En recuerdo de José-Emilio Pacheco
Me enteré de la muerte de José-Emilio Pacheco (1939-2014), el domingo 26 de enero en la noche, cuando abrí mi cuenta de correo electrónico. Soledad Traverso (amiga y ex compañera de estudios de posgrado) me comunicaba en una línea la triste y sorpresiva noticia. Mi perplejidad me hizo dudar del correo electrónico y, entonces, abrí el portal de La Jornada, diario mexicano, en el que ya aparecía una breve nota sobre el fallecimiento de José-Emilio Pacheco. Al transcurrir unos minutos más, recibí otros correos electrónicos de amigos que conocían de mi amistad con José-Emilio. Al día siguiente encendí mi computadora y abrí varios portales de diarios latinoamericanos, norteamericanos y europeos. En cada uno se consignaba el deceso de José-Emilio Pacheco, algunos con breve información y en otros con textos más detallados de su vida y obra literaria.
Al leer, tras de la pantalla de mi computadora, los textos que iban apareciendo sobre José-Emilio, recordé lo que me comentaba mi abuela: “cuando se nos avisa del fallecimiento de un ser que ha tenido, o no, cercanía con nosotros la tendencia es hablar elogiosamente de ese ser humano y, ante todo, subrayar lo bueno que había sido en vida”. En este caso, y con todos mis respetos, siento que estos epítetos sobran al hablar de la generosidad, o bondad de José-Emilio Pacheco. El y yo cultivamos una amistad de afecto, y respeto, a lo largo de poco menos de dos décadas. Fue una amistad se manifestó principalmente en tres etapas continuas y complementarias: en el trato personal cada otoño en College Park (de 1986 a 1993); en las comunicaciones telefónicas desde Connecticut a Maryland o México (1994-2013); y generalmente en el diálogo alrededor de la literatura, el arte, la música, los amigos en común, la gastronomía, al acontecer diario, de sus hijas Laura Emilia y Cecilia y del ejemplar trabajo periodístico de su esposa Cristina, y en algunas ocasiones sobre sus libros. Aquí me centraré en la primera de estas etapas.
Percibí que tanto su calidad intelectual como por su talante humano, la universidad tenía que ser nuestra “casa común”; y allí se inició una relación de profesor-alumno, y pronto una relación de amistad que terminó por consolidarse en algo así como una providencial unidad de pensamiento y acción en la universidad, la profesión y la familia. El trato se inició en el salón de clase, en 1986, cuando fui su alumno en el seminario sobre el cuento latinoamericano en la Universidad de Maryland (College Park). A partir de ese primer cruce, los encuentros y conversaciones se multiplicaron, primero en el aula, luego a nível personal en el apartamento donde vivíamos mi esposa, Olinda, y yo, en Tulane Drive (Hyatsville, Maryland), y posteriormente en la residencia de Marcelo Uribe y Coral Bracho o en la de Jorge Aguilar Mora y Evelyn Canabal Torres, o en diversos restaurantes de la zona de Greenbelt o Silver Spring. Además, fue una especie de fortuna acompañarlo al supermercado, o a librerías en College Park, o Washington, D.C., lo cual era motivo de charlas maravillosas. Su privilegiada memoria y el constante deseo de leer variedad de información y libros de desiguales géneros fue en él lo que desde luego me atrajo.
A tenor de lo anterior y aunque parezca trivial, en los supermercados Safeway, o Giant donde José-Emilio adquiría sus provisiones para la semana; nunca dejaba de comprar revistas, diarios, o semanarios, que estaban desplegados en los estantes previos a las cajas registradoras: Time y Newsweek, el New York Times, Washington Post, Angeles Times y el Boston Globe, entre otros. Sin embargo, lo que me llamaba más la atención era que adquiriera algunos tabloides un tanto sensacionalistas para mi gusto: The Sun, Glob, Daily News, New York Post, The National Enquirer. Por los titulares de primera página, yo me sonreía con asombro y José-Emilio al notar mi expresión me decía: “en estos periódicos hay información reveladora, Antonio, y son una gran fuente de recurso literario. Además, continuaba: “Es interesante imaginarse a John Kennedy aún vivo en silla de ruedas en un yate lujoso al frente de Grecia” o “reconocer que nuestras vidas se parecen a las del salmón o “que este país es el primer consumidor de cacahuate”. Y así, en cada ida al supermercado, notaba que José-Emilio era un goloso de conocer y entender más al prójimo.
