¿Una estupidez de especie, o una especie de estupidez?
No es fácil escribir sobre la estupidez.
En su “Historia de la Estupidez Humana”[1], publicada por primera vez en 1959 con el título “The Natural Science of Stupidity”, el escritor húngaro Paul Tabori enumera, mal contados, por lo menos ocho autores que han escrito obras específicamente sobre el tema, sin mencionar aquellos que indirectamente lo abordan en estudios sobre campos más amplios del ser y del quehacer.
Por razones obvias no menciona Tabori a Carlo María Cipolla, historiador económico italiano y profesor de la Universidad de Berkeley, que en 1988 publicó su ensayo “Allegro ma non troppo”, en el cual formula las que denomina “Leyes fundamentales de la estupidez humana”.[2]
Pero, como dije al principio, no es fácil -o por lo menos a mí no me ha quedado fácil- escribir sobre la estupidez. Muchos de quienes lo han hecho se refieren a la estupidez como a un defecto de los demás, sin hacer conciencia expresa del hecho de que, posiblemente, esa característica que el Diccionario de la Academia define de manera muy vaga como “Torpeza notable en comprender las cosas”, puede ser precisamente una construcción cultural propia de la manera como la inteligencia se expresa en los integrantes de nuestra especie, y de la manera como a veces aplicamos la inteligencia -don invaluable- en la transformación de nosotros mismos y del planeta del cual formamos parte.
[1] Paul Tabori, “Historia de la Estupidez Humana”. Versión en español editada por elaleph.com 1999 Disponible en http://es.slideshare.net/anahirosas1/paul-tabori-historia-de-la-estupidez-humana-30586019 Consultado en Junio 15 de 2015
[2] Comentario basado en una presentación sin autor titulada “Una visión de la evolución basada en CIPOLLA, C. M. (1988, Allegro ma non troppo)”, Disponible en http://ctinobar.webs.ull.es/1docencia/Cambio%20Social/CIPOLLA.pdf Consultado en Junio 15 de 2015
Por eso cuando el DRAE dice también que la estupidez es un “Dicho o hecho propio de un estúpido”, y de este afirma que es un “Necio, falto de inteligencia”, podría estar equivocado. Porque solamente quienes estamos dotados de inteligencia humana somos susceptibles a incurrir en la maldad o en la estupidez. Como veremos más adelante, la Naturaleza (excluidos los seres humanos), es incapaz de estupidez o de maldad.
Desde ese punto de vista, todos los integrantes de la especie humana, incluyendo a quienes tenemos la osadía de escribir sobre la estupidez, somos –o por lo menos en algún momento estamos– estúpidos. Este puede ser uno de los múltiples casos en que definitivamente existe diferencia entre lo que denotan los verbos ser y estar.
En mi concepto equivocadamente, Tabori incluye en su lista de obras sobre la estupidez al “Elogio de la Locura” de Erasmo de Rotterdam Porque no necesariamente locura es sinónimo de estupidez. Como el título lo indica, en su clásico publicado en 1511 Erasmo hace claramente un elogio de por lo menos una de las clases de locura que se apodera de los seres humanos:
Verdaderamente hay dos clases de locura: una, la que las Furias engendran en el infierno cada vez que lanzan las serpientes que despiertan en el pecho de los mortales la pasión de la guerra y la inextinguible sed del oro […] y otra locura muy distinta que es apetecida por todos y que normalmente se manifiesta por cierto alegre extravío de la razón que al mismo tiempo libera al alma de sus angustiosas preocupaciones y devuelve el perfume de múltiples deleites.[1]
El título original del libro –Moriae Encomium– se justifica además porque Erasmo lo dedica a su amigo Tomás Moro, de quien quiere hacer una “alabanza encarecida” (para volver al Diccionario y a la manera como éste define la palabra encomio).
En el libro citado Tabori menciona a Max Kemmerich, un autor alemán del cual he encontrado muy poca información. De él afirma que “consagró toda su vida a reunir hechos extraños y desusados de la historia de la cultura y de la civilización” y agrega que “era librepensador, pero de un tipo especial, pues carecía del atributo más esencial del librepensador: la tolerancia”.
