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La facundia jubilosa de un escritor costeño (acerca de «Las palmeras suplicantes» de Julio Olaciregui)

La influencia de la literatura norteamericana en los autores de la Costa es innegable, y eso desde que Álvaro Cepeda-Samudio los descubrió, los tradujo y los divulgó entre sus amigos; las letras estadounidenses comenzaron a actuar como maestros de primer plano, y esa égida, en algunos casi secreta, en Julio Olaciregui la encontramos, de manera evidente, sobre todo en esta novela, que quizás por ser la última miramos como un compuesto muy maduro de sus libros anteriores.

En las Palmeras Suplicantes aparecen las intenciones de Faulkner, por ejemplo, esas de sobreponer dos historias sin aparente conexión y de entrecruzar fragmentos de sus textos, sólo que aquí, el autor barranquillero lo hace de manera más explícita,  y a veces, al alterar sus tiempos cronológicos y anunciar los episodios venideros casi esbozándolos en la trama del que aparentemente nos está contando, crea un grato desconcierto que, como el orden de los factores de la famosa fórmula matemática, aquí tampoco altera el producto, y hace en cambio crecer en el lector esa exquisita curiosidad que lo impulsa aún más a adentrarse en la lectura.

En la primera parte del libro, la facundia es más barranquillera; la segunda es menos alegre, más reflexiva, pero las dos, al contrario del caso de Las Palmeras Salvajes de Faulkner, no sólo son complementarias, sino que, como en una estructura musical, se responden, se buscan, se hacen guiños desde sus respectivas distancias. Pero la influencia que nos parece más marcada no es la del autor sureño con su río Padre de las Aguas y esos paisajes tan suntuosos del Misisipí, sino la de Dos Passos, pues el Manhattan Transfer es el modelo indudable de lo que será la técnica de la intercalación de textos, donde las aventuras se recortan, se interrumpen, y aparecen luego, cuando otras historias nos están siendo contadas, de tal manera que esas interrupciones, que parecen ajenas a la intención del autor, se nos revelan al final como su verdadero método, no sólo para iluminar las vidas de los personajes, darle alma a sus ficciones alumbrando unas historias con el reflejo de otras, sino para despertar en el lector la más genuina sed de saberlo todo; no sólo lo que ya pasó en esas vidas fantásticas de lo tan puramente cotidianas, desmedidas a fuerza de rutina, sino también lo que va a pasar y, sobre todo, de entender cabalmente lo que en ese mismo momento está ocurriendo sobre la página.

Hasta por los títulos de las secciones, el libro de Dos Passos y el de Julio Olaciregui se parecen, pues hay igualmente como un eco en el nombre de los fragmentos de Las Palmeras Suplicantes, como si las lecturas tempranas de un escritor en ciernes se hubieran cristalizado en el fruto oportuno del escritor maduro, seguro del dominio de su prosa y de sus métodos, hasta finalmente aparecer pisando recio sobre terreno propio, mostrándonos en todo su esplendor una técnica novedosa a comienzos del siglo XX, y que aún en nuestros días sigue dando sus frutos.

Pero la novela, como género, es un compuesto de temas, voces, variaciones que a veces nos llegan desde tiempos muy lejanos. En  Las Suplicantes esos ecos se remontan a los trágicos griegos, en primer lugar a Esquilo, que con su obra Las Suplicantes nos da el primer ejemplo de lo que hoy conocemos como la emancipación femenina; esa idea del Occidente de que el hombre no podrá ser plenamente tal sino situándose de igual a igual ante su par, un ser irremediable distinto pero el único semejante. Sólo que en la novela de Julio Olaciregui no son las cincuenta niñas en la edad de la pubertad que nos propone Esquilo, las que salen al encuentro del mundo, representado en los cincuenta jóvenes egipcios que les han sido destinados como esposos, y que determinan la pieza dándole forma a lo ineluctable, sino tres hermanas, las mismas que al construir sus destinos, contra viento y marea, van entrando, sin pensarlo, sin saberlo, en el terreno más humano y más temido del camino de la vida: el de la tragedia.

Todas las épocas, todas las historias de las naciones, todas las leyendas lo han conocido: es ése el momento en que, en la cúspide de la tensión sobrehumana, las fuerzas que ayudaron al hombre a ascender, a resistir, a remontar, se vuelven contra él y dan término a su aventura. Descubrimos entonces a Irama, que es la más bella de las tres, la más inteligente, la más mujer ella misma entre sus hermanas. No en vano de ella se enamora el lector, que la sigue, la vigila, la persigue, y hasta la cela con su amante, que, obediente a las leyes del factum griego, por amor la conduce a su pérdida.

