Herederas de Calíope o cómo recuperar las voces femeninas
El Teseo, que tiene que llevarme a Creta, todavía no ha atracado en el puerto del Pireo y nadie sabe decirme cuándo llegará. Los vulgares horarios no tienen vigencia en la patria de los mitos, la región donde los relojes marcan milenios.
Así comienza El Laberinto junto al mar, la bella obra de Zbigniew Herbert, un viajero que durante años trabajó en toda clase de oficios para llegar a su lugar favorito: la antigua Grecia, un sitio inexistente entre las fronteras modernas, anclado en la memoria de cada generación. ¿Quién no ha sentido esa fascinación por sus creaciones, esa extraña sensación de que el mundo griego nos habita de algún modo?
El poder de este pueblo es tan grande que no caemos ante él de forma individual, conquista épocas, grupos enteros, aunque sean tan dispares como el gran imperio Romano -que los coloniza, pero en parte se fusiona con ellos; el Renacimiento, que es justamente la sensación de que el espíritu griego regresa a la tierra; la Ilustración, que bebe de las ideas de libertad y racionalidad antiguas con su lema: ¡Sapere aude! ¡Atrévete a servirte de tu propio entendimiento!, y hasta el Romanticismo, que se separa de lo clásico, pero lo reinterpreta y amplía. A pesar del tiempo, entonces, nuestra imaginación sigue poblada por sus mitos y pensamientos, pero también debido a esa distancia idealizamos “el milagro griego” como si de un viejo amor se tratara.
La experiencia de enamorarnos tiene ese carácter “milagroso”, nos parece que la causalidad se rompe, que se trata de algo salido de la nada. Esto se refleja también en el carácter, aparentemente sorpresivo, del surgimiento de los ideales griegos. En 1930 aparece una gran obra que resume ese enamoramiento colectivo, se trata de El camino de los griegos de Edith Hamilton -la primera mujer en ingresar a las universidades de Leipzig y Múnich a fines de 1800. Hamilton se siente maravillada por ese gran vitalismo que también impacta al joven Nietzsche y a muchos otros, y dedica su vida a divulgar ese milagro. Al comparar el mundo griego con sus imponentes vecinos la autora resalta su pasión por la vida:
Los griegos no fueron víctimas de la depresión. La literatura griega no está escrita en caracteres grises, ni con una paleta pobre (…) ellos tenían conciencia, una conciencia terrible, de la incertidumbre de la vida y de la inminencia de la muerte. Una y otra vez subrayan la brevedad y vanidad del esfuerzo humano, el rápido transcurrir de todo lo que es hermoso y alegre. A Píndaro, mientras glorifica al vencedor de los juegos, la vida le parece “el sueño de una sombra. Pero nunca, ni en sus más terribles momentos, pierden su gusto por la vida. Es, siempre, una maravilla y un deleite, el mundo es un lugar de belleza, y ellos se regocijan de vivir en él (Hamilton, 2002, p. 23).
Esta fuerza vital ha seducido a muchos seguidores del mundo griego, quizá es justamente este espíritu el que tratamos de emular.
A lo largo de toda la historia griega rebosa este espíritu de vida. Y llevó a los hombres por caminos nunca hollados, que no iban en dirección ni del autoritarismo ni de la sumisión (…) En Los persas de Esquilo, obra escrita para celebrar la derrota de los persas en Salamina, abundan las alusiones a la diferencia entre la manera griega y la oriental. Los griegos, se informa a la reina de Persia, pelean como hombres libres para defender lo que en ellos es inapreciable. ¿No tienen amo? Pregunta. No, le responden. Nadie llama esclavos o vasallos a los griegos. Encontramos aquí algo enteramente nuevo. Ha nacido la idea de libertad. (Hamilton, 2002, pp. 33-34)
La mirada amorosa de Hamilton condensa la pasión que despierta una y otra vez el mundo griego en distintos períodos. Se trata de un sentimiento explicable ante la variedad de mitos, filosofías, maneras de gobernar, ciencias, juegos, poesía y toda la herencia que ha permeado de alguna forma al resto de la humanidad. Es como si lo mejor de cada generación ya hubiera sido intuido por los griegos, de manera que, en muchos lugares, cuando se quería hablar de lo mejor de sí mismos, de aquello de lo que generaba orgullo y valía, se acostumbraba a declararse herederos de la antigua Grecia y, mucho más, de la llamada Escuela de Atenas, ese crisol que durante los siglos V y IV a. C. reunió buena parte de la belleza y el saber de su tiempo. Sin embargo, con el paso de los años fuimos aprendiendo que las historias de amor suelen estar mediadas por la idealización y la nostalgia y, aunque la admiración por el mundo griego no decae, nuevos acercamientos han mostrado que concebir esa época como un milagro nos privó de observar sus relaciones con el mundo oriental, su contexto y, muchas veces, sus prejuicios, que forman parte del legado occidental.
Aunque sigamos enamorados de sus logros, hoy podemos reconocer que los inicios de la ciencia y la filosofía no fueron algo aislado, o que el ejercicio de la racionalidad estaba también teñido por intereses que sacan a los griegos de esa burbuja de pureza ideal. Apenas un ejemplo de ello es la cita que Hamilton toma de Esquilo, y que también refiere Heródoto, donde se resalta el valor de la libertad como si fuera una búsqueda exclusiva de este pueblo, del que además heredamos la noción de lo bárbaro y lo civilizado, que tanto nos ha afectado. Entre las nuevas investigaciones que nos invitan a ver el “milagro” griego sin caer en la trampa de la nostalgia se encuentran los estudios acerca del papel de la mujer en la construcción de la polis. En este ensayo presentamos solo una aproximación a este papel, pues cada vez se ahonda más en ese espacio que parecía oculto. En Sabias, el inspirador libro de Adela Muñoz, ella se pregunta: “¿Qué hacían las mortales griegas mientras los hombres inventaban la filosofía y la ciencia?” (Muñoz, 2017, p. 59) Y responde que, dadas las restricciones impuestas a la vida, no es de extrañar que los logros intelectuales de las mujeres fueran incomparables a los de los hombres (Muñoz, 2017, p. 59). Esta pregunta recoge buena parte de nuestro interés, así que intentaremos responder de qué restricciones hablamos y cómo podemos recuperar las voces femeninas construyendo imaginarios distintos en el mundo de hoy.