Me parece importante ese renglón, porque precisamente hace referencia a la prepotencia con que parecen escribir algunos autores sobre la estupidez, considerando que solamente son estúpidos los demás. Y porque extraen muchas situaciones humanas, que consideran estúpidas, del contexto ecológico, social y cultural en el cual surgen y muchas veces encuentran justificación.
La estupidez desde las consecuencias que genera
Advierte Tabori que
si no podemos definir la estupidez (o si sólo formulamos una definición parcial), por lo menos podemos tratar de relacionar con ella la mayoría de las desgracias y debilidades humanas. Pues la estupidez es como una luz negra, que difunde la muerte en lugar de la vida, que esteriliza en lugar de fecundar, que destruye en lugar de crear. Sus expresiones forman legión, y sus síntomas son infinitos.
Es injusto y sesgado el autor cuando acusa a la luz negra de propiedades tan criminales, pero acierta en aquello de que la gravedad de la estupidez (y posiblemente la única estupidez verdaderamente grave) radica en que “difunde la muerte en lugar de la vida, que esteriliza en lugar de fecundar, que destruye en lugar de crear”.
Coincide lo anterior con Fernando Savater cuando en su “Ética para Amador” escribe que
Hay cosas que hay que saberlas porque en ello, como suele decirse, nos va la vida. […] Se puede vivir de muchos modos pero hay modos que no dejan vivir. […] Ciertas cosas que nos convienen y a lo que nos conviene solemos llamarlo “bueno” porque nos siente bien; otras cosas, en cambio, nos sientan pero que muy mal y a todo eso lo llamamos “malo”. Saber lo que nos conviene, es decir: distinguir entre o bueno y lo malo, es un conocimiento que todos intentamos adquirir –todos sin excepción- por la cuenta que nos trae.
En su medio natural cada animal parece saber perfectamente lo que es bueno y lo que es malo para él, sin discusiones ni dudas. No hay animales malos ni buenos en la naturaleza, aunque quizá la mosca considere mala a la araña que tiende su trampa y se la come. Pero es que la araña no lo puede remediar.[2]
Aquí retomamos aquello de que solamente quienes estamos dotados de inteligencia humana somos susceptibles a incurrir en maldad o estupidez. La Naturaleza (excluidos los seres humanos), es incapaz de las dos.
Cita Tabori a Oscar Wilde cuando afirma que “No hay más pecado que el de estupidez”.
Y agrega que
la estupidez es, en considerable proporción, el pecado de omisión, la perezosa y a menudo voluntaria negativa a utilizar lo que la Naturaleza nos ha dado, o la tendencia a utilizarlo erróneamente. Lo mismo nos ocurre con los animales, los niños y los pueblos primitivos. Admiramos la sagacidad “natural” de los animales, la vivacidad “natural” del niño o del hombre primitivo. Hablamos de la “sabiduría” de las aves migratorias, capaces de hallar un clima más cálido cuando llega el invierno; o del niño, que sabe instintivamente cuánta leche puede absorber su cuerpo; o del salvaje que, en su medio natural, sabe adaptarse a las exigencias de la Naturaleza.[3]
Pero volvamos a la capacidad de la estupidez grave para generar muerte y destrucción, y no pocas veces autodestrucción.
Los Premios Darwin[4]
Estos premios se crearon en Estados Unidos en 1985 y se otorgan a quienes se convierten en instrumentos de la evolución, haciéndose cargo de su propia “selección natural”.
Yo me enteré de su existencia cuando supe que le habían otorgado un Premio Darwin a un terrorista que envió un paquete-bomba con estampillas insuficientes… y cuando se lo devolvió el correo lo abrió.
Hay gente que piensa que es normal observar el interior de un bidón de gasolina con un cigarrillo encendido. […] Ningún letrero de advertencia podría haber impedido a la evolución apoderarse por sorpresa del hombre que electrocutó peces con corriente eléctrica casera y luego fue a recoger a sus víctimas sin haber tomado antes la precaución de quitar el cable.
Se las arreglan para eliminarse a sí mismos del patrimonio genético de maneras tan extraordinariamente estúpidas que sus actos sirven para garantizar la supervivencia de la especie a largo plazo, porque, gracias a ellos, la especie tiene ahora en su seno a un idiota menos.