Sabemos que los temas obsesivos de un escritor lo asaltan, si no a todo momento, sí cuando él menos se lo espera. Hay una especie de obsesión en la manera de observar el mundo que tiene Julio Olaciregui. Para él, es lo otro, lo que se oculta insidiosamente tras lo más evidente, lo que realmente le interesa, y que no sólo llama su atención, sino que lo acapara y lo obliga, pasando por el tamiz de la reflexión, a construir esa otra realidad de la escritura que llamamos ficción. Sus ficciones son compuestas con las vidas terrenas, humildes e ignoradas, no sólo las vidas que en la realidad menos nos apetecería vivir, sino también aquellas casi plácidas que parecen no consistir sino en un lago quieto, donde no sucede nada. Ni siquiera las olas de un diario vivir vienen a perturbar esa tela suave.

Pero no todo es así, el autor nos lo demuestra, cuando se adentra en esos destinos insignificantes y los va explorando, iluminando, destapando sin contemplaciones lo encerrado, y convirtiéndolos en literatura. Entonces aparece la esencia del relato, las historias inesperadas, lo inexplicable, ese trasfondo tragicómico que es el asiento insondable de lo que se nos cuenta. A Julio Olaciregui no le interesa el Filósofo del famoso cuadro de Rembrandt, sino la sirvienta que le sirve y que, como se puede pensar de manera superficial, es apenas un detalle, algo puesto como para dar realidad al conjunto. Ese detalle, eso que le da realidad y sustento al resto, es decir a lo más visible, es lo que interesa al autor de Las Palmeras Suplicantes. Es por eso que su atención se centra, no en Ali Babá, como todos se lo esperan, sino en los 40 ladrones.

Porque ¿qué pasó con ellos, quiénes son, qué hacen, por qué lo hacen, cuáles son sus motivaciones, sus destinos? No es posible que hayan venido al mundo sólo para servir de pretexto o de marco a la historia de Alí Babá. Detrás de eso que todos vemos, que todos sabemos, está aquella realidad, que por ser fundamental, se nos esconde. Julio Olaciregui la explora y aparecen así sus magníficos relatos breves, se nos muestran las burlas y recompensas del destino, condensadas en apenas un párrafo, a veces en una frase, dejada al vuelo, verdades imposibles de creer de lo tan reales.

Y, como la cereza sobre el postre, el título que los distingue, tan evocador y tan diciente, hasta el punto de que cuando releemos el libro lo primero que buscamos, además de un determinado relato, es el título que le da nombre, lo distingue, lo rescata. Como si fuera su techo, su abrigo, la tapa del baúl que levantamos para sacar lo que hay escondido dentro. A veces un mismo título le da nombre a toda una serie de relatos; a veces, aparece solo, y es entonces, porque no es compartido, que nos deja esperando con ansias de lector, pues queremos volverlo a encontrar. Porque al lector le gusta ese reencuentro, y cuando lo consigue, es como si se dijera esto ya lo leí, pero ahora veo que cuando lo hice antes me quedó faltando algo. Y es así como este echador de cuentos, cambiando de pronto su voz, nos pone repentinamente ante los ojos una pieza de teatro. Y nos hace participar en ella, cuando en alguna parte nos lanza una pregunta, como si nosotros, lectores de un libro, hiciéramos parte de una pieza, no solo por estar leyéndola, sino de alguna manera por estar también, como lectores, actuando ya en ella.

Y así nos lleva, irremediablemente, página tras página, hacia el final del libro.Unas veces nos explica, otras nos da apenas los detalles, como si dibujara el contorno y entonces tenemos que ir representándonos, cada cual con nuestros propios medios, el universo que se nos está contando.

Porque Julio Olaciregui es aquí el hablador que está en el centro de un grupo de oyentes, como se está en el centro del mundo. El mundo real, para quienes lo oyen, no existe, o mejor, el mundo es lo que sale de la boca del hablador. Sus palabras van tejiendo una realidad que remplaza la realidad inmediata de lo presente. Todo lo que existe, todo lo cierto es lo que nos revela su voz.

Y la voz del hablador va poblando las vidas de los oyentes con un sentido veraz  que ellos jamás encontrarán en la realidad que los rodea. De ahí la magia de lo que oímos, la claridad del pensamiento, la verdad, la única verdad, por estar tejida en su propio hilo, formando un tramado tan nítido y tan indisoluble, contra el cual el tiempo no puede nada; un tejido sobre el cual podrán los oyentes reposarse, calmar su sed de saber, apaciguar sus angustias, tomar fuerzas para continuar el viaje por el mundo, por el otro, por el de la realidad inmediata que, fatalmente, inevitablemente, de todos modos los está esperando.

