes se encontró allí con un amigo entrañable quien “estaba hablando de un forastero de avanzada edad, el rostro adusto, la barba poblada, la capa cayéndole con desgarbo en el hombro” (Cf. Moro, 1516/1993, p. 6) por lo que dedujo que se trataba de un nauclero. Cuando su amigo presenta a Moro a este marino, le dice que: “no hay otro hoy entre los mortales que pueda hacerte un relato más fascinante acerca de hombres y tierras desconocidas. Se trata de Rafael Hitlodeo, quien no sólo ha navegado como Ulises, sino que además no desconoce el latín y es doctísimo en griego, lengua que estudió más que la romana por haberse dado de lleno a la filosofía. Hitlodeo dejó a sus hermanos el patrimonio que poseía en su patria: Portugal. Llevado de su afición por conocer el mundo, se unió a Américo Vespucio, siendo su compañero inseparable en las tres postreras travesías de las cuatro famosas, publicadas en sus libros: Quator Americi Vespucii navigationes (Cf. Moro, 1516/1993, p. 7).
El Estado ideal, descrito por Moro a través del portugués Rafael Hitlodeo y compañero imaginario de Américo Vespucio, refleja la profunda inspiración que Moro encontró, tanto en los escritos del navegante y explorador italiano, como en el descubrimiento de América. Lo anterior está bien documentado en la literatura. De hecho, esta inspiración no solo se ve reflejada en la relación imaginaria entre Hitlodeo y Vespucio, sino también en que, como en América, en Utopía, “se describen unas islas cuyos habitantes desconocen la propiedad privada, viven según la naturaleza, sin sujeción a ningún convencionalismo social, no están sometidos a un verdadero poder político, y, aunque poseen el oro, no lo estiman” (Poch, 1993, p. LIX)[ii].
Hitlodeo relata lo visto por él en Utopía y refiere a Moro las costumbres y la estructura misma de las instituciones utopienses. Utopía es una isla, cuya capital: Amauroto, es el arquetipo de República perfecta, gracias a que allí se ha suprimido la raíz de todos los males y vicios humanos, a saber: la propiedad privada. Con la supresión de la propiedad privada, la ambición por la riqueza y el poder también queda cercenada.
By making his Utopians adopt a communality of possessions More liberates them from the passions generated by acquisition and loss; by the same token, they are relieved of the whole ideological burden which distorts European society. though no one owns anything, everyone is rich. (CU, p. 241) (Baker-Smith, 2014)
En virtud de lo anterior, la de Moro es una utopía política que impacta por varias razones. La primera razón estriba en que hay prima facie dos condiciones necesarias y suficientes para alcanzar un orden social justo, a saber: (i) la abolición de la propiedad privada y (ii) la ejecución de un programa de acción para la República perfecta: la educación.
Gracias al cumplimiento de (i) y mediante la comunidad de bienes, es posible eliminar la voluntad irracional del dominio. Gracias a (ii) el orden social se logra mediante una educación basada en las artes liberales:
The central principle underlying the Utopians’ way of life is that as much time as possible should be reserved for the cultivation of the mind, as it is in this that they consider true happiness can be found (CU: 135). This requirement is met by their extraordinary system of work in which all citizens, of either sex, (and that could amount to about 60,000 in each city) must labour at some essential trade, but only for six hours a day; this more than meets their needs, but still leaves ample leisure for intellectual pursuits. Every child is grounded in the liberal arts, and most of the adult population, “men and women alike”, devote themselves to further study in their spare time. (Baker-Smith, 2014)
Como bien lo indica Baker-Smith, la vida de los utopienses se caracteriza porque reservan una parte substancial de su tiempo al cultivo de la mente, especialmente al estudio de las artes liberales, que es un rasgo característico del Humanismo renacentista. Todos los ciudadanos, adicionalmente, se rigen por un extraordinario sistema de trabajo, en el que tanto hombres, como mujeres deben trabajar en algún oficio esencial, pero solo seis horas al día. Esto satisface con creces sus necesidades, pero aún deja un amplio espacio de tiempo libre para las actividades intelectuales.
Justamente porque en Utopía la educación se imparte por igual a hombres y mujeres, de las tres utopías del Renacimiento, la de Moro se podría considerar como una de las “más progresistas”, en lo que atañe al rol que se les concede a las mujeres para alcanzar el orden social ideal. Debido a ello, no debe sorprendernos que Moro preste especial atención a la educación y a la participación de las mujeres en las distintas estructuras de la república ideal[iii]. Sin embargo, como veremos, pese a que Utopía es, en algún sentido, políticamente visionaria en ello, Moro sigue siendo un hijo de su tiempo, dado que las mujeres utopienses, ocupan, en general, un puesto subordinado al varón.
Respecto a las reflexiones sobre los oficios, Moro (1516/1993) afirma:
Hay un solo oficio común a todos, hombres y mujeres: la agricultura […]. Todos son instruidos en ella desde la niñez. Además de la agricultura todos los utopienses aprenden un oficio, entre ellos, la albañilería, la artesanía. De estos oficios todos aprenden alguno, no sólo los varones, sino también las mujeres. Estas únicamente como más débiles se ocupan de los más ligeros; en concreto trabajan la lana y el lino. A los varones se les encomienda los oficios más pesados. (p. 57. Las cursivas son nuestras).
De acuerdo con este pasaje, Moro considera que la instrucción en los oficios que demanda la República debe ser proporcionada, por igual, a hombres y mujeres. Sin embargo, también resulta evidente aquí, la creencia sesgada de que las mujeres somos más débiles, por lo que, en consecuencia, incluso en la República perfecta, los roles quedan estrictamente asignados. Las mujeres se encargan de los oficios más ligeros: trabajar la lana y el lino[iv].
Por otro lado, la atribución de los oficios de la agricultura a las mujeres no es tan progresista como podría parecer en principio. Desde la mitología griega, las tareas propias de la agricultura: sembrar, labrar la tierra eran funciones asignadas a las mujeres, pues estas guardan una íntima relación con el cuidado.
Si contrastamos la distribución de los oficios que imagina Moro en su Utopía con las que describe su antecesora Cristina de Pizán, nos llevamos muchas sorpresas. La primera de ellas es que, en la ciudad utópica de las damas, Cristina de Pizán se propone, inter alia, reunir allí todas las virtudes femeninas. A diferencia de las utopías de sus sucesores masculinos cuyos personajes se encuentran -por un feliz azar- con repúblicas perfectas, Cristina de Pizán narra el origen mismo de la construcción de la ciudad, cuando Razón –una de las tres figuras femeninas centrales que contribuye a la edificación de la ciudad, (las otras dos son Rectitud y Justicia)– le ayuda a colocar las primeras piedras para construir la primera muralla de la ciudad. A medida que avanza la construcción de la ciudad, las tres figuras femeninas alegóricas, persuaden a Cristina, mediante una argumentación narrativa muy elocuente, de que aquellas afirmaciones de “filósofos, poetas, moralistas, y que parecen hablar con la misma voz para llegar a la conclusión de que la mujer, mala por esencia y naturaleza, siempre se inclina hacia el vicio” (De Pizán, 1405/1996, p. 6) no son más que creencias necias que solo están fundadas en sus prejuicios.
En el libro primero de La Ciudad de las Damas, Cristina pregunta a Razón si las mujeres han hecho contribuciones a las ciencias a través de descubrimientos. Para dar respuesta a esta pregunta, De Pizán recurre a la fuerza simbólica de las diosas, tanto de la mitología romana, como de la mitología griega. Así refiere Razón a Cristina las contribuciones de la diosa de la agricultura Ceres (Deméter en la mitología griega) al desarrollo de distintas técnicas:
Gracias a su inteligencia, Ceres, que reinó en Sicilia en la más remota antigüedad, tuvo el privilegio de ser la primera en descubrir las técnicas agrícolas, así como los instrumentos de cultivo. Enseñó a sus súbditos a domar y criar a los bueyes salvajes para uncirlos con el yugo. Inventó, asimismo, el arado y enseñó a su pueblo todas las técnicas de la labranza, como la cuchilla forjada en hierro para surcar la tierra.