En este caso, como sucede con los datos estadísticos, la estupidez adquiere toda su dimensión trágica cuando le ponemos una cara reconocible y concreta al protagonista y víctima de la auto-eliminación.
Mientras esto escribo, todavía es noticia la muerte de un hombre que resulta atropellado por un bus de Transmilenio cuando se lanza de manera imprudente a la calzada con intención de colarse.[5]
Personalmente he visto perros callejeros tomando todo tipo de precauciones para atravesar una avenida en medio del denso tráfico vehicular, iguanas que miran cuidadosamente a lado y lado antes de cruzar una carretera y burras enseñándoles a sus crías la manera de pasar una vía reduciendo en lo posible el peligro de morir. Claro que también he visto iguanas, perros y otros animales atropellados, pero me atrevo a pensar que muchas veces es más por falta de precaución de los conductores -o por el placer de matarlos-, que por imprudencia del animal. (Al menos por ahora debo exceptuar a las gallinas, que por alguna razón parecen esperar a que venga un carro muy rápido para pasar al otro lado de la carretera. Y que no se diga que los pollos domésticos son “brutos”, porque precisamente tengo en mis manos un número monográfico de la revista Investigación y Ciencia –Temas 78- dedicado a la inteligencia animal, en el cual hay un artículo especialmente dedicado a los pollos domésticos.[6])
En todo caso de lo que sí estoy seguro es de que ninguno de los animales que mueren atropellados en las carreteras ha incurrido en la estupidez de quien arriesga su vida a cambio de ahorrarse el valor de un pasaje o simplemente por el dudoso placer de trampear al sistema en algo tan elemental.
Monoteismo y fobia a la diversidad
A propósito del prejuicio racial como indudable manifestación de la estupidez grave, cita Tabori en su libro a un doctor Feldmann que afirma que “toda forma de estupidez es expresión de temor”[7]. Aunque más adelante el mismo Tabori cuestiona la validez general del argumento, para el reto que nos ocupa puede resultar útil afirmar que esa manifestación de la estupidez de especie que ha conducido a la humanidad a la crisis ecológica planetaria en que nos encontramos ahora, puede ser producto del temor. ¿A qué? A la diversidad. A la diferencia. A todo cuanto escapa a un saber convencional establecido como “única verdad” por quienes en cada época de la historia han detentado el poder sobre las mentes y la sociedad.
Posiblemente un punto de quiebre importante fue el surgimiento del monoteísmo, a partir del cual un “único Dios verdadero” desplazó a los múltiples dioses que poblaban el mundo en las religiones politeístas. Coinciden varios historiadores de las religiones (y con ellos Sigmund Freud[8]) que el monoteísmo surgió en Egipto en tiempos del faraón Akenatón de la XVIII dinastía, quien impuso a través de todas las formas posibles de fuerza al dios Atón.
Por supuesto el faraón se autoerigió como encarnación de ese dios en la Tierra y sobre ese aval divino estableció toda su estructura de poder terrenal. Cuentan los historiadores que esa decisión de Akenatón generó una serie de revueltas que estuvieron a punto de derribar su dinastía.[9] Calculan quienes han examinado sus huesos que Akenatón puede haber muerto alrededor de los 36 años de edad.
La descrita actitud faraónica parece ligada a quienes ostentan o pretenden ostentar poder absoluto sobre una colectividad. Escribe Tabori:
Que los gobernantes son los alter ego de Dios era principio fundamental del Imperio Bizantino; aunque, por supuesto, esta misma norma había sido aceptada, en distintas formas, en países tan diversos como Egipto, la India y los imperios precolombinos de América del Sur, sin hablar del período final del Imperio Romano, que se enorgullecía de poseer unos cuantos “dioses”, además de Claudio.[10]
Y pone el siguiente ejemplo de edicto conjunto proferido en el año 404 por los emperadores Arcadio y Honorio emperadores del Imperio de Oriente con capital Constantinopla:
Todos aquellos que, movidos de audacia sacrílega, desafíen nuestra divinidad, serán privados de sus empleos y de su propiedad.