Oír al hablador no sólo es un placer, el del ensueño, sino una cura necesaria, para sanar las cicatrices de la vida y contra los ataques del mundo; se oye al hablador para darle un sentido a los propios viajes, a nuestro itinerario pedestre, cotidiano. Todos los que lo están oyendo en este momento tienen el alivio de no ser ellos sino la palabra que oyen; dentro de un instante, cuando la voz cese, volverán a la posesión de sus propios destinos, su caminar concreto sobre las aristas y alegrías del mundo, pero entonces sin la magia de lo que oyeron, de aquello que conlleva, sustancialmente, el tejido de los sueños.

Decíamos que el método de composición de Las Palmeras Suplicantes nos hace pensar en Manhattan Transfer, de Dos Passos, pues como en la novela del norteamericano aquí también los temas se entrecortan, se interrumpen, y aparecen cuando menos se les espera. Pero en este caso, además, la disposición de la materia narrativa tiene la inesperada espontaneidad de la prosa de Faulkner, pensamos en El ruido y la furia, en su alocado ritornelo, donde cada vez se nos descubre un pormenor inusitado de la historia que se nos cuenta; relato suntuoso que se está construyendo desde adentro, por sí mismo, porque el autor parece solo una mano que transcribe. Y esto, sin cuidarse del lector ni de nadie, sin hacer caso siquiera de los mismos personajes, quienes, si también tuvieran este libro en las manos, quisieran leerlo.

A veces, la lectura desconcierta, pero ese desconcierto es un aditamento más del placer de leer, su ingrediente final, quizás el que la hace más interesante, y como la sal y el pimiento en los alimentos aquí es el juego de espejos; forma inusitada de revelarnos lo que pasa que nos empuja a ahondar en la lectura, a adentrarnos, más y más, en ese laberinto imaginado.

Y ahora hablemos de la materia, porque la materia misma no son las meras palabras ni la historia que se está contando, como en Las mil y una noches, sino otro componente, quizás el principal: la cultura; pues para Julio Olaciregui la cultura no es un añadido de la obra, sino la esencia misma de su personalidad de escritor, y, al igual que Borges, toma el saber culto como sustancia primaria, materia imprescindible de su obra.

De manera que las referencias culturales que se encuentran en el libro son la delicia ante todo del iniciado en esos temas, quien las reconoce sin necesidad de que se las estén señalando; tales tópicos corren libres a la ancho del libro como por su propio terreno, convertidos en citas, nombres, pensamientos, que no son agregados en ningún momento sino que se comportan como parte misma de la historia y sin los cuales lo que se nos está contando carecería de la luz que les es más propia, la del saber y la inteligencia. La limpidez de ese trasfondo, cálido y cercano, tiene ecos de cierta « utopía del lenguaje » y de la voz de Roland Barthes, quien le descubrió más de cuatro secretos de la escritura, gracias a su célebre seminario « La preparación de la novela » en el College de France, pláticas enjundiosas  a las que Julio Olaciregui asistió con un fervor de novicio y de costeño recién desempacado en la Ciudad Luz de todas las ambiciones; joven Rastignac que supo embeberse entonces de los más valiosos aportes, sin saciar esa curiosidad intelectual suya por la estructura de los mitos, antiguos y modernos, y su imbricación permanente en la sociedad.

Porque sin duda el placer más grande que se obtiene de la lectura de esta novela es la contemplación, el encuentro, el ver pasar como en un desfile los grandes mitos, y, de pronto, una referencia, casi escondida, como una finta en el juego de ideas, esgrima del pensamiento; por ejemplo, cuando una frase saca a la luz una de esas creencias que portamos desde los tiempos de la infancia, frase casi familiar, no manida pero sí común, y que luego, al ser contrastada con otra, ésta sí frase sabia, ponderada, adquiere de repente un peso inesperado, y entonces el lector, aún si es persona medianamente culta, descubre la referencia escondida, y es el encuentro, en nosotros mismos, de algo que ignorábamos, aún llevándolo dentro de tiempo atrás; se experimenta el hallazgo, como en lo juegos de adivinanzas, como si se diera uno de manos a boca con un tesoro más en esa cueva de Ali Babá, que es la novela de Julio Olaciregui.

Pero que no son referencias culturales o disertas gratuitas, nada de eso, sino hilo mismo de la narración, pura novela, carne de su carne, trama de su historia, jugo de la fruta prohibida de sueños ajenos que el lector se va apropiando, murmullo íntimo de la leyenda actual que el autor, hablador infatigable, de viva voz nos está contando.

Estrasburgo, marzo de 2019

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Edición No. 192