En el sinnúmero de recorridos que hicimos igualmente por librerías en Maryland y Washington: Maryland Book Exchange en la calle Knox, Olsson’s o Kramerbooks en Dupont Circle, fue de particular interés porque presencié su inclinación por libros que no estaban en el estante de ficción o poesía clásicas o del canon –como se dice en el ámbito académico. Más bien, se dirigía a los estantes rotulados bajo la narrativa detectivesca, o novelas románticas. Y como era su costumbre José-Emilio me compartía el por qué le importaba leer estos libros: “la narrativa policial – me decía- es inexistente en nuestros países latinoamericanos pues la autoridad está viciada ante tanto soborno y, por lo tanto, este género es poco creíble para los lectores. En cuanto a las novelas románticas –complementaba– normalmente contienen descripciones floridas de amor, y versiones idealizadas de cortejo y romance de las cuales se aprende mucho de la conducta humana”. La memoria de José-Emilio era infinita y le permitía el descubrimiento de secretas y remotas afinidades, como si todo lo escuchado o leído estuviera presente, en una suerte de mágica eternidad. Esto se advertía, asimismo, en el diálogo. Al final, regresábamos a su apartamento en Sligo Creek, luego en Greenbelt, y los últimos años en College Park, cargados con varias talegas llenas de libros corroborándome su sed de educar y educarse, por la sinceridad y sencillez de su trato.
El pensamiento de nuestro José-Emilio no descansaba nunca. Mientras seguía el hilo de la charla, iba construyendo, para sí, otra interior figura mental. Y al revés, dejaba correr su charla sin percatarse, aparentemente, de las cosas que lo rodeaban. Yo mismo pude comprobarlo: José-Emilio sentado en una esquina de la mesa que nos asignaban en uno de los tantos restaurantes orientales a los que fuimos a cenar, parecía un tanto cansado después del seminario de tres horas, pero no, estaba más atento que nunca y si Olinda (mi esposa) o yo nos equivocábamos en alguna información que compartíamos, saltaba para explicarnos que esto no había ocurrido de esa manera. O igual con poemas u obras de escritores o escritoras. La memoria de nuestro José-Emilio era prodigiosa y sin pretensiones. Siempre sobresalió su generosidad para conmigo y mi esposa, y percibí que así fue hacia los demás, con un indiscutible interés en la interacción humana.
José-Emilio Pacheco nos dio (a sus estudiantes) el regalo más grande: él nos enseñó a comunicarnos entre sí. El consejo preciso y generoso, sus clases extraordinariamente divertidas y con múltiples notas que escribíamos en los textos al pie de página con su marca registrada iluminaron nuestras lecturas. Cuando me transporto hacia esa época de estudiante en College Park lo que José-Emilio siempre quiso que recordáramos, cuatro cosas vienen a la mente: cómo identificar el punto de vista , la diferencia entre el » elogio » y » complemento «, el uso adecuado de la coma serial y que escribiéramos mínimo una página al día. José-Emilio dio la misma atención a todos sus estudiantes durante las horas de oficina , después de horas, y entre horas. Fue el primer profesor que nos trató como algo más que un grupo de estudiantes de posgrado. Él dijo que estaba también aprendiendo de nosotros. Esa era la clase de maestro cuya personalidad sin pretensiones justificadas interactuaba con nosotros, aun cuando la clase había terminado y no hubiese nada académico para discutir . Recuerdo que siempre había una fila de estudiantes por el banco fuera de su oficina en el segundo piso del edificio Juan Ramón Jiménez. . Esas conversaciones eran siempre ricas y todos disfrutábamos de su buen sentido del humor.
Lo antedicho es motivo de sobra para seguir hablando y escribiendo sobre él y su obra literaria, sobre todos los lados de él , porque temo de olvidar estos detalles, que son más importantes para mí que cualquier cosa que haya sido publicada. José-Emilio nunca hablaba de su obra. Ni una sola vez en los dos talleres de creación que hice con él. He conocido profesores que imponen a sus estudiantes a leer su propio trabajo en los cursos, pero José-Emilio se hubiera mortificado al hacer esto. Me atrevo a decir que no había ni un hueso de su cuerpo que no era humilde.
A manera de cierre pasajero, me interesaría anotar que a partir de aquí la unidad de pensamiento y acción, la identificación de nuestro común andar por la vida me dejan con un interrogante que lo parafrasearé con palabras de José-Emilio: “no me preguntes cómo pasa el tiempo”. Entonces, volvería a la intimidad. Hablaría de sus altas cualidades humanas: su bondad, su talento, su generosidad, su capacidad de trabajo, su comunicación con los demás, su sentido común, su sencillez… Pero mi recuerdo principal está en este momento en la condolencia con su familia. Hablaría de su apoyo permanente en su gran mujer Cristina y la excelente familia que formaron con sus hijas, Laura Emilia y Cecilia, que tanto alabó siempre con su palabra y sus gestos. Nunca he ocultado, José-Emilio, que tú has sido uno de mis mentores, y también mi amigo. Gracias José-Emilio por todo lo que me enseñaste de literatura y de la vida! ¡Gracias José-Emilio por tu amistad y que continúes junto a nosotros y que en la eternidad se te siga premiando por todo lo que has hecho en tu vida ejemplar.