Luego les enseñó el arte de la siembra, cómo cubrir el grano cuando ha germinado y brotado, cómo cortar el trigo, arrancar la cizaña de la mies trillando las espigas con el mayal. Les mostró luego cómo moler el grano entre gruesas piedras, construyendo molinos, y hasta cómo preparar la harina y amasar el pan. Así esa mujer enseñó a los hombres que vivían como bestias salvajes, comiendo bellotas y bayas, a alimentarse de una forma más digna.
Ceres hizo más aún: cuando las gentes de su época seguían viviendo como nómadas esparcidos entre bosques y yermos, errando como animales, los llevó a juntarse en comunidades, enseñándoles a construir casas y ciudades donde pudieran convivir. Gracias a esa mujer, el mundo se alejó del estado salvaje y rústico para adoptar los modos de vida propios de la urbanidad, es decir, racionales y civilizados. (De Pizán, 1405/1996)
Resulta atractivo, precisamente, el provecho que Cristina de Pizán deriva de la fuerza simbólica de las diosas para que las virtudes femeninas descollen por encima de las masculinas. Si contrastamos el tono de Moro cuando afirma que ciertos oficios vienen mejor a las mujeres por su débil naturaleza, con el de De Pizán tenemos que, si bien la filósofa concede que el arte de tejer es una tarea típicamente femenina, ella insiste, sin embargo, en que no se trata de una labor menor. Todo lo contrario, con su peculiar método de la argumentación narrativa, muestra cómo las diosas consagradas a estos oficios brillan con todo su espléndor:
Y ahora, querida Cristina, recuerda a Minerva, cuyo ingenio proporcionó a la humanidad tantas cosas necesarias, como ropa de lana cuando los hombres vestían las pieles de los animales o como saber hacer carros y carretas cuando todo había que transportarlo con la única fuerza de los brazos[v]. (De Pizán, 1405/1996. Las cursivas son nuestras)
Lo mismo se puede apreciar en lo que concierne a las diosas de la agricultura:
En la mitología egipcia, Isis fue para los egipcios, objeto de una devoción especial por sus conocimientos de la técnica de la agricultura. […] abandonó Grecia para quedarse en Egipto, donde enseñó el arte de los jardines y del cultivo de las plantas, así como la técnica del injerto. (De Pizán, 1405/1996).
Retomemos la distribución de oficios y tareas en la Utopía de Moro, a cuya reflexión dedica varias páginas. En opinión del filósofo inglés, las mujeres, además de “ser las servidoras de sus maridos” (Moro, 1516/1993, p. 65) “[…] tienen la tarea de cocer y aderezar el alimento y de disponer, en fin, toda la mesa. Para ello se van turnando las mujeres de cada familia” (Moro, 1516/1993, p. 67). Con ello, es claro que el progresismo de Moro se viene abajo por esa suerte de sesgo que caracteriza la atribución de los roles de género en nuestra sociedad. La decepción alcanza su punto más alto cuando afirma además que: “los maridos se encargan de castigar a sus esposas” (Moro, 1516/1993, p. 99).
Ahora bien, como el objetivo aquí no es condenar, sin más, los deslices del humanista inglés, admitamos que “los genios como los santos, tienen también sus fallos”; y dirijamos nuestra atención, para cerrar este análisis comparativo entre la utopía de Cristina de Pizán y la de Moro, a sopesar aquellas afirmaciones progresistas y visionarias de la Utopía del parlamenttario inglés.
En lo que atañe, por ejemplo, a las distribuciones del trabajo, Hitlodeo refiere una estructura bastante llamativa: los utopienses reservan al sueño ocho horas. Al trabajo dedican seis horas. El tiempo de ocio se consagra a las letras. “Pues es ley tener todos los días clases públicas en las horas matutinas, a las que sólo están obligados a asistir los que han sido específicamente seleccionados para las letras. Pero es el caso que una grandísima multitud de todo rango, varones y mujeres por igual asisten a estas (Moro, 1516/1993, p. 59. Las cursivas son nuestras).
Aquí podemos apreciar que, en Utopía, los hombres y las mujeres se consagran a las letras por igual. Pero este no es el único planteamiento de avanzada: en la república perfecta de Moro, las mujeres no solo también se ejercitan en la disciplina militar (Moro, 1516/1993, p. 104-111), sino que también los sacerdotes pueden casarse. Es más, las esposas de los sacerdotes son las magistradas encargadas de la instrucción de la infancia y la juventud utopiense.
Estas no son las únicas fantasías políticas, filosóficamente interesantes de Moro, la república perfecta de los utopienses se caracteriza por combinar un gobierno comunitario, en el que no hay propiedad privada: ninguno es pobre o mendigo, (Moro, 1516/1993, p. 71), con una aristocracia de los letrados: se trata de una sociedad en la que dominan la inteligencia y la ciencia.
La narración utópica de Moro deslumbra también porque en lo que atañe a la religión Utopía, es racional y tolerante, i.e., admite la pluralidad de religiones. Además de mantener una concepción estoica de la felicidad y la virtud. Por ello, no debe sorprender que en Utopía “no haya licencia para estar ocioso, no hay ningún pretexto para la inercia, ninguna taberna de vino, ninguna de cerveza, nunca un lupanar”[vi] (Moro, 1516/1993, p. 71).
Para concluir, con la ponderación de las virtudes de Utopía, creemos que es justo, así como los biógrafos reconocen en Moro a un artífice de la libertad de expresión[vii], también es admirable que en su Utopía Moro se anticipe al Derecho internacional humanitario que busca, inter alia, atenuar y limitar los efectos de la guerra. Para ello, restringe los métodos mismos a disposición de los combatientes. En Utopía Moro refiere el actuar de los utopienses en la guerra, que por cierto ellos detestan:
Respetan tan santamente las treguas estipuladas con los enemigos que ni siendo provocados, siquiera, las violan. No devastan la tierra enemiga ni queman las mieses; tienen incluso cuidado de que no sean holladas por los pies de los hombres o de los caballos, considerando que crecen para su propio beneficio. No hacen daño a ningún desarmado, a menos que tal sea un espía […] a la turba no combatiente la dejan ilesa a toda. (Moro, 1516/1993, p. 114).
El rol de las mujeres en La Ciudad del Sol
El progresismo de Moro acerca del rol político de las mujeres en la construcción de la república ideal contrasta con la visión profundamente patriarcal de Tommaso Campanella, quien castiga con pena de muerte a las mujeres que usan maquillajes, afeites o tacones; así como con la visión de Bacon quien escasamente menciona a las mujeres en su utopía científica. En la distribución del trabajo científico que Bacon imagina en la Casa de Salomón las mujeres ocupan el rango más bajo.