¿Elocuencia femenina?
El mundo griego se caracteriza por una gran cantidad de seres femeninos poderosos, fuerzas del destino como las Moiras, inspiradoras como las Musas o diosas sabias como Atenea influyen intensamente en la vida humana. Sin embargo, su poder no parece reflejarse en la práctica cotidiana: elocuencia y libertad, o, en otras palabras, el ejercicio pleno de la ciudadanía suele estar vetado para la mayoría de las mujeres. En este apartado nos preguntamos entonces qué significa ser ciudadana, en qué medida esto era posible y qué sucedía con la voz de las mujeres.
Para empezar, es necesario señalar que la vida de las mujeres en la Grecia Antigua difiere según las políticas de cada ciudad-estado. En consecuencia, el papel de las mujeres en la antigua Grecia no era monolítico y uniforme. Casos particulares se presentan en Lesbos, Esparta y Gortina, según evidencia Sarah Pomeroy en su libro, Diosas, rameras, esposas y esclavas (1999), cuyas culturas y sociedades eran mucho más liberales que la de Atenas. En Esparta, las mujeres tenían una educación similar a la de los hombres y no estaban confinadas a las labores del hogar, incluso llegaron a poseer ⅖ partes de la tierra de su polis, como documenta Aristóteles en la Política. Gortina también tenía leyes que protegían las propiedades de las mujeres y Lesbos es conocida por la poesía de Safo y otras mujeres que, según Pomeroy (1999), “fue el producto de una morosa contemplación” a las mujeres (p. 72) y en ningún caso expresión de represión o frustración de estas.
Además, las pitagóricas son reconocidas como las primeras filósofas de la tradición occidental, lo cual parecía posible debido a la concepción de la psique entre este famoso grupo. Para la comunidad pitagórica la psique o fuerza vital viajaba después de la muerte y no era extraño que encarnara en otros seres, de distinto género o especie; de modo que era importante respetar la norma de no comer carne y bajo esta luz no tenía nada de extraño que las mujeres tuvieran una gran inteligencia. A pesar de que los motivos no son muy satisfactorios, el resultado era la participación activa y numerosa de filósofas y matemáticas que trabajaban colectivamente para resolver problemas. No sabemos mucho más acerca del tema, debido al carácter cerrado de los y las pitagóricas, a que funcionaban, en parte, como una comunidad religiosa que seguía reglas, iniciación y secretismo. Quizá, a esta falta de participación en lo público, en la polis, se deba la aceptación de la presencia femenina. ¿Por qué esta presencia parece desaparecer en la otra cuna de la filosofía occidental? Dentro de Atenas podemos rescatar el extraño caso de una maestra de retórica, Aspasia de Mileto, quien en cierta medida debe su excepcionalidad a que no era ciudadana ateniense sino una hetaira[i] extranjera, más adelante hablaremos en detalle de su caso. Cabe preguntarse entonces por qué Atenas, “(l)a ciudad cuyos hombres fueron los autores de las más notables creaciones artísticas de la Grecia clásica (…) no produjo artistas femeninas” (Pomeroy, 1999, p.72); con lo cual se hace evidente una primera respuesta, si bien poco novedosa, a nuestra inquietud, esto es, que un contexto cultural y social propicio es fundamental para el florecimiento de las personas acorde con sus talentos, independientemente de los roles preasignados y estereotipados socialmente.
David Hernández de la Fuente y Raquel López Melero (2014) propenden por una visión crítica de los estudios al respecto con enfoque de género, pues observan con recelo las interpretaciones de la mujer griega que presuponen una agenda de ideología feminista, esto porque consideran que es anacrónico y que desvirtúa el verdadero valor de la mujer en la época. Una dificultad ya señalada para poder reconstruir la vida de las mujeres de la Grecia Antigua es que las fuentes que nos hablan del papel de la mujer en aquella época son escasas. Probablemente esto es debido a que los documentos y fuentes privilegian todo aquello concerniente a la vida política que era un asunto propio de los ciudadanos hombres, es decir, de aquellos que participaban en la guerra y la defensa de la polis. No por ello, consideran David Hernández de la Fuente y Raquel López Melero (2014), esto implica que las mujeres no fueran valoradas en dicha cultura, a su juicio sí lo eran, pero en su propio espacio, es decir, en el gobierno del oikos; lo cual es para ellos evidente en el protagonismo que las mujeres tenían en eventos públicos de carácter mayormente religioso, como son los nacimientos, los entierros, entre otros. Como fuente de su apreciación mencionan que la victoria de las mujeres en su consagración por medio de la maternidad era igualmente valorada a la victoria de los hombres en la guerra, lo cual explicaría que Nike, la diosa de la victoria, hiciera parte de la iconografía nupcial (Hernández de La Fuente & López Melero, 2014, 122). Desde su perspectiva, a lo sumo podría hablarse de lo que Sarah B. Pomeroy (1999, p. 9) considera como una marcada diferencia cultural entre hombres y mujeres.
