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En Lavigny. Otro camino de campo

Cecilia Balcázar de Bucher

Es un camino simbólico, este que parte al alba. Los inter-textos de caminos recorridos por otros se entrelazan con este serpentear por los senderos circulares, que tal vez «no llevan a ninguna parte». Lo que importa es andar; subir, bajar, «hacer camino al andar» porque, como decía San Juan «por aquí ya no hay camino». No se sale en la noche oscura, porque no está en sosiego el alma, sino buscando su sosiego, su encuentro. No se propone nada. Solo sabe que aguzando los sentidos algo ha de producirse y que la monotonía de la planicie, que pareciera reflejar lo plano de su tránsito, puede de pronto, abrirse. Porque todo esta cerrado; todo está mudo; el paisaje no habla; los colores no brillan; no estremecen los trinos. Ante el trazado geométrico de los cultivos apenas si recuerda los momentos de éxtasis yde integración del pasado.

En el sendero tortuoso hacia la zona encantada -y los planos del presente se interceptan con el recuerdo de la película de Tarkovsky-, hay sombras que intentan detenerla; hay muros de silencio y de angustia; como las cárceles de la mediocridad que encierran el cuerpo en su recinto físico; que limitan el discurrir a lo lógico y racional. En el camino está el miedo; el temor de soltarse y de lanzarse a lo desconocido. Pero hay también una fuerza, o casi una inercia del movimiento que impele a seguir, a asomarse al abismo.

Y allí, al borde inquietante del precipicio, se produce el milagro del agua lejana. Es la posibilidad de salvarse de la sequía, bajando hasta el pozo profundo. De arriesgarse hasta el murmullo, hasta la transparencia, hasta el espejo, para mirar el fondo. Ante el estrépito de la corriente se despierta el sentir. Es como si a un ser autista, le devolvieran la relación con lo otro por la confrontación con el amor, por el reconocimiento de sí mismo en una nueva lengua.

Caminando por un rato al lado del torrente se llega hasta el remanso. Se abren los sentidos en el silencio y se purifican las percepciones; se puede otra vez gozar del paraíso que se había perdido. Es el fin del camino de descenso antes de la subida. Lo que sigue después, hacia la cima, hacia la luz, es la apertura. Viñedos y trigales despliegan, en las alturas, la riqueza de sus símbolos. El pan y el vino están allí, como elementos virtuales, para el alimento y la evasión. Pero el acceso al mundo de lo abierto se puede lograr en la ascesis del camino; en el ayuno de los sentidos; con el vino de lo sagrado, con el pan de la luz.

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Edición No. 144