Cuando el Gran Maestre le pide al Almirante[viii] que le cuente las maravillas vistas y aprendidas en su viaje por el mundo resulta grato para las lectoras encontrarse con una narración que comienza hablando de hombres y mujeres, permitiendo en principio pensar que en Campanella, al igual que en Moro, hay un reconocimiento del papel de la mujer en la construcción de la sociedad; y efectivamente lo hay, y no solo porque se hable de una educación impartida de igual modo para niños y niñas, sino porque enuncia triunfos sociales y políticos de muchas mujeres; “el dominio de las mujeres”. Pero, así como podemos decir que Cristina de Pizán, en La Ciudad de las Damas es decidida y meditadamente feminista, podemos decir que La Ciudad del Sol, y, en general, el proyecto político de Campanella es decidida y meditadamente antifeminista, pues el triunfo y posicionamiento social y político de algunas mujeres es presentado como un asunto que debe enderezarse. Recordemos que las utopías se caracterizan por ser una crítica a las problemáticas sociales, y al rastrear el rol de las mujeres en La Ciudad del Sol y en el artículo tercero de su defensa Cuestiones sobre la república ideal, (suele aparecer en varias ediciones como acápite de la utopía) puede notarse que no es bien visto para este pensador renacentista que las mujeres asuman roles iguales a los de los hombres:
Los habitantes de la Ciudad del Sol creen que los signos celestes de carácter femenino llevan fecundidad a las regiones presididas por ellos y también un gobierno menos fuerte en las cosas inferiores, causando, ocasionando y concediendo comodidades o incomodidades a unos y quitándoselas a otros. Así, sabemos que en este siglo ha prevalecido el gobierno de las mujeres: tales las nuevas amazonas aparecidas entre la Nubia y la Monopotapa. En cuanto a Europa, Rosa ha reinado en Turquía; Buena, en Polonia; María, en Hungría; Isabel, en Inglaterra; Catalina, en Francia; Blanca, en Toscana; Margarita, en Bélgica; María, en Escocia e Isabel, en España, la descubridora del nuevo mundo. Y un poeta de este siglo comienza hablando de las mujeres: Le donne, i cavalier, e gli amori. (Campanella, 1602/2014, p. 256)
Este apartado, además de poner en evidencia la conciencia de Campanella sobre el gran ruido producido por las mujeres durante el siglo XVI, también deja ver en sus primeras líneas que esto obedece a un desorden de los cuerpos celestes, que, según él, tienen influencia sobre las decisiones humanas. La exposición de este desorden tiene rasgos altamente antifeministas: i) es provocado por cuerpos celestes femeninos, ii) muestra una suerte de injusticia en la que parece defender que lo que ahora tienen las mujeres se les ha quitado a los hombres, y iii) habla de gobiernos menos fuertes sobre seres inferiores. Además, en las líneas del párrafo subsiguiente califica de infames las cosas que devienen de lo femenino.
Esto permite ver que la resistencia a lo femenino es decididamente política. Lo cual no hace menos graves las narraciones misóginas aparecidas a lo largo de la obra. Por ejemplo, Campanella, para explicar la inconveniencia de abonar los suelos expone una analogía con las mujeres embellecidas con maquillajes e indumentarias “del mismo modo que las mujeres cuya belleza procede de cosméticos (y no de ejercicio físico) dan a luz hijos enfermizos. Por eso no abonan la tierra” (Campanella, 1602/2014, p. 226), junto a esto también afirma que las mujeres estériles son defectuosas, pero útiles para la actividad sexual de hombres faltos de fuerza, inteligencia y gracia, todavía no aptos para la procreación, utilidad que también les encuentra a las mujeres embarazadas; así mismo es frecuente leer que en la Ciudad del Sol las mujeres son reconocidas como seres débiles y necesitados de protección. Pero infamias como estas, Campanella las camufla tras discursos en los que presenta a hombres y mujeres recibiendo una educación igualitaria basada en una evaluación y tratamiento idénticos que, a cualquier lectora desprevenida, haría pensar que tanto los niños como las niñas de la utópica ciudad pueden llegar a ser magistrados, pero resulta que al final del día el destino de hombres y mujeres no podrá ser el mismo.
Mientras se avanza en la lectura de La ciudad del Sol y se expone la estructura de gobierno y la forma como se elige no se encuentra diferencia en las condiciones para que puedan elegirse hombres o mujeres. Existe un Gran Jefe Hoh o el Metafísico y tres jefes o triunviros: Sin-Sabiduría, Pon-Poder y Mor-Amor[ix]; cuya responsabilidad es llevar las riendas de la ciudad y su elección está determinada por sus habilidades, quienes han mostrado ser mejores merecen ser jefes, de tal modo que, si alguien demuestra tener más conocimiento y virtudes que Hoh, entonces podrá tomar su lugar. Maestras y maestros tienen la tarea de seleccionar las mejores niñas y los mejores niños en las diferentes actividades (artes, agricultura, guerra, servicio doméstico, textiles, etc.). Hay actividades, como la elaboración de armas, prohibidas para las mujeres, pero también hay actividades, como la interpretación de ciertos instrumentos musicales, prohibidas para hombres; pero, en general, reciben la misma formación y el mismo tratamiento, lo cual da la apariencia de una igualdad. En La ciudad del Sol leemos: “los que más se han distinguido en una ciencia o arte mecánica, llegan a ser Magistrados de ellas” (Campanella, 1602/2014, p. 198), sin embargo, este no es un destino para las mujeres, pues en el artículo tercero de Cuestiones sobre la república ideal encontramos: “La mujer no puede ser magistrado ni instruir a los hombres, sino sólo entre las mujeres y en el ministerio de la procreación” (Campanella, 1602/2014, p. 282). Vemos, entonces, que esta igualdad en la educación se pierde al momento de decidir quiénes serán magistrados, y este sesgo político no es considerado por Campanella al momento de dar respuesta a la sexta objeción de dicho capítulo, que es donde aparece la afirmación; pues cuando se centra en responder a esta objeción, en lo único que continúa pensando es en el tema de la procreación, y simplemente se ocupa de defender las razones, incluso en confrontación con lo dictado por el cristianismo, por las cuales resulta conveniente que las mujeres sean “prestadas” con fines de procreación, como si fuera su único fin vital. Y esto ya había sido advertido por De Pizán en La Ciudad de las Damas, quien en medio del reconocimiento a todos los logros científicos, políticos y artísticos de las mujeres afirma:
Los hombres, sin embargo, suelen afirmar que el saber femenino no tiene Ningún valor, y es un tópico oír decir cuando se habla de alguna necedad: «Tenía que ser una idea de mujer». En resumen, la opinión común a todos los hombres es que las mujeres nunca sirvieron para otra cosa que para traer hijos e hilar la lana. (De Pizán, 1405/1996, p. 80)
Es evidente como estas palabras escritas por De Pizán en 1405 continúan haciendo eco doscientos años después en la obra de Campanella, de la que podemos afirmar que hay una decidida resistencia a lo femenino y al gobierno de las mujeres, porque dentro de toda su lógica misógina podría pensarse que una mujer puede ser Mor-Amor cuya responsabilidad es dirigir todas las actividades de lo doméstico y la procreación, sin embargo, su concepción de ciudad y sociedad ideal no aprueba a las mujeres en el poder.
Es indispensable señalar que, a la luz del pensamiento de Cristina de Pizán, el proyecto político de Campanella encerraría una contradicción, pues uno de los principales supuestos de nuestra filósofa medieval es que la diferencia señalada entre hombres y mujeres obedece a que estas han sido relegadas de las actividades intelectuales y se les ha negado la educación:
No era, pues, la Naturaleza la que determinaba una disparidad entre los géneros, sino la cultura o, mejor dicho, la falta de educación femenina y la falta de participación de las mujeres en aquellas experiencias ricas y variadas, que vuelven a los hombres más capaces en determinados ámbitos. … Dejar a las mujeres en la ignorancia era una manera para poder teorizar su “natural” inferioridad. (Muzzarelli, 2014, p. 105)
Pero en la obra de Campanella hombres y mujeres reciben educación igualitaria, tienen la oportunidad de realizar actividades similares, incluso tienen posibilidades de ir a la guerra[x], sin embargo, esto no borra, como hemos visto, las ideas misóginas y de descrédito hacia las mujeres. En La ciudad del Sol podemos rastrear las mismas denuncias que De Pizán hizo a El libro de las lamentaciones y al Roman de la rose. Esta utopía renacentista nos permite leer una supuesta ciudad ideal en la que la mujer es educada, pero también es subestimada, señalada y desacreditada; i.e. pensar que el mejor de los mundos posibles es aquel en el que las mujeres sean motivo de sospecha.
No puede olvidarse que las utopías se caracterizan por ser una crítica a las sociedades, y Campanella presenta el triunfo femenino como uno de esos puntos por criticar, de hecho, parece considerar que el descubrimiento de nuevos imperios es una oportunidad de salvar al mundo del gobierno de las mujeres.
