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Estigma y riesgo de la ingenuidad

Las condiciones y circunstancias de la vida son bien variadas, en las personas, en las familias, en grupos y en la sociedad. Se presentan incluso las más impensables e impredecibles. Comportamientos desde la bondad de un Francisco de Asís hasta los horrores de crueldad más escalofriantes como lo ocurrido en el Holocausto, y en las guerras implacables que asesinan sin consideración a niños, mujeres, ancianos, con armamento cada vez más avanzado.

María Moliner define al ingenuo como la persona que no tiene malicia, que supone siempre la buena intención en los demás, al creer lo que le dicen, y habla y obra de buena fe, sin prevenciones. Ingenuos fueron Don Quijote al confundir molinos con gigantes, Remedios la Bella al alejarse de la comprensión del mundo real por pureza, Napoleón en el desastre de la compaña de Rusia al afrontar el crudo invierno, Bolívar desencantado al no conseguir la unidad de repúblicas, etc.  Quizá lo que relaciono a continuación sea materia de esta naturaleza.

Al terminar la pandemia, de sábado, salí a caminar en día frío, con leve llovizna, por el sector de Milán, en Manizales, y aprovecho para darme una pasadita por el cajero de Bancolombia. Acudo solícito al sitio y retiro un dinero. Salgo de regreso a casa, caminando por el mismo andén y a pocos pasos, al avanzar adelante de la farmacia de la esquina, entre dos vehículos estacionados sale un tipo lo más jovial, y le dice:
—¡Buenos días! ¿Se acuerda de mí?
Mi cara de confusión no lo desanima.
—¿Y su hijo? —insiste.
—¿Cuál?
—El mayor.
—Vive en Bogotá.
—¡Ah, yo también viví en Bogotá! Estudié en la Fiscalía —dice, mostrándome una tarjeta desteñida—. Soy de la Sijín, y estamos investigando un robo. Necesito revisar los billetes que lleva.

Saco con tranquilidad la billetera y se la enseño. El hombre toma el dinero y además me pide la tarjeta débito para comprobar si es clonada. Se la entrego sin ninguna actitud reacia. Cuando el hombre la tiene en sus manos, me pide la clave, pero por intuitiva razón le digo:

– No puedo dársela. Las autoridades insisten en la privacidad de esa clave.

El tipo se ausenta y va al cajero, quizá para probar suerte. Pronto regresa y entrega la tarjeta sin ningún reclamo. Me pide el celular, y la lo entrego sin ninguna actitud prevenida.

El abordante dice tener que ausentarse un momento para chequear todo eso y pronto regresaría. Se observa que muy cerca hay otra persona, algo así como el consueta, con quien hace el teatro similar. Pasan minutos y el tipo no regresa. El consueta desaparece por arte de magia. A poco entro en zozobra, bajo hasta el frente de la farmacia, y en el mismo andén próximo doy caminadas en círculo con muestras de preocupación. Pronto ingreso allí y le pido a una dependiente si me permite una llamada a mi mujer, de inmediato me da auxilio, puesto que me vio en actitud de extraña inquietud en el andén. Ella toma su celular personal, me pide el número de la esposa, marca y al hablarle me lo pasa para que converse con ella. Le digo con voz un tanto quebrantada: mira, creo que me atracaron y quedé sin dinero para ir en un taxi a casa.

La dependiente me consigue taxi y pronto llego a casa en el sector oriental de la ciudad. La esposa un tanto intranquila me recibe y rápido llega la hija y bloquea por internet el celular. Se tejen supuestos, incluso de algún polvo alucinógeno, pero al revisar el caso lo que se dedujo fue asunto de mi ingenuidad, confié en lo que el tipo ese me decía y actué en confianza. Ingenuidad palpitante, de remediar. Ingenuidad proveniente de mi propia personalidad, talvez por influencias familiares o educativas.

Esa ingenuidad lleva, en lo común, a ser víctima del engaño, de la manipulación, aún del fraude.

[Versión breve en “La Patria”, 09.XI.2025;  p. 18]

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