Y continúa Tabori:
El título que los amos de Birmania exhibían orgullosamente era: “Rey de Reyes, a Quien todos los restantes príncipes acatan; Regulador de las Estaciones; Todopoderoso Director de Mareas y Torrentes; Hermano Menor del Sol; Propietario de los Veinticuatro Paraguas”. Los príncipes malayos de Sumatra se denominaban: “Amo del Universo, Cuyo Cuerpo brilla como el Sol; a quien Dios ha creado tan perfecto como la Luna Llena; Cuyos Ojos brillan como la Estrella del Norte; Que, al elevarse, arroja sombra sobre todo Su dominio; Cuyos Pies huelen dulcemente…” etc.
La manía de los títulos fue don de Asia a Europa. Floreció con particular lujuria en las cortes de los pequeños príncipes alemanes.
Hoy, cuando ya está bien avanzada la segunda década del siglo XXI, esa “manía de los títulos” se exhibe de múltiples maneras,
En este caso la autoridad divina proviene de los cargos que se han desempeñado (es necesario ser “ex algo” para ser alguien en la sociedad) y de los diplomas que han proferido las instituciones académicas, facultadas para dictaminar qué conocimientos son válidos y cuáles no.
El capítulo V del libro de Tabori versa sobre “La estupidez del burocratismo” y dice así:
El papeleo oficial, símbolo de la burocracia, es casi tan antiguo como la humanidad. Los egipcios tenían una burocracia muy desarrollada; el imperio de Diocleciano, que ya se agrietaba por todas partes, se sostenía precariamente en pie gracias a una administración de fantástica complicación. Esos inocentes papeles han sido vestidura de tiranuelos y cadenas de la libertad y de la empresa privada. Thackeray concibió la teoría de que Hércules niño luchó contra montañas de papeles oficiales, no contra serpientes. Shakespeare lanzó sus dardos contra la “insolencia del burócrata”. Los romances de Voltaire satirizaron al mismo tiempo a sacerdotes y a políticos, pero el gran escritor reservó sus flechas más agudas para los “caballeros de la ignorancia, los paladines del papelerío, los campeones de la confusión”.[11]
Esa burocracia, de la cual muchas veces quienes se ven obligados a encarnarla son víctimas principales, está diseñada como una forma para conservar y ejercer el poder. Sinembargo, tanto en el nivel local como en los niveles nacional e internacional, el monstruo ha adquirido vida propia y se está convirtiendo en uno de los principales obstáculos –si no, como se diría en castellano antiguo, en el más principal– para que la humanidad coevolucione y sea capaz de adaptarse como respuesta a desafíos radicales como el cambio climático y a otras dinámicas naturales.
Mientras esto escribo tiene lugar el gran terremoto de magnitud 7.4 que el 25 de Abril de 2015 destruyó gran parte de la ciudad de Katmandú y dejó varios millones de afectados y posiblemente más de 10 mil muertos. En los días siguientes al primer sismo, que tuvo varias réplicas muy fuertes, apareció en varios medios la noticia de que “parte del material para los supervivientes está retenido en el único aeropuerto internacional del país, el de Katmandú. A pesar de la catástrofe, el Gobierno nepalí no ha relajado sus protocolos aduaneros habituales, lo que complica la entrada y distribución de los cargamentos. Una situación surrealista para los afectados por el terremoto.”[12]
* * *
Retomemos al monoteísmo:
En el Medio Oriente tienen origen las tras mayores religiones monoteístas de la historia, todas actualmente en plena ebullición: el Islamismo, el Cristianismo y el Judaísmo, las cuales comparten a Abraham como padre común.
Llego al tema en estas reflexiones sobre la estupidez, porque me parece que es a partir de la aparición del monoteísmo que se institucionaliza el rechazo a la diversidad, comenzando nada menos que por los dominios del cielo. El “monocultivo” en el campo religioso tiene sus expresiones correlativas tanto en la cosmovisión como en todas las actividades de los seres humanos que tienen el disco duro formateado para sospechar de cualquier manifestación de la diversidad.
En Colombia nos decimos orgullosos de nuestra biodiversidad de palmas, mariposas y aves, pero rechazamos (a veces hasta el exterminio) a todo aquel que es o piensa diferente de nosotros.
A partir del “Siglo de las Luces” LA RAZÓN –y con razón- se erigió como un nuevo Dios. El problema es que dentro de la concepción monoteísta del mundo, expulsó o sometió a los demás.