El rol de las mujeres en la Nueva Atlántida de Francis Bacon
La Nueva Atlántida es una utopía científica que, al igual que las utopías que la preceden, se trata de una ingeniosa invención filosófico-literaria cuyo propósito es expresar ciertas ideas políticas, entre ellas, que el modelo de república perfecta es una suerte de tecnocracia, gracias a la cual el bienestar de los atlantes obedece a la conformación de una estructura social basada en el progreso científico y técnico. Dicho en otras palabras, la felicidad humana proviene de las ciencias.
Como Utopía, la Atlántida[xi] es una isla conocida por muy pocos, pues se halla situada en un recóndito cónclave del vasto mar. Dicha isla es descubierta por un grupo de 50 navegantes, quienes habían partido del Perú, rumbo a China y Japón, cruzando el mar del sur. A causa de un fuerte vendaval, fueron arrastrados hacia el norte. Tras darse por perdidos, y elevar súplicas al Dios de las alturas, divisaron una hermosa ciudad, que presentaba desde el mar una muy agradable vista. Sin embargo, solo pudieron desembarcar, cuando fueron debidamente autorizados para ello. Se hospedaron en la residencia de extranjeros, la cual disponía de suficientes recámaras para todos. Allí, un sacerdote fue quien les refirió no solo cómo en la Nueva Atlántida se habían convertido a la fe cristiana, sino, además, las disposiciones legales con las que contaban para el socorro de extranjeros.
El líder de la expedición extraviada es quien relata los detalles sobre el funcionamiento de la estructura social de Atlántida, que no deja de tener tintes patriarcales. El líder cuenta, por ejemplo, que los atlantes acostumbran a celebrar la llamada fiesta de la familia: la fiesta que es financiada por el Estado se ofrece en honor de todo hombre que llega a reunir vivos treinta descendientes de su familia, todos mayores de tres años. El padre de familia o “Tirsán” entra el día de la fiesta, después del servicio de divino y a él le siguen todos sus descendientes, los varones delante y las hembras detrás. Si vive la madre de cuyo cuerpo desciende todo el linaje, al lado derecho, encima de una silla, se coloca en un travesaño una plataforma, con una puerta privada y una ventana de cristal tallada ribeteada con oro y azul, donde ella se acomoda, pero quedando invisible. (Bacon, 1626/1976, p. 255. Las cursivas son nuestras). Ya habrá advertido la lectora (el lector) que tal y como es descrito el cortejo, en este pasaje, que las hijas del Tirsán van detrás de los varones y que incluso la madre queda invisible durante el festejo es una prueba palmaria de la estructura patriarcal de la Nueva Atlántida (i.e., del predominio del hombre –o patriarca– en la sociedad de los atlantes).
Ahora, en lo que concierne a la distribución de los oficios en la institución más excelsa de los Atlantes, las mujeres no desempeñan tampoco ningún rol importante. Estas regulaciones, habían sido dispuestas así hacía 1900 años por el legislador Saloma, quien fundó la institución de una orden o sociedad a la que llamaron la Casa de Salomón[xii] y quien en palabras del sacerdote-gobernante “era el faro de ese reino”.
Los detalles del objetivo de la fundación de la Casa de Salomón, –junto con su intrincada estructura– son narrados por uno de los padres de la Casa en una conferencia privada que sostiene con el líder de la expedición. El padre le indica que el objeto de la fundación de la Casa de Salomón es “dedicarse al conocimiento de las causas y secretas nociones de las cosas y al engrandecimiento de los límites de la mente humana para la realización de todas las cosas posibles” (Bacon, 1626/1976, p. 263).
La Casa de Salomón está dedicada a la ciencia y a las artes mecánicas. Pero este no es el único rasgo que sorprende. El aprovechamiento de su topografía para los estudios anatómicos seguro resultó en un completo escándalo para los tiempos de Bacon. De acuerdo con la narración, en la Casa de Salomón se dispone de cuevas subterráneas en las que coagulan, endurecen, refrigeran y conservan los cuerpos. El padre de la Casa de Salomón adelanta una enumeración exhaustiva de todas las artes y técnicas que allí dominan: desde el conocimiento de distintas plantas y sus virtudes medicinales, hasta la manipulación de especies, como los peces: “por artificio los hacemos más grandes o más pequeños de lo que corresponde a su especie, podemos impedir su crecimiento o hacerles más fecundos y robustos o estériles e infecundos” (Bacon, 1626/1976, p. 266).
Adicionalmente, en la Casa de Salomón se dispone de un vasto conocimiento en las artes mecánicas gracias al cual producen papel, lienzos, sedas, tintes, etc. y, por si esto fuera poco, allí encontraron los medios de producir luz. Esta es, sin lugar a duda, una idea tremendamente visionaria. Recordemos que la producción de luz –artificial– no se da hasta el siglo XIX.
Pero estas no son las únicas hazañas tecnológicas que la fértil imaginación de Bacon anticipa, sabemos que en la Casa de Salomón dominaban el arte de volar y la navegación submarina: pues allí ha sido posible “imitar el vuelo de los pájaros, y sostenerse unos grados en el aire. Disponen de buques y barcos que pueden ir debajo del agua y que aguantan las violencias de los mares” (Cf. Bacon, 1626/1976, p. 270). Con base en este pasaje, se puede considerar a Bacon como a un agudo profeta de la tecnología, ya que como es bien sabido, el primer vuelo de un avión –de motor– fue el de los Hermanos Wright y tuvo lugar en 1903. Así mismo, el primer submarino, fue diseñado por Robert Fulton en 1800. Ahora bien, en la Casa de Salomón
…también se han procurado los medios de ver objetos a gran distancia, como en el cielo o lugares remotos. Podemos presentar las cosas cercanas como distantes y las lejanas como próximas[xiii]. Tenemos auxiliares para la vista muy superiores a las gafas y anteojos en uso; y lentes e instrumentos para ver cuerpos pequeños y diminutos. (Bacon, 1626/1976, p. 266).
Pese a que la La Nueva Atlántida es una Utopía que maravilla por muchas de las afirmaciones visionarias de Bacon, también es cierto que las referencias del Lord Canciller al rol de las mujeres en la realización de su utopía científica son prácticamente nulas[xiv].
En lo que atañe a la distribución de los oficios, por ejemplo, el padre de la Casa de Salomón refiere que hay 12 comerciantes de luz, quienes se encargan de hacer los viajes para traer los libros y experimentos que se adelantan en el extranjero. Otros tres llamados hombres del misterio dirigen los experimentos de las artes mecánicas y de las ciencias liberales. Otros tres, llamados recopiladores, se dedican a dibujar los experimentos.
Los iluminados o bienhechores se consagran al análisis de los experimentos. Estudian la manera de derivar aplicaciones de uso práctico. También hay otros tres a quienes llaman faros dado que dirigen experimentos de mayor alcance. Y otros tres: los inoculadores deben ejecutar los experimentos y divulgarlos[xv]. Por último, hay otros tres: los intérpretes de Natura, que se encargan de ampliar los anteriores descubrimientos por medio de experimentos sobre las más altas observaciones, axiomas y aforismos.
Tras indicar esta distribución de los oficios, en el único arrebato tímido de progresismo, Bacon afirma: “como podéis imaginar, también tenemos novicios y aprendices, para que no falte sucesión a los hombres primeramente empleados; además de un gran número de subalternos, hombres y mujeres” (Bacon, 1626/1976, p. 271. Las cursivas son nuestras). Sin embargo, como bien puede advertir la lectora (o el lector) ninguno de los oficios dedicados al estudio o al cultivo de las artes mecánicas es desempeñado por las mujeres, (e.g., hombres de misterios, faros, iluminados) salvo el de subalternas.