Sin embargo, varios de los estudios sobre la Grecia Antigua con enfoque de género consideran que existe un menosprecio intrínseco del papel de la mujer y, en gran medida, se les podría conceder la razón, pues el solo hecho de que carezcamos de fuentes para reconstruir su historia genera grandes dudas en cuanto a la valoración de su rol, salvo que se considerara, como lo hace la Antígona de Sófocles, que su rol de género está más fuertemente asociado a la defensa de leyes no escritas de carácter religioso que eran de común conocimiento y en tal medida podría eventualmente defenderse que éstas tendrían mayor peso que la ley escrita por los hombres.
El hecho de que la discusión estuviera ya presente en la tragedia hace pensar que existían condiciones para plantear la controversia y que esta sirve de fuente para reconsiderar el valor del papel de la mujer en dicha cultura. No obstante, si seguimos la reflexión de Hernández de la Fuente y López Melero (2014), sigue suscitando desazón la idea de que la única vía de consagración para la mujer sea a través de la maternidad, sobre todo en lo que refiere a las mujeres ciudadanas de Atenas, mientras que el hombre tiene opciones mucho más amplias y complejas para legitimar su valor en la cultura.
Esta escasez de fuentes puede explicar también por qué los estudiosos sobre el tema han tomado como fuente de sus argumentos en mayor medida los mitos y la literatura de la época, lo cual nos lleva al segundo problema planteado en torno a la relación entre dichas fuentes y la vida cotidiana de las mujeres en la Antigua Grecia. Las cuales sería ingenuo tomar de manera literal pero que sí dan luces sobre la percepción que se tenía de la mujer.
Pomeroy realiza una sugerente reflexión sobre las representaciones de las deidades y su relación con la manera en que se asumían los roles de género en la vida social. Sobre ello resalta que mientras los dioses masculinos “disfrutaban de un amplio abanico de actividades” y “se podían entregar a cualquiera de las actividades propias de los mortales.” (Pomeroy, 1999, p. 22), las mujeres se encontraban categorizadas culturalmente tal y como se encontraban categorizadas las restringidas y específicas funciones de las diosas del Olimpo. Así, Atenea es descrita como una “intelectual asexuada”, Afrodita como un “frívolo objeto sexual” y Hera como “la respetable esposa y madre”, lo cual además es reflejado claramente en el dicho de Demóstenes en el siglo IV a. C. “Tenemos heteras para nuestro placer, concubinas para servirnos y esposas para el cuidado de nuestra descendencia” (Pomeroy, 1999, p.22). Sobre esto sopesa la intérprete que “(s)i las características de las diosas principales se hubieran combinado, podría haber surgido un ser completo con un ilimitado potencial de desarrollo —una mujer equivalente a Zeus o a Apolo” (Pomeroy, 1999, pp. 22-23).
Queda, no obstante, la duda de si el modelo de las mujeres del Olimpo representa el ideal sobre los tipos de mujeres en la cultura de la Grecia Antigua, como sugiere Pomeroy, o simplemente refleja la situación de las mujeres en la cultura y es posteriormente idealizada por Demóstenes en su particular y privilegiada situación de poder y riqueza a la que pocos hombres podían acceder.
A esta sazón, resulta muy sugerente una pregunta inicial del libro de Pomeroy (1999): “Cuando las diosas paganas eran, a su manera, tan poderosas como los dioses ¿por qué el estatus de las hembras humanas era tan bajo?” (p. 9). Este es el tipo de pregunta con el que comenzamos este apartado, pero seguimos encontrando dificultades como: ¿caemos en anacronismos al tratar estas cuestiones?, ¿son los mitos una fuente histórica?, ¿qué podría entenderse como “poder” femenino?
Regresemos al caso de Atenas, allí la figura de Aspasia resalta de manera asombrosa, Adela Muñoz (2017, p. 65) se pregunta si se trata de una hetaira o de una filósofa y tiene sentido que lo plantee porque Aspasia es atopos, extraña, sin lugar -algo que también caracterizaba a Sócrates. Por eso nos cuesta clasificarla y no merece que lo hagamos. Su historia de amor con Pericles suele ocupar los pocos datos sobre su vida, pero si tratamos de destejer entre los testimonios podemos advertir su contribución a la polis. Irónicamente, es su condición de extranjera lo que permite que su contribución sea mayor, no solo aporta los hijos -necesarios para ser respetada, incluso como concubina-, además fue la maestra de retórica del gran inventor del mito de Atenas, nos referimos a Pericles. Aportó a la creación de sus grandes discursos y parece que incluso fue amiga y guía del joven Sócrates. Su grupo estaba conformado por hombres y mujeres entregados al debate y, a pesar de que no representa la generalidad de la mujer ateniense, su inclasificable rol la hace digna de reconocimiento.
También es irónico que, justamente, una mujer sea maestra de elocuencia y más aún que las musas sean figuras femeninas, como señalamos al comienzo. ¿Por qué Calíope no inspira la elocuencia en las griegas, en especial en las atenienses? ¿Es tan impensable? Algunos de los momentos más memorables de la tragedia están presentados como discursos de mujeres: Hécuba, Antígona y Medea. Pero su protagonismo en la vida práctica parece fuera de discusión, pues la mayoría de las ciudadanas ni siquiera pueden acudir a ver estas representaciones o participar en la asamblea. Las hetairas sí acudían como espectadoras a las representaciones teatrales, y las atenienses, es decir, las ciudadanas propiamente dichas, participaban en ceremonias religiosas que eran fundamentales para el mantenimiento no solo de la polis, sino del cosmos. Tal es el caso de los rituales de Deméter -diosa de la agricultura-, Artemisa-diosa de los nacimientos y la caza-, y Dionisio -dios de la fertilidad y el éxtasis-, donde desempeñaban un papel único y respetado por toda la comunidad. Así que quizá caemos en anacronismos al decir que no ejercían plenamente la ciudadanía, pues su misión en el mantenimiento del orden cósmico era tan esencial como la de los hombres.