La razón, en su concepción occidental, surge del desarrollo de la corteza cerebral. Y nos permite a los seres humanos alcanzar unos niveles de conocimiento tales, que nos convierte en, como nos denominamos orgullosamente, “especie dominante” sobre todas la demás.
Sin embargo el éxito de la razón como forma de conocimiento es tan aplastante, que como ya dijimos arrasó a todas las demás. La intuición, por ejemplo, logró sobrevivir, pero al no ser “lo oficial”, al considerarse una forma marginal de conocimiento, se relegó a las mujeres que, a ojos del machismo (esa inequívoca expresión de la estupidez), eran consideradas seres de segunda categoría. Adquirió entonces el apellido “femenina” y los hombres (del género masculino) renunciamos a ella para dedicarnos exclusivamente a eso que denominamos “pensamiento racional”.
En el “estudio preliminar” que antecede a la citada edición española del “Elogio de la Locura”, la profesora doña Teresa Suero Roca cita a Stephan Zweig cuando afirma que
Erasmo, que no se engaña sobre nadie ni nada, conocía la causa secreta de esa misteriosa debilidad que le impedía ser un verdadero creador; se sentía demasiada razón y demasiado poca pasión, sabía que su neutralidad y su arte de ponerse por encima de las cosas le situaban al margen de la vida. La razón es siempre una fuerza reguladora, no es nunca en sí una fuerza creadora; la verdadera creación reclama siempre la presencia de una ilusión. Es porque estaba extrañamente exento de ilusiones que Erasmo ha sido toda su vida razonable, frío, justo, que jamás ha conocido la suprema felicidad de la vida: darse a otro, sacrificarse. Por primera y única vez se sospecha aquí que Erasmo ha sufrido de su prudencia, su moderación, su espíritu de tolerancia. Y por lo mismo que el artista crea con mano más segura cuando labra una cosa de la que está privado, que desea vivamente, por lo mismo este hombre razonable por excelencia estaba muy indicado para componer este himno alegra a la locura y para burlarse de la manera más genial de os adoradores de la pura sabiduría”.[13]
Más de un estudioso de la teoría del caos y la complejidad sabe hoy que el mero análisis “racional” es incapaz de abordar en su integridad la estructura y la función de los sistemas complejos.
[Peter Senge] cree que aprender a manipular la complejidad significa aprender a vivir más intuitivamente, porque la intuición es la clave para realizar cambios significativos en los sistemas complejos, ayudarlos a evolucionar y evolucionar con ellos. En el nivel más profundo de la dinámica de sistemas intentamos cultivar un singular sentido intuitivo/racional del momento en que nos acercamos al aspecto crítico de un sistema. A veces uno lo siente, sabe cuándo está llegando cerca de un punto de influencia. Rara vez se relaciona con los síntomas en que se concentra la gente, porque en un sistema complejo la causa y el efecto rara vez están estrechamente relacionados en el tiempo y el espacio.[14]
Es necesario acudir, entonces, a múltiples formas de conocimiento. La ciencia, por supuesto, es una gran herramienta de la evolución humana, pero no puede explicar todos los fenómenos del mundo. Lo cual no quiere decir que lo que escapa a las explicaciones científicas, no exista. Como he escrito varias veces, el hecho de que yo no entienda ruso no quiere decir que el ruso no sea un idioma sino que yo soy analfabeto en ruso.
Esto no tendría por qué entrar en la lista de las formas graves de la estupidez, si no fuera por las consecuencias que nos está acarreando.
Recordemos que los Premios Darwin se otorgan a quienes serruchan –entre el tronco y ellos- la rama sobre la cual están sentados.
Tabori comienza el capítulo VII de su libro, titulado “La estupidez de la duda”, con el siguiente relato:
El 11 de marzo de 1878 la Academia francesa de Ciencias se reunió para presenciar una interesante demostración. Du Moncel, el conocido físico, debía presentar el fonógrafo, la nueva invención de Edison.
La ilustre asamblea se impresionó mucho cuando la pequeña y primitiva máquina comenzó repentinamente a hablar y repitió fielmente las palabras que Du Moncel había registrado pocos momentos antes.