Lamentablemente. es como si esta última idea hubiese resonado, pues, en efecto, muchas de las grandes científicas de los siglos posteriores a la gran revolución científica, solo pudieron ocupar cargos de bajo nivel –y hasta sin remuneración[xvi]– dentro de las comunidades científicas. Recordemos que no es hasta 1945 que fueron admitidas las dos primeras mujeres en la prestigiosa Royal Society, cuando estaba a punto de cumplir los tres siglos de antigüedad: la cristálografa Kathleen Londsale y la bioquímica Marjory Stephensones.
El rol de las mujeres en La Ciudad de las Damas
Como bien lo indica Ingeborg Gleichauf (2010), Cristina de Pizán “tuvo el valor de proyectar una utopía, de concebir un estado ideal en el que el pensamiento debe consistir en hacer la vida tan valiosa como sea posible” (p. 41). Pero no solo en ello reside el valor filosófico de La Ciudad de las Damas. Tal y como se indicó arriba, la utopía femenina de De Pizán sorprende también porque propone un ingenioso método de argumentación: la argumentación narrativa[xvii].
Este estilo consiste en encontrar fuerza argumentativa y persuasiva en la alegoría y en la literatura misma. Se trata de un estilo de argumentación en el que De Pizán saca provecho de la representación iconográfica de las mujeres en la mitología romana y griega, y de cuya fuerza simbólica estructura el argumento narrativo, para defender, inter alia, que las cualidades que se requieren para el ejercicio virtuoso del poder político son todas cualidades femeninas: la razón, la rectitud y la justicia.
Recordemos que para la construcción de la Ciudad de las Damas estas cualidades son representadas por “tres damas coronadas” quienes asisten a Cristina no solo en la construcción de la ciudad ideal[xviii], sino que, además, quieren ayudarle a edificar su pensamiento sobre sí misma con una fuerza emancipadora tal que, a partir de ello, la filósofa logra anticipar -con una inquietante precisión- un diagnóstico de los sesgos mismos que han nublado el pensamiento de los filósofos hasta entonces[xix].
Las tres damas emprenden así la difícil tarea de construir una ciudad en la que dominen las tres virtudes: la razón, la rectitud y la justicia. La primera dama, Razón, dice a Cristina que: “de común acuerdo, las tres damas han decidido que ella habría de ser la encargada de comenzar y abastecerle de mortero auténtico y duradero para poner una base sólida, para después levantar fuertes muros a su alrededor, altos, anchos, equipados con fuertes torres y castillos de defensa con fosos, bastiones de verdad, con todo lo que corresponde a una ciudad fuerte y permanentemente fortificada”. La dama Razón es la responsable de las bases en las que debe asentarse la ciudad. (Gleichauf, 2010, p. 40).
Ahora, se podría objetar que la razón, que es la base de la utopía de Pizán, no es una cualidad femenina, sino universal y sin género. A lo que podríamos replicar que, en efecto, la razón es un rasgo característico de los seres humanos, sin embargo, también resulta evidente que esta no parece asistirles a aquellos filósofos y poetas en el escrutinio de sus creencias sobre el rol que las mujeres pueden desempeñar en la Ciudad ideal. Justamente por ello, en el Libro I de La Ciudad de las Damas, Cristina narra lo abatida que se sentía al leer y conocer las opiniones de aquellos que consideraban a las mujeres como un ser abyecto: “Me preguntaba cuáles podrían ser las razones que llevan a tantos hombres, clérigos y laicos, a vituperar a las mujeres, criticándolas bien de palabra bien en escritos y tratados” (De Pizán, 1405/1996, p. 6).Unos cuantos párrafos más adelante, son las tres damas quienes le anuncian que estas opiniones están fundadas sobre prejuicios. Entre ellos, la falsa creencia de que las mujeres no tienen ninguna disposición natural para la política y el ejercicio del poder. Para mostrar que se trata de una creencia absurda, Razón opone el ejemplo de muchas mujeres ilustres que reinaron en el pasado, entre ellas, la Emperatriz Nicaula[xx] y la reina de Francia, Fredegunda.
Aunque Cristina concede a Razón que en la historia de grandes imperios abundan las mujeres estrategas, plantea a Razón algunas de las afirmaciones que se aducen para defender que, por causas físicas, la mujer no es apta para el ejercicio del poder político: “es sabido que las mujeres tienen el cuerpo delicado, vulnerable y sin fuerza, […] Todo ello merma considerablemente el crédito y la autoridad del sexo femenino a ojos de los hombres, quienes afirman que la imperfección del cuerpo lleva consigo el empobrecimiento y la debilidad del carácter”.
A lo que Razón repone:
–Querida hija–, esa es una conclusión totalmente viciada, que no se puede sostener. Mira cómo a menudo, cuando Naturaleza no ha logrado dar a dos cuerpos el mismo grado de perfección -porque creó uno deforme, inválido o con algún tipo de deficiencia en su forma física-, compensa tal defecto concediéndole algo mucho más importante. Dícese, por ejemplo, del gran filósofo Aristóteles que era muy feo, bizco y con una cara muy extraña, pero Naturaleza hizo más que enmendar su cuerpo tan poco agraciado dotándole con grandes facilidades intelectuales y cualidades de juicio, como queda patente por la autoridad de sus escritos. […] Otro tanto puede decirse del emperador Alejandro Magno. Era muy feo, bajo y enclenque, pero tuvo sin embargo el valor de espíritu que hizo su fama. Así de otros muchos hombres. Te juro, querida, que un físico fuerte y vigoroso no es garante de un espíritu valiente y poderoso, porque esto proviene de una fuerza natural del carácter. […] El valor no reside en la fuerza del cuerpo, sino que se esconde en el corazón y la conciencia. (De Pizán, 1405/1996, p. 35)
Nótese la sagacidad de De Pizán para rebatir el planteamiento según el cual las mujeres no son aptas para el ejercicio del poder político a causa de “sus debilidades físicas”[xxi]. De acuerdo con este pasaje, la inteligencia y la prudencia no están vinculadas a las cualidades corporales. Si así fuera, ¿cómo explicar que hombres tan contrahechos físicamente, dispusieran de una de las inteligencias más bellas, como Aristóteles, cuya mente buceo en todos los dominios del conocimiento?
Pero estas no son las únicas creencias que Cristina se propone rebatir en La Ciudad de las Damas, también argumenta con firmeza que las mujeres sí que han hecho espléndidas contribuciones al desarrollo de la ciencia y de la técnica. Precisamente por ello, la utopía femenina de Pizán es filosóficamente superior a la utopía científica de Bacon, en la que el lugar que ocupan las mujeres es el de subordinadas. Recordemos que las mujeres no figuran en ninguno de los cargos importantes que Bacon imagina se requieren para el progreso de la sociedad científica de la Casa de Salomón. En la utopía femenina de De Pizán, por contraste, Cristina pregunta a Razón, en el acápite XXVII, si Dios ha concedido el privilegio a las mujeres de una elevada inteligencia con la cual acceder a las más elevadas ciencias. A lo que Razón responde:
Si la costumbre fuese mandar a las niñas a la escuela y enseñarles las ciencias con método, como se hace con los niños, aprenderían y entenderían las dificultades y sutilezas de todas las artes y ciencias tan bien como ellos. (De Pizán, 1405/1996: 63)
A la luz de este pasaje, evidentemente De Pizán está reclamando -tres siglos antes de que se materializara gracias a los movimientos políticos feministas- el derecho a la educación de las mujeres.
Adicionalmente, para apoyar con mayor vehemencia la afirmación de que las verdades de la ciencia sí que son asequibles a la mente femenina, la dama Razón refiere a Cristina las estupendas contribuciones de la fértil imaginación de poetisas como Safo o Proba, quienes gozaban además de un conocimiento enciclopédico de todas las artes y las ciencias.
Recordemos que la poetisa griega Safo de Mitilene (650/610-580 a. C) fue una de las poetisas de la lírica griega más célebres. Se sabe que Safo enseñó en La Casa de las servidoras de las Musas. Un lugar destinado a la formación de las jóvenes nobles de Lesbos. Allí la poetisa les enseñaba a recitar poesía y a cantar, entre otras artes. “La viva inteligencia de la poetisa Safo era el mayor de todos sus encantos, además de ser entendida en varias artes y ciencias” (Cf. De Pizán, 1405/1996, p. 63).
