Cargando sitio

Héctor-Juan Jaramillo

(Escribe: Hernando Salazar-Patiño). Falleció en Manizales el pasado 19 de octubre. Apartes de un texto escrito por Hernando Salazar Patiño en su memoria. (Ref.: Papel Salmón; «La Patria», Manizales 10.XI.07). Intensa y extensa fue la cultura de Héctor-Juan Jaramillo (1944), la que utilizó para recomponer caminos con la realidad de lo mágico y levantar la más sólida terraza de la reflexión de acuerdo a lúcidos planos intuitivos. Cualquier género le sirvió al efecto. La novela o la poesía, aún al alimón, el teatro para leer o imaginar, la ficción de la ciencia o el monólogo, la «conjetura histórica» o la escritura automática, la ruptura de los géneros o, lo más comprobable, su fusión. Pero fue el ensayo, experimental, desestructurador, recurrente y recursivo, de libre, inesperada, veloz asociación, su arma filosa, nueva en su forma, magistral en su manejo, fina en su corte. El ensayo tomó un cuerpo propio, original, colmado de líneas entrecruzadas, de capas «geológicas» y de transparencias, con encandilamientos en los meandros y en las zonas cavernosas y rica utilería de revestimientos y hasta disfraces.

Manizaleño, bachiller de los jesuitas, lo que propició incubar sus primeras «heterodoxias culturales»; inició estudios jurídicos que sustituyó a poco por los de Filosofía y letras. Entre 1964 y 1967, Héctor-Juan Jaramillo hizo parte del grupo de la «Columna de la Juventud» y de la redacción de la revista «Siglo 20». Catedrático en universidades bogotanas, colaboró en algunos lapsos con columnas en El Tiempo, La República y La Patria, algunas firmadas bajo el seudónimo de Julián Bermejo. En los últimos años, la lenta construcción, que no la sola elaboración, de sus obras, absorbió su tiempo interior y exterior. En 1988 aparecieron, editadas, las primeras. Ser Latinoamericano , «reflexiones abiertas sobre problemas claves de nuestra formación cultural y nuestro ser histórico», y El Festín de un Instante , bellísimo título para «un libro barroco, abigarrado y lleno de motivos cuya tensión lo recorre y hace saltar los límites del ensayo».

La proximidad por parentesco y condescendencia con la bonhomía erudita de Rodrigo Jiménez-Mejía, ofreció insospechados accesos a la buceadora adolescencia de Héctor Juan Jaramillo. De ello dio testimonio reciente, junto con sus hermanos y otros sobrinos, en el libro El goce de la sabiduría (2003), en homenaje al ilustre intelectual salamineño. Desde aquella época inicial, con una gravedad precoz, la obsesión por el humanismo en su sentido totalizador, antropocéntrico, griego y goethiano, renacentista y moderno, indujo a nuestro escritor a recorrer, sin anamorfismos, la cultura del hombre y lo humano de la cultura como un inmenso tríptico. Del grupo de Siglo 20, y quizás, de su generación, en el país, la capacidad de ahondar de este ensayista, poco común, en un tiempo y un ambiente de tratamientos epidérmicos, individualiza su posición mental. Una mentalidad agudamente filosófica y, a fortiori, poética. De surgir entre nosotros un sistema filosófico, nadie estuvo mejor dotado y con más vocación para fundarlo que Jaramillo. (…)

En estas montañas se ha dado siempre, reducida pero permanente, la que queremos llamar «civilización goethíana». (…)

A ella perteneció, por voluntaria y primicial opción, Héctor Juan Jaramillo. El estudio y repaso de la vida y la obra del poeta alemán, en sus “años de aprendizaje”, le dieron -junto con varias identidades- esa disponibilidad a abrirse a todas las ciencias y las artes, a mirar desde todos los ángulos, a tratar de alcanzar el fondo, a ir tras el “secreto”.

Se ha planteado la posibilidad de toda una metafísica desde Latinoamérica. Pero el proyecto de Jaramillo consiste en una ontología de lo latinoamericano. “Nosotros no cabemos en nosotros mismos pues llevamos el mundo adentro” afirma. De ahí que una constitución política continental, “la estética de nuestro propio sentir», y aun la concepción del tiempo, cuya circularidad ha sido familiar para nuestra literatura, harían parte de esa autoconciencia que puede estatuirse a partir del “sincretismo mestizo”. El corpus temático del escritor, comprendió la política en su historicidad y trascendencia, no en su anécdota ni en su diaria transitoriedad. Una cierta debilidad muy a lo Carlyle o a lo Emerson, por las individualidades, por los héroes o las personalidades fuertes, en fin, por el papel del individuo en la historia, le tentó hacia paralelos novísimos. Al filiar el origen de otra de sus preocupaciones, herencia muy española y más precisamente, orteguiana, el tema de las generaciones, Jaramillo-Jiménez definió el lineamiento de la concepción general de su pensar. «Para situarnos basta acudir a una noción que proviene de la literatura, se maneja filosóficamente y es sociohistórica». Esta cita nos ayuda a enfrentarlo. Otra cosa es que se permitió experimentar no con las palabras sino con la escritura y la materia misma de la escritura y por ello reflexionar sobre las palabras y el lenguaje. (…) Ante una asimilación tan personalizada de toda una carga de pensamiento, en la que no falta ninguno fundamental, es casi imposible aislar sus vectores. Sabemos sinembargo que si Goethe marcó su juventud, fue Nietzche quien imprimió las etapas de su madurez. Sobre el genio alemán dictó unos cursos en la «Casa de Poesía Fernando Mejía-Mejía» y dejó un libro inédito. (…) Héctor-Juan Jaramillo jamás llegó a ser, lo que se dice, un hombre público. Se prescribió la famosa máxima de Leonardo da Vinci. «Si estás solo no perteneces más que a ti mismo». Permaneció con su fe en la palabra, «en su poder de conjugación cuyo laboratorio se da en el fondo de la intimidad». Y más allá de ellas, de la retórica, tras «ese espacio blanco de las voces, espejo de la página», donde su propia autenticidad intelectual y la que buscó señalar en los elementos que han compuesto nuestra evolución cultural, plasman su contextura.

La suma de textos cortos que integran muchas páginas de sus obras, nos recuerdan a veces a un Teodoro Adorno, aún en lo que tienen de inconclusos. Creemos que la riqueza cinematográfica de imágenes mentales, para pensar más que para ver, que nos acumula el múltiple, denso y sagaz pensamiento de Héctor-Juan Jaramillo, intenta ofrecernos todo un acto lúdico de la inteligencia en el escenario mismo de la vida.

(Escribe: Hernando Salazar-Patiño). Falleció en Manizales el pasado 19 de octubre. Apartes de un texto escrito por Hernando Salazar Patiño en su memoria. (Ref.: Papel Salmón; «La Patria», Manizales 10.XI.07). Intensa y extensa fue la cultura de Héctor-Juan Jaramillo (1944), la que utilizó para recomponer caminos con la realidad de lo mágico y levantar la más sólida terraza de la reflexión de acuerdo a lúcidos planos intuitivos. Cualquier género le sirvió al efecto. La novela o la poesía, aún al alimón, el teatro para leer o imaginar, la ficción de la ciencia o el monólogo, la «conjetura histórica» o la escritura automática, la ruptura de los géneros o, lo más comprobable, su fusión. Pero fue el ensayo, experimental, desestructurador, recurrente y recursivo, de libre, inesperada, veloz asociación, su arma filosa, nueva en su forma, magistral en su manejo, fina en su corte. El ensayo tomó un cuerpo propio, original, colmado de líneas entrecruzadas, de capas «geológicas» y de transparencias, con encandilamientos en los meandros y en las zonas cavernosas y rica utilería de revestimientos y hasta disfraces.

Manizaleño, bachiller de los jesuitas, lo que propició incubar sus primeras «heterodoxias culturales»; inició estudios jurídicos que sustituyó a poco por los de Filosofía y letras. Entre 1964 y 1967, Héctor-Juan Jaramillo hizo parte del grupo de la «Columna de la Juventud» y de la redacción de la revista «Siglo 20». Catedrático en universidades bogotanas, colaboró en algunos lapsos con columnas en El Tiempo, La República y La Patria, algunas firmadas bajo el seudónimo de Julián Bermejo. En los últimos años, la lenta construcción, que no la sola elaboración, de sus obras, absorbió su tiempo interior y exterior. En 1988 aparecieron, editadas, las primeras. Ser Latinoamericano , «reflexiones abiertas sobre problemas claves de nuestra formación cultural y nuestro ser histórico», y El Festín de un Instante , bellísimo título para «un libro barroco, abigarrado y lleno de motivos cuya tensión lo recorre y hace saltar los límites del ensayo».

La proximidad por parentesco y condescendencia con la bonhomía erudita de Rodrigo Jiménez-Mejía, ofreció insospechados accesos a la buceadora adolescencia de Héctor Juan Jaramillo. De ello dio testimonio reciente, junto con sus hermanos y otros sobrinos, en el libro El goce de la sabiduría (2003), en homenaje al ilustre intelectual salamineño. Desde aquella época inicial, con una gravedad precoz, la obsesión por el humanismo en su sentido totalizador, antropocéntrico, griego y goethiano, renacentista y moderno, indujo a nuestro escritor a recorrer, sin anamorfismos, la cultura del hombre y lo humano de la cultura como un inmenso tríptico. Del grupo de Siglo 20, y quizás, de su generación, en el país, la capacidad de ahondar de este ensayista, poco común, en un tiempo y un ambiente de tratamientos epidérmicos, individualiza su posición mental. Una mentalidad agudamente filosófica y, a fortiori, poética. De surgir entre nosotros un sistema filosófico, nadie estuvo mejor dotado y con más vocación para fundarlo que Jaramillo. (…)

En estas montañas se ha dado siempre, reducida pero permanente, la que queremos llamar «civilización goethíana». (…)

A ella perteneció, por voluntaria y primicial opción, Héctor Juan Jaramillo. El estudio y repaso de la vida y la obra del poeta alemán, en sus “años de aprendizaje”, le dieron -junto con varias identidades- esa disponibilidad a abrirse a todas las ciencias y las artes, a mirar desde todos los ángulos, a tratar de alcanzar el fondo, a ir tras el “secreto”.

Se ha planteado la posibilidad de toda una metafísica desde Latinoamérica. Pero el proyecto de Jaramillo consiste en una ontología de lo latinoamericano. “Nosotros no cabemos en nosotros mismos pues llevamos el mundo adentro” afirma. De ahí que una constitución política continental, “la estética de nuestro propio sentir», y aun la concepción del tiempo, cuya circularidad ha sido familiar para nuestra literatura, harían parte de esa autoconciencia que puede estatuirse a partir del “sincretismo mestizo”. El corpus temático del escritor, comprendió la política en su historicidad y trascendencia, no en su anécdota ni en su diaria transitoriedad. Una cierta debilidad muy a lo Carlyle o a lo Emerson, por las individualidades, por los héroes o las personalidades fuertes, en fin, por el papel del individuo en la historia, le tentó hacia paralelos novísimos. Al filiar el origen de otra de sus preocupaciones, herencia muy española y más precisamente, orteguiana, el tema de las generaciones, Jaramillo-Jiménez definió el lineamiento de la concepción general de su pensar. «Para situarnos basta acudir a una noción que proviene de la literatura, se maneja filosóficamente y es sociohistórica». Esta cita nos ayuda a enfrentarlo. Otra cosa es que se permitió experimentar no con las palabras sino con la escritura y la materia misma de la escritura y por ello reflexionar sobre las palabras y el lenguaje. (…) Ante una asimilación tan personalizada de toda una carga de pensamiento, en la que no falta ninguno fundamental, es casi imposible aislar sus vectores. Sabemos sinembargo que si Goethe marcó su juventud, fue Nietzche quien imprimió las etapas de su madurez. Sobre el genio alemán dictó unos cursos en la «Casa de Poesía Fernando Mejía-Mejía» y dejó un libro inédito. (…) Héctor-Juan Jaramillo jamás llegó a ser, lo que se dice, un hombre público. Se prescribió la famosa máxima de Leonardo da Vinci. «Si estás solo no perteneces más que a ti mismo». Permaneció con su fe en la palabra, «en su poder de conjugación cuyo laboratorio se da en el fondo de la intimidad». Y más allá de ellas, de la retórica, tras «ese espacio blanco de las voces, espejo de la página», donde su propia autenticidad intelectual y la que buscó señalar en los elementos que han compuesto nuestra evolución cultural, plasman su contextura.

La suma de textos cortos que integran muchas páginas de sus obras, nos recuerdan a veces a un Teodoro Adorno, aún en lo que tienen de inconclusos. Creemos que la riqueza cinematográfica de imágenes mentales, para pensar más que para ver, que nos acumula el múltiple, denso y sagaz pensamiento de Héctor-Juan Jaramillo, intenta ofrecernos todo un acto lúdico de la inteligencia en el escenario mismo de la vida.

Compartir:
 
Edición No. 144