De pronto, Jean Bouillaud, el famoso médico, un hombre de ochenta y dos años que se había pasado la mayor parte de la vida tratando de identificar la relación entre ciertas funciones y determinadas regiones del cerebro, se puso de pie, se acercó a la plataforma y aferró por el cuello al infortunado Du Moncel. “¡Sinvergüenza!”, rugió. “¡Cómo se atreve a intentar engañarnos con esos ridículos trucos de ventrílocuo!”
Camilo Flammarion, que fue testigo personal del incidente, relata el caso en el primer capítulo de su libro L’inconnu: “Y el enfurecido médico permaneció colérico y escéptico hasta el fin de su vida.”
El 30 de septiembre, poco más de seis meses después de la demostración, la Academia de Ciencias realizó otra reunión. El obstinado escéptico solicitó la palabra, y declaró que, después de prolongada y cuidadosa consideración, mantenía su postura inicial; que el llamado fonógrafo no era otra cosa que un truco de ventrílocuo. “Es absolutamente imposible”, dijo Bouillaud, “que el noble órgano de la palabra humana pueda ser reemplazado por el innoble e inconsciente metal”.
Poca gente habría oído hablar de Bouillaud si Flammarion no lo hubiese inmortalizado. Pero la Academia Francesa tenía ya un miembro realmente inmortal: Joseph Jérome Le Frangais de Lalande, el gran astrónomo que fue director del observatorio de París entre 1768 y 1807. Desarrolló la teoría planetaria, mejoró las tablas de Halley, catalogó cerca de cincuenta mil estrellas, y escribió gran número de obras sobre navegación. En 1781, Francois Blanchard (inventor del paracaídas) presentó su “nave voladora” dirigible. El hecho excitó la imaginación del público; el pueblo hablaba ya de los atrevidos aeronautas que surcaban el cielo de París. (En 1785 Blanchard cruzó en globo el canal de la Mancha.) Pero Lalande se apresuró a arrojar agua fría sobre tan calenturientas esperanzas. En el número del 18 de mayo de 1782 del Journal de Paris escribió un artículo destinado a pinchar el globo del señor Blanchard. “Desde todo punto de vista”, escribió, “es absolutamente imposible que el hombre se eleve en el aire y flote. Para alcanzar ese objetivo se requerirían alas de tremendas dimensiones, y sería preciso que se movieran a la velocidad de tres pies por segundo. Sólo a un loco se le ocurriría abrigar la esperanza de que se realizara nada semejante…”
Menos de un año más tarde, el 5 de junio de 1783, los hermanos Montgolfier lanzaban su primer globo.[15]
Y como esos muestra Tabori múltiples ejemplos recogidos hasta el año de publicación de su obra (1959). De esa año hasta acá se podrían recoger otros cuantos miles de ejemplos.
Más adelante el mismo Tabori advierte que
Pero si la estupidez de la duda constituye una maldición, la estupidez del crédulo constituye su contrapartida cómica. No me refiero al “tonto” común, al hombre medio excesivamente crédulo… sino al sabio, al historiador erudito, al eminente hombre de ciencia que a veces puede ser engañado con más facilidad aún que la persona sin cultura que posee un poco de sentido común.
¿Cómo establecer en cada situación concreta, dónde está el límite entre la estupidez de la duda y la estupidez del crédulo? ¿Cómo saber, cuando la realidad no concuerda con el modelo prestablecido, si hay que descartar la realidad o corregir el modelo?
La encrucijada actual
Nos encontramos en un momento crucial no solamente de la historia humana sino de la evolución de la Vida en la Tierra. Entre otros muchos “calentamientos globales” que se registran hoy en el planeta, quizás el más contundente y decisorio es el cambio climático.
Reunimos bajo esa etiqueta el conjunto de transformaciones que están experimentando los sistemas concatenados de la Tierra (atmósfera, hidrósfera, litósfera, criósfera, biosfera) como respuesta al impacto de la actividad humana sobre todos esos sistemas, especial –pero no exclusivamente- a través del incremento artificial de gases de efecto invernadero (GEI) en la atmósfera, a los cambios en el uso del suelo y a la contaminación de los cuerpos de agua.
Podemos decir sin temor a equivocarnos que el cambio climático es a los ecosistemas lo que “el movimiento de los indignados” es a las comunidades agobiadas por el modelo económico neoliberal-consumista-extractivista, al cual no han escapado economías que se dicen no-capitalistas.