Sin embargo, podemos hallar acercamientos a la mirada sobre las mujeres en otras fuentes, por ejemplo, uno de los termómetros de una sociedad suele ser el humor, en la comedia ateniense se percibe buena parte del funcionamiento, las creencias y prejuicios de sus miembros. En Las asambleístas de Aristófanes comenzamos a ver de manera más relevante el papel femenino, pues la obra comienza con críticas fuertes a los hombres al destacar su carácter perezoso y su falta de motivación para participar en la principal institución de la polis ateniense, la Asamblea, el centro de las decisiones, el lugar donde se practica la democracia y se goza del privilegio y la responsabilidad de ser ciudadano.
Los personajes masculinos solo están interesados en evadir la Asamblea y, si es inevitable ir, deben hacerlo borrachos para que sea más soportable, no debaten, ni toman decisiones acertadas y, de hecho, la comedia cuestiona el terrible rumbo que los hombres le han dado a la sociedad. No obstante, Aristófanes ridiculiza también a las mujeres. En la obra, ellas se disfrazan con la ropa de sus esposos con el fin de reemplazarlos en la Asamblea y tomar mejores decisiones para la polis. Al final, el buen ejercicio del poder tampoco está a salvo en las manos femeninas y parece que la estulticia está igualmente repartida entre los géneros.
Pero regresemos al término ciudadano y pensemos en lo que significa. Cuando Prometeo roba el fuego que simboliza la techné para que la vida humana pueda serlo, se cuenta que de todas formas los humanos seguían disputando y matándose con excesiva frecuencia, de modo que Zeus envía la techné política para que puedan discutir con palabras, tratar de entenderse y llegar a los acuerdos que hacen posible la convivencia, es decir, la polis. Una de las grandes discusiones de Sócrates consistía en argumentar que era importante saber en qué consistía este conocimiento de lo político, porque quizá no se trataba de una virtud repartida de forma equitativa o de la que todos disfrutasen sin mayor esfuerzo, como algo natural a los hombres. Así parecían creerlo los habitantes de Atenas, pues la democracia se ejercía sin mayor preparación y se asumía que cada hombre libre, adulto y con una profesión podía juzgar sobre los asuntos públicos, incluyendo la vida o la muerte de sus vecinos.
Muchos de los juicios tenían como resultado la muerte o el exilio del acusado -lo cual era parecido- y el criterio supremo parecía radicar en una cuestión entremezclada por el gusto y el azar. Así lo evidencia la anécdota de Temístocles – sin lugar a duda, teñida de aspectos mitológicos-, de quien se cuenta que era un hombre sumamente virtuoso y a quien tal virtuosismo terminó por sellar su camino al exilio. Cada año se reunían los ciudadanos para aplicar el ostracismo, el cual consistía en votar en pedazos de tablillas o conchas quién debía ser exiliado, principalmente por ser una amenaza a la democracia. En uno de dichos encuentros un ciudadano campesino quería emitir su voto, pero dado que no sabía escribir le pidió a la persona que se encontraba a su lado, que escribiera el nombre por él. El vecino le pregunta por el nombre que desea que escriba en la tablilla, el campesino le pide que escriba el nombre de Temístocles; según la historia, dicho hombre era Temístocles mismo, quien atina a preguntarle por qué quiere enviar dicho hombre al exilio y si le conocía bien. En respuesta, el campesino le dice que está cansado de escuchar lo virtuoso que es el dichoso Temístocles. Temístocles entonces escribe su nombre en la ostra y es exiliado por mayoría de votos.
Es allí donde advertimos el papel esencial de la palabra, pues si bien, no se requería de una formación en la virtud política, esto es, en buscar la justicia, sí era necesario estar dotado del don de la elocuencia o, al menos, tratar de entrenarse para ello. Continuar respirando podía depender de una buena defensa, de ser capaz de conmover a los jueces, de inspirar compasión y esto debía combinarse con algunas razones. Si bien los discursos de las protagonistas femeninas en las tragedias, sobre todo de Eurípides, resultan conmovedores, esto no sucede en la praxis, al parecer las mujeres carecen de la racionalidad y virtud política con la que nacen los varones, la valentía o andreia -este término era inaplicable a lo femenino, solo los hombres podían poseer valentía- necesaria para defender sus ideas en público, la voz fuerte para hacerse oír entre la multitud, el carácter moral convincente e, incluso, la memoria para recordar los discursos.
¿Significa esto que para los griegos las mujeres no son sujetos educables en la democracia? Para responder podemos acudir a la filosofía. La comparación entre Aristóteles y Platón en cuanto a su percepción de las mujeres es bastante llamativa y ha influenciado fuertemente nuestras percepciones actuales de estas. Platón compara el ejercicio de la política con el arte de tejer en el Político, reconoce en Diotima su mentora en lo que respecta al conocimiento del amor en el Banquete, y analoga la mayéutica con la partería en el Teeteto. Aristóteles, en cambio, considera directa e indirectamente a las mujeres inapropiadas por naturaleza para el ejercicio político.
En la Política lo hace indirectamente al considerar como mal argumento sostener que alguien sea apto para el gobierno de la polis porque sea un buen gobernante del oikos, sea hombre u, obviamente mujer, ya que estas son justamente las encargadas del gobierno de la casa, a lo cual agrega, ya de manera más explícita, que el gobierno de las mujeres sobre los hombres constituye una práctica antinatural y su fuerte resistencia a la figura de la eplikleros, la mujer que heredaba y quedaba asociada a la hacienda familiar al morir el padre o el esposo. Todo esto fundamentado en sus concepciones biológicas de las hembras en La generación de los animales, donde considera menos a las hembras de todas las especies y géneros. No obstante, llama fuertemente la atención que, en la Ética, por ejemplo, se refiera a la madre como ejemplo por excelencia de la philía o amistad. Una virtud que se encuentra a la base y fundamento de toda su concepción ética -no en vano le dedica dos libros al tema-, más aún cuando él mismo es consciente de que para saber ser prudente (phronimos) el modelo a seguir es de vital importancia, tanto en la práctica, como desde el punto de vista epistemológico, es decir, para poder entender realmente de qué se trata el ejercicio ético con miras en la eudaimonía. ¿Podía una mujer desarrollar la virtud de la amistad, que, en el fondo constituye la base de la justicia y el buen funcionamiento de la polis?