Otra de las figuras históricas a las que recurre de Pizán es la poetisa cristiana del siglo IV, Faltonia Betita Proba, quien poseía una elevada inteligencia, y se dedicó al estudio con ardor hasta llegar a conocer a la perfección las siete artes liberales. No solo compiló las obras de Virgilio, sino que además compuso sus propios versos con una maestría asombrosa.

Figura 1. Faltonia Proba enseñando la historia del mundo, desde la creación, en su Cento Vergilianus de laudibus Christi. Miniatura del siglo XV en el manuscrito De mulieribus claris por Giovanni Boccaccio. Imagen tomada de Wikipedia.
De Pizán combina de manera muy ingeniosa las referencias historiográficas de las contribuciones de las mujeres a las artes, con la fuerza iconográfica de las mujeres en la mitología romana y griega para estructurar el argumento narrativo con base en el cual contradice a todos aquellos que se empeñan en negar la capacidad intelectual y creativa de las mujeres. Para ello, De Pizán nos recuerda el vasto conocimiento de las magas tanto en la épica, como en la tragedia griega:
«Medea conocía las propiedades de las hierbas y todas las medicinas que con ellas podían elaborarse. Ningún arte le era ajeno. Gracias a sus sortilegios, cantando ciertos versos, sabía turbar el aire y nublar el cielo, hacer salir los vientos de las cuevas y de las más profundas cavernas, mover tempestades y torbellinos, detener los ríos para que no corriesen, preparar ponzoñas, hacer surgir el fuego de cualquier cosa que eligiese, que luego ardía como si nada. Fue gracias a sus encantamientos como Jasón conquistó el Vellocino de Oro.» (De Pizán, 1405/1996, p. 71)
Sobre Circe, Razón recuerda a Cristina que esta “era tan experta en el arte de la magia que gracias a sus extraordinarios hechizos podía lograr cuanto se proponía. Sabía de un brebaje capaz de mudar a los hombres en cualquier animal o bestia salvaje. Así lo cuenta la historia de Ulises” (De Pizán, 1405/1996, p. 71).
Para apoyar la afirmación de que muchas ciencias y técnicas importantes han sido descubiertas por la inteligencia y el ingenio femenino, Razón refiere a Cristina la invención del alfabeto latino por Nicostrata (también conocida como Carmenta), a quien además se debe “el orden alfabético latino, la ortografía, la distinción entre vocales y consonantes y la base de la gramática. Cuidó que enseñaran este alfabeto al pueblo con el deseo de difundir un descubrimiento de tanta relevancia” (Cf. De Pizán, 1405/1996, p. 73).
Pero estas no son las únicas figuras arquetípicas del ingenio femenino. Razón indica a Cristina un listado exhaustivo de las contribuciones de Minerva (Palas Atenea en la mitología griega), cuyo talento y dotes intelectuales no se restringían a un solo campo: sus invenciones abarcaban desde un tipo de escritura que servía para reducir el número de letras hasta el cálculo.
Minerva era tan dotada para la ciencia que encontró técnicas desconocidas, en particular, todo lo que se refiere al arte de hilar y tejer. Fue la primera en pensar cómo esquilar las ovejas, carmenar, peinar y cardar la lana con distintos instrumentos, devanar las madejas sobre brocas de hierro y por fin enroscar e hilarla con el huso. También inventó los telares y la técnica para tejer los paños finos.
Asimismo, descubrió cómo sacar el aceite prensando aceitunas u otros frutos de la tierra. A ella se debe el arte de fabricar carros y carretas para el transporte. Inventó la técnica del arnés y de las armaduras de acero que caballeros y soldados llevan para protegerse en los combates. Brindó la invención a los atenienses, a quienes enseñó también cómo desplegar los batallones y luchar en ordenadas filas. Ella inventó, además, la flauta, la chirimía, la tromba y otros instrumentos de viento. (De Pizán, 1405/1996, p. 74-77)
Estas no son las únicas mujeres cuya inteligencia descolla en el dominio de las técnicas. Aracne tenía un ingenio prodigioso, gracias al cual
inventó el procedimiento de teñir las madejas de lana de distintos colores para tejer tapices como si se tratara de pintar, gracias a la técnica del lizo, es decir, dividiendo el estambre en finos hilos. Era muy hábil en el arte de tejer, y cuenta la fábula de su rivalidad con Palas, que por despecho la transformó en araña. A Aracne también se le debe el invento de las redes de pescar y de los lazos y trampas para el venado y otras fieras de caza mayor. (De Pizán, 1405/1996, p. 83)
De Pizán también indica que “entre las provechosas técnicas inventadas por las mujeres no hay que olvidar la que descubrió la noble Pánfila, nacida en Grecia. Esa mujer tenía una mente muy industriosa, dotada para todo, y le gustaba tanto investigar y examinar fenómenos raros que inventó el arte de tejer la seda. Solía observar cómo los gusanos fabrican la seda de forma natural sobre las ramas de los árboles. Recogió los capullos que esos animales habían fabricado y que le parecieron muy bellos. Fue juntando las hebras de varios, luego quiso ver si se podía teñir esos hilos e hizo varios ensayos con distintos colores. Cuando terminó su experimento y vio lo hermoso que quedaba, decidió tejer esa seda” (De Pizán, 1405/1996, p. 84-85).
Es claro aquí que De Pizán argumenta con toda templanza –y sacando provecho de la fuerza iconográfica de las diosas y las mujeres de la mitología griega y romana– que la mente femenina sí que es apta para las cavilaciones y las hazañas técnicas más prodigiosamente intrincadas. Opinión que muchos filósofos –coetáneos y sucesores– no favorecieron.
Cristina de Pizán combina en La Ciudad de las Damas las referencias históricas de las hazañas de algunas mujeres –que en efecto existieron– con los fantasiosos poderes que se le confiere a la mujer en la mitología, para defender que ni las ciencias, ni las letras, ni mucho menos el poder político son inasequibles a la mente femenina. De hecho, hoy sabemos de los estupendos aportes de mujeres en la Antigüedad, y sobre cuya existencia hay una amplia evidencia que los respalda, entre ellas, la suma sacerdotisa Enheduanna (quien vivió en Sumer entre los años 2300 y 2225 antes de nuestra era)[xxii], la filósofa y maestra de Sócrates: Aspacia, y la matemática y filósofa Hipatia de Alejandría.
Tampoco podemos perder de vista que algunos de los logros más fascinantes de la tecnología moderna se los debemos a mujeres, entre ellas, Ada Lovelace, considerada la primera programadora de la historia. Además de Mary Anderson, quien inventó el limpiaparabrisas en una época en la que el automóvil no era popular. Recordemos también a Margaret Hamilton, gracias a quien, Neil Amstrong pudo poner un pie en la Luna, ya que ella fue la encargada de desarrollar el software de navegación para el programa Apolo. Justamente por ello, Margaret Hamilton es considerada la primera ingeniera de sistemas de la historia. Recordemos también a la ingeniera electricista Hertha Ayrton, quien inventó el arco eléctrico. Si tuviésemos que controvertir hoy algunas de las creencias que De pizán se propuso combatir con tanto coraje en el Medioevo tardío, disponemos de abundante evidencia para apoyar la tesis de que negar a las mujeres el goce que da el cultivo de las ciencias, las letras y las artes estuvo fundada en sesgos y prejuicios.
A modo de conclusión, en este artículo adelantamos un análisis comparativo entre las tres utopías del Renacimiento y la utopía femenina de Cristina de Pizán. Esta última, no solo anticipa este género político-narrativo, sino que es, de lejos, una de las utopías más visionarias en lo que atañe al rol que se le debe conceder a las mujeres en la construcción de una ciudad ideal, y cuyo orden social se dan gracias al escrutinio riguroso de nuestras creencias y valores a partir de la razón, la rectitud y la justicia.
Referencias
Baker-Smith, D. (2019) «Thomas More», The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Winter 2019 Edition), Edward N. Zalta (ed.). https://plato.stanford.edu/archives/win2019/entries/thomas-more/
De Pizán, C. (1405/1996) La Ciudad de las Damas. Ediciones Siruela.
Fricker, M. (2017) Injusticia epistémica: El poder y la ética del conocimiento. Editorial Herder.
Gleichauf, I. (2010). Mujeres filósofas en la historia: Desde la Antigüedad hasta el siglo XXI. Icaria Editorial.
Moro, T. (1516/1993) Utopía. En: Grandes obras del pensamiento. Editorial Altaya.
Moro, T. (1976). Utopías del Renacimiento. Tomás Moro: Utopía; Tomaso Campanella: La Ciudad del Sol; Francis Bacon: Nueva Atlántida. Fondo de Cultura Económica.
Moro, T. (2014). Utopías del Renacimiento. Tomás Moro: Utopía; Tomaso Campanella: La Ciudad del Sol; Francis Bacon: Nueva Atlántida. Fondo de Cultura Económica.
Muñoz Páez, A. (2017). Sabias: La cara oculta de la ciencia. Editorial Penguin Random House.
Muzzarelli, M. G. (2014). Christine de Pizan, intelectual y mujer: una italiana en la corte de Francia. Miño y Dávila.https://elibro-net.ezproxy.ucaldas.edu.co/es/lc/ucaldas/titulos/101962
Vallejo, I. (2019/2020) El infinito en un junco: La invención de los libros en el mundo Antiguo. Siruela: Biblioteca Ensayo.
[i] La lectora o el lector puede tomarse la afirmación de que “es extraño que no se incluya la obra de Pizán entre aquellas que anticipan el género utópico” con ironía. Claramente, que no se haga mención alguna a La Ciudad de las Damas en muchos de los estudios preliminares a las Utopías del Renacimiento, mientras sí se alude con frecuencia a la de los predecesores masculinos, constituye un caso paradigmático de lo que Miranda Fricker denomina “injusticia epistémica”. En opinión de Fricker, “hay dos formas de injusticia epistémica […] que consisten en causar un mal a alguien en su condición específica de sujeto de conocimiento. Fricker las llama injusticia testimonial e injusticia hermenéutica. La injusticia testimonial se produce cuando los prejuicios llevan a un oyente a otorgar a las palabras de un hablante un grado de confiabilidad disminuido; la injusticia hermenéutica se produce en una fase anterior, cuando una brecha en los recursos de interpretación colectivos sitúa a alguien en una desventaja en lo relativo a la comprensión de sus experiencias sociales (Fricker, 2017, pp. 17-18).
[ii] Lo anterior, también inspira a Bacon en su Nueva Atlántida, a imaginar -como ocurre en América- que los atlantes cuando tienen comercio con personas extranjeras no lo hacen movidos por un apego especial al oro, a la plata o a las joyas, sino “sólo por adquirir la primera creación de Dios, que fue la luz; para tener conocimiento. (Bacon, 1626/1976, p. 253).
[iii] Ello es el reflejo de la convicción íntima y profunda de Moro de que la mujer es humanamente, igual al varón, y el cuidado educativo debe ser por tanto el mismo. (XLIV Poch). El propio Moro, como lo cuentan sus biógrafos, se ocupó de la educación de su joven esposa, Juana Colt, quien tenía escasos 17 años cuando contrajo matrimonio con Moro. Como lo refiere Poch en su estudio preliminar a Utopía:
La educación fue religiosa, ante todo, con la lectura y comentario de textos bíblicos; humanística, aprendiendo el latín, para leerlo, escribirlo, hablarlo, y musical (laúd y espineta). Todo esto no marcha sin dificultades, porque la esposa, todavía muy joven, no entra fácilmente por estas vías de rigor y estudios diarios, más la paciencia de Moro lo supera todo, sin violencias y por convencimiento; según dice uno de sus biógrafos, contra la opinión de su suegro, que, con otros conceptos de la educación femenina, aconsejaba, ante las resistencias de la joven esposa, la utilización de látigo y del palo marital (Poch, 1993, p. XVIII).
Seguramente la lectora (o el lector) habrá advertido esta peculiar imagen, en exceso paternalista, de la educación de la mujer: se trata de una visión en la que la mujer necesita la supervisión y la protección del hombre.
[iv] Es muy inquietante que, desde la Antigüedad, concretamente en la mitología griega, se atribuya a las mujeres el oficio de tejer, pero simultáneamente el arte de contar -y tramar- historias: Recordemos que, según los relatos de la épica griega, “durante los veinte años que Penélope pasó esperando el regreso de Ulises, el palacio de Ítaca se llenó de pretendientes que querían declarar muerto al rey ausente y ocupar su lecho. Ella les prometió que escogería marido cuando terminase un sudario para su anciano suegro Laertes. Durante tres años, tejía el sudario durante el día y, astutamente, lo destejía por la noche. Sentada en el telar, movía la lanzadera y trenzaba un engaño salvador que cada mañana volvía a empezar”Vallejo, I. (2019/2020)
Irene Vallejo muestra bellísimamente el vínculo entre el oficio del tejer y del narrar: “desde tiempos remotos las mujeres han contado historias, han cantado romances y enhebrado versos al amor de la hoguera. […] A lo largo de los tiempos, han sido sobre todo las mujeres las encargadas de desovillar en la noche la memoria de los cuentos. Han sido las tejedoras de relatos y retales. Durante siglos han devanado historias al mismo tiempo que hacían girar la rueca o manejaban la lanzadera del telar. Ellas fueron las primeras en plasmar el universo como malla y como redes. Anudaban sus alegrías, ilusiones, angustias, terrores y creencias más íntimas. Teñían de colores la monotonía. Entrelazaban verbos, lana, adjetivos y seda. Por eso textos y tejidos comparten tantas palabras: la trama del relato, el nudo del argumento, el hilo de una historia, el desenlace de la narración; devanarse los sesos, bordar un discurso, hilar fino, urdir una intriga. Por eso los viejos mitos nos hablan de la tela de Penélope, de las túnicas de Nausícaa, de los bordados de Aracne, del hilo de Ariadna, de la hebra de la vida que hilaban las moiras, del lienzo de los destinos que cosían las nortas, del tapiz mágico de Sherezade”. Vallejo, I. (2019/2020) El infinito en un junco: La invención de los libros en el mundo Antiguo. Siruela: Biblioteca Ensayo.
Incluso Cristina de Pizán ya nos prevenía en su Utopía femenina de las implicaciones absurdas de la creencia de que la mujer está hecha para “oficios menores” como tejer. En La Ciudad de las Damas, afirma: “Señora mía, los hombres guardan en su panoplia un dicho que encierra los mayores reproches hacia nosotras: «Dios creó a la mujer para llorar, charlar e hilar» A lo que Razón -una de las figuras femeninas- responde: “Querida Cristina, este dicho lleva su verdad, pero dígase lo que se quiera, ahí no queda motivo para el reproche. Que Dios les haya dado tal vocación es algo excelente, porque muchas se salvaron gracias al llanto, al huso y a las palabras” (De Pizán, 1405/1996, p. 27).
[v] Recordemos que Minerva, que corresponde en la mitología griega a Atenea, es la diosa de la sabiduría y de las artes.
[vi] Bacon imagina lo mismo en su Nueva Atlántida: “Allí no existen burdeles, ni casas de disipación, ni cortesanas” (Bacon, 1626/1976, p. 259)
[vii] “Cuando Moro hizo parte del Parlamento inglés (como speaker de los Comunes) logró que el Rey decidiera no tomar en cuenta, ni perseguir, lo que pudieran parecerle palabras hostiles o injurias contra él de los parlamentarios. Por el influjo de Moro, se consigue que el rey no tenga en cuenta lo que pudiera constituir desacato a su poder y persona, considerándolo únicamente como errores y excesos de expresión, que no den pie a la persecución, ni hagan responsable a los parlamentarios. Supone mucha habilidad por parte de Moro el haber conseguido esta inmunidad parlamentaria en pleno absolutismo regio” (Poch, 1993, XLII)
[viii] Campanella narra su utopía La Ciudad del sol, de la mano del dos personajes, que tejen un diálogo entre ellos, El Gran Maestre de los hospitalarios y El Almirante, un genovés viajero que recién llega de dar una vuelta al mundo, en la cual tuvo la suerte de conocer en una llanura del Ecuador, una particular ciudad tanto por sus costumbres como por su distribución urbana.
[ix] Cristina de Pizán nos propone en su utopía tres damas: Razón, Derechura y Justicia, como las encargadas de guiar la construcción de la ciudad de las damas. Es posible pensar de manera análoga las responsabilidades de la dama Razón con el triunviro Sin-Sabiduría; la dama Justicia con el triunviro Pon-Poder, quienes se ocupan de la política y las guerras; y la dama Derechura con el triunviro Mor-Amor, que coinciden en tener a su cargo ocuparse de quienes poblarán sus ciudades.
[x] Aquí podemos señalar la referencia a las Amazonas que encontramos en La Ciudad de las Damas y en La Ciudad del Sol, comunidad a la que Cristina de Pizán le dedica gran parte de su utopía y la presenta como un modelo a seguir, y a la que Campanella hace referencia para reconocer las habilidades de las mujeres para la guerra, aunque advierte que no se trata de proclamar o permitir una república como esta.
[xi] “Atlántida” del antiguo griego Ἀτλαντίς νῆσος, Atlantís nēsos, ‘isla de Atlas) es el nombre de una mítica isla mencionada y descrita por Paltón en sus diálogos El Timeo y Critias. En dichos diálogos, la isla aparece como una potencia militar que existió nueve mil años antes de la época del legislador ateniense Solón quien, según Platón, es la fuente del relato. La Atlántida está ubicada más allá de las Columnas de Hércules. Ahora más allá de las elucubraciones de si la isla existió en efecto o no, lo cierto es que el propio Bacon menciona las primeras referencias de Platón a la Atlántida así: “durante toda una larga época los habitantes de la gran Atlántida gozaron de gran prosperidad. Porque aunque la narración y descripción hecha por uno de vuestros grandes hombres (se refiere aquí a Platón), de que los descendientes de Neptuno se habían instalado, y del magnífico templo, palacio, ciudad y colina; y de las múltiples corrientes de hermosos ríos navegables, que rodeaban la dicha ciudad y templo, como otras tantas cadenas, y de aquellas diversas graderías por donde ascendían los hombres hasta la cima como por una escala Celeste, es más que nada una fábula poética, hay sin embargo en ella mucho de verdad, pues el país de la Atlántida […] era un reino orgulloso y poderoso en armas, navíos y toda clase de riquezas. Incluso Bacon alude también al castigo divino a la que son sometidos los atlantes por su espíritu soberbio y beligerante, sin embargo, corrige la versión difundida por Platón: “no mucho tiempo después de estas ambiciosas empresas, sobrevino la venganza divina, pues en el término de un centenar de años la gran Atlántida quedó totalmente perdida y destruida, y no por un gran terremoto, como vuestro gran hombre dice, sino por un extraordinario diluvio o inundación” (Bacon, F. 1626/1976, pp. 248-249).
[xii] Vale la pena recordar que ésta es institución inspira la creación de la Royal Society en Inglaterra.
[xiii] Parece una referencia al telescopio y a los binoculares, que ya habían sido diseñados por el tiempo en el que Bacon publica su Nueva Atlántida.
[xiv] Incluso es inevitable no sentirse también defraudado cuando Bacon afirma sobre los nativos americanos que:
“No hay que maravillarse de la escasa población de América, ni de la rudeza e ignorancia del pueblo, pues hay que considerar a los habitantes de América como un pueblo joven, por lo menos mil años más joven que el resto del mundo, ya que tanto ha sido el tiempo transcurrido entre el diluvio universal y esta su inundación. Pues el resto de semilla humana que quedó en las montañas pobló el país otra vez lentamente, y como eran gentes simples y salvajes, no pudieron dejar a la posteridad escrituras, obras de arte, ni ningún indicio de civilización” (Bacon, F. 1626/1976, p. 249).
[xv] Bacon se muestra muy respetuoso del “principio de cautela arquimedeana”, del cual “el principio de precaución” parece ser una variante. No todos los inventos deben anunciarse o divulgarse, por los riesgos que traen consigo su aplicación: “Otra cosa que también hacemos es celebrar consultas sobre qué inventos y qué experimentos, de los descubiertos por nosotros, deben hacerse públicos y cuáles no”. (Bacon, F. 1626/1976, p. 271).
[xvi] Esto nos lo recuerda muy bien Adela Muñoz, a propósito del trabajo que realizaron científicas geniales como Marie Curie y Kathleen Londsale. Cuando Curie decidió estudiar los rayos uránicos, consiguió respuestas acertadas siguiendo una disciplina de trabajo férrea y teniendo grandes dosis de osadía […] sin embargo, no hay que olvidar que realizó todo este trabajo sin recibir remuneración ni fondos para comprar instrumentación o materiales. (Muñoz, 2017, p. 250. Las cursivas son nuestras) La cristalógrafa británica Kathleen Londsale corrió con una suerte similar. En 1929 tuvo su primer hijo, a los que seguirían dos más en años posteriores y, aunque no dejó de trabajar en su casa en la resolución de estructuras de derivados del benceno, seguía sin cobrar por su trabajo (Muñoz, 2017, p. 260).
[xvii] Cristina de Pizán “eligió formas muy diferentes para expresar sus pensamientos: poemas, aforismos, y diversos tratados: históricos, políticos, filosóficos y hasta feministas” (Gleichauf, 2010, p. 38).
[xviii] “La palabra «ciudad» tenía, además, para los medievales un significado noble y escatológico, con todas las connotaciones derivadas de la categoría de «urbe ideal», la civitas por oposición a «villa» o «burgo». Trabajo introductorio a La Ciudad de las Damas por Marie-José Lemarchand (1996, p. XXVII).
[xix] “El sentido humanista del texto también se revela cuando se impulsa a la mujer a desconfiar de los autores y a construir sus propias verdades, basadas en su experiencia personal como fuente de saber más segura”. Trabajo introductorio a La Ciudad de las Damas por Marie-José Lemarchand, (1996, p. XXXV).
[xx] Fue tan sabia y su imperio tan inmenso que incluso la Biblia alude a la grandeza de su poder. Ella misma promulgó para su pueblo, con una justicia de gran alcance, las leyes que lo rigieron. Tanto por la nobleza de su carácter como por la abundancia de sus riquezas, superó a casi todos los hombres que han gobernado. Era muy entendida en el arte de las letras y de las ciencias, y tan altiva que jamás se dignó a casarse y no quiso tener ningún hombre a su lado. (De Pizán, 1405/1996, p. 35).
[xxi] De Pizán dedica varios acápites de su Ciudad de las Damas a mostrar las proezas de varias mujeres en el uso del poder las armas, y su ‘vocación caballeresca’, entre ellas Semíramis, las Amazonas, Menalipe, Hipólita, Pentesilea, Zenobia, Artemisa, Berenice (reina de Capadocia).
[xxii] “Aunque el poder de Enheduanna estaba relacionado con los conocimientos astronómicos que debía tener como sacerdotisa, lo que la ha hecho pasar a la historia es la fuerza expresiva de sus poemas. Sorprende la complejidad de estos textos que datan de una época en la que la humanidad estaba todavía aprendiendo a escribir casi literalmente […] además no hay registros de obras escritas con anterioridad a las de Enheduanna, por lo que podemos considerarla como la primera escritora de la humanidad” (Muñoz, 2017, pp. 34-35).