Dos experiencias de hacer literatura testimonial sobre el conflicto armado
Resumen
Entre el relato testimonial del llamado Holocausto Judío y el relato testimonial de la violencia colombiana parecieran levantarse unas radicales distancias de carácter cultural, geográfico, hasta de tiempo histórico. Pero al recoger ideas de Walter Benjamin y Giorgio Agamben, especialmente la noción de “campo” y las confrontamos con la violencia histórica que ha padecido el mundo campesino colombiano encontramos toda una serie de posibilidades que se expresan a través del relato testimonial.
La vereda
Considerarse pensador de vereda es algo que no entra en los calificativos del pensamiento humanístico, pues la vereda prefigura una dimensión reducida, marginal. ¿Quién es el pensador de vereda? ¿Aquel que conceptualmente no ha trascendido su territorio? ¿El escritor de provincia agobiado por el olvido y la melancolía? La vereda es un lugar preciso y es también un camino que se abre en varios senderos, y en distintas rutas. Durante siglos los pensadores han reclamado para sí todo lo contrario a la vereda: el cielo infinito de la universalidad, solo que, a cambio, han realizado un olvido o hasta un desprecio de su propio terruño. Dicho de manera más pretenciosa: por ganar la universalidad han sacrificado su pequeño espacio cotiano. La vereda se define como un camino generalmente estrecho, formado para el paso de animales y de personas, mientras en Colombia vereda es un término usado para definir un tipo de subdivisión territorial de los diferentes municipios del país. Las veredas comprenden principalmente zonas rurales, pueden contener un centro micro-urbano poblado desde 50 hasta 1200 habitantes aunque en algunas lugares podría variar dependiendo de su posición y concentración geográfica.
No había considerado la vereda como posibilidad de pensamiento hasta que participé como director de investigación de un proyecto para el Centro Nacional de Memoria Histórica: Quinchía una memoria de resistencia oculta entre montañas[1]. Lo que vivió este municipio de Risaralda, a dos horas de Pereira y Manizales, fue una guerra contra la población civil que padeció entre 2000 y 2004 la llegada del paramilitarismo. Mientras eso pasaba a dos horas en carro de mi vida en Pereira, nuestra atención estaba absorbida por los acontecimientos del 11S en Nueva york. Lo que se ha llamado el inicio de la guerra mundial contra el terrorismo activó entre los filósofos una serie de reflexiones que se habían trabajado en tiempos de la II Guerra, una de ellas fue el Estado de Excepción, reflexionada por Walter Benjamin pero repensada por Giorgio Agamben a partir de 2001. Se tuvo que esperar años, para que la voz de las víctimas empezara a ser reconocida en Colombia y que los intelectuales y académicos aprendiéramos a reconocer junto a la magnitud histórica del “holocausto judío”, la magnitud más próxima de los relatos de las víctimas del conflicto armado en Colombia.
Confieso que me costó entender la idea de Agamben acerca del planeta transformado por la guerra en un gran campo de concentración.
El campo como localización dislocante es el cuarto, inseparable elemento, que ha venido a unirse, resquebrajándola, a la vieja trinidad estado-nación (nacimiento)-territorio.[2]
Pero en la medida que el tema de los refugiados y el terrorismo dejó de ser un asunto de quienes fuimos llamados habitantes del “tercer mundo” para volver a tocar las fibras de las antiguas naciones coloniales (Francia y Alemania, entre otras) fue que pudimos acercarnos a la noción de “campo” en el sentido que adquiere para Agamben. Campos de concentración, campos de refugiados, zonas de despeje, zonas de reserva pasan a ser territorios donde lo excepcional se convierte en un prolongado día a día que vuelve a reaparecer a lo largo de la historia de la modernidad.
De allí que la vereda, en la acepción que le otorgamos los colombianos, sea una manera distinta de interpretar la noción que pasa de ser el campo rural, el campo campesino a la de “campo” de guerra. De allí que la vereda rural, campesina, puede significar una invitación al reconocimiento de lo que no ha sido valorado o de quienes han padecido la experiencia de la violencia y del desplazamiento. En la vereda esos conceptos con los cuales usualmente los estudiosos tratan de arrinconar y reducir la realidad estallan, pues lo que se observa no son entramados de conceptos sino hechos tumultuosos, dispersos, dolorosos, que emergen de la oscuridad del monte y de la cañada.