En Platón, quizá por su herencia pitagórica y por el respeto que Sócrates parece tener por todos sus interlocutores, sin importar su condición, las mujeres son sujetos educables. Si no han tenido protagonismo se debe a la costumbre, que fosiliza las relaciones humanas, pero no a que intrínsecamente carezcan de la tendencia a la virtud. Las mujeres pueden y deben, entonces, aportar a la armonía de la ciudad ideal, en esa medida forman parte de la construcción de un mundo justo. En Aristóteles el papel de la mujer no es activo, pero si el hombre virtuoso y feliz no puede serlo sin las condiciones afectivas que hacen una vida de calidad, entonces las mujeres contribuyen también al mantenimiento de la polis.
Tejiendo voces en el mundo de hoy
Parece que, con algunas excepciones, la herencia de Calíope, el poder de las bellas palabras no está del lado de las mujeres. A pesar de esto, hemos mencionado a la poetisa Safo y aunque no lo desarrollamos aquí, debemos recordar su valor para mostrar la subjetividad, su poesía es una mirada al interior, ilumina los aspectos más íntimos de una relación amorosa. Pero la pregunta sobre el modo en que la otra poesía, la épica, influyó como modelo de conducta, sigue presente, así como los interrogantes acerca de las maneras en que las mujeres podemos construir nuestros propios relatos y ser herederas de Calíope, partícipes en la polis actual.
¿Por qué no hay testimonios de la existencia de aedas, rapsodas o creadoras de mitos? ¿Por qué no es verosímil que, por ejemplo, Penélope fuera la viajera en el poema homérico? Estas preguntas son relevantes si tenemos en cuenta que quien construye los relatos también tiene cierto dominio sobre los roles que cada miembro de la sociedad puede o no desempeñar. En el mundo griego de la antigüedad no parece muy probable que Penélope pudiera protagonizar la Odisea, como ya mencionamos, aunque se caracteriza por una gran cantidad de seres femeninos muy poderosos, su poder parece ausente en la práctica cotidiana: la elocuencia y la participación activa en el gobierno están vetadas para la mayoría de las mujeres, y en eso coinciden poesía y realidad. ¿Cuál es el primer registro de este acallamiento?
En su bello libro Mujeres y poder, Mary Beard (2017) afirma que se encuentra en el principio mismo de la tradición literaria occidental:
Me refiero a un momento inmortalizado al comienzo de la Odisea de Homero, hace casi tres mil años. Este proceso empieza en el primer canto del poema, cuando Penélope desciende de sus aposentos privados a la gran sala del palacio y se encuentra con un aedo que canta, para la multitud de pretendientes, las vicisitudes que sufren los héroes griegos en su viaje de regreso al hogar. Como este tema no le agrada, le pide ante todos los presentes que elija otro más alegre, pero en ese mismo instante interviene el joven Telémaco: «Madre mía —replica—, vete adentro de la casa y ocúpate de tus labores propias, del telar y de la rueca … El relato estará al cuidado de los hombres, y sobre todo al mío. Mío es, pues, el gobierno de la casa».
Se trata del “primer ejemplo documentado de un hombre diciéndole a una mujer ‘que se calle’, que su voz no había de escucharse en público”, y agrega: “Esta es una prueba palpable de que ya en las primeras evidencias escritas de la cultura occidental las voces de las mujeres son acalladas en la esfera pública”
Pero si los modelos presentes en este fortín de la cultura eran seguidos por la mayoría de los hombres, ¿por qué la presencia de figuras femeninas poderosas no parecía servir como meta para el comportamiento de las mujeres? A pesar de la limitación de registros sobre el mundo femenino de la época, podemos intuir que, dadas las limitaciones como ciudadanas, pocas mujeres veían posible acercarse a modelos como la libre Artemisa, la estratégica Atenea o la potente Hera.
Pero quizá poner como ejemplo a las inmortales es exagerado, otra manera de verlo da pie a la interpretación contraria, pues si consideramos personajes humanos notaremos que el destino de las mujeres sabias suele ser trágico, como lo muestran Ariadna y Casandra; el de las virtuosas tampoco tiene un gran desenlace, como el de Alcestis y Antígona, y el de las arriesgadas es bastante dudoso, como sucede con Helena y Atalanta. En general, el mero hecho de ser mujer ya es motivo de desgracia y si, además se posee belleza, la maldición está asegurada, como nos recuerdan Medusa, Dafne, Dione y Perséfone, entre muchas otras. Tampoco dejarse llevar por el amor, el supuesto refugio de las mujeres, parece la solución, pues el infortunio acompaña a casi todas las seguidoras de Afrodita (hay contadas excepciones, como Psique y su relación con Eros).
Algunos dirán que lo trágico está igualmente repartido entre hombres y mujeres, y pueden tener algo de razón, pero una gran diferencia consiste en que los hombres griegos pueden tratar de negociar con la divinidad, como Odiseo, y su sabiduría no suele estar tan ligada a una astucia mañosa, como sucede con las figuras femeninas, pensemos en Circe y Medea, aun cuando los hombres se valgan de engaños, estos no son vistos de manera negativa, mientras que la recompensa para la inteligencia de Ariadna es el abandono y para el don de profecía de Casandra es todavía peor, la completa incredulidad y el desprecio por sus palabras. Si comparamos la actitud de los dioses frente a quienes quieren ser más listos que ellos, es verdad que ni Dédalo, Tántalo, Sísifo o Ixión salen bien librados. Pero, por lo menos, podían tratar de defenderse con la mejor arma de todas: la palabra.