El territorio, y especialmente el clima y el agua, que hasta este momento se había considerado un escenario pasivo de la actividad humana, un telón de fondo de la historia, está reclamando por las malas su papel de actor activo que debe ser consultado y tenido en cuenta en las decisiones humanas.
La ciencia reconoce la existencia del cambio climático y explica sus causas. Desde cosmovisiones “no científicas” desarrolladas en y por culturas que han existido en estrecho contacto con la Naturaleza y que manejan saberes inexplicables desde la ciencia “occidental” no solamente se venía advirtiendo desde hace mucho tiempo que el planeta está disgustado. Pero, así mismo, esas culturas han venido desarrollando estrategias que nosotros llamaríamos “de adaptación”, que son fundamentalmente prácticas de vida en las cuales la dimensión científica, técnica, religiosa-mítica y económica son inseparables. Es el caso, por ejemplo, de las culturas anfibias –como los zenúes y los muiscas- que habitaron gran parte del territorio colombiano. Algunas de esas culturas todavía sobreviven en La Mojana, en el Bajo Sinú, en la Amazonia y en los Llanos Orientales.
El Instituto Alexander von Humboldt presentó hace poco un avance del Inventario de los Humedales de Colombia, todavía no terminado, en el cual identificaron 31.702 humedales cuya área está en el rango de las 31 millones de hectáreas, que equivalen más o menos al 27% del área continental del país.
¿Seguiremos incurriendo en la estupidez de creer que solamente a través de obras de infraestructura vamos a poder “poner al agua en orden” para evitar que se repitan desastres como el que ocurrió en Colombia en 2010-2011 y que se atribuyó exclusivamente al fenómeno de La Niña, cuando la principal causa fue que los territorios colombianos habían sido y siguen siendo privados poco a poco de eso que se llama resiliencia y que hace referencia a la capacidad de aguantar sin traumatismos los efectos de extremos climáticos y para recuperarse satisfactoriamente de los mismos cuando no se ha podido evitar que ocurra un desastre?
¿Seremos capaces de poner tanto el conocimiento científico como los saberes tradicionales de las comunidades, al servicio de re-crear una cultura anfibia versión siglo XXI que nos permita convivir con las dinámicas de los territorios colombianos, hoy exacerbadas como consecuencia del cambio climático?
¿Por qué traigo a colación este ejemplo en este texto sobre la estupidez humana?
Porque si no somos capaces de oír por todos los medios, convencionales y no convencionales, la voz de la Naturaleza y de todos los seres que la conforman, incluyendo a los seres humanos que viven en contacto estrecho con los territorios, la Naturaleza misma nos otorgará el Premio Darwin.
[1] Erasmo de Rotterdam, “Elogio de la locura”, Editorial Bruguera S.A. (Barcelona 1974). Página 164
[2] Fernando Savater, “Ética para Amador”, Editorial Ariel S.A. (Barcelona 1991)
[3] Tabori op.cit. Página 9
[4] Wendy Northcutt, “Los Premios Darwin”, Editorial Suma de Letras. S.L – Colección Punto de lectura, Madrid Julio 2003.
[7] Tabori op.cit Página 20
[8] Freud publicó tres ensayos sobre “Moisés y la religión monoteísta” que se publicaron entre 1934 y 1938 y luego en un libro en 1939, que resultó ser el último publicado por Freud.
[9] En las revueltas de Cairo en 2011 desapareció una estatua de Akenatón. Podría especularse que hay inconformismos que, 37 siglos después, no han cesado del todo http://www.historiayarqueologia.com/profiles/blogs/desaparece-una-estatua-del
[10] Tabori op.cit Página 70
[11] Tabori op.cit Página 138
[12] http://www.washingtonexaminer.com/terremoto-en-nepal-la-ayuda-humanitaria-se-estanca-en-el-aeropuerto-de-katmand/video/gm-5402562
[13] Op.cit Página 66
[14] John Briggs y F.David Peat en “Espejo y Reflejo”, citando a Peter Senge, integrante del Grupo de Dinámica de Sistemas del MIT. Editorial Gedisa (Barcelona, 1990). Página 179
[15] Op.cit. Página 211