En un artículo escrito por Alfredo Molano, el autor deja entrever que es en la vereda donde finalmente se ha padecido la mayor parte del conflicto colombiano y es allí donde se continuará resolviendo el día a día de los campesinos de a pié.
Para los campesinos la vereda es su mundo: ahí viven los abuelos, los vecinos, los amigos; ahí se conoce cada camino, cada atajo, cada quebrada, cada árbol.[3]
Ese conflicto armado que nos ha costado entender a pesar de lo extenso de su orígenes; esa lucha entre gentes del mismo territorio, ese desangre para apropiarse de la tierra y de sus recursos, justificada y hostigada por la ignorancia y la indolencia de los citadinos es lo que sigue sin resolverse, la cicatriz que muchos quisieran encubrir. De allí que la figura del pensador de vereda, aquel que caminando por las afueras de la ciudad recoge en el sendero diminutas y humildes flores amarillas, pueda tomarse como el esfuerzo por desentrañar una realidad y una memoria pura y dura de violencia. Para Molano el papel histórico de la vereda conduce a que:
Si se quiere institucionalizar la propiedad en Colombia con base en el trabajo, es imperativo reconocer la vereda, en ella se esconde su secreto y su tradición. ¡El asunto que tanta sangre ha costado!
La vereda es un lugar privilegiado del tema de la violencia en Colombia, lo cual no significa que la ciudad, los barrios no lo sean también, pero ha sido el mundo rural donde se ha privilegiado una construcción narrativa acerca del conflicto armado colombiano donde los actores armados insurgentes iniciaron su historia durante los años cincuenta y continuá siendo en el mundo rural donde los actores contra- insurgentes iniciaron durante los años noventa sus acciones vengadoras, y continúa siendo la tierra que, a nombre de los cultivos “ilícitos” o de la “megaminería” el lugar donde los civiles son convertidos en víctimas.
La importancia de la memoria
Frente a la tradición universalista – occidental, algunos pensadores reclamaron el derecho al pequeño territorio y desde allí hicieron una toma del cielo filosófico por asalto: Nietzsche, Heidegger o Benjamin son ejemplos europeos. Lo anterior se hace más evidente cuando se considera que en sus orígenes el pensamiento y la literatura occidental ocurrieron en espacios geográficos pequeños, como los del Mar Egeo y sus vecindades, pues la cultura que crece alrededor del Mar Mediterraneo ocurre en un territorio semejante al del mundo andino: Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia.
En uno de sus más recientes trabajos, Traverso[4] entra en una de las discusiones en boga en nuestros días: la relación entre Historia y Memoria. Para eso acude al marco de historiadores que en el siglo XX se han preocupado del tema de la historia reciente. Propone algunas consideraciones de lo que podría entenderse como el tiempo de la historia y el tiempo de la memoria, el papel del historiador que oscila entre juez y escritor, así como los usos políticos que se han hecho del pasado, acudiendo a dos casos: la memoria de la Shoa y la memoria del comunismo. “Hay memorias oficiales alimentadas por instituciones, incluso Estados, y memorias subterráneas, escondidas o prohibidas”[5]
Esa discusión ha permitido que las víctimas pasen al primer lugar de la discusión, lo que se ha llamado memoria histórica en el campo de la historia. Lo considero inquietante porque separar la historia de la memoria es negar que en sus orígenes la historia fue memoria, y que en el siglo XX la memoria tiene como elemento fundamental el testimonio, lo cual hace que su temporalidad vaya signada por la existencia de los sobrevivientes y sus narraciones.
La memoria termina siendo historia cuando ya no quedan testigos o regresando a la idea inicial de este texto: si en la capital habla la historia, en las veredas se expresa la memoria. Si en la “capital” más que como realidad física, como concepto de centro, de dominio, de control sobre el resto, lo que se considera histórico es canonizado, ordenado, archivado; será en la vereda donde emerge el día a día, donde se hable más de lo que se escribe, donde se trabaja más que lo que se clasifica y se estudia.
La memoria es un discurso moral, una manera de comprender las injusticias que se han realizado en el pasado. La mirada de la memoria abre los archivos y aspira a que por medio de ese abrir lo que fue desechado, algo de las ofensas sobre las víctimas del pasado puedan repararse por medio del lenguaje que recuerda. La memoria parte del reconocimiento de la singularidad que está presente en cada daño causado. Esa singularidad se encuentra no tanto en las generalizaciones propias de un argumento con pretensiones universalistas sino en esa almendra concreta y particular que habita en expresiones individuales como son los relatos autobiográficos, la crónica periodística, la historia de vida.
Los escritores de los campos de exterminio
En la película “El hijo de saul” hay una escena donde se ha logrado introducir una cámara fotográfica en el campo de exterminio. Con esa cámara se logra fotografiar desde el interior del campo el momento en que guardias nazis obligaron a los judíos a incinerar los cuerpos de quienes habían pasado previamente por el gaseado. Esa escena fue tomada de un capítulo de la historia del holocausto, donde gracias a unas fotos deficientes en su luz, y por las condiciones del humo fruto de la incineración, el resto del mundo se enteró de las horrorosas prácticas de destrucción del pueblo judío por parte del Reich.
Los escritores a quienes me quiero referir pueden clasificarse en dos momentos históricos y en dos maneras de contar el mundo que les correspondió vivir :
1) No vivieron el horror de los guetos, de los Campos de trabajo y del exterminio, pero fueron capaces de presentirlo.
2) Sí les correspondió vivir una experiencia ominosa, de la cual ofrecen testimonio por medio del recurso de la memoria.
En el primer grupo están Walter Benjamin y Franz Kafka. En el segundo grupo junto a Primo Levi, se encuentran Jean Amery, Elie Wiessel quienes representan de manera emblemática el destino de los intelectuales en el universo concentracionario Nazi.
A Walter Benjamin (1892-1940) se le considera uno de los principales anunciadores del fuego que incendia a Europa durante la primera mitad del siglo XX. En su ensayo El Narrador[6] Walter Benjamin deja caer sobre el pozo de la literatura donde se multiplica el eco de sus palabras dos ideas fundamentales en el caso de los escritores que han padecido la experiencia del totalitarismo: la idea según la cual narrar consiste en entregar a los lectores algún tipo de experiencia. Su segunda idea es que luego de la Gran Guerra quienes la vivieron regresaban en silencio.
Para el crítico literario Walter Benjamin, una de las cualidades principales del narrador de cepa pura, consistía en recoger las experiencias de la vida y poder compartirlas con los otros. La narración, a diferencia de la novela, aspira a ofrecer algún tipo de consejo a los lectores. Benjamin encuentra en la literatura de su tiempo, sobretodo en la novela, que de ella ha ido extinguiéndose la capacidad de ofrecer algún tipo de consejo, lo cual le lleva a considerar que la posibilidad de compartir experiencias se encuentra en declive. Contrario al declive del compartir experiencias, Benjamin observa la mudez de quienes regresan de la guerra. Es el reverso del uso de tecnologías masivas de amplio espectro y el carácter silencioso de los mortíferos gases que se expanden por el aire. Las nuevas tecnologías remplazan el enfrentamiento entre infanterías, el cuerpo a cuerpo de las guerras clásicas.
Kafka se cuenta entre los escritores que, sin haber alcanzado a vivir la experiencia de la persecución a gran escala sobre los judíos, previó el tamaño del horror. Parábolas literarias como “La metamorfosis” o “El proceso” donde un hombre común y corriente amanece y muere transformado en insecto bajo la aceptación e indiferencia de la familia, o donde un ciudadano es sometido a un siniestro juicio del que no logra llegar a explicarse las razones que lo lanzan por los laberintos de un poder aplastante. En Kafka el futuro no alberga nada bueno para él y por extensión, para el resto de sus congéneres. Un hombre no puede esperar nada de otro hombre. Los personajes de Kafka no pueden prestarse ayuda, no llegan tampoco a encontrarse. Kafka es el primer testigo de la modernidad: la indiferencia y el miedo son las experiencias fundamentales del hombre moderno.
En el segundo grupo, los que sí vivieron la experiencia del campo, están entre otros Jean Amery y Primo Levi[7]. En el inicio de su novela Los hundidos y los salvados escribe sobre como llegaron las noticias del horror:
Eran noticias vagas, pero acordes entre sí: perfilaban una matanza de proporciones tan vastas, de una crueldad tan exagerada, de motivos intrincados, que la gente tendía a rechazarlas por su misma enormidad.[8]
Amery nació en 1912 en Viena, donde estudió Filosofía y Letras. Hizo parte de la resistencia anti nazi de los belgas y fue arrestado en el año de 1943 y deportado a Auschwitz hasta 1945. Se suicida en 1978. Levy y Amery escriben a partir de su propia experiencia, reflejando de este modo con sus palabras el sentido preciso del conocimiento padecido en primera persona. Amery es el autor que coloca el dedo en la llaga sobre el tema crucial del perdón. “Solo perdona realmente quien consiente que su individualidad se disuelva en la sociedad, y quien es capaz de concebirse como función del ámbito colectivo, es decir como sujeto embotado e indiferente. Acepta con resignación los acontecimientos tal y como acontecieron. Acepta como dice un lugar común, que el tiempo cura las heridas. (…) Pieza des individualizada e intercambiable del mecanismo social, vive plenamente integrado en su seno, y al perdonar se comporta de acuerdo con la reacción social…” Para Amery[9] resulta fácil un perdón dependiente de la idea de que el tiempo en su decurso natural terminará borrando las heridas. Lo pasado, pasado: he ahí una sentencia tan verdadera como hostil a la moral y al espíritu. La capacidad de resistencia moral, incluye la protesta, la rebelión contra lo real…” Desde la visión de Amery la deuda con las víctimas no está saldada; por eso los motivos que tuvo el carnicero y el sufrimiento de la víctima siguen pendientes, han de mantenerse a flote, ser actualizados, pues evidencian los motivos que se tuvieron en el pasado y conducen a una historia común entre víctima y verdugo.
Hasta acá la génesis del testimonio y de la memoria en el mundo europeo. Ahora el propósito es establecer unos hilos de cercanía, de familiaridad, más no de dependencia entre el papel que la memoria de las víctimas tuvo en Europa y lo que puede haber en el caso de la memoria del conflicto armado en Colombia.
Construir nación desde la vereda
El planteamiento que deseo hacer extensivo es que si bien en Colombia, la vereda está en el corazón del campo rural, su significado no ha sido aun dimensionado. La vereda no es solamente el lugar, es el lugar de las luchas de sectores campesinos que han vivido en condiciones de olvido, ha sido lugar de violencia, pero también lugar de producción de riqueza y de afán por apropiarse de esa riqueza.
La vereda como lugar de reflexión es una muestra de cómo la nación colombiana no se ha podido terminar de construir. Si recurrimos a la triada Estado- nación- territorio podriamos preguntarnos por el lugar que ha tenido la vereda en el ámbito de construcción de nación. La exclusión de amplios sectores de la población durante el siglo XIX y el siglo XX (población negra e indígena) tendrán en la vereda la demostración del olvido.
Las explicaciones de la historia sobre la concentración de la tierra en pocas manos, la dificultad en el acceso a niveles superiores de educación, lo intrincado de una geografía donde existen poblaciones a las que solamente se puede llegar en chalupas o en pequeños aviones, la diversidad profunda de las mismas regiones del país, las consecuencias negativas que tuvo el modelo de gobierno bipartidista (partidos liberal y conservador) dibujan en las zonas veredales la génesis de una sociedad donde los esfuerzos de modernidad de sus élites chocan con el desprecio y la indiferencia hacia sus campesinos.
¿Pero qué lugar tienen en la vereda las víctimas, su memoria y su testimonio? y sobre todo ¿qué consideraciones podemos hacer desde nuestro trabajo como filósofos? El tránsito de una perspectiva explicativa de la violencia en Colombia a través de las ciencias sociales hasta llegar a una perspectiva narrativa, testimonial de la violencia ha sido un asunto atravesado por fenómenos recientes como la aparición cada vez más consistente de la figura del campesino desplazado, del ciudadano desaparecido, del político y militar secuestrado y convertido durante años en materia de intercambio por prisioneros de guerra. Todas estas experiencias se han agrupado bajo el nombre general de víctimas.
El testimonio del desplazado: la voz del escritor testigo
Las crónicas y reportajes de Alfredo Molano[10] ofrecen una mirada narrativa que articulará en sus relatos las voces de indígenas, campesinos, en el escenario de la vereda. Autores como este serán los grandes referentes del posterior estallido de testimonios acerca de los asesinatos selectivos contra grupos sindicales, políticos, o comunitarios, o étnicos que aparecerán en la primera década del siglo XXI, justo en momentos donde se habla en distintos lugares del planeta de palabras como memoria y víctimas. En sus textos se narran acontecimientos de la historia nacional que con el tiempo han ido adquiriendo nombre propio: el drama cotidiano de los campesinos que para salvar sus vidas, emprenden la huida de la vereda, dejando un patrimonio que les dota no sólo del sustento diario sino que define en gran medida su identidad: la tierra.
En una nación donde los más pobres padecen el analfabetismo, y donde la oralidad es el medio para comunicar sus experiencias, tenemos que la incursión de esos escritores- testigos que narran esas experiencias en las veredas se ha convertido en el recurso para el rescate de sus memorias.
La intención de Molano como de otros ha sido realizar un acercamiento a los llamados grandes hechos colombianos y mostrar sus escombros, sus cicatrices, centrándose en un solo pueblo, una sola persona, permitiendo así realizar una lectura de la vida, de la guerra, del dolor por medio de la experiencia de sus fuentes. Lo anterior recuerda y como lo pensó Walter Benjamin[11], la importancia que merece el cronista que narra los acontecimientos sin distinguir entre los grandes y los pequeños, dando cuenta de una verdad: que nada de lo que una vez haya acontecido ha de darse por perdido para la historia.
El escritor testimonial es el cronista por excelencia, es él quien se atreve a buscar y mirar de frente el rostro y el sufrimiento de la víctima pudiendo con este gesto contemplar su voz, sus palabras, su tono. El escritor- testigo busca en una persona, en un paisaje recóndito de la geografía colombiana, otras historias con las que pueda reconstruir mediante pequeñas narraciones, una muestra del sentir, pensar, actuar y decir de voces que no son usualmente escuchadas. Esta cercanía, aproximación e intimidad a la vereda, ofrece al escritor testimonial la posibilidad de vincularse a la vida rural. El disfrute de dejar hablar y escuchar al otro genera una común-unión, en el que el narrador intuye que existe una buena historia que merece ser contada, una historia cargada de experiencia y que justamente por eso pueden mantener vivos los ecos de la tradición.
Llegados a este punto y para cerrar, quiero señalar como el campo veredal, podría dejar de ser en futuras narraciones, el lugar donde se muestre el paso de un campo signado por la guerras a un campo donde la triada Estado-nación-territorio busque imponer y defender unos principios básicos de justicia social. Eso no es asunto de la filosofía propiamente, sino de la historia y de la política. Si los escritores testimoniales hasta ahora han mostrado el paso de los distintos ejércitos por las veredas dejando desplazamiento y unas heridas que se expresan en los testimonios de las víctimas, se espera que a futuro en las narraciones del mañana, emerjan también los modos efectivos de construir nación junto a los habitantes de esos territorios en que se configura el otro país rural que es también Colombia.
Bibiografía
Agamben Giorgio. https://aquileana.wordpress.com/2012/07/14/giorgio-agamben-que-es-un-campo-de-concentracion/
Traverso Enzo. El pasado, instrucciones de uso. Historia, memoria, política. Madrid: Marcial Pons, 2007
Benjamin Walter. Para una crítica de la violencia y otros ensayos. Iluminaciones IV.Madrid: Taurus, 1991.
Levi Primo. Los hundidos y los salvados. Barcelona. El Alpeh editores. 1989
Amery Jean. Más allá de la culpa y la expiación. Tentativas de superación de una víctima de la violencia. Valencia. Pre-textos. 1999
Walter Benjamin. Ensayos escogidos. Buenos Aires: Editorial Sur. 1967.
Molano Alfredo. Del Llano llano. Bogotá. El Áncora editores. 1996
Molano Alfredo. Tomado de Internet: (http://www.elespectador.com/opinion/reconocer-vereda)
[1] Universidad Tecnológica de Pereira. Proyecto código CIE: 4-13-10
[2] Agamben Giogio. Tomado de Internet: https://aquileana.wordpress.com/2012/07/14/giorgio-agamben-que-es-un-campo-de-concentracion/
[3] Molano Alfredo. Tomado de Internet: http://www.elespectador.com/opinion/reconocer-vereda
[4] Traverso Enzo. El pasado, instrucciones de uso. Historia, memoria, política. Madrid: Marcial Pons, 2007
[5] Traverso, opcit. p.48
[6] Benjamin Walter. El Narrador, en: Para una crítica de la violencia y otros ensayos. Iluminaciones IV.Madrid: Taurus, 1991.
[7] Levi Primo. Los hundidos y los salvados. Barcelona. El Alpeh editores. 1989
[8] Opcit,p.9.
[9] Amery Jean. Más allá de la culpa y la expiación. Valencia. Pre-textos. 1999
[10] Molano Alfredo. Del Llano llano. Bogotá. El Áncora editores. 1996
[11] Benjamin Walter. Tesis de filosofia de la historia. En: Walter Benjamin. Ensayos escogidos. Buenos Aires: Editorial Sur. 1967. Pp 43-52.