Recordemos las palabras de Telémaco: el relato estará al cuidado de los hombres. Pero ¿se trata de una prueba tan palpable como la de un documento histórico? Si nos ubicamos en el contexto la pregunta está mal planteada y responde a una idea posterior o anacrónica y es que el arte, en general, no es un testimonio fiable. Pero intuimos que los peligros de estas obras no tienen que ver con lo que reflejan directamente, aunque sí tienen un vínculo con la axiología de una sociedad y lo que se espera de sus miembros. Los poemas homéricos dictaron, durante un buen tiempo, los modelos de conducta de las personas en la antigua Grecia, de manera que podrían constituir un tipo de prueba del modo en que se esperaba que las mujeres se comportaran. Esto no parece haber cambiado del todo, si bien muchas obras literarias muestran personajes femeninos complejos y alejados de las convenciones, como Ana Karenina, muchas personas reclaman que la literatura, las series, la música, las películas y hasta la pintura o la escultura no reflejan de manera justa lo que las mujeres somos y podemos llegar a ser, sino que refuerzan esas pruebas de que así se esperaba que se comportaran las mujeres- y de ese modo refuerzan la injusticia en el mundo real.
También las series, canciones y relatos de hoy tratan de dictar maneras de ser o tienen como efecto algún cambio en lo que sentimos y deseamos. En otras palabras, si existe un reclamo tan fuerte porque la ficción puede generar modelos negativos, modelos que niñas y jóvenes pueden seguir, o conductas que incluso los adultos pueden ver como algo normal y hasta deseable, puede ser porque la relación entre realidad y ficción es más cercana de lo que solemos pensar. Entonces ¿cuenta como prueba de la injusticia hacia las mujeres lo que aparece en algunas obras? si es así, ¿cuántas y cuáles pruebas de que las voces de las mujeres han sido acalladas son relevantes y con qué criterio sopesarlas? No tenemos respuestas para esto aún, pero sospechamos que el asunto se puede abordar por el lado de la verosimilitud, es decir, sabemos que la ficción no es historia, pero debido a nuestra necesidad de representación resulta tan fundamental que parece decirnos a lo que podemos o no aspirar, nos permite soñar con algo o lo impide, nos muestra las posibilidades, lo que podemos o no podemos ser, con esto nos referimos a que las mujeres de la época y de muchos siglos posteriores actuaban siguiendo estos modelos de conducta, como consecuencia, en el mundo palpable y cotidiano no habría sido creíble o verosímil que la protagonista de las aventuras del poema hubiera sido la propia Penélope; como las mujeres no iban a guerras, no eran exploradoras o viajeras, la Odisea habría sido un fracaso en ventas o al menos en público, la gente no habría estado dispuesta a escuchar y luego a comprar un canto épico que narrara lo imposible, y lo imposible era que Penélope dejara de esperar a su esposo y se fuera a vivir sus propias aventuras. Era más probable que Poseidón hiciera naufragar a los hombres, que existieran quimeras y sirenas a que una mujer pudiera llevar a cabo las hazañas del valiente Odiseo.
¿Qué significa lo anterior? Con esto queremos recalcar algo que ya comprendemos y es que la ficción influye en nuestras vidas, nos permite reconocernos, pone palabras a nuestras emociones y vivencias que de otro modo permanecerían encerradas, libera las necesidades de los seres humanos, sus sueños y dolores, pues nos permite identificarnos y estructurar las experiencias que podrían secarse en nuestro interior si no son contadas, representadas, leídas o escritas en algún lugar. Por esto, la narrativa, en forma de poesía, prosa o ficción, de relatos orales o escritos, resulta necesaria para una sociedad, no se trata de un ornamento lujoso o de un entretenimiento para evasores de la realidad, sino de una necesidad que todos hemos experimentado. Decimos que es una necesidad humana porque nuestro mundo no está hecho solo por montañas y astros, o está unido solo por cemento y cobre, también nos sostenemos en metáforas, conceptos y palabras que nos llevan a unir puntos y contar relatos sobre las estrellas o bautizar los cerros como seres dotados de vida.
Nuestro hábitat no está determinado exclusivamente por los valles, mares, lagos y colinas; nuestro hábitat es también la cultura, cada ser que nace se sitúa en esa dimensión que es simbólica y requiere de relatos e imágenes que le permitan ingresar en el mundo humano, un mundo siempre mediado por la representación, la mimesis y el juego. Cuando nos preguntan quiénes somos no respondemos soy un conglomerado de células, tengo 200 huesos, mido 1,63…contamos una historia: nací por el anhelo de mi padre en una fría madrugada manizaleña, o en una noche festiva de Halloween, entre embriagados bailarines y música, etc. Y lo hacemos de ese modo, sin importar si la estructura de la existencia es narrativa. Entonces no respondemos qué soy sino quién soy, pero lo que soy y quien soy están entrelazados, contamos nuestra historia porque los relatos constituyen un bien de cada humano, un refugio que abre ese espacio interior, tan fundamental en momentos como los que hoy vivimos. Los relatos cuentan quienes somos y quiénes podemos ser.
Kundera decía que la literatura, como Penélope, desteje por la noche lo que sabios y filósofos han tejido durante el día. Esa fuerza en apariencia pasiva de una Penélope que supuestamente solo está a la espera me lleva a pensar en varias ideas: una, que somos tejedoras, pero también destejedoras de los mitos y estereotipos que se han apoderado de lo que somos o lo han construido. La narrativa es una manera de crear nuevas imágenes de las mujeres, imágenes que necesitamos, pero no solo de las mujeres, hay una necesidad de narrativa local; eso no significa que no podamos ver cosas de otros lugares, pero relatar nuestras vivencias resulta fundamental para comprendernos y crecer como comunidad. Y dos, que ahora es posible imaginar a una Penélope viajera pero antes no, ahora es posible jugar e imaginar la historia al revés, con figuras femeninas guerreras o exploradoras. ¿A qué se debe esto?, ¿cómo influye la narrativa en este cambio?
Antes de continuar nos gustaría regresar al tema del poder de las mujeres, insistimos en que, para la época, las atenienses eran valoradas como madres de los futuros patriotas y su guerra se daba en el difícil momento de dar a luz y criar a un bebé en un mundo tan hostil para ambos. Además, aunque la mayoría no fuera cazadora o guerrera como las diosas, eso no implica que las mujeres de carne y hueso carecieran de todo poder, recordemos su papel como sacerdotisas, hasta cierto punto, intérpretes de los designios divinos y quizá de su función como ayas, en el contacto inicial con los niños, pues al parecer eran las encargadas de cantar arrullos para los bebés y de contar los primeros relatos que marcarían sus vidas.
Para finalizar, preguntémonos de nuevo, si es sensato que encontremos estereotipos en las obras literarias y cuáles son los límites de ese destejer que mencionamos más arriba, destejer como crear nuevas maneras de vernos o cuestionar las formas pasadas de representar a las mujeres, lo digo por las obras actuales, sobre todo, series donde las guerreras son mayoría en lugares donde históricamente esto era improbable. Si las tomamos de forma literal, podríamos decir que resulta razonable hablar de anacronismo, pues si bien había mujeres guerreras, se trataba de un grupo pequeño y ponerlas como mayoría resulta erróneo históricamente. Pero ¿se vale hablar de literalidad en esas obras?, ¿constituyen una especie de documento histórico?, ¿la poesía épica era también la modeladora de la conducta de las mujeres?
Hay algo que hace ruido en la literalidad asumida en la ficción. ¿Qué buscan quienes presentan personajes femeninos fuertes que no parecen corresponder a la historia? Quizá construir nuevos modelos, y si la historia no cuenta en el arte, entonces es viable. Pero sabemos que la historia cuenta, tanto, que el valor de muchas obras consiste en plantearse otro final, en jugar a cambiar la historia, como las ucronías, que muestran lo que habría ocurrido en casos que no se dieron, por ejemplo, ¿cómo sería nuestra vida si los nazis hubieran ganado la Segunda Guerra Mundial o si no hubiera existido la esclavitud? Muchas obras, incluso filosóficas, en las que se imaginan mitos originarios para la política y donde se caracteriza o, incluso caricaturiza la naturaleza humana, realizan este ejercicio. Para no ir más lejos, este es el ejercicio que justamente hemos venido haciendo al revivir críticamente telenovelas de tan solo veinte años atrás en las que se nos han revelado ahora grandes distancias con los roles que desempeñan las mujeres y la lógica misma de la relación entre los sexos.
Hay quienes creen que la literatura, la ficción y hasta la poesía están ajenas a la realidad, como un mero entretenimiento, un ornamento de la cultura nada más. Pero si la ficción está tan alejada de la realidad, ¿por qué nos ofenden ciertas ficciones, por qué hay relatos que no es válido contar? ¿en qué radicaría nuestro vivo interés por estos relatos si no les subyaciera cierto poder de identificación y pertinencia?
Volviendo al inicio, imaginemos que vivimos en tal siglo, lo que podemos imaginar depende de la realidad, ¿cuál es la relación entre lo real y la ficción? Hay casos verosímiles como el de Scherezada, una mujer que se vale de la narración para salvar su vida y la de muchas mujeres, es creíble porque no tenía otra manera de conseguirlo, así como son creíbles los mitos sobre Ariadna, Helena y Casandra. Pero no lo sería el de una Penélope viajera, protagonista de la Odisea en la Grecia arcaica ¿o sí? ¿se vale narrar este relato hoy cuando el relato puede ser verosímil, al menos para las niñas y jóvenes de este siglo?
Si partimos de la idea de que existen estructuras narrativas que hacen creíbles ciertas ficciones y otras no, podemos notar que los clásicos, al menos en la literatura, lo son porque han inaugurado un género, una estructura narrativa desconocida hasta entonces -ejemplo, la novela, y hasta el ensayo- o una forma distinta de ver la realidad -como la tragedia. Las series y películas que disfrutamos de forma a veces culpable en las plataformas de streaming carecen de estas características, pues suelen ser repeticiones de las viejas estructuras: viaje del héroe, superación de obstáculos, lucha y final trágico o feliz, con un giro muy valioso eso sí, y es que el héroe puede ser mujer.
Nuestras estructuras narrativas y mentales parecen tener semejanzas, nos referimos a que concebimos la vida como un viaje y nos parece verosímil que haya una cierta cantidad de obstáculos, que el héroe tenga algunas características y no otras, etc. Así que, ¿tal vez al cambiar las estructuras narrativas podríamos cambiar algunas de las estructuras verosímiles que nos hacen darle sentido a la vida humana como relato? ¿si cambian unas cambian otras? Puede ser, como la imagen de la mujer viajera. ¿Significa esto que debemos olvidar los relatos de protagonistas masculinos o los de mujeres contadas por hombres? No sentimos menos las aventuras de Don Quijote porque sea hombre, pero debemos reconocer que sería mejor si tuviéramos más referentes femeninos. Si bien los personajes entrañables de la literatura no parecen tener género y se muestran como símbolos de la humanidad, ello no implica que no nos hagan falta los relatos locales, son urgentes para comprendernos, podemos amar la mitología, nórdica, oriental, griega, pero no solo existen los relatos sobre dragones y elfos, también podemos leer los que hay en mitos indígenas de Latinoamérica, sobre animales que parecen igualmente fantásticos, como colibríes o jaguares, quizá para comprendernos también es necesario narrarnos.
¿Para que sea posible en la narración debemos creer que es verosímil en la realidad? ¿Incluso como símbolo? De nuevo, ¿cuál es la relación entre ficción y realidad? Nuestra dimensión es narrativa, es refugio y posibilidad. ¿No podemos construir nuestros propios refugios? En la medida en que los imaginarios se construyen desde una edad temprana y con ellos filtramos gran parte de nuestra realidad y nuestros juicios sobre ella, tiene sentido que existan demandas o exigencias por procurar modelos o ideales sociales en medios y demás artículos de consumo cultural que correspondan a nuestros ideales morales y éticos.
Es sabido que una vez que estos imaginarios se internalizan[ii] en nuestras formas de ver el mundo, a la manera de un trasfondo de creencias no conscientes, es muy difícil erradicarlos a través de discursos racionales, ya que ellos se instauran de manera irreflexiva y constituyen el trasfondo emocional de nuestras opiniones sobre lo que acontece, por lo cual es importante que su falibilidad sea reconocida de manera que se faculte la apertura a otras posturas. Es claro, en todo caso, que es necesario darle una vida propia a la imaginación que nos permita concebir múltiples posibilidades de recrear este mundo y que no necesariamente estén constreñidas por lo que debería ser, de lo contrario, nuestra posibilidad de concebir otras perspectivas se vería diezmada y, con ello, veríamos también limitadas nuestras capacidades para mirar el mundo desde una perspectiva distinta a la propia e incluso veríamos limitada nuestra capacidad de adaptar nuestros ideales a otras posibilidades cuando los que tenemos se muestren obsoletos. Porque, así como la vida misma cambia, lo hacen los fines hacia los cuales nos dirigimos.
De este modo, es necesario cultivar la capacidad de establecer una diferencia entre lo literal y lo figurado, lo cual requiere ejercer autocontrol sobre nuestra imaginación. Con esto no propendemos, entonces, por una fuerte censura de aquello que no se ajuste a nuestros ideales normativos, la idea es adquirir la capacidad de diferenciar entre lo real, lo posible y lo imaginario, teniendo presente que, tanto lo real y lo posible hunden sus raíces más profundas en aquello que imaginamos.
Finalmente, no tenemos respuestas acerca de si debemos incluir personajes femeninos poderosos en obras o series que no los incluían originalmente. Usamos la ficción para nuestros propósitos, cuando se trata de censurar entonces el arte es literal, cuando censuran lo que nos gusta entonces quienes lo hacen no comprenden el carácter simbólico y metafórico del arte, su libertad como creación, pero su riqueza va más rápido que nosotros y aunque tratemos de encasillarlo no se deja, es tan difícil de atrapar como nuestra subjetividad. Además, las experiencias estéticas que provee están fuertemente conectadas a nuestras emociones más profundas, ¿quién no siente tristeza cuando muere su personaje favorito en un libro o una serie o alegría si le pasa algo bueno?, ¿quién no ha sentido que acabar una novela es como terminar con alguien a quien no queremos dejar, cuando dilatamos las últimas páginas para no despedirnos? Cuando nuestra vida va mal sentimos que ver series o cine o leer nos ayuda a fijar el sentido, ese orden que no existe en nuestra vida se va dando en la narración, necesitamos ese relato para comprender nuestras acciones, por eso cuando una termina empezamos otra, pero la sed de relatos es más profunda que un consumir y tirar. Por esto el arte, la ficción tiene un gran papel en la reconstrucción de tejido social, después y durante los períodos más oscuros, que serían aún más temibles sin estos antiquísimos recursos que nos hacen sentir menos solos como humanidad.
Nuestro amor por el mundo griego permanece, sigue siendo fuente de preguntas y misterios, pero hoy regresamos a ese “milagro” sin la trampa de la nostalgia, con una mirada distinta, gracias a muchas investigaciones con enfoque de género que nos permiten destejer un entramado que parecía un nudo definitivo. Quizá no sea posible recuperar las voces de las mujeres de la Antigüedad, pero pueden inspirar nuestra capacidad para la elocuencia y la creación de nuevos relatos sobre lo que sea que soñemos ser.
Referencias
Aristóteles (1998). Ética nicomáquea y Ética eudemia. Gredos.
Aristóteles. (1988). La política. Gredos.
Aristófanes. Asambleistas.
Aristófanes. Lisístrata.
Beard, M. (2018). Mujeres y poder. Editorial Crítica.
Hamilton, E. (2002). El camino de los griegos. Editorial Turner.
Herbert, Z. (2013). El laberinto junto al mar. Editorial Acantilado.
Hernández de la Fuente, D. y López Melero R. (2014). Civilización griega. Alianza Editorial.
Muñoz-Páez, A. (2017). Sabias. Debate, Penguin Random House.
Platón. (1988). La República. Gredos
Pomeroy, S. B. (1999). Diosas, rameras, esposas y esclavas. Ediciones Akal.
[i] La hetaira corresponde a una figura legal en la que se incluye a un amplio grupo de mujeres, prácticamente a todas las mujeres que no son ciudadanas legales de Atenas. Es así como este grupo incluye a mujeres que ejercen trabajos y estratos sociales tan variados como las prostitutas y las mujeres de clase social alta hijas de metecos o extranjeros ricos.
[ii] Lara Trout en su libro The Politics of Survival (2010) define el proceso de internalización como “the incorporation, by means of reinforcement or trauma, or a belif into one’s personal comportment and worldview such that the belief is difficult to eradicate rationally